La chica de la 62 9
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El doctor Green debe de ser un superhéroe cuyo poder es detener el tiempo.

En cuanto aparece en la puerta de la consulta, el resto del mundo desaparece durante un segundo. El sonido de los teléfonos, las conversaciones en el pasillo, incluso mi propia respiración.

Va vestido con una camisa de seda blanca y un pantalón beige que parece diseñado específicamente para él.

La bata blanca cae abierta sobre su cuerpo y el fonendoscopio le cuelga del cuello con la naturalidad y la magia que desprenden ciertos hombres atractivos sin siquiera intentarlo.

Lleva una mano escondida detrás de la espalda y una ligera sonrisa en la boca.

—¿Se puede?

Otra vez me quedo bloqueada mirándolo más tiempo de lo socialmente aceptable.

¡Madre mía, Megan, reacciona!

—Claro. Adelante, pasa —contesto, intentando sonar digna.

Trevor entra en la consulta y entonces desvela lo que ocultaba tras la espalda. Una caja de bombones Whitman’s Sampler, los de chocolate con leche.

Mis favoritos.

No hacen falta más pruebas, este hombre está hecho para mí.

—Quería darte esto —dice acercándomela—. Por haberme ayudado.

Noto el calor subiéndome por el cuello a toda velocidad. Me sudan las manos hasta el punto en el que temo que la caja se me resbale en cuanto la coja. La sujeto con cuidado y la dejo sobre la mesa antes de hacer el ridículo.

—No tenías por qué… Qué detalle más bonito has tenido. Que sepas que me encantan.

—¿A quién no le gustan? Están buenísimos.

Levanto la vista hacia él.

—Supongo que habrá alguien a quien no le guste el chocolate.

Trevor se encoge ligeramente de hombros.

—Es posible. Pero tú pareces alguien con criterio.

—¿Qué te hace pensar eso? —inquiero con un tono que suena a flirteo. Lo he hecho de manera instintiva. No se me daba mal dejarme querer antes de conocer a Richard, solo que creía que esos impulsos estaban demasiado enterrados.

—Soy cardiólogo, no psicólogo. No trato de sentar cátedra. Diría que es solo una suposición.

Sin darme cuenta, mis dedos comienzan a atusar un mechón de pelo que me cae por la frente.

—Es posible que te decepcione entonces.

Se apoya relajadamente contra la pared de la consulta y siento que el espacio se vuelve demasiado pequeño para los dos.

—El señor Wilson está bien —me explica, cambiando de tema—. Conseguimos revascularizar la circunfleja en hemodinámica y colocarle un stent a tiempo. Si hubiéramos tardado un poco más, probablemente habría terminado en parada cardíaca.

Me alegra escuchar eso.

—Menos mal…

—Tu determinación ayudó mucho —añade.

Niego enseguida.

—No hice nada especial. Solo le hice un electrocardiograma. Cualquiera podría haberlo hecho.

Trevor me mira con una sonrisa que amenaza con petrificarme.

—No te quites mérito.

—Quizá solo estaba en el sitio adecuado en el momento oportuno.

—Pues me alegra que fuera así —dice él cruzando los brazos.

Maldita sea. ¿Qué ha sido eso? ¿Se me está insinuando?

¿Es un sueño? ¿Me he pasado con el valium?

Noto cómo me arden las mejillas.

Intento desviar la conversación.

—Puedes pedirme ayuda cuando quieras, pero nada de bombones. No quiero engordar.

Él me recorre con la mirada de arriba abajo sin ningún disimulo y después sonríe despacio.

—Yo te veo estupenda.

Perfecto.

Ahora sí que voy a morir aquí mismo.

Me aclaro la garganta y finjo ordenar unos papeles que no necesitan ningún orden. ¿Disfruta ruborizándome? Porque se está ensañando.

Da un paso hacia mi mesa, aún con los brazos cruzados.

—¿Qué tal tu primer día? —pregunta entonces—. ¿Has salvado alguna otra vida?

Agradezco el cambio de tema.

—Bastante bien, me he sentido muy cómoda.

Menos en este momento, pienso. El corazón me late tan fuerte que temo que me reviente una arteria.

—Bienvenida al Bellevue, es un muy buen lugar para trabajar.

Sonrío un poco.

—Necesitaba cambiar de aires. Empezar de cero.

—¿Y por qué elegiste Nueva York? —me pregunta con un semblante que muestra interés en mi respuesta.

