La chica de la 62 7
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Empujo la puerta del apartamento con la cadera mientras sostengo la bolsa reutilizable de Whole Foods pegada al pecho. La cerradura se resiste unos segundos, tantos que compruebo varias veces que estoy en la puerta correcta.

Cuando consigo entrar, dejo la bolsa sobre la encimera y me apoyo un momento en ella, soltando el aire despacio.

Ha sido una tarde bastante agradable. Me sorprende que haya sido así. No me esperaba estar tan bien en solo un par de días aquí.

De camino a casa he parado a comprar algo de comida en el local de Columbus Circle.

He salido de allí con una bandeja enorme de mac va a ser todo un desafío.

¿Cómo hace la gente para no engordar en Manhattan?

Todo aquí parece diseñado para sabotear cualquier mínima intención de autocontrol.

Las pastelerías exhiben tartas detrás de los escaparates como si fueran joyerías.

Todas las cafeterías venden cookies que parecen sacadas de un cuento de hadas.

Incluso esos cronuts que supuestamente ya pasaron de moda siguen mirándote desde las vitrinas pidiendo una última oportunidad.

Y luego están los puestos callejeros. El humo de la carne a la brasa flotando por las avenidas, las salsas chisporroteando, los perritos calientes que en teoría deberían ser mediocres pero que, por alguna razón, son una pequeña delicatessen cuando los comes caminando junto a Central Park.

Ya me cuidaré más adelante.

Hoy definitivamente me lo he ganado.

Me llevo una mano al estómago recordando el pequeño paseo que he dado por Central Park. Me han llamado la atención las placas metálicas de los bancos de madera con frases grabadas. Especialmente una de ellas donde podía leerse:

«Sabía que esto iba a pasar».

Así, sin más.

Me he quedado mirándola varios minutos mientras pensaba en el doctor Trevor Green.

En él y en sus ojos claros.

En él inclinándose hacia mí.

Siempre me he considerado una persona racional y prudente. Bastante inmune a las tonterías románticas. Pero ahora mismo una parte de mí quiere creer que encontrarme esa frase después de conocerlo podría ser algún tipo de capricho del destino.

Aunque también existe la posibilidad de que tanta grasa saturada haya empezado a taponarme las arterias y la sangre no esté llegando correctamente a mi cerebro.

Sí, eso probablemente tiene mucho más sentido. Aunque, sea como sea, lo cierto es que no estoy pensando en Richard y eso es todo un logro.

Abro la nevera y dejo dentro la botella de agua que he comprado. Entonces veo mi reflejo deformado en la puerta metálica del microondas y resoplo.

Está bien que Trevor me haya ayudado a despistar la mente y entretenerme, pero debo dejar de idealizarlo y fantasear.

Solo que no encuentro la manera de dejar de pensar en él.

Después del paseo, he terminado entrando en un Trader Joe’s; necesitaba urgentemente un champú decente.

Con este calor se me bufa el pelo de una forma ridícula y quiero dar buena impresión el próximo sábado en esa fiesta a la que, sinceramente, cada minuto que pasa tengo más ganas de ir.

He pasado casi veinte minutos frente a la sección de cuidado capilar hasta decidirme por un bote de Olaplex No.

4. Se me escapa un poco del presupuesto, pero todavía tengo algo en la cuenta corriente de cuando trabajaba.

No demasiado, desde luego, pero quizá haya llegado el momento de permitirme ciertas licencias.

Pequeñas cosas como:

Un buen champú.

Una cena grasienta.

Una fiesta en un hotel de Manhattan.

Intentar volver a sentirme guapa.

Porque después del Trader Joe’s he cometido otra imprudencia financiera.

He parado en el outlet de Bloomingdale’s de Broadway, el que queda relativamente cerca de Columbus Circle, y he salido de allí con un vestido negro colgado del brazo y una mezcla de culpa y satisfacción peleándose dentro de mi cabeza.

Necesitaba algo que combinara con mis Jimmy Choo nude de tacón fino.

Richard me los regaló por mi cumpleaños y apenas me los he puesto tres veces.

Son preciosos. Elegantes. El tipo de zapatos que te obligan automáticamente a mejorar la postura y fingir que tienes una vida muchísimo más sofisticada de la real.

Los salvé de milagro. De hecho, es el único regalo de Richard que conservo.

Miro la bolsa de Bloomingdale’s apoyada junto al sofá y noto una pequeña punzada de emoción.

