La chica de la 62 10
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Es sábado por la mañana y, por supuesto, acudo a la peluquería. ¿Qué clase de mujer no iría a la peluquería teniendo un evento importante esa misma noche? Desde luego, yo no pienso aparecer en un rooftop lleno de médicos atractivos con el pelo bufado y las puntas abiertas.

Hace algún tiempo solía frecuentar foros de moda, ahora me inclino más por los de supervivencia financiera.

Mientras la peluquera pasa la plancha por mi pelo sin darme ni una pizca de conversación, hago cálculos mentales. Otra vez. Llevo días haciéndolos.

El sueldo del Bellevue está bien. Muchísimo mejor que el que tenía antes por los bonos que se pagan en este estado.

Pero Nueva York es una ciudad especializada en hacer volar tu dinero, que desaparece con una facilidad alarmante.

Un café por aquí, un trayecto en metro por allá, productos de higiene ridículamente caros, cenas improvisadas, ropa adecuada para eventos que no puedes evitar…

y de repente tienes la cuenta temblando antes de mitad de mes.

Y eso que no pago alquiler.

Madre mía.

Empiezo a preguntarme cuánto tiempo podré estirar el sueldo antes de tener que buscar algo extra. Algún turno adicional. Algún trabajo complementario. Cualquier cosa que me permita respirar un poco más tranquila.

Aunque no pienso dejar que esos pensamientos me arruinen el día.

No hoy.

Hoy es día de disfrutar.

Cuando salgo de la peluquería me siento bastante mejor y bastante más pobre. El pelo me cae liso sobre los hombros y estoy mucho más satisfecha con mi aspecto. De algún modo, diría que empiezo a parecerme a la Megan que fui hace años.

Aprovecho que todavía tengo muchas horas por delante antes de la fiesta para pasear por el parque Joyce Kilmer.

Hace una temperatura perfecta. Llevo toda la mañana mirando la predicción del tiempo cada veinte minutos, aterrorizada ante la posibilidad de lluvia.

Un rooftop pierde bastante encanto bajo una tormenta.

Pero no.

Cielo despejado. Sol suave. Y según la aplicación, la noche será cálida.

Eso sí es una buena noticia.

Camino despacio por uno de los senderos mientras noto una brisa agradable en la piel.

El parque está lleno de vida. Un grupo de chicos juega al fútbol sobre el césped y se gritan entre ellos en una mezcla de inglés y español.

Uno falla un pase cantado y los demás empiezan a burlarse de él entre carcajadas.

Más adelante, varias personas trotan con auriculares puestos. Una mujer pasea a un perro enorme que parece más feliz que cualquier ser humano presente. Hay parejas sentadas en la hierba, gente leyendo en bancos, niños correteando alrededor de una fuente pequeña.

Nueva York tiene eso.

Puede ser agotadora y preciosa al mismo tiempo.

Saco el móvil para comprobar la hora y justo entonces empieza a sonar.

Es mi amiga Claire. Prometí llamarla a diario y no he cumplido con mi palabra.

Sonrío automáticamente antes incluso de descolgar.

—¡Hola, doña importante! —exclama ella al otro lado del teléfono—. Empiezo a pensar que ahora que has vuelto a Nueva York, vuelves a ser una de esas personas insoportables que se olvidan de sus orígenes.

Sonrío mientras sigo caminando por el parque.

—Han pasado literalmente dos días.

—Tiempo suficiente para perder a una amiga.

—Dramática.

Escucho cómo se ríe y noto esa sensación familiar relajándome el cuerpo. Claire siempre consigue eso. Da igual cuánto tiempo pase sin verla o lo lejos que esté; hablar con ella es genial.

—¿Estás durmiendo bien? —me pregunta.

—Sí. Como un tronco.

—¿Alejada de pastillas y de copas de vino?

—No empieces, Claire.

—Lo siento, solo me preocupo por ti.

Guardo silencio.

—¿Qué tal todo? —pregunta cambiando de tema—. Quiero detalles. Nueva York. El Bellevue. Los médicos atractivos. Los traumas laborales. Cuéntamelo todo.

—No hay tantos médicos atractivos.

—Megan, por favor. Trabajas en Manhattan, no en Gringotts.

Suelto una carcajada y esquivo a un hombre que pasa corriendo junto a mí.

