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Una vez más, he dormido de maravilla.
Todavía me sorprende abrir los ojos y no sentir esa presión en el pecho que me acompañó durante toda la estancia en casa de Claire.
Ni despertarme a las tres de la madrugada repasando mentalmente mis conversaciones con Richard, pensando que todo había sido una pesadilla y que por fin había terminado.
Ni mirando el techo hasta que amanecía sin ser capaz de conciliar el sueño.
Aquí es distinto; caigo rendida. Supongo que haber iniciado una nueva dinámica ayuda. O quizá Manhattan consigue agotarte de una forma tan salvaje que el cuerpo se rinde, aunque la cabeza siga funcionando.
Aun así, mientras me lavo las manos después de atender a la señora Connolly, pienso en el pequeño bote de Valium que hay dentro del armario de mi cuarto de baño y me planteo dejarlo. Él es el verdadero culpable de mi sueño profundo. No debo engañarme.
No quiero depender de eso toda la vida. Ni quiero volver a pasarme de dosis como sucedió después de la ruptura y dormir veinte horas seguidas hasta que Claire me despertó a base de bofetadas.
Soy enfermera. Sé perfectamente cómo empieza la gente a engancharse. Una pastilla para dormir una noche complicada. Luego otra porque ha funcionado de maravilla. Después media porque «Está todo bajo control». Y un día descubren que no recuerdan cómo dormían antes de necesitarla.
Además, mezclarlo con alcohol es una pésima idea.
Aunque solo sean dos copas de vino. O tres… ¿Qué necesidad tengo de mentir?
Se me hizo tarde intentando desbloquear un móvil ajeno envuelta en mi fino y cómodo pijama de algodón.
Vale. Admito que quizá ayer crucé una pequeña línea moral.
Pero la intriga es ese componente que convierte lo cotidiano en extraordinario y mi vida últimamente carece de él.
Ese teléfono es un misterio. Y los misterios están hechos para resolverse.
La señora Connolly me mira por encima de sus enormes gafas cuando termina de colocarse el zapato ortopédico y su expresión consigue sacarme de mis pensamientos.
—Entonces, ¿estás segura de que no necesito volver?
—Completamente, señora Connolly. Su herida ha curado por completo y ahora solo necesita volver a la actividad normal.
Ella aprieta los labios.
—¿Y no me pone nada? ¿Ni una venda ni una tirita… nada?
No se fía de mí. Lo percibo al instante.
Suele pasar con las personas mayores cuando ven a una chica joven. Curiosamente, esa incertidumbre desaparece por arte de magia cuando el joven es un hombre con bata. Pero ese es otro tema al que no pienso dedicar energía ahora mismo.
—No, señora. Eso solo maceraría la piel y a las personas diabéticas como usted podría darle problemas.
—No viste la picadura que tenía. Se me hizo un agujero enorme en el talón.
Contengo un suspiro profesional.
—Lo sé. Aunque no haya visto su herida en concreto, he visto muchas idénticas en el tiempo que llevo trabajando como enfermera y estoy segura de que lo que le estoy recomendando es lo mejor para usted. Las picaduras de araña violinista no son tan inusuales, señora Connolly.
Ella sigue observándome unos segundos más, evaluando sin disimulo si tengo edad suficiente para saber lo que hago.
Después resopla.
—Voy a demandar a la compañía del tren donde me picó.
¿En serio?, pienso con ironía. ¡Qué sorpresa! Me limito a asentir.
—No hay derecho a que estuviera a punto de perder la pierna porque no hicieran bien su trabajo y no fumigaran los vagones —añade ella.
Trato de perfeccionar esa expresión neutra que utilizamos todos los sanitarios para sobrevivir a ciertos pacientes.
Estaría encantada de preguntarle más sobre cómo se fumigan exactamente los vagones de tren, pero para eso tendría que importarme.
La gente no entiende que soy enfermera, no jueza del Tribunal Supremo.
Yo no decido qué demandas se admiten y cuáles no.
Yo solo escribo en la historia clínica lo que veo y lo que hago.
Y, sinceramente, bastante tengo ya con intentar que nadie descubra que llevo dos noches obsesionada con un teléfono bloqueado encontrado dentro de un sofá.
