5 #2
Lo peor es que darme cuenta solo empeora la situación.
Ahora mismo mi prioridad es salir de esta consulta antes de empezar a sudar profusamente delante de este hombre.
—¿Qué tal si me dices dónde está el paciente? Será mejor que no esperemos mucho.
Trevor asiente enseguida y se aparta del umbral para dejarme pasar.
Salgo al pasillo intentando aparentar una normalidad que no siento ni remotamente mientras él empieza a caminar a mi lado. Tiene una zancada larga y tranquila, y yo me obligo a concentrarme en cualquier cosa que no sea su presencia demasiado cerca de mí.
El hospital sigue lleno de movimiento alrededor. Personal entrando y saliendo de consultas, teléfonos sonando a lo lejos, ruedas de camillas deslizándose por el suelo brillante.
Pero nada de eso importa más que el hecho de que él esté caminando a mi lado.
De su voz cuando me explica en qué consulta está el paciente.
De la manera en que algunos lo saludan al pasar.
Giramos por el pasillo de cardiología y Trevor abre una puerta al final.
—Aquí es.
Entro detrás de él en la consulta, intentando actuar sin parecer una loca.
Nada más entrar veo al hombre sentado frente al escritorio.
Tiene esa expresión ausente que conozco demasiado bien. La mirada perdida y desconectada del entorno.
A su lado está su mujer.
Ella sí parece plenamente consciente de todo. De lo que ocurre y de lo que puede ocurrir.
Tiene las manos entrelazadas sobre el bolso. Debe de rondar la misma edad que él, quizá algo menos, y la preocupación en su rostro resulta tan evidente que se convierte en mi prioridad.
Eso no quita que Trevor sea un ser único e inigualable, pero soy una profesional y ahora debo encargarme de esto.
El hombre tendrá unos setenta años. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que sufrió el ictus ni cuánto ha cambiado su vida desde entonces, pero hay algo que tengo clarísimo: nadie merece acabar así.
Y entonces ocurre algo que hacía tiempo que no me sucedía.
Las emociones me atraviesan de golpe.
El dolor ajeno.
Ese cansancio invisible que acompaña a algunos pacientes y también a quienes los rodean.
En urgencias aprendí a controlarlo. Tuve que hacerlo. Era eso o terminar completamente desquiciada, incapaz de separar mi vida laboral de la personal.
Pero aquí, en una consulta pequeña y silenciosa, sin alarmas sonando ni personas gritando alrededor, resulta mucho más difícil mantener la distancia.
Antes siquiera de que Trevor llegue a indicarme dónde está la máquina de electrocardiogramas, ya me estoy moviendo.
—Hola, soy Megan, enfermera —digo acercándome a la pareja—. Voy a hacerle una prueba, ¿de acuerdo?
La mujer asiente rápidamente.
—Necesito que me ayude un momento.
Entre las dos levantamos al hombre con cuidado mientras Trevor coloca una mano firme en su espalda para incorporarlo. Al menos colabora un poco y eso facilita muchísimo moverlo hasta la camilla.
—¿Tengo que salir? —pregunta ella enseguida.
—No es necesario. Solo permítame un poco de espacio para poder trabajar.
Localizo la máquina de electros junto a la pared y la acerco a la camilla. Conozco el modelo. Aunque realmente daría igual no conocerlo; todas funcionan prácticamente igual y las ondas no dependen de la máquina, sino de lo que está haciendo el corazón.
Y ese corazón ahora mismo no me gusta nada.
Trevor se queda detrás observando mientras yo trabajo.
La pantalla LED pequeña empieza a iluminarse en cuanto enciendo el equipo.
Voy rápido.
Primero las derivaciones periféricas. Después las precordiales. Mis manos se mueven casi por inercia mientras coloco cada electrodo.
Y entonces lo vemos. Los dos al mismo tiempo.
El segmento ST está elevado.
Muy elevado.
La línea asciende en la pantalla de esa forma inconfundible que solo aparece cuando alguien está sufriendo un infarto.
Siento cómo se me tensa el cuerpo entero. Debe de dolerle muchísimo.
Pero él no se queja. Ni siquiera cambia la expresión.
Levanto la mirada y Trevor me está observando desde el otro lado de la camilla.
No hace falta decir nada.
La gravedad de la situación se apodera de todo lo que sucede a continuación.
Termino de preparar el registro y pulso imprimir mientras Trevor ya se gira hacia la mujer.
—Necesitamos trasladarlo a hemodinámica cuanto antes para hacerle un cateterismo —le explica con una calma firme—. Vamos a ocuparnos de él.
La mujer se queda inmóvil un instante.
Después se sienta lentamente en la silla y se lleva las manos a la cabeza.
El sonido del electro imprimiéndose parece demasiado alto.
El paciente nos observa sin inmutarse. Es evidente que no comprende lo qué está pasando.
Trevor sigue hablando con su mujer mientras yo descuelgo el teléfono de la pared.
Necesitamos moverlo ya.
Marco el número de recepción porque no conozco ningún otro.
Reconozco la voz amarga de la chica de las gafas y uñas postizas cuando me contesta al otro lado.
—Recepción.
—Necesito una camilla en la consulta de cardiología de la tercera planta. Ahora.
Ella titubea.
—Esa llamada tienes que hacerla al encargado de celadores, no aquí.
Cierro los ojos un segundo.
No tengo tiempo para esto.
—Seguramente. Pero como acabo de empezar a trabajar aquí no conozco ese número. Así que la llamada la vas a hacer tú. Si no lo haces, bajaré personalmente a pedirte explicaciones sobre por qué has demorado injustificadamente una intervención poniendo en riesgo la vida de un paciente. ¿Te parece?
Silencio.
Miro de reojo a Trevor mientras sigue tranquilizando a la mujer del paciente.
Finalmente, la recepcionista suspira al otro lado.
—Voy a hacer la llamada.
Y cuelga.