La chica de la 62 5
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La unidad de heridas complejas no es exactamente lo que esperaba.

Me quedo en mitad del pequeño cuarto observándolo todo otra vez mientras apoyo una mano sobre la encimera. Hay una camilla pegada a la pared, un carro metálico con material básico —y bastante escaso, por cierto— y un escritorio con un ordenador encendido que hace mucho ruido.

No necesito más de diez segundos para hacer una lista mental de todo lo que falta.

Gasas. Apósitos hidrocoloides. Más suero. Un carro auxiliar decente. Tijeras nuevas.

Aun así, me gusta.

Mucho más de lo que me gustaba urgencias y creo que es porque en esta consulta estaré sola.

Aquí no hay monitores pitando sin parar ni médicos corriendo de un box a otro mientras alguien grita pidiendo ayuda.

No tengo la sensación permanente de llegar tarde a una tragedia.

Voy a citar pacientes, verlos con calma, sentarme frente a ellos y escucharlos sin pensar constantemente que, en otra sala, alguien puede morir antes de que consiga terminar.

El trato será distinto. Más cercano.

Los pacientes que entren por esa puerta no vendrán porque acaban de tener un accidente o porque se estén muriendo.

Serán pacientes crónicos. Volverán semana tras semana.

Aprenderé sus nombres, sus rutinas y probablemente también las historias que necesitan contar mientras les cambio un vendaje.

Me apuntaré el nombre de sus perros en la historia clínica y les preguntaré por ellos cuando vuelva a verlos.

Estarán encantados conmigo y me traerán vino en navidad.

La idea me resulta agradable.

Miro el reloj otra vez.

Han pasado treinta y cuatro minutos.

Valerie me ha pedido que espere aquí mientras solucionan un problema en el quirófano.

Una avería en las tuberías ha provocado una gotera que cae directamente sobre una mesa quirúrgica y, por lo visto, media planta está patas arriba intentando arreglarlo para que puedan continuar con la actividad normal.

El aburrimiento me ha llevado a salir en varias ocasiones de la consulta para echar un vistazo a los pasillos.

Me he encontrado con una foto del marido de Valerie colgando de la pared.

En ella recibe el premio al mejor cirujano de columna del país, ni más ni menos…

Cuando ya no me quedaban pasillos cercanos por cotillear, regreso a la consulta.

Comienzo a pensar que no voy a tener opción de aprovechar el día.

Me dejo caer en la silla del escritorio y la hago girar ligeramente hacia la puerta entreabierta. Desde aquí veo parte del pasillo. La gente pasa continuamente delante de la consulta: enfermeras, médicos, pacientes, celadores.

Muchos me miran.

Algunos de forma descarada, intentando averiguar quién soy.

Soy la nueva, la desconocida. Y eso siempre llama mucho la atención en un hospital.

Uno de los médicos que pasa aminora la marcha al verme y luego continúa caminando. Un guardia de seguridad me clava la mirada como si me conociera de algo después de leer la placa de la puerta.

Finjo no darme cuenta.

Vuelvo a mirar el reloj y resoplo despacio.

Quiero que Valerie termine de explicarme cómo funciona todo de una vez y me permita acceder al programa de gestión. Así podré revisar las historias tranquilamente antes de irme a casa.

Quizá luego vaya a Central Park.

La idea aparece sola en mi cabeza mientras observo la luz cálida que entra desde el pasillo.

Hace buen tiempo por fin. El verano empieza a acercarse y necesito caminar, despejarme un poco, respirar aire que no venga acompañado de paredes blancas y fluorescentes encendidos durante horas.

Aunque sea el de Manhattan y el THC me coloque un poco.

Me siento frente al ordenador, agarro el ratón y acerco un poco la silla al escritorio.

La pantalla está llena de accesos directos desordenados y carpetas. Empiezo a abrir programas casi por descarte hasta que encuentro el icono de Epic Systems.

Suelto el aire lentamente.

Vale. Bien.

Ese programa de gestión clínica sí lo conozco.

Hace tiempo que no lo utilizo y seguramente necesitaré un par de días para desoxidar la memoria, pero sé manejarme ahí dentro.

Además, sigo teniendo el certificado activo que me permite acceder al sistema, lo que significa que no tendré que soportar otra formación eterna viendo diapositivas absurdas sobre seguridad informática.

Casi me dan ganas de celebrarlo.

Pulso el icono y espero mientras carga la ventana de inicio de sesión. Ya estoy colocando las manos sobre el teclado para probar mi credencial cuando escucho unos nudillos golpeando suavemente la puerta.

Levanto la cabeza.

Y el mundo se detiene.

Que. Alguien. Me. Despierte.

Voy a intentar describirlo: el hombre que está al otro lado de la puerta es, sin ninguna duda, la persona más atractiva que he visto en toda mi vida.

No es cuestionable.

Durante unos segundos me quedo completamente quieta, incapaz incluso de pestañear, parece que me hubiera mirado un basilisco.

Es alto. Mucho. Lleva la bata abierta sobre unos pantalones azul marino y la tela se mueve ligeramente cuando cambia el peso de un pie a otro.

Si no trabajara en un hospital, podría ganar millones grabando anuncios para la marca de esos pantalones.

