La chica de la 62 6
20%

6

Las últimas dos horas han sido intensas.

Mucho.

Ahora estoy sentada en uno de los bancos del jardín delantero del Bellevue, con un sándwich de pavo y queso descansando sobre el regazo mientras observo a la gente pasar frente a mí.

Varios pacientes han bajado a dar un paseo acompañados de familiares.

Algunos caminan despacio, otros tienen cara de haber recibido buenas noticias.

La temperatura es perfecta para estar fuera; ni demasiado calor ni el frío incómodo que se cuela bajo la ropa.

Respiro hondo y trato de relajarme, me lo merezco.

Ha sido una mañana muy exigente en todos los sentidos.

Si este es el ritmo de la ciudad de Nueva York, efectivamente, voy a tener que acostumbrarme.

Valerie me ha obligado prácticamente a coger el sándwich antes de desaparecer otra vez hacia el interior del hospital.

—Come algo, Megan. Tienes cara de desplomarte en cualquier momento —me ha dicho.

Y sinceramente, puede que tenga razón.

No tengo demasiada hambre, pero aun así le doy otro bocado por pura responsabilidad.

Sería bastante ridículo acabar desmayada aquí en medio, rodeada de personas que me verían desfallecer y también sería, sin lugar a dudas, la entrada más triunfal que alguien tuvo en uno de los hospitales más antiguos de este país.

Mastico despacio mientras recuerdo todo lo que ha pasado.

Después de acompañar al doctor Green y al convaleciente Eugene Wilson hasta hemodinámica, me quedé esperando fuera de la sala durante un buen rato.

No sé exactamente cuánto tiempo. El suficiente para notar cómo la adrenalina iba abandonando mi cuerpo poco a poco y aún me temblaban las piernas.

Trevor no salió en ningún momento. Imagino que siguió con el procedimiento o se quedó hablando con el equipo médico.

Al final entendí que no podía quedarme plantada allí eternamente, así que regresé a la consulta y llamé a Valerie. En cuanto le expliqué lo ocurrido, dejó lo que estaba haciendo y apareció pocos minutos después.

Todavía puedo verla apoyándose contra la puerta, mirándome con esa mezcla de orgullo y sorpresa.

—Has estado increíble.

No voy a fingir que no me gustó escucharlo.

Porque la verdad es que tenía miedo.

Llevo semanas preguntándome si sería capaz de volver a trabajar con normalidad después de todo lo ocurrido con mi vida este último año.

Después de la ruptura. Después del desastre emocional en el que me convertí durante meses.

Temía bloquearme en mitad de una urgencia.

Temía necesitar ayuda constante. Convertirme en un problema para los demás.

Pero no es eso lo que ha sucedido esta mañana.

Cuando el doctor Green me expuso la posible emergencia, mi cuerpo reaccionó antes de que mi cabeza pudiera llenarse de dudas. Me moví. Actué y pensé con claridad. Hoy, después de muchísimo tiempo, he vuelto a sentirme yo misma.

No la mujer abandonada en mitad de una boda.

No la versión rota de Megan Moore.

Me he sentido como la enfermera que algún día fui. Aquella mujer que solo dependía de sí misma.

Apoyo la espalda en el banco y cierro los ojos un instante mientras una brisa suave me aparta varios mechones de pelo de la cara.

Seguramente, aún me quede mucho camino para volver a ser la profesional que fui. Lo sé. Hay heridas que no cicatrizan solo porque tengas un buen día.

Pero esto es un buen comienzo.

Durante nuestra charla, he estado tentada varias veces de preguntarle a Valerie por el doctor Green.

Por Trevor.

Después de esta mañana, creo que ya puedo dirigirme a él por su nombre de pila sin sentir que estoy faltándole al respeto a alguna norma arcaica e impostada del hospital.

Sin embargo, he decidido no hacerlo. ¿Qué ganaría preguntando?

Saciar mi curiosidad, simple y llanamente.

Porque hombres como Trevor Green no están solos.

Eso es un hecho universal. Seguro que está casado o tiene una novia espectacular que parece salida de una campaña de Victoria´s Secret.

Una de esas mujeres que estudian en universidades privadas, saben exactamente qué copa utilizar para cada vino y colaboran con asociaciones benéficas los fines de semana porque, además de perfectas, tienen tiempo libre para salvar el mundo.

Y probablemente ella también sea cardióloga o neurocirujana o astronauta. Algo elegante y brillante.

Además… No quiero darle esa imagen de mí a Valerie.

Bastante tuvo conmigo en la facultad cuando le levanté a su amor platónico como para que ahora piense que he venido a Manhattan a babear detrás de médicos atractivos.

Aunque no haya mostrado ni una pizca de rencor por lo que ocurrió entre nosotras hace años, prefiero ser prudente.

Solo me ha parecido un hombre apuesto.

Sin más.

Bueno…

Insultantemente apuesto.

Pero eso no significa nada. Mi interés es simple curiosidad. Al fin y al cabo, no estoy preparada para iniciar una relación. ¿Cómo voy a estarlo? Hace no mucho me dejaron plantada mientras planeaba una boda delante de ciento cuarenta invitados y unos músicos carísimos.

