La chica de la 62 2
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La puerta del edificio está abierta, como si me estuviera esperando.

Al cruzarla, me recibe un hombre de unos cincuenta años detrás de un mostrador de madera clara.

Me observa con una sonrisa demasiado amplia, de esas que parecen formar parte del uniforme tanto como la camisa perfectamente planchada que lleva.

El vestíbulo es sencillo, pero agradable. Nada de mármoles ni lujos innecesarios: un par de sillones bien colocados, plantas que alguien se ha molestado en mantener vivas y un suelo pulido que refleja la luz con discreción. Es funcional y acogedor.

—Buenos días —saluda él.

Yo le devuelvo una sonrisa por compromiso y me acerco al mostrador. Bajo la mirada un segundo y leo su placa identificativa: Carlos.

—Hola, soy Megan. Megan Moore.

Él hace un pequeño gesto con la mano y se encorva.

—Lo sé. La empresa de limpieza que contrató para dejar el apartamento a punto es fabulosa, piensan en todos los detalles. Me avisaron de su hora de llegada y me pidieron que la recibiera.

Aprieto los labios antes de responder. Claro que es fabulosa, su factura también lo es.

—Eso es genial, Carlos. Pero no soy una niña, así que no será necesario.

No lo digo con mala intención, pero el cambio es inmediato, así que he debido de ser más tajante de lo que pretendía. Su sonrisa se apaga de repente, se le endurecen un poco los ojos y retrocede medio paso.

Se agacha hacia la mesa, rebusca entre unos papeles y saca una hoja.

—Tenga, esto es para usted. El gimnasio está abierto de siete de la mañana a seis de la tarde.

Mismo horario para la lavandería. Si necesita algo, puede llamarme durante mi horario laboral; viene indicado en este folleto.

—Hace una pausa breve—. Le recomendaría que subiera ya a su casa si quiere utilizar el ascensor.

Se están realizando unas tareas de mantenimiento y en unos treinta minutos habrá un corte de luz.

Ahora no sonríe.

La gente tiene la piel muy fina. Es increíble cómo cambian cuando no les sigues el rollo…

y yo, sinceramente, no estoy para eso. Quizá la antigua Megan sí.

La que se preocupaba por caer bien de manera constante, más interesada por el qué dirán que por cualquier otra cosa; tratando siempre de no desentonar cuando acompañaba a su prometido a restaurantes de lujo o a las tiendas más sofisticadas de la Quinta Avenida.

Pero ahora es diferente. Ahora solo quiero subir, darme una ducha y pedir comida.

Y después, dejarme caer en el sofá sin hacer absolutamente nada más.

Noto la mirada de Carlos clavada en mí mientras camino hacia el ascensor.

Me sigue de reojo, sin disimular demasiado.

Debe de ser de esos porteros entrometidos que conocen la vida de todos los vecinos mejor que la de ellos mismos, de los que necesitan conversación como quien necesita café por la mañana.

No puedo con eso, lo siento.

No puedo con tener que sonreír cuando no me apetece, con fingir interés por el clima o por cualquier historia que no me importa lo más mínimo. Solo quiero vivir sin dar explicaciones, sin pausas, sin tener que interpretar un papel.

Lo detesto porque lo he hecho durante toda mi relación con Richard.

Aunque quizá estoy siendo demasiado borde.

Quizá debería beberme una…

Me detengo justo antes de que las puertas del ascensor se cierren y me giro.

—Carlos, una pregunta.

Él levanta la vista al instante.

—¿Sabes de algún lugar donde pueda comprar algo para sobrevivir esta noche? No tengo nada y supongo que la nevera estará vacía.

Y entonces todo cambia. Su expresión se suaviza y la sonrisa vuelve, esta vez más natural. Parece que lo único que necesitaba el bueno de Carlos era la sensación de sentirse útil.

—Los chicos de ReadyForToday suelen dejar un paquete de bienvenida que incluye lo básico para uno o dos días, señorita Megan.

—Hace una pequeña pausa—. En cualquier caso, tiene un Trader Joe’s relativamente cerca.

En la 72 con Broadway. Y no estoy seguro, pero creo que hay un 7-Eleven en la 61 que abrió hace poco.

Lo siento, pero he estado un tiempo de baja.

Diez calles no es «relativamente cerca», pienso. Al menos en Connecticut.

—Gracias. Creo que me apañaré con lo que haya.

Le dedico un gesto breve a modo de despedida y entro en el ascensor justo antes de que vuelva a añadir algo más.

Las puertas tardan una eternidad en cerrarse, es un ascensor bastante viejo.

El espejo me devuelve la imagen de una mujer con ojeras marcadas, el pelo alborotado y una expresión cansada que no consigo quitarme de encima.

Durante los diecisiete pisos no aparto la vista de ese reflejo.

Me pregunto si he hecho lo correcto.

Siempre había querido vivir en Manhattan.

Era uno de esos sueños que guardas en un cajón y sacas de vez en cuando para recordarte que tu vida podría ser distinta en caso de que aparezca la monotonía.

De hecho, antes de aceptar la supervisión en la UCI del hospital donde trabajaba, tuve la oportunidad de firmar un buen contrato en urgencias del Mount Sinai.

Pero no lo hice, no fue hasta que conocí a Richard que me lancé a la aventura de vivir en la Gran Manzana.

No salió bien.

En este segundo intento de conexión con la ciudad de mis sueños, partiré de cero. Richard y yo teníamos una relación singular en la que apenas nos relacionábamos con terceras personas. Quizá fuese algo negativo en el pasado, pero ahora solo le encuentro el lado positivo: no me conoce nadie.

Salvo Valerie Fox, una conocida de la carrera.

Ahora es directora de enfermería del hospital Bellevue, además de la persona que me ha contratado. Solo la conozco a ella en esta enorme ciudad.

Estudiamos juntas en la Universidad de Connecticut. Cuando nos graduamos, yo decidí quedarme, como la mayoría. Elegí lo seguro, lo estable, lo que ya conocía.

Ella no.

Ella se lanzó a la aventura.

Valerie podría haber hecho carrera en New Haven de haber querido, siempre ha sido una enfermera muy competente y aplicada, pero quiso cambiar de aires.

Durante un tiempo, se comentaba que se había marchado por mi culpa, porque en el último año de la