¿Qué demonios hace aquí? Todos los hombres los comprarían; hasta yo misma los compraría para enmarcarlos en el diminuto salón de mi apartamento.

Tiene el pelo oscuro, falsamente despeinado, y unos ojos claros que me observan con expectación.

Hay algo por encima de todo eso. Su sonrisa.

Dios.

Ni siquiera es una sonrisa completa. Se trata solo de una pequeña doblez de sus labios, suficiente para dejar entrever unos dientes blancos y perfectamente alineados.

Mi cerebro tarda demasiado en reaccionar. Pero no lo juzguéis, os aseguro que es normal.

Sigo mirándolo como una idiota cuando a él le cambia la expresión de la cara.

—Perdón —dice al fin, con una voz grave que no ayuda absolutamente nada a mi estabilidad mental—. No estaba seguro de encontrar a alguien aquí.

Yo ladeo la cabeza a la vez que asiento. No sé qué pretendo comunicar con eso. Tal vez sea algún tipo de instinto primario, algo así como un ritual de apareamiento que comienza con una mueca absurda y acaba con ese hombre y conmigo revolcándonos en la camilla que tengo detrás.

¡Seré idiota! Acabo de mirarla de reojo. Necesito respirar.

—Sí… Yo… Me llamo Megan.

Él me mira fijamente a los ojos. ¿Me está examinando? Durante unos segundos no reacciona. ¿Puede que me esté dando un ictus y se haya percatado?

Se mueve despacio, adentrándose en la consulta. Parece tímido, o cortado, o asustado viendo que me estoy derritiendo frente a él.

—Hola, soy Trevor Green, de cardiología —dice finalmente—. ¿Nos conocemos?

—No lo creo.

Sigue mirándome fijamente y me está costando reaccionar.

—Lo siento, hacía tiempo que no veía a nadie por aquí. ¿Eres nueva?

Sus palabras llegan a mi cerebro con retraso. Continúo mirándolo como si acabara de aparecer un modelo de Ralph Lauren en mitad del hospital y mi capacidad cognitiva hubiese decidido abandonar el edificio.

Tengo que responder algo.

Lo sé.

El problema es que mi boca parece desconectada del resto de mi cuerpo.

Él me observa impaciente, esperando una respuesta.

Empiezo a preocuparme seriamente por la imagen que estoy dando.

Debo de parecer una mujer con algún tipo de deficiencia social severa.

Es posible que el bueno de Trevor esté a solo unos segundos de llamar a la policía para que avise a mis padres y vengan a recogerme.

—Yo... Sí. Pues eso, soy nueva —digo al final, señalándome el pecho como si eso ayudara a construir una frase coherente.

Dios mío.

Es posible que ahora él diga su nombre mientras se señala también el pecho a lo Tarzán y yo termine de perder definitivamente la poca dignidad que me queda observando esos pectorales perfectos que se marcan bajo una camisa blanca impecable.

Pero no.

Lo que hace es recuperar la sonrisa y volver a desarmarme.

Madre de Dios. ¿Qué está pasando?

Se queda callado después, esperando claramente a que añada algo más sobre mí aparte de que soy nueva, me llamo Megan y aparentemente tengo graves problemas de comunicación.

Tengo que centrarme. He de salir de esta.

—¡Oh! Soy enfermera, perdona. Hoy he dormido regular. Estoy esperando a la directora de enfermería. He venido a conocer el servicio, empiezo mañana.

Trevor arquea ligeramente las cejas.

—¿Eres enfermera?

Eso he dicho, pienso. Lo he dicho, ¿verdad?

Asiento rápidamente porque ya no confío en mi capacidad para elaborar otra frase.

Entonces él da un pequeño paso hacia mí, su rostro cambia. Ahora es serio y no aparece su sonrisa, solo sigue siendo increíblemente guapo.

—¿Puedo pedirte un favor?

Pídeme que me case contigo.

Lo tengo todo preparado. El vestido, la luna de miel, los detalles de boda, la mitad de los invitados…

—Por supuesto —respondo mientras me levanto de golpe.

¿Por qué me he levantado?

¿Qué demonios hago?

Su expresión muestra un leve asombro ante mi nivel de predisposición inmediata. Trevor incluso recula un poco hacia atrás antes de señalar el pasillo.

—Tengo un paciente en consulta. Hoy estoy solo, no tengo enfermera porque Emily se ha cogido el día libre y no la han sustituido. Se trata de un paciente que sufrió un accidente cerebrovascular y tiene afasia. Ha venido acompañado de su mujer. Lo he auscultado y le escucho un cuarto ruido cardiaco…

—Y te preocupa que pueda estar sufriendo un infarto y quieres que le haga un electro para confirmarlo —interrumpo.

Trevor hace una mueca, claramente sorprendido.

—Eso es exactamente lo que iba a decirte. ¿Tienes mucha experiencia en cardiología?

—Yo… bueno, en urgencias.

—Cuando era residente me pasaba todas mis guardias en urgencias. ¿Es posible que hayamos coincidido alguna vez?

—Yo no… Es la primera vez que trabajo en este hospital.

Él asiente.

Noto inmediatamente cómo el calor me sube por el cuello hasta las mejillas. Me he puesto roja. Roja de verdad. Y el problema de ser tan blanca de piel es que se me nota absolutamente todo.