La chica de la 62 4 #2
13%

4 #2

Me aparto unos centímetros para mirarla mejor y no puedo evitar quedarme impresionada.

Está guapísima, sí, pero no es solo eso. Hay personas que entran en una habitación y consiguen que todo parezca más luminoso. Valerie es una de ellas. Seguridad, calma, felicidad… lo desprende sin esfuerzo.

—Qué alegría verte —dice con una sonrisa enorme—. No sabes lo que me alegra que me enviaras tu currículum. Aunque no te haya visto en acción, tengo referencias de lo buena enfermera que eres.

Es posible que, en mi carta de solicitud, omitiera decirle que eso fue antes de destrozar mi carrera por irme con Richard. Que tal vez necesite algo de rodaje para volver a ser quien era, si es que eso sucede alguna vez.

Hago una mueca, no sé muy bien qué contestarle.

—Tengo que darte las gracias por contar conmigo. Es un honor estar aquí.

—Acompáñame —dice ella—. Hablaremos en mi despacho.

Despacho.

Valerie Fox tiene despacho propio.

Claro que lo tiene. Es la directora de enfermería.

Ha construido una carrera sólida, estable y admirable.

Aún hay algo que me gusta más de ella; no es de esas que necesita subir una historia de Instagram cada vez que se toma un café.

No tiene la necesidad de pavonearse y exhibir todo lo que es, todo lo que ha conseguido.

Yo también podría haber sido como ella.

Las tripas se me revuelven mientras caminamos por el interior del Bellevue.

El hospital está impecable: suelo brillante, paredes claras, el murmullo constante de teléfonos y voces suaves detrás de los controles de enfermería.

Pasamos junto a una zona de espera donde una niña duerme sobre el hombro de su padre, después frente a una estación llena de historiales y monitores encendidos.

Varias enfermeras saludan a Valerie al verla pasar y ella responde a todas por su nombre, sin perder el paso.

Es evidente que pertenece a ese lugar. Es la reina, de hecho.

Subimos por un pasillo más tranquilo hasta la zona administrativa. Valerie abre una puerta corredera de cristal con su nombre grabado y me hace pasar.

El despacho es pequeño, pero acogedor. Todo está perfectamente ordenado: carpetas alineadas, bolígrafos colocados dentro de un organizador metálico, una planta diminuta sobreviviendo heroicamente junto a la ventana. Nos sentamos una frente a otra.

Entonces veo la fotografía.

Está enmarcada junto al ordenador. Valerie aparece con un vestido azul oscuro muy elegante.

Está apoyada contra un hombre endiabladamente atractivo.

Moreno, alto, mandíbula marcada… de esos que parecen sacados de un anuncio caro de relojes.

Ella sostiene a un bebé rubito y sonriente mientras los tres miran a cámara con una felicidad tan auténtica que cuesta apartar la vista.

Deben de estar en una boda; van vestidos de gala.

Valerie me observa sonriendo.

—Tienes una familia preciosa —digo señalando la foto.

Ella asiente enseguida.

—Mis tesoros. Josh, mi marido, tiene mucha paciencia. Suelo llegar tarde del trabajo, ya sabes… reuniones que se alargan, problemas que solucionar… y nunca me lo echa en cara. Siempre se encarga de nuestro hijo. Es un padre estupendo.

La forma en que habla de ellos hace que algo me apriete suavemente por dentro.

—¿Cómo se llama el pequeñajo?

Valerie suelta una pequeña risa.

—Vince. Se lo puso su padre por no sé qué jugador de baloncesto.

Valerie me sostiene la mirada durante unos segundos cuando termina la frase. Después, continúa.

—Me enteré de lo que pasó con tu boda. No volveré a sacar el tema si no quieres hablar de ello. Pero quiero que sepas que, si en algún momento necesitas que nos vayamos a tomar algo, aquí tienes una amiga.

Hay algo en su tono que me desarma un poco.

No sé si se está compadeciendo de mí o si simplemente es una buena persona, pero lo cierto es que se está portando increíblemente bien conmigo.

En la universidad no éramos tan amigas como para llegar a esto.

De hecho, creo que nunca quedamos las dos solas, siempre lo hacíamos con más gente.

Compartíamos clases, algunas charlas en el césped, algún café rápido antes de los exámenes… poco más.

Y, aun así, aquí está.

