La chica de la 62 3
9%

3

El corazón me late demasiado rápido para intentar relajarme ahora. Me incorporo un poco en el sofá y fijo la vista en el techo, respirando hondo.

Estoy teniendo otro ataque de pánico. Creía que los tenía controlados. Ya veo que me equivocaba.

No quiero volver a cerrar los ojos.

Porque sé perfectamente lo que me espera al otro lado. Tengo que mantenerme entretenida. Creo que debería llamar a Claire. Ella es la única persona en quien puedo confiar.

Agarro mi teléfono y busco su contacto. Pulso el botón de llamar. Pero no hay respuesta.

Inspiro y suspiro profundamente.

Ella fue de las pocas personas que estuvo conmigo de verdad.

De las pocas que no apareció únicamente para alimentar el drama disfrazándolo de preocupación.

Claire Randall es la hija de Felicity Randall, una mujer a la que mi madre conoció en las clases de preparación al parto y de quien se hizo amiga muchos años atrás.

Después de dar a luz mantuvieron el contacto y quedaban a menudo para pasear sus carritos y hablar de lo que hacen y comen sus bebés.

Ese tipo de conversaciones que, según mi madre, solo entenderé cuando tenga un hijo, si es que eso sucede algún día.

Claire y yo crecimos juntas, y nos volvimos inseparables. Desde aquella primera infancia rodeadas de tierra, de muñecas y de helados de hielo cuando llegaba el verano, no hemos perdido el contacto.

Salvo Claire, el resto de mi círculo se limitó a enviarme mensajes de este tipo:

«¿Cómo estás?».

«Me he enterado de lo que te ha sucedido. No puedo creerlo».

«Si necesitas cualquier cosa aquí estoy».

Mentira.

Todos decían las palabras correctas, todos fingían estar destrozados por mí, cuando la realidad es que la mayoría se estaban riendo a carcajadas en privado. La novia abandonada. La boda cancelada. Megan Moore, la chica perfecta de Connecticut, convertida en el chiste favorito del mes.

Ojalá solo hubiera sido del mes. ¿Dónde había que firmar?

No respondí ninguno de esos mensajes.

Ni pienso hacerlo.

Odio a la gente que solo aparece cuando atraviesas un mal momento.

¿Dónde estaban todos los demás días? ¿Dónde estaban cuando sonreía desde una de las casas más ostentosas de Manhattan?

O cuando me eligieron miss de la promoción de enfermería y las demás chicas me fulminaban con miradas cargadas de envidia, o cuando mi vida iba sobre ruedas y era una enfermera respetada.

Dios.

Trago saliva y vuelvo a centrar mi atención el móvil.

Comienzo a hacer algo que no he hecho durante el último año. Escribo Richard Grayson en el buscador.

No quiero hacer esto. La realidad es que detesto a ese hombre y quiero ser fuerte y rehacer mi vida. ¿Por qué me cuesta tanto?

Desisto y bloqueo el teléfono. Me siento en el sofá y me doy golpes con él en la frente, metiendo la cabeza entre las rodillas. No puedo contener las lágrimas.

De repente, el teléfono suena cuando lo tengo pegado a la oreja y del susto doy un respingo tan brusco que mi pie golpea la mesa y se derrama la copa de vino.

—¡Mierda!

El líquido rojo se esparce primero sobre la mesa y después cae en cascada sobre la moqueta color crema que hasta hace cinco minutos estaba impecable.

Cierro los ojos un instante.

—¡Joder!

No es así como pretendo cuidar mi nuevo apartamento.

Del sobresalto se me ha caído también el teléfono. He escuchado un golpe seco en alguna parte del salón, aunque no lo he visto aterrizar porque ya estoy corriendo hacia la cocina.

Abro cajones a toda velocidad hasta encontrar un par de trapos y vuelvo casi resbalándome. Me arrodillo frente a la mancha y empiezo a secar el vino a la desesperada, absorbiendo todo lo que puedo antes de que aquello quede tatuado para siempre en la moqueta.

El problema es que queda una sombra rosada horrible.

Me echo hacia atrás sobre los talones y observo el desastre.

Genial.

Tendré que limpiar esto a conciencia.

Y no tengo ni idea de cómo demonios se limpia una moqueta.

Mi madre probablemente sí lo sabría. Mi madre sabía limpiar hasta los pecados del alma.

Pero pronto el problema de la mancha se evapora. Mi cabeza sigue en otro lugar.

En el vacío que siento.

En lo sola que estoy.

En que hay veces en las que no tengo ganas de vivir.

En cómo me destrozó la ruptura con Richard.

Intento recomponerme y averiguar quién me había llamado. Ha debido ser Claire y me vendría bien hablar con ella. Solo que no encuentro el teléfono. Quizá la fuerza del destino trata de boicotearme.

Arrugo la frente y miro alrededor de la mesa.

Nada.

Me agacho junto al sofá y tanteo debajo con la mano.

Tampoco.

—¿En serio?

Con el paso de los minutos me entra ansiedad de verdad. Muevo los cojines, aparto la manta, miro bajo la mesa de centro, incluso alrededor del mueble de la televisión.

No está.

Vuelvo a buscar en los mismos lugares en los que acabo de hacerlo, por esa especie de impulso absurdo que nos lleva a creer que habrá aparecido allí por arte de magia.

Noto una desesperación creciente que me irrita. Trato de calmarme, desviando la vista al sofá.

Entre los dos cojines del asiento hay una abertura estrecha.

Metiendo la mano puede que…

Aparto un poco los cojines y deslizo el brazo por el hueco. Lo que me sorprende es la profundidad. Mi mano sigue bajando hasta tocar la estructura interna del sofá. Palpo madera áspera, vigas sin tratar y polvo acumulado mientras rebusco a ciegas.

—Vamos… tiene que estar aquí.

Sigo tanteando a ciegas, con la mano metida hasta el hombro y la cara aplastada contra el cojín, hasta que, de repente, mis dedos chocan con algo frío y metálico.

—¡Ajá!

Introduzco el brazo un poco más, retorciéndome incómodamente hasta conseguir agarrarlo bien. Tiro con esfuerzo y finalmente saco el teléfono del hueco.

Solo que entonces me quedo inmóvil.

Porque mi teléfono vuelve a sonar y no es el que tengo en la mano. El sonido viene de debajo del mueble de la televisión. Ahora veo que allí brilla algo plateado que reconozco al instante por el color de la carcasa.

Parpadeo, confundida y bajo lentamente la vista hacia el móvil que acabo de sacar del sofá.

No sé de quién es, pero no es mío.