—No sé… Supongo que está cerca de mi hogar y todo el mundo sueña con vivir aquí.

Sus ojos se suavizan.

—Entonces espero que la ciudad esté siendo amable contigo.

—No es la primera vez que vivo aquí. Solo que la última vez no tuve una buena experiencia.

Trevor se acaricia el mentón mientras me observa.

—Vaya, ¿qué sucedió?

No pienso hablarle de eso.

—Una larga historia.

Él asiente y ladea la cabeza.

—Tengo la intuición de que esta vez será distinto.

Solo puedo dibujar una sonrisa bajo el brillo de mis ojos.

—Todavía no lo sé. Pregúntame dentro de un mes.

Y si es posible, que sea en una cama, bajo las sábanas, después de haber hecho el amor.

—Lo haré.

Se encoge de hombros, mete las manos en los bolsillos de la bata y vuelve a dedicarme esa sonrisa fácil de hombre peligrosamente encantador.

—Si necesitas cualquier cosa para adaptarte a la ciudad, puedes contar conmigo —añade Trevor.

—Gracias. Lo agradezco de verdad.

—Yo nací en Albany, pero llevo muchos años aquí. Estudié medicina en Harvard y cuando terminé decidí instalarme en Nueva York. Así que conozco bastante bien la ciudad.

Harvard.

Claro que estudió en Harvard.

Probablemente también salve gatitos en su tiempo libre y done sangre los domingos.

—Entonces eres neoyorquino de adopción.

—Exacto.

Me río y juego distraídamente con la esquina de la caja de bombones.

—Este fin de semana quiero aprovechar para caminar un poco y conocer mejor la ciudad —digo, haciéndome la interesante—. La última vez que estuve aquí apenas salía de casa. Así que solo conozco los sitios más típicos: Times Square, Central Park, esas cosas… pero me gustaría ir un poco más allá.

—Eso está bien. Nueva York mejora mucho cuando sales de lo turístico.

—Eso espero.

Trevor da un par de toques con la punta de los dedos sobre mi mesa, dando a entender que va a marcharse.

—Bueno, te dejo trabajar. No quiero molestarte.

Y entonces ocurre.

Antes de que mi cerebro pueda detenerme.

—¿Tienes planes para el sábado? —le suelto.

El silencio que sigue es desgarrador.

Dios mío.

Dios mío.

¿Acabo de invitar a salir a un hombre?

No creo que haya hecho algo así en toda mi vida. Ni una sola vez.

Siempre ha sido al revés. Richard dio el primer paso. Los chicos de la universidad daban el primer paso. Incluso cuando alguien me gustaba, esperaba. Observaba. Dejaba que las cosas sucedieran solas poniendo de mi parte, eso sí, pero jamás me lanzaba.

Y ahora resulta que llevo menos de una semana en Nueva York y estoy invitando al hombre más atractivo del universo a pasar tiempo conmigo el sábado.

Me noto completamente expuesta. Vulnerable de una manera rarísima.

La Megan de hace un par de meses jamás habría hecho algo así.

La Megan de hace un par de meses todavía lloraba por un hombre que la hizo sentirse insuficiente incluso cuando decía quererla.

Trevor me observa con una sonrisa.

—La verdad es que no —responde—. Haré algo de deporte por la mañana, pero estoy libre por la tarde.

Tengo tiempo de retractarme.

De decir que solo preguntaba por educación.

De fingir un infarto.

¡No, mierda! Es cardiólogo y no colará.

En lugar de eso me cargo de valor.

—Me han preparado una fiesta de bienvenida en el rooftop del Empire Hotel y… Bueno… Quería preguntarte si te gustaría venir.

Trevor se inclina hacia mí. Y sonríe todavía más.

—Pues… La verdad es que no suelo salir mucho.

—Ah… Claro. Lo entiendo. Estarás muy ocupado, perdona por no haberme dado cuenta. No debí…

—Pero supongo que podría hacer una excepción —interrumpe Trevor.

La tensión abandona mi cuerpo tan rápido que casi me mareo.

Madre. Mía.

No soy capaz de responder. Él sigue sonriendo. Este hombre sabe perfectamente lo que provoca.

Se aparta finalmente de la puerta y empieza a caminar hacia el pasillo.

—Nos vemos el sábado, Megan.

Antes de desaparecer, gira el rostro hacia mí y me guiña un ojo.

Y yo me derrito de una manera ridícula en mitad de la consulta.