—¿Y no podemos ir a tomar algo sin hablar de eso? —pregunto, arqueando una ceja.

Valerie se ríe al instante.

—Por supuesto. Han abierto un sitio nuevo en Tribeca que te va a encantar. ¿Dónde te alojas?

—En el Upper West Side. En la 62.

Ella silba por lo bajo.

—¡Qué bien!

—Es un apartamento que pertenecía a mi madre. No sé si sabes que falleció.

Se inclina hacia mí y me agarra la mano.

La expresión de Valerie se suaviza.

—Lo sé, cariño. Lo siento mucho. También quiero decirte que siento no poder ofrecerte un puesto mejor.

Me habría encantado colocarte en urgencias, sé que es donde mejor rindes, pero esta era la única vacante libre.

Tenemos un acuerdo con la Universidad de Nueva York y algunas plazas están reservadas para sus recién graduados.

De todas formas, una vez estés dentro, si sale algo mejor, serás la primera persona a la que llamaré. ¿Te parece bien?

Asiento enseguida.

—Me parece genial, Valerie. De verdad, gracias por ayudarme.

—No me las des todavía. Espera a tu primer mes aquí. Ojalá no salgas corriendo.

Se gira hacia el ordenador y empieza a teclear. La impresora cobra vida unos segundos después.

—Aquí tienes una copia de tu contrato —dice, entregándome varias hojas todavía calientes—. Y esto es para el uniforme.

Firma un vale con rapidez y me lo pasa por encima de la mesa.

—En la planta menos uno está el almacén. Le das esto a Sandra y te dará todo lo que necesites. Ah, y toma.

Abre un cajón y saca una tarjeta plastificada.

—Descuento para empleados en las máquinas de café y comida. Créeme, esto vale su peso en oro.

No puedo evitar sonreír.

—Empiezo a entender cómo sobrevivís aquí.

—Con cafeína y disociación, básicamente. Aunque supongo que como en el resto de los hospitales.

Las dos nos reímos.

Valerie se recuesta en la silla.

—¿Y qué tal van las cosas por New Haven? Hace siglos que no voy.

—Más o menos igual. Cada vez más caro y con menos sitio para aparcar.

—Eso suena exactamente al New Haven que recuerdo.

Seguimos hablando un rato. Me pregunta por antiguos compañeros, por profesores, por quién terminó trabajando dónde. Después menciona a Janet, una vieja amiga de la carrera.

—¿Sigues hablando con ella? Erais bastante amigas —me pregunta.

La realidad es que no tanto como ella cree. De hecho, nunca me gustó del todo. Sin embargo, prefiero no corregirla.

—Sí, de vez en cuando. Está en Boston, creo. En pediatría.

—Sabía que acabaría ahí. Le gustaban mucho los niños.

—Y tanto, tiene cuatro.

—No sabía que se hubiera casado.

—Pues se casó con Bob Sawyer, el delegado de clase —comento.

—¡No! ¿En serio?

Asiento, sonriendo. La conversación se alarga enlazando un cotilleo con otro hasta que llega la pregunta.

—¿Y Eric? ¿Has vuelto a verlo alguna vez? —me pregunta.

La sonrisa se me borra antes de que pueda evitarlo.

Siento el pequeño tirón en el estómago, el instante exacto en que mi cerebro intenta decidir qué expresión poner.

Valerie debe verlo en mi cara porque enseguida levanta una mano, quitándole importancia.

—Tranquila. Solo tengo curiosidad. Lo de Eric fue el típico enamoramiento universitario que parece lo más importante del mundo hasta que creces. Gracias a Dios no terminé con él y acabé encontrando a Josh.

Suelta una pequeña risa y yo agradezco el salvavidas.

—Sí… Supongo que todas hemos vivido algo así. Solo que a mí me ha llegado más tarde.

Bien jugado, Megan. Eso le dará pena y se apiadará de ti. No volverá a preguntar por qué me lie con el chico que le gustaba.

Ella hace un gesto quitándole importancia. Después se pone de pie y recoge una carpeta de encima del escritorio.

—Ven. Voy a enseñarte la unidad antes de que empiece el caos.

Me levanto y la sigo fuera del despacho, agarrando mis horarios, el vale del uniforme y la tarjeta del café como si fueran el comienzo de algo que todavía no sé si me asusta o me emociona.