La chica de la 62 11
30%

11

Mis pasos me llevan frente al Empire Hotel y durante un segundo me quedo mirando la fachada iluminada, sujetando el bolso negro contra mi cintura.

He visto este edificio tantas veces en Gossip Girl que entrar aquí se siente extrañamente irreal.

Blair Waldorf probablemente aprobaría el vestido que llevo puesto.

O lo reprobaría con una sola mirada. Era bastante impredecible, a decir verdad.

Es un Calvin Klein negro, sencillo y elegante.

El que compré en el outlet de Bloomingdale’s y con el que estaba predestinada a encontrarme, porque está hecho para mí.

Escote recto, tela ajustada en la cintura y una caída limpia que me llega por encima de las rodillas.

Nada extravagante. Lo suficiente para sentirme guapa sin que parezca que me he esforzado demasiado, aunque la realidad es que llevo más de dos horas preparándome.

La recepción del hotel destaca por sus acabados de mármol claro, lámparas doradas y gente demasiado atractiva danzando de un lado a otro.

Yo intento fingir que este también es mi mundo, aunque dejase de serlo cuando Richard me abandonó.

Avanzo hacia los ascensores con decisión.

Las puertas se abren enseguida y entro sola.

El espejo del interior se comporta conmigo como un ente maligno.

Me veo reflejada de cuerpo entero y noto cómo regresan los nervios y la inseguridad que había conseguido controlar durante el trayecto.

Son solo once alturas, necesitaría al menos cien para autoconvencerme de que estoy preciosa, con el pelo liso cayendo sobre mis hombros.

El maquillaje impecable. Los labios ligeramente brillantes.

Parezco mucho más segura de lo que en realidad me siento.

Todo sería más sencillo si Trevor no fuese a estar aquí.

Aprieto el bolso entre las manos y exhalo despacio.

He llegado cinco minutos tarde a propósito.

Eso lo tenía clarísimo desde que salí de casa.

No pienso ser la primera en aparecer en mi propia fiesta improvisada, pero tampoco quiero convertirme en la mujer que hace esperar a todo el mundo para sentirse importante.

Cinco minutos me parece un margen razonable. Estratégico y premeditado.

Aunque ahora mismo me siento cualquier cosa menos una mujer capaz de planificar nada.

Las puertas del ascensor se abren en la planta superior y enseguida me alcanza el murmullo de conversaciones, música suave y risas mezcladas con el viento templado de la noche.

El rooftop es incluso más bonito de lo que esperaba.

Hay mesas bajas iluminadas con velas, plantas enormes en maceteros oscuros y una vista de Manhattan que parece sacada de una postal.

Las luces de la ciudad convierten el río en una línea brillante a lo lejos.

Doy un paso al frente y entonces los veo.

Valerie es la primera en girarse.

Está espectacular con un vestido verde esmeralda de tirantes finos que resalta su figura atlética y el tono cálido de su piel.

Lleva el cabello recogido en una coleta pulida que deja al descubierto unos pendientes dorados discretos.

Tiene esa clase de elegancia natural que solo algunas bendecidas poseen.

A su lado está su marido. Alto, moreno, fuerte, mandíbula marcada y un semblante serio que transmite esa seguridad de quien sabe el respeto que genera. Tiene una mano apoyada en la rodilla de Valerie mientras habla con otra pareja.

Arthur Walker también está allí, efectivamente solo.

Me dedica una sonrisa inmediata al verme.

Viste bastante más informal que el resto: pantalón oscuro, camisa clara remangada y un jersey fino azul marino que lleva anudado al cuello de esa forma atemporal que, en contra de toda lógica, no le queda del todo mal.

Hay unas diez personas más repartidas por la mesa. Algunas caras me suenan del hospital. Otras no las he visto nunca.

Todos levantan la cabeza al verme llegar y noto cómo me tiemblan las piernas al acercarme.

Las conversaciones se interrumpen. Valerie sonríe enseguida. Arthur alza una mano. Un par de personas me observan con curiosidad.

Yo busco a Trevor automáticamente.

Pero Trevor no está.

Camino hacia ellos intentando mantener mi mejor sonrisa y no la expresión rígida que luciría en una entrevista de trabajo. Mientras avanzo, una chica morena y joven que está sola sentada en una mesa apartada, me fulmina con la mirada y no me quita ojo. Es incómodo, pero decido ignorarla.

El reservado ocupa una esquina privilegiada del rooftop, justo al lado de las enormes letras rojas del Empire que sobresalen sobre nuestras cabezas y tiñen parte del césped artificial de un tono cálido.

Desde aquí la ciudad parece extenderse infinita alrededor del hotel.

El ambiente es agradable y relajado. Música suave mezclada con conversaciones, copas tintineando y ráfagas de aire templado que hacen ondear algunos mechones de pelo y las servilletas de papel sobre las mesas altas.

No parece una fiesta del hospital.

Parece la clase de sitio donde la gente viene a fingir que su vida es muchísimo más interesante de lo que realmente es.

—¡Megan! —Valerie se acerca la primera y me da un beso rápido—. Estás guapísima.

—Tú también.