—Vale, alguno sí hay —admito pensando en Trevor, aunque no tenga ninguna intención de hablarle de él.

—Lo sabía.

—Pero por ahora prefiero centrarme en mí misma.

Oigo cómo suspira al otro lado.

—¿Y qué tal con Valerie? —inquiere Claire.

—Nuestra Valerie Clayton de New Haven, ahora es Valerie Fox y es una mujer increíble, la verdad.

—¿Y qué tal lleva que le levantaras el novio en la universidad?

Pongo los ojos en blanco, aunque ella no pueda verme.

—No fue exactamente así, Claire. Ya lo hemos hablado. No estaban saliendo. A ella le gustaba, pero ya está —agrego.

—Ya… vale…

Percibo algo extraño en ese tono. La conozco demasiado.

—¿Qué pasa?

—Nada. Tú solo lleva cuidado, ¿vale?

—¡Claire, venga ya! Vas a contarme qué pasa o te cuelgo y no volvemos a hablar en un mes.

La escucho balbucear.

—Vale, está bien. Pero solo es un rumor. Te lo hubiera contado ayer si me hubieras contestado la llamada.

—Deja de quejarte y dime de qué se trata.

—Pues me enteré de algo ayer por la mañana. Ya sabes que esto no es tan grande como Manhattan. Aquí nos conocemos todos. Bueno… o conocemos historias de todos.

Sigo caminando mientras observo a los chicos del campo gritar.

—En las oficinas donde trabajo hay una chica que siempre baja a fumar y se pasa el descanso entero cotilleando, justo estaba hablando con mi compañera Virginia de ti; de que te habías ido a Nueva York y que te había contratado Valerie para trabajar en el Bellevue.

—¿Y qué pasó?

—Como te digo, a esta chica le encanta marujear. Me preguntó si hablábamos de una tal Valerie que vive en Nueva York pero que se crio en Connecticut como nosotras. Le dije que sí.

Dejo de caminar.

—Continúa.

—Me dijo que conocía a Valerie por una amiga en común a la que visitaba de vez en cuando en Manhattan. Por lo visto habían coincidido en alguna fiesta.

Aprieto un poco más el móvil contra la oreja.

—¿Y?

—Según decía, el marido de Valerie es… Particular. Estuvo tonteando con otra chica durante toda la noche. Nada exagerado, pero ya sabes… demasiado simpático. Mucho contacto. Mucha atención.

Parpadeo despacio.

El viento mueve las hojas de los árboles sobre mi cabeza.

—Pensaba que trabajabas en una agencia de publicidad, no en la CIA —digo con sorna.

—Sí, Megan. Ya sé que no es el crimen del siglo.

—Entonces, ¿por qué me lo cuentas así?

Claire tarda unos segundos en responder.

—Porque dijo algo más.

Mi estómago se encoge un poco sin motivo aparente.

—¿Qué dijo? —inquiero.

—Que Valerie se dio cuenta del tonteo. Y que montó una escena horrible delante de todo el mundo. Según esta chica, estaban fatal desde hacía tiempo. Discusiones constantes. Celos. Y… bueno… insinuó que el matrimonio perfecto quizá no era tan perfecto.

—No sé si será cierto, pero cada vez tengo menos esperanzas de que exista un hombre normal —comento.

—Ahí no termina la historia. Mi compañera decía que Valerie se obsesionó muchísimo con la chica —continúa Claire—. En plan enfermizo.

Aprieto los labios mientras reanudo el paso lentamente.

—¿Enfermizo en qué sentido?

—Pues… según ella, empezó a acosarla por redes sociales.

Comentarios desde cuentas falsas, mensajes privados, cosas así.

Si la chica subía una foto, aparecía alguien llamándola provocadora o cosas peores.

Le escribían mensajes como «Das asco». «Deja de perseguir hombres casados» o «Las mujeres como tú siempre terminan solas».

Parpadeo, sorprendida.

—¿Qué?

—Sí. Y no solo una vez. Durante meses, al parecer.

Me quedo callada unos segundos.

No. No puede ser verdad.

La Valerie que yo conozco podrá ser intensa, perfeccionista y algo controladora, pero no esa clase de persona, o eso creo.

No la imagino creando cuentas falsas para acosar a nadie.