La señora Connolly resulta ser la última paciente citada de mi primera mañana de trabajo.
Cuando Valerie me explicó el horario ayer, me advirtió que el primer día solo tendría cinco pacientes para aclimatarme poco a poco.
En aquel momento pensé que quizá exageraba, pero ahora, mientras cierro la historia clínica de la señora del talón apocalíptico, me doy cuenta de que está poniendo todo de su parte para que me sienta bien.
Y es… maravilloso.
No podía haber elegido un mejor lugar para reiniciar mi actividad profesional.
Miro la hora en la esquina del ordenador y arqueo las cejas.
Todavía es media mañana.
La consulta ha quedado en silencio cuando mi última paciente ha cerrado la puerta. Técnicamente podría irme. Valerie me dejó claro que no esperaba que me quedara más tiempo del necesario.
Podría volver al apartamento o dar una vuelta.
Century 21 ha vuelto a abrir hace poco y recuerdo perfectamente a mi madre hablando maravillas de ese sitio. Decía que era el paraíso para encontrar complementos de diseñador a precios humanos.
Además, es viernes. Hasta el lunes no vuelvo a trabajar.
Tengo todo el fin de semana libre y, por increíble que parezca, una fiesta mañana por la noche a la que estoy deseando ir.
La idea me hace sonreír sola.
Hace apenas unas semanas me habría parecido impensable tener ganas de arreglarme para salir, conocer gente o tomar una copa en una azotea de Manhattan. Y ahora llevo toda la mañana pensando en el vestido negro que me voy a poner.
Quizá sea mejor no abusar de la confianza de Valerie en mi primer día.
Me recuesto un poco en la silla y observo la consulta.
Puedo quedarme un rato más. Revisar historias clínicas. Familiarizarme con el sistema. Hacer algo que parezca profesional.
O…
Tal vez…
Navegar por internet, tratando de averiguar si existe alguna manera de desbloquear un viejo iPhone 11.
Muerdo el interior de mi mejilla mientras saco de mi bolso el móvil que encontré en el hueco del sofá.
Ayer, cuando vi el rostro enmascarado de Linda Ross iluminando la pantalla bloqueada, sentí un vuelco en el corazón.
Linda Ross.
La mismísima Linda Ross.
La actriz de Broadway que vivió durante una temporada en el apartamento de mi madre cuando su carrera estaba despegando.
Recuerdo perfectamente los carteles de sus musicales pegados en algunas cafeterías de Manhattan.
Su sonrisa enorme. Su cuerpo perfecto desprendiendo un magnetismo sin igual.
Las entrevistas y el enigma de su verdadero rostro, siempre oculto bajo la máscara veneciana.
Y luego, de repente, nada.
Desapareció prácticamente de un día para otro.
Nunca hubo una explicación oficial. Solo su vídeo de Instagram en el que decía que necesitaba parar y una sarta de rumores vagos que aseguraban que Linda tenía problemas con las drogas.
Ni siquiera ella ha explicado jamás qué ocurrió realmente.
¿Será posible que en el móvil que encontré se halle la respuesta a ese enigma?
La idea es completamente irresistible.
Me inclino sobre el teclado y escribo:
«¿Cómo desbloquear un iPhone 11 si no tengo la contraseña?»
Las respuestas que aparecen serían tremendamente útiles si yo fuese Linda Ross y simplemente hubiera olvidado la clave de mi teléfono.
Restablecer el dispositivo. Recuperar el acceso mediante el correo asociado. Utilizar Face ID. Conectarlo a iTunes. Recuperación desde iCloud.
Fantástico.
Muy eficiente todo… Siempre que seas la propietaria legítima del móvil y no una enfermera entrometida que ha encontrado un teléfono perdido dentro de un sofá.
No dispongo del correo para restablecer la contraseña. Y no creo que ponerme la misma máscara veneciana que llevaba Linda active el reconocimiento facial.
Dios… Estoy delirando.
Aunque pudiera conectarlo al ordenador y reiniciarlo de fábrica, eso tampoco serviría de nada. Yo no quiero borrar el contenido. Precisamente lo que quiero es verlo.