Y es verdad. Muchísimo. Está increíble.

Las presentaciones empiezan casi enseguida, una detrás de otra, demasiadas para retener todos los nombres al instante.

Una enfermera de urgencias llamada Nina me sonríe con entusiasmo.

—Tú estudiaste en Connecticut, ¿verdad? —me pregunta—. Creo que conoces a Daniel Reeves. Hizo la carrera contigo.

Parpadeo, sorprendida.

—¿Danny? Claro. Dios, hace siglos que no hablo con él.

Omito decirle que la gente de clase, yo incluida, no se acercaba mucho a él porque olía rancio.

—Es amigo mío. Está en Boston ahora, en pediatría.

Eso me hace sonreír de verdad. No era mal tipo, después de todo. Hice prácticas con él en oncología. Una planta dura donde las haya. Y me encantaba cómo trataba a los enfermos.

—Si hablas con él dale recuerdos de mi parte.

Nina se ríe.

La conversación avanza sola durante unos segundos más hasta que aparece un fisioterapeuta llamado Leo.

Tiene un cuerpo desmesuradamente trabajado, de esos que parecen exigir seis comidas diarias y una relación obsesiva con el gimnasio.

Bajo la camisa ajustada se le marcan los brazos y el pecho de forma exagerada.

Luego le miro la cara y todo el conjunto deja de funcionar.

Tiene unas facciones extrañas, demasiado tensas, como si hubiese perdido una pelea contra el bótox o contra… ¡Madre de Dios! ¿Se ha puesto labios? Me resulta hasta incómodo mirarlo sin apartar la vista.

—Arthur nos ha hablado mucho de ti —dice.

Eso me hace girarme automáticamente hacia él. ¿De qué va? No me conoce de nada y va hablándole a la gente de mí. Espero que haya sido porque le causé buena impresión.

Él reaparece justo en ese momento desde la barra con dos copas enormes en las manos.

—Llego en el momento justo —dice sonriendo mientras me entrega un gin-tonic.

No es lo que habría pedido. De hecho, probablemente habría elegido algo más simple para evitar acabar medio mareada antes de tiempo. Pero viendo el tamaño de la copa y el sitio donde estamos, cada una debe costar el equivalente a un mes de mi sueldo.

Así que sonrío.

—Gracias.

—¿He acertado? —pregunta alzando las cejas.

Lo miro y sonrío.

—Averigüémoslo —contesto antes de darle un pequeño sorbo. Está demasiado bueno, lo cual es peligroso. Y ojo, porque el gin-tonic también.

Vale. No he comentado que a Arthur le favorece mucho quitarse la bata blanca y vestir con ropa de calle. Hace deporte. Tiene que hacer deporte para que esos contornos luzcan de esa manera.

¿Por qué todo el mundo se cuida tanto aquí en Nueva York?

Después del saludo inicial, la atención general se dispersa.

Las conversaciones vuelven a dividirse en pequeños grupos.

La gente retoma temas a medias, anécdotas del hospital, rumores sobre adjuntos y planes para verano.

Ya no tengo encima todas esas miradas curiosas de hace un momento y eso me permite relajar un poco los hombros.

Estoy a gusto.

Me siento junto a Valerie en uno de los taburetes altos.

Ella empieza a contarme algo sobre una paciente especialmente insoportable de consulta mientras juega distraídamente con la pajita de su bebida.

Josh, su marido, permanece a su otro lado con los brazos cruzados.

No parece antipático. Solo distraído.

Sigo la dirección de su mirada y descubro que está mirando a la chica morena que no deja de vigilarme con el rostro serio desde que he llegado. Josh la observa unos segundos más, ausente. Luego bebe un trago de cerveza sin apartar la vista de ella.

—Josh, dile a Megan lo que me has dicho antes sobre Chicago —dice Valerie mientras le toca suavemente el brazo.

Su marido aparta la vista de la chica misteriosa y tarda un segundo en regresar mentalmente a la conversación.

—¿Sobre qué exactamente?

Valerie suspira con paciencia.

—Sobre el hospital. Sobre que el Bellevue te parece menos caótico.

—Ah. Sí. —Da un trago a su cerveza—. Menos caótico.

Fijo la mirada en él, esperando que hable de su trabajo.

Al fin y al cabo, Valerie me ha contado que es muy interesante lo que hace.

Es cirujano de columna y es de los pocos profesionales del mundo que domina la técnica de la resección vertebral completa.

Consiste en extirpar por completo una vértebra, principalmente debido a tumores malignos, para luego reconstruir la estabilidad de la columna vertebral.

Al ser algo muy complejo y exclusivo, viaja por todo el país aceptando solo un puñado de casos al mes.

Me encantaría que hablase de ello, pero no parece muy dispuesto.

Valerie me mira con resignación.

—Mi marido es un gran conversador, como puedes comprobar.

Los tres reímos.

—¿Hace mucho que dejaste el Bellevue? —pregunto, tratando de incluirlo en la conversación.

Él cruza una mirada con su mujer, pidiéndole ayuda para recordar.

—Hace un año, más o menos —comenta. Valerie asiente.