Aunque, siendo sincera… No me lo creo ni yo.

Si Trevor me propusiera una cita, me arrastraría hasta el lugar que él quisiera, a la hora que él quisiera y pediríamos exactamente lo que él quisiera. Y seguramente le daría las gracias.

Suelto una pequeña risa para mí misma y niego con la cabeza antes de darle otro mordisco al sándwich.

Será mejor dejar de fantasear.

Levanto la vista hacia el jardín delantero del Bellevue.

El edificio se alza detrás de mí, imponente, exhibiendo siglos de historia.

Frente a la entrada principal hay varios caminos de piedra rodeados de pequeños parterres llenos de flores amarillas y arbustos recortados con elegancia.

Unas cuantas mesas metálicas ocupan la zona más cercana a la cafetería y varias familias aprovechan el buen tiempo para sentarse fuera.

Incluso hay un violinista callejero tocando algo suave cerca de la verja exterior.

Esta ciudad tiene esa capacidad innata de convertir cualquier escena cotidiana en algo cinematográfico.

Entonces veo a un hombre acercándose inequívocamente hacia mí.

Debe de rondar mi edad. Lleva bata blanca y una identificación colgada al cuello que se balancea ligeramente mientras camina. Tiene el pelo oscuro, algo más largo de lo habitual en un médico, y mantiene una sonrisa que no sé cómo interpretar mientras me clava la mirada.

Arrugo la frente y miro por encima del hombro.

No hay nadie detrás de mí.

Cuando vuelvo la vista al frente, él sigue acercándose.

Y sigue sonriendo.

Vale.

Definitivamente viene hacia aquí. Lo miro intentando no parecer asustada.

Cuando llega hasta el banco, descubro que es bastante mono.

Ni por asomo como Trevor, claro. Él juega en otra liga directamente inalcanzable para el resto de mortales.

Pero este hombre tiene buen aspecto. Se nota que se cuida y que usa alguna crema hidratante por cómo le brilla la piel, lo cual ya es muchísimo hoy en día.

—¿Megan Moore?

—Depende de quién pregunte.

Él suelta una pequeña risa.

—Doctor Walker. Nefrología. Aunque prefiero Arthur. «Doctor Walker» me hace sentir como si tuviera setenta años y gritara a mis vecinos por poner la música demasiado fuerte.

Vale. Es uno de esos.

El típico que es simpático por naturaleza. De los que hablan con todo el mundo como si los conocieran de hace años.

Y honestamente, no me gustan demasiado las personas tan extrovertidas.

Desconfío de la gente por inercia. Probablemente porque la experiencia me ha enseñado que quienes parecen encantadores suelen esconder algo debajo; algún tipo de tara oculta. O tal vez sea yo la extraña. ¿Quién sabe?

Aun así, le devuelvo una sonrisa educada.

—Yo soy Megan. Megan Moore. Soy enfermera y voy a empezar a trabajar aquí.

—Lo sé —dice enseguida—. Valerie me ha hablado de ti.

No sé por qué, no me sorprende. Desde que me dejaron plantada, la gente siente una necesidad imperiosa de hablarle a otros hombres sobre mí en un intento ridículo de convertirse en nuestro Cupido.

Arthur se sienta a mi lado con total naturalidad, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.

—Valerie y yo somos amigos desde hace años. También conozco a su marido. Así que cuando me dijo que una vieja amiga venía a trabajar al Bellevue, sentí curiosidad.

Vieja amiga. Vale, esto me supera y tengo que contener la risa.

Si Valerie le hubiera contado toda la historia de la facultad probablemente no luciría esa sonrisa al verme.

—Espero que solo haya contado las partes legales —bromeo.

Arthur se ríe con una carcajada demasiado alta. No era una broma tan buena.

—No te preocupes. Todos tenemos expedientes cuestionables a los veinte.

Le doy otro pequeño bocado al sándwich mientras él me observa con expresión tranquila.

—¿Así que eres de New Haven?

Asiento.

—Sí. Nací allí.

—Mi madre también. Bueno, nació cerca. He ido varias veces. Me gusta Connecticut. Tiene algo carismático.

—Eso es una forma elegante de decir lo aburrido que es.

—No me atrevería a desprestigiar tu ciudad natal tan rápido.

Me río un poco, esta vez de verdad.

—No me ofendo. Después de vivir allí toda la vida acabas conociéndote hasta el número de grietas de las aceras.

—¿Y por eso decidiste venir a Manhattan?

La pregunta me hace mover ligeramente el hombro.

—Necesitaba un cambio —contesto.

No añado nada más y, para mi alivio, Arthur parece entender perfectamente que no quiero profundizar.

—Bueno, espero que Manhattan no te decepcione —dice mientras se reclina un poco en el banco—. Yo he vivido aquí toda mi vida y aun así me planteo irme al menos tres veces por semana.

—¿Tan terrible es?

—Depende del día. Si preguntas después de pasar cuarenta minutos atrapado en un atasco para recorrer seis manzanas, sí. Si preguntas una noche de verano caminando al otro lado del puente de Brooklyn, probablemente no.

