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He dormido como un tronco, a pesar de que tengo que cambiar el somier de la cama. Está roto por un lado y el colchón se hunde.
Ha sido ese tipo de sueño profundo que detiene el tiempo y del que no sales a menos que algo te obligue a ello. En mi caso, ha sido el pitido infernal del despertador a las seis de la mañana.
Abro un ojo y tardo varios segundos en recordar dónde estoy y quién soy. El techo desconocido. Las cortinas mal cerradas dejando entrar una línea azulada del amanecer de Manhattan. El murmullo lejano del tráfico incluso a esta hora.
No ha sido el vino.
Bueno… No solo ha sido el vino.
La principal culpable es la pastilla de los diez miligramos de Valium que tomo cada noche desde que Richard desapareció de mi vida arrastrándome a una crisis existencial de manual.
Estoy enganchadísima a las pastillas para dormir. Lo sé perfectamente.
Pero también sé lo que ocurre cuando intento dormir sin ellas: horas mirando el techo, el corazón latiéndome en los oídos y la cabeza funcionando como una rueda averiada incapaz de detenerse. Así que hago una elección bastante simple para el dilema entre dependencia química o muerte por insomnio.
Elijo dormir.
Además, nunca consigo sacarme de la cabeza aquella película de Al Pacino en la que padece insomnio y acaba completamente destruido. Cada vez que paso una noche en vela recuerdo sus ojos agotados y sudorosos. No pienso convertirme en eso.
Aunque las mañanas tampoco son precisamente agradables.
Las primeras horas del día funciono como un zombi con movilidad reducida. Todo me cuesta el triple. Pensar. Vestirme. Coordinar las piernas para caminar en línea recta.
Normalmente lo soluciono con café. Muchísimo café.
El problema que tengo ahora es que la fabulosa empresa ReadyForToday, en su infinita sabiduría organizativa, ha olvidado meter café en el pequeño kit de supervivencia de cortesía.
Así que, todavía medio dormida y con el pelo recogido en un moño de aspecto lamentable, busco en Google un sitio cercano donde pueda desayunar sin que me cobren doce dólares por espuma de leche servida en un vaso de cartón.
El Gray’s Papaya aparece el primero.
Por algo será, y ese algo me basta para decidirme.
Camino hasta allí envuelta en el aire fresco de la mañana mientras Nueva York empieza a desperezarse. Las calles se llenan de gente apresurada, taxis amarillos, repartidores en bicicleta y personas que parecen tener muchísimo más claro que yo el motivo por el que se han levantado tan temprano.
La ciudad cobra vida poco a poco. Ventanas iluminadas. Semáforos reflejándose sobre el asfalto húmedo. Un hombre hablando solo mientras cruza la avenida cargando bolsas enormes.
Todo se mueve rápido.
El café del Gray’s Papaya es aguado con inquina, pero tiene algo de cafeína y, en este momento, eso es suficiente. Me siento junto al ventanal con el vaso caliente entre las manos y le doy un mordisco a una especie de bollo grasiento que probablemente reduce mi esperanza de vida varios meses.
La parte positiva es que me han cobrado solo tres dólares por todo.
Me lo tomo con calma, recuperando las funciones vitales mientras me entretengo mirando a la gente que pasa frente al cristal.
Los efectos de los somníferos empiezan a disiparse poco a poco y, con ellos, regresan los recuerdos de anoche.
El teléfono.
Lo he dejado sobre la cómoda, conectado al cargador. La batería estaba muerta, no sé hasta qué punto seguirá funcionando, porque se trata de un modelo antiguo. Un iPhone 11 que además tiene la pantalla rota en la parte superior, a la altura de la cámara delantera.
Recuerdo perfectamente cuándo salió a la venta porque me compré uno que me costó un ojo de la cara, fue en 2019.
Hace siete años. En términos tecnológicos, prácticamente pertenece a otra vida.
Ni siquiera estoy segura de que funcione después de haber pasado quién sabe cuánto tiempo escondido dentro del hueco del sofá.
Y aun así, me pasé casi dos horas pensando en él.
En quién pudo perderlo. En cómo terminó ahí dentro. En si habrá mensajes, fotografías o alguna pista capaz de contarme algo sobre su dueño. Es absurdo el interés que despierta en mí un móvil viejo y probablemente inservible.
Aunque, siendo sincera, lo importante no es el teléfono.
Lo importante es que durante esas dos horas no pensé en Richard; ha sido la primera vez en meses.
Me olvidé por completo de la boda frustrada, de las humillaciones, de la sensación constante de haber desperdiciado un tiempo muy valioso de mi vida.
Solo estábamos ese teléfono y yo. Me senté en el suelo del salón, esperando a que apareciera el icono de batería en aquella pantalla apagada.
Se hizo tarde sin que el aparato diese señales de vida, así que me dormí. Y esta mañana, después del Valium, ni siquiera recordaba que lo había dejado allí.
La reunión que tengo programada con Valerie es únicamente una toma de contacto. Volveré a casa antes de comer… O eso espero. Quizá, si tengo suerte, pueda dedicar la tarde a averiguar algo más sobre ese misterioso teléfono.