Ni siquiera encaja con la imagen que proyecta ahora.

La mujer elegante y segura que dirige medio hospital sin despeinarse.

—Claire, eso no tiene ninguna lógica —digo finalmente—. Si pasó algo así, ¿por qué la chica no denunció?

—Lo hizo.

Eso consigue detenerme otra vez.

—¿Cómo?

—Pero no sirvió de nada. Por lo visto las cuentas eran falsas y estaban creadas desde quién sabe dónde. No pudieron demostrar que fuera Valerie. Al final todo quedó en nada.

Me muerdo el labio.

—¿Cómo se llamaba la chica? —pregunto.

Claire resopla.

—Ni idea. Ya te digo que esto es una historia que nos contó la cotilla de Ruby mientras se fumaba un cigarro y criticaba a media ciudad. La conozco desde hace años y le encanta hablar. No puedes tomarte todo lo que dice al pie de la letra. Solo te lo menciono a modo de curiosidad.

—Así que no sabemos nada de esa supuesta chica atractiva a la que Valerie acosó…

—Pues poco, no te voy a engañar. Solo recuerdo que Ruby dijo que era muy guapa. Y tampoco recuerdo de quién era amiga.

Suelto aire lentamente.

Muy guapa…

Descripción útil donde las haya.

—Tendrías que ver a Valerie ahora —digo al cabo de unos segundos—. Ha cambiado muchísimo. Está impresionante. Segura de sí misma, elegante… de verdad me cuesta creer que estemos hablando de la misma mujer.

Y mientras lo digo, me doy cuenta de que lo pienso de verdad.

La Valerie que me recibió en el Bellevue parecía una mujer que tiene el control absoluto de su vida. De su trabajo. De su matrimonio.

Aunque, siendo sinceros, la mayoría de las personas podrían haber pensado que Richard y yo éramos felices.

Claire guarda silencio un instante y luego, para mi alivio, cambia completamente de tono.

—Bueno, dejando a un lado a las enfermeras acosadoras de Connecticut…

—Supuestamente acosadoras —corrijo.

—Lo que tú digas.

Sonrío.

—¿Qué pasa?

—Que dentro de dos semanas voy a Nueva York.

Eso consigue que mi humor mejore automáticamente.

—¿En serio? ¿Otra vez? Pasas más tiempo aquí que en New Haven, deberías plantearte venir a vivir conmigo.

—La verdad es que sí. Esta vez tenemos una convención aburridísima de la empresa en Brooklyn. Lo bueno es que no será un mes como la última vez. Lo malo es que tendré que escuchar a hombres con corbata hablar de productividad mientras todos fingimos que no queremos morir.

—Suena apasionante.

—Lo sé. Estoy viviendo el sueño americano.

Me río mientras abandono el parque y me acerco a la avenida.

—¿Y cuánto tiempo te quedas?

—Solo un par de días. Pero había pensado… bueno… si no es molestia… quizá podría quedarme contigo.

—Claire, ni siquiera tendrías que preguntarlo.

—¿Seguro? Porque no quiero invadir tu espacio. Además, acabas de mudarte y puedo quedarme en el hotel que me pone la empresa que, además, está cerca de tu trabajo.

—Claro que sí. Ya sabes que esto es pequeño, pero nos apañaremos.

Y es verdad. Me encantará tenerla aquí.

Solo de imaginar una cara conocida en esta ciudad enorme noto algo parecido al alivio.

—Por muy pequeño que sea, me encanta ese apartamento. Muchas gracias, Megan. Tengo ganas de que me lleves a algún sitio chulo y pedirme un Cosmopolitan.

—No creas que soy tan glamurosa. Sigo comprando pasta instantánea en oferta, no te emociones.

Claire vuelve a reírse.

—Vale, te dejo. Tengo que volver a trabajar antes de que mi jefe piense que he desaparecido.

Nos despedimos y guardo el móvil en el bolso mientras continúo caminando hacia el metro.

La ciudad parece todavía más luminosa ahora. El cielo limpio, el calor agradable, la gente ocupando las terrazas y las calles como si el verano hubiese llegado antes de tiempo.

Durante unos minutos consigo dejar a un lado las historias extrañas sobre Valerie, el dinero, Trevor y todas las demás cosas que me rondan la cabeza.

Esta noche solo quiero sentirme bien.