El vestido es sencillo. Ajustado en la cintura, con la espalda ligeramente descubierta y una tela vistosa. Cuando me lo he puesto en el probador, durante unos segundos, he vuelto a reconocerme. Así que vale cada centavo de los doscientos dólares que me ha costado.

Me doy una ducha que me sienta de maravilla.

Me quedo varios minutos bajo el agua caliente, dejando que me afloje la tensión de los hombros mientras el nuevo champú hace milagros temporales con mi pelo. Cuando salgo del baño me noto más ligera, más relajada. Casi reconciliada con el mundo.

Me coloco una mascarilla facial que me refresca, me sirvo una copa de vino y doy un pequeño sorbo mientras camino descalza por el apartamento envuelta en el albornoz.

La verdad es que no creo que cene.

Quizá luego me coma una pieza de fruta. O dos. Pero la pasta me ha dejado llenísima y, lejos de las calles, desaparece esa tentación constante de pecar cada cinco metros.

Aquí dentro no hay olor a pizza recién hecha ni escaparates llenos de cannoli .

Solo estoy yo, mi copa de vino y el zumbido lejano de Manhattan colándose por la ventana.

Miro mis piernas mientras cruzo el salón y decido que el sábado por la mañana me depilaré. Apenas tengo vello, pero aun así sé que me sentiré mejor si voy recién depilada.

Sí. Definitivamente me estoy tomando esa fiesta demasiado en serio.

Entro en la habitación y me pongo el pijama. Cuando me siento en el borde de la cama para calzarme las zapatillas, mis ojos se detienen en la mesilla.

El teléfono.

El que encontré ayer atrapado en el hueco del sofá.

Se me había olvidado por completo. Lo observo conectado al cargador.

Después de todo lo de Trevor, la emergencia en el hospital y mi paseo de hoy, el móvil había desaparecido totalmente de mi cabeza. Pero ahora que lo veo ahí… Vuelve a picarme la curiosidad.

Ayer me resultó extrañamente útil para no pensar. Y ahora siento otra vez esa necesidad imperiosa de resolver el misterio.

Aunque es casi imposible que funcione.

Lo he dejado cargando durante todo el día por si el problema era simplemente la batería, pero quién sabe cuánto tiempo lleva perdido ese teléfono. Su dueño seguramente ni recuerde dónde lo perdió.

Me acerco despacio.

La pantalla sigue rota y completamente negra.

Justo lo que temía.

Lo desconecto del cargador y me lo llevo al salón, previo paso por la cocina para servirme una copa de vino. Me acomodo en el sofá, me arropo las piernas con una manta fina y presiono el botón de encendido.

Y entonces sucede: la manzanita blanca aparece sobre el fondo negro.

Mi corazón da un pequeño vuelco.

Dios mío.

Mi vida es muchísimo más interesante de lo que pensaba hace una semana.

Estoy literalmente a punto de resolver un misterio y, por algún motivo, el pulso se me acelera tanto que parece que vaya a descubrir una conspiración internacional en lugar de un teléfono olvidado entre cojines.

¿Tendrá Bitcoins almacenados y seré una nueva millonaria?

¿Es eso posible siquiera?

El móvil tarda una eternidad en arrancar; tal vez me he hecho ilusiones demasiado pronto.

Mientras decide si quiere volver oficialmente a la vida o no, doy un trago largo a la copa de vino. Tan largo que cuando aparto el cristal de mis labios ya no queda nada dentro.

Perfecto.

Cuando estoy a punto de levantarme para servirme un poco más, presa absoluta de la curiosidad, la pantalla se ilumina por completo.

Y aparece un mensaje.

«Introduzca su contraseña».

Vaya.

Aquí es donde muere mi aventura.

Por puro instinto pruebo los típicos números ridículos.

123456.

Nada.

654321.

Ni siquiera un poco de suerte cinematográfica.

Resignada, dejo el teléfono sobre la mesa de centro con un bufido y me dejo caer contra el respaldo del sofá preguntándome si existirá alguna forma de desbloquearlo sin pertenecer al FBI.

Me quedo pensativa durante un minuto que se alarga un poco más de la cuenta.

Y entonces la pantalla vuelve a iluminarse.

Pero esta vez no aparece el teclado; aparece el fondo de pantalla de bloqueo.

A pesar de que el cristal de la pantalla está desquebrajado, reconozco inmediatamente a la persona que sale en la foto.