Anhelo la sensación tan agradable que me generó pensar en algo distinto.
Cuando termino el café, camino unas calles hasta la estación de metro más cercana y sigo el flujo humano escaleras abajo. El calor del andén me golpea de inmediato, mezclado con ese olor metálico y húmedo, y algo más.
Marihuana.
Huele a marihuana en cada esquina de esta ciudad.
En cada vagón. En cada calle. En cada metro cuadrado.
Cuando el tren llega, me dejo caer en un asiento libre junto a un hombre de unos cincuenta años con gorra negra, barba descuidada y los brazos completamente cubiertos de tatuajes descoloridos.
Al principio pienso que habla solo.
Después empieza a rapear. Pero rapear de verdad, con gestos incluidos.
Mueve las manos como si estuviera delante de miles de personas y no en un vagón lleno de trabajadores somnolientos un jueves cualquiera.
Lo observo parpadeando lentamente, todavía medio sedada, mientras improvisa algo incomprensible golpeando el suelo con el pie.
Esto no sucede en Connecticut, pienso.
Definitivamente tengo que acostumbrarme a la vida en esta ciudad.
Honestamente, creo que he inhalado suficiente aire neoyorquino como para empezar a notar los efectos de la maría, porque tengo que morderme el interior de la mejilla para no echarme a reír cuando el hombre se pone de pie de un salto y señala a un adolescente al otro lado del vagón como si fuese Eminem cerrando un concierto en el Madison Square Garden.
Cuando salgo de la estación y levanto la vista, el hospital Bellevue aparece frente a mí.
Es grande e imponente, con una fachada de ladrillo propia de un edificio con siglos de historia.
Varias ambulancias permanecen aparcadas junto a la entrada principal.
Hay médicos cruzando la calle con cafés en vasos de cartón, enfermeros saliendo del turno de noche con cara de necesitar terapia y familiares fumando junto a la acera con expresión agotada.
Aprieto con más fuerza el asa del bolso y cruzo la calle.
Las puertas automáticas del hospital se abren y el aire acondicionado se hace notar. El vestíbulo está lleno de movimiento. Teléfonos sonando, pasos rápidos y voces bajas.
Me acerco al mostrador de recepción forzando mi mejor sonrisa, que no es especialmente buena en estos momentos.
La mujer que está detrás del ordenador lleva unas gafas de pasta enormes de color rojo brillante que parecen sacadas de una exposición de arte moderno. Me mira por encima de la montura con una expresión de superioridad que me hace sospechar que odia a la humanidad en general y a mí en particular.
—¿Sí?
Vaya calidez humana.
—Buenos días. Soy Megan Moore. He quedado con Valerie Fox.
La recepcionista no responde de inmediato. Teclea algo con unas uñas larguísimas de color violeta y después descuelga el teléfono sin dejar de mirarme como si hubiese interrumpido algo importantísimo.
—Valerie, hay una mujer que quiere verte —hace una pausa—. Es… ¿Cómo decías que te llamabas?
Abro la boca.
Estoy a punto de decirle que tiene una memoria preocupantemente mala para trabajar en recepción y que quizá debería concentrar todos sus esfuerzos en recordar mantener contraídos los esfínteres.
Pero decido comportarme como una adulta funcional.
—Megan Moore.
—Eso. Megan Moore.
Dios bendiga mi paciencia.
La mujer vuelve a colgar el teléfono.
—Bajará enseguida.
Asiento con una sonrisa tensa y me aparto del mostrador antes de terminar detenida por homicidio en mi primer día en Nueva York.
La recepción está llena de gente entrando y saliendo constantemente.
Un niño llora abrazado a un peluche. Un médico camina mientras revisa una tablet a toda velocidad.
Dos enfermeras se quejan de una tercera que, casualmente, no está presente.
Lo hacen en en voz baja junto a los ascensores mientras una máquina de café lucha por sobrevivir al volumen de trabajo.
Me siento en una de las sillas metálicas y miro alrededor intentando ignorar el cansancio que no me abandona.
Y entonces aparece Valerie.
Sale del ascensor con paso firme, localizándome enseguida entre toda la gente.
Alta. Atlética. Elegante incluso con ropa de hospital. Hay personas a las que los años castigan y otras a las que parecen afilarles los rasgos y volverlas más interesantes. Valerie pertenece descaradamente al segundo grupo.
El pelo rubio perfectamente peinado le cae sobre los hombros y lleva esa seguridad natural de quien está acostumbrada a que la escuchen cuando habla.
Cuando me ve, sonríe.
Valerie me rodea con los brazos nada más verme y, para mi propia sorpresa, yo le devuelvo el abrazo sin un segundo de duda.
Siento una punzada cálida en el pecho. Después de tantos años, después de aquella absurda tensión por Eric, el quarterback suplente, en la fiesta de graduación, no queda ni rastro de enemistad entre nosotras.
Y, sinceramente, viendo a la mujer en la que se ha convertido Valerie, aquel chico parece todavía más ridículo de lo que recordaba. Ella le da mil vueltas.