11 #2
Me quedo callada para que me cuente más, pero no lo hace. Quizá no sea un buen día para él. No quiero juzgar a nadie por solo unos minutos de conversación, pero reconozco que lo esperaba diferente.
La conversación continúa a trompicones agradables. Valerie intenta incluir a su marido constantemente, aunque él parece sentirse perfectamente cómodo limitándose a responder con palabras sueltas.
—¿Y qué te está pareciendo Nueva York? —me pregunta Nina desde el otro lado.
—Todavía estoy en fase de supervivencia. Creo que me acabaré adaptando.
—O eso o te volverás a Connecticut en un par de meses —contesta Leo.
—De eso nada —protesta Valerie—. Cada vez cuesta más encontrar a una enfermera competente.
Mientras hablan entre ellos, yo levanto la cabeza otra vez.
Intento hacerlo con discreción, fingiendo que observo las vistas o a la gente que entra y sale de la terraza, pero en realidad estoy buscándolo.
No quiero preguntar por Trevor. Me niego. Sería demasiado evidente.
Pero dijo que vendría y no está.
Arthur sigue hablando de alguna anécdota absurda sobre un paciente que confundió un gel hidroalcohólico con lubricante mientras yo vuelvo a mirar hacia la entrada casi sin darme cuenta y solo encuentro, una vez más, a la chica morena que sigue mirándome con cara mustia.
Justo cuando estoy a punto de darme por vencida aceptando que no va a venir, lo veo aparecer.
Y, sinceramente, debería ser ilegal vestirse así.
Trevor entra en el rooftop con un garbo por encima del que desprendía Marlon Brando. Solo con sus pasos es capaz de captar la atención de media terraza. Lleva un traje oscuro perfectamente ajustado sin corbata, camisa negra abierta en el cuello y el pelo algo despeinado.
Su elegancia es sublime y magnética. Me ha dejado sin palabras y siento como si el mundo se hubiera vuelto a detener, todo se hubiera oscurecido, y un foco lo acompañara mientras camina iluminándolo solo a él.
Se me seca la boca.
Y no soy la única que lo nota.
Varias mujeres de otras mesas levantan la vista al verlo pasar. Una chica deja incluso de hablar en mitad de una frase. Otra lo sigue con los ojos descaradamente mientras él avanza entre las mesas saludando con una leve inclinación de cabeza a alguien que lo reconoce.
Dios mío.
Entiendo perfectamente a esas mujeres. Soy la reina de todas ellas y me planteo la posibilidad de hacerlas mis adeptas y crear una religión en torno a Trevor.
Cuando llega hasta nosotros se produce un silencio repentino, de esos que nadie planea, pero suceden igual.
Trevor sonríe y saluda, pero es extraño. Solo recibe saludos cordiales. Tengo la sensación de que nadie contaba con que él iba a venir. Miro a Valerie que ha agarrado la mano de su marido. Josh tiene la mirada clavada en Trevor. Detecto cierta tensión.
—Perdón por el retraso. He salido tardísimo de trabajar.
¿Puede una voz sonar tan masculina y melódica a la vez?
Tan solo Arthur mueve su silla para abrir hueco y que Trevor pueda sentarse. Él, sin embargo, agarra una silla vacía con elegancia y la coloca a mi lado antes de sentarse.
Tengo que concentrarme activamente en mantener la respiración normal.
De repente hace calor. Mucho. Y debo dar las gracias a la iluminación tenue. Aun así, capto una sonrisita rápida de Nina antes de llevarse la copa a los labios.
Y también percibo algo más.
El cambio en la cara de Josh. Parece que no le ha gustado en absoluto encontrarse con Trevor. ¿Se conocerán? ¿Habrá sucedido algo entre ellos? ¿Es ese el motivo por el que todas las conversaciones se han detenido en seco cuando ha llegado?
Poco a poco, la velada recupera su ritmo anterior y la tensión se suaviza.
Las copas ayudan, supongo. Me bebo una segunda y comienzo a notarme achispada.
En un momento determinado, Trevor se acerca a la barra y vuelve con dos copas más. La tercera puede ser devastadora.
Media hora después, empiezan a traer bandejas pequeñas con tacos gourmet, minihamburguesas, tartar servido sobre cucharitas negras y unos canapés diminutos que probablemente cuestan más que una cena completa en New Haven.
Trevor lo ha pagado todo, sin que nadie le haya dado las gracias. Es un alivio para mi bolsillo, aunque en parte me siento fatal.
La conversación se vuelve más ruidosa conforme avanza la noche. Todos ríen más fuerte. Arthur insiste constantemente en convertirse en el centro de atención y, siendo honestos, a veces lo consigue. Tiene facilidad para contar historias y suficiente carisma para que la gente quiera escucharlo.
Josh incluso sonríe un par de veces.
Y Trevor no es tan hablador como yo esperaba, pero cuando lo hace todos escuchan. Yo incluida. El alcohol no parece afectarle lo más mínimo, su semblante es igual de perfecto ahora que a su llegada.
De vez en cuando noto cómo me atraviesa alguna mirada furtiva suya. Breve. Precisa. Como si comprobara constantemente que sigo ahí.
Intento no darle demasiada importancia…
No. Es mentira.
Cada vez que me mira me provoca una descarga de dopamina tan fuerte que tengo que controlarme para no ponerme de pie sobre la mesa y hacer twerking .
La conversación deriva hacia el problema de la vivienda en Manhattan y los alquileres con precios desorbitados.
—Espera, ¿tú estás viviendo en el Upper West Side? —pregunta Nina cuando Valerie le dice que vivo muy cerca de aquí, en la 62.
Asiento.
—Sí. El apartamento era de mi madre. Lo compró en los setenta.
Varias personas reaccionan al instante.
—¿En los setenta? —Arthur abre mucho los ojos—. Entonces pagó quince dólares y una barra de pan.
Me río.
—Algo más, pero sí. Fue una ganga. Y desde entonces lo ha estado alquilando, así que le salió increíblemente rentable.
—Tu madre es oficialmente más lista que todos nosotros juntos —apunta Valerie.
—Totalmente.
Doy otro sorbo al gin-tonic antes de añadir, casi sin pensar:
—De hecho, una actriz de Broadway medio famosa vivió allí una temporada. Se llamaba Linda Ross. ¿Os suena?
El silencio es inmediato.
No gradual.
Inmediato. Sepulcral.
Lo noto en cuanto las palabras salen de mi boca.
A Arthur se le borra la sonrisa de la cara.
Nina arquea las cejas y baja la mirada hacia su copa.
Josh aparta por fin la vista de la chica morena girando el cuello hacia mí.
Y Valerie se queda completamente quieta a mi lado.
Parece que hubiera pasado un fantasma.