Miro hacia el jardín y sonrío.

—De momento sigo en fase de luna de miel con la ciudad.

—Eso dura aproximadamente dos meses. Luego empiezas a discutir mentalmente con los turistas que se paran en mitad de la acera.

—Perfecto. Ya me siento integrada.

La conversación continúa. Me pregunta dónde estudié, cuánto tiempo trabajé en urgencias y si sigo echando de menos Connecticut.

Yo le pregunto por nefrología, aunque sinceramente lo hago más por educación que por interés.

Él me cuenta que lleva trabajando en el Bellevue desde la residencia y que nunca ha conseguido acostumbrarse al café de la cafetería.

—Eso sí que debería investigarlo sanidad —dice con teatralidad—. Estoy bastante seguro de que ese café no cumple los estándares.

Vuelvo a reírme, lo cual me sorprende, siendo honesta.

Entonces Arthur gira la cabeza hacia mí.

—Oye, ¿tienes planes este fin de semana? —me pregunta.

Parpadeo.

Vale.

Esto ha llegado demasiado rápido.

Me quedo tan descolocada que debo de poner una expresión rarísima, porque él alza enseguida una mano entre ambos.

—No, no. Espera. No iba por ahí.

—Ah.

—Aunque agradezco que hayas asumido automáticamente que iba a invitarte a salir. Mi ego necesitaba eso.

Entrecierro los ojos.

—Ya decía yo que eras demasiado simpático.

Arthur se ríe otra vez.

—Lo que quería decir es que estaba pensando en organizarte una pequeña fiesta de bienvenida. Nada exagerado. Unos cuantos médicos, enfermeras, algo de comida decente y alcohol suficiente para soportarnos mutuamente fuera del hospital. Valerie dijo que probablemente te vendría bien conocer gente.

No sé qué decir y el silencio se alarga unos segundos.

—En este hospital nos encanta montar fiestas por cualquier motivo —continúa Arthur—. Cumpleaños, ascensos, divorcios, gente que consigue dormir más de cuatro horas seguidas… Cualquier excusa es válida.

—Qué tranquilizador.

—Créeme, es pura supervivencia emocional. Ya te darás cuenta de que trabajar aquí puede llegar a ser muy intenso.

Eso último lo dice con un tono algo más sincero.

Después vuelve a recuperar esa sonrisa fácil y se incorpora un poco hacia mí.

—Había pensado en el rooftop del Empire Hotel. Está bastante bien. Buenas vistas, música aceptable y bebidas tremendamente caras. La experiencia neoyorquina completa.

Esto empieza a ponerse interesante.

¿El Empire Hotel?

¿El de Gossip Girl?

Intento mantener la compostura, pero por dentro mi adolescente interior acaba de despertarse de golpe. Recuerdo perfectamente todas aquellas escenas en el hotel, las fiestas imposibles, Blair Waldorf caminando por el vestíbulo como si fuese dueña de Manhattan.

Y además está cerca de mi apartamento. Muy cerca.

Aun así, mantengo cierta cautela.

—Pero yo no conozco a nadie.

Arthur hace un gesto despreocupado con la mano.

—Precisamente por eso se hace la fiesta. Además, no voy a engañarte… Con este tiempo apetece muchísimo tomarse algo en un sitio al aire libre.

—Ya, pero…

—Megan —me corta.

—¿Qué?

—Estás buscando excusas.

Arrugo la frente, contrariada.

Odio que tenga razón.

—No son excusas. Tengo cosas que hacer. Todavía tengo que instalarme bien en el apartamento.

—Tendrás tiempo de sobra para eso.

—También debería revisar las nuevas guías para la consulta.

Arthur suelta una risa breve.

—Valerie ya me ha dicho que eres una enfermera increíblemente competente. Creo que el hospital sobrevivirá, aunque no estudies un sábado por la noche.

—No me conoces lo suficiente como para saber cuánto puedo obsesionarme con el trabajo.

—Vamos, Megan. Será divertido. Unas copas, un lugar agradable y tus nuevos compañeros intentando fingir que tienen vida social fuera de aquí.

Niego despacio con la cabeza.

—De verdad que no sé…

—¿Te da vergüenza no conocer a nadie?

El problema no es ese. El problema es que no sé si volveré a sentirme cómoda en un evento así después de haber pasado meses queriendo esconderme del mundo entero.

Pero supongo que habrá que descubrirlo.

—No tengo manera de escaparme de esto, ¿verdad?

Arthur sonríe lentamente.

—No.

Se pone de pie y se acomoda la bata.

—Perfecto. Entonces queda decidido. Sábado, ocho de la tarde. Ya he reservado en el Empire Hotel.

Abro un poco los ojos.

—¿Ya habías reservado antes de preguntarme?

—Claro. Confiaba en mis capacidades sociales.

Niega divertido con la cabeza y empieza a alejarse por el camino de piedra del jardín. Antes de entrar otra vez al edificio, se gira hacia mí y me dedica una sonrisa que me descoloca un poco.