Me paso una mano por la frente y vuelvo a escribir.
«Me he encontrado un iPhone 11, ¿lo puedo desbloquear?».
Vale.
Esto empieza a ponerse interesante. Hay gente que se dedica a ello.
Abro varios enlaces y termino entrando en un subforo de Reddit donde usuarios anónimos hablan del tema con una tranquilidad inquietante. Según parece, por unos cien dólares pueden desbloquearte prácticamente cualquier teléfono.
Leo más abajo.
Uno lo hace en Harlem.
Dos en el Bronx.
Y seguramente haya muchísimos más si sigo buscando con calma.
Me aparto un poco del escritorio, horrorizada conmigo misma. Ni por asomo voy a dejar constancia de que he cometido un delito.
Porque esto es un delito, ¿verdad?
No estoy tan loca. No pienso tirar mi vida a la basura por una curiosidad estúpida e infantil.
Exhalo despacio y apoyo la espalda en la silla.
Tal vez debería hacer lo lógico. Escribirle directamente a Linda Ross.
Después de todo, su cuenta de Instagram sigue activa, aunque sin actividad. Podría enviarle un mensaje diciendo que me he encontrado su teléfono, que soy la hija de la propietaria del apartamento de Manhattan donde vivió una temporada.
Y ya está.
Fin del misterio.
Quizá quedemos para devolvérselo y tomarnos un café. La idea me hace sonreír ligeramente. Quién sabe. Podría terminar siendo mi nueva amiga en Nueva York.
Aunque primero tendría que averiguar si sigue viviendo aquí, porque eso es algo que no sé.
Vuelvo la vista hacia la pantalla y veo un comentario distinto entre todos los demás.
Uno de esos mensajes escritos por alguien que parece demasiado seguro de lo que dice.
Arrugo la frente y me acerco un poco más a la pantalla.
«Si el teléfono todavía recibe notificaciones, espera a que entre una llamada. A veces Siri puede activarse desde ahí, aunque el móvil esté bloqueado».
Se me corta la respiración un instante.
No.
Ni hablar. Ni se me ocurre intentarlo. Además, el móvil no parece estar operativo, lo más lógico es que lo dieran por perdido e hicieran un duplicado de tarjeta SIM, con lo que no llegan notificaciones.
Permanezco inmóvil unos segundos.
Continúo leyendo el subreddit y cada vez me parece más increíble la cantidad de información que uno puede encontrar ahí dentro.
Internet es un lugar peligrosísimo.
Algunos usuarios no tienen ni idea de lo que hablan, eso está claro. Se nota enseguida quién improvisa y quién simplemente repite algo que leyó en otra parte. Pero otros… otros parecen auténticos genios de la informática.
O de cualquier otro tema, en realidad, si te pierdes por otro foro distinto.
Al menos, tratan de dar esa imagen.
Sigo bajando comentarios hasta que uno llama mi atención. El usuario se hace llamar Padfoot23.
Y el mensaje dice:
«El iPhone 11 en concreto no llevaba lector de huella dactilar.
Fue uno de los primeros móviles en incorporar el desbloqueo facial, que no funcionaba tan bien como ahora, si es de los primeros que salió, es decir, del año 2019, recuerdo que había muchos usuarios que reportaban errores con la pantalla rota.
Decían que el móvil se desbloqueaba solo al detectar cualquier rostro.
Puede funcionar, pero claro, tienes que romper la pantalla delantera».
Vale, esto es interesante, pienso.
Muy interesante.
Porque el iPhone de Linda ya está roto.
Se me acelera el pulso solo de pensarlo.
Esto es una locura. Una locura absoluta.
Y, sin embargo, noto esa emoción infantil creciendo dentro de mí. La sensación de estar a punto de abrir una puerta prohibida.
Entonces alguien llama a la puerta con los nudillos.
Doy un respingo tan fuerte que casi me caigo de la silla.
—¡Joder! —susurro llevándome una mano al pecho.
Cierro la ventana del navegador.
—¿Sí? —digo intentando sonar normal.
Aunque estoy bastante segura de que ahora mismo tengo cara de ciberdelincuente.
La puerta se abre.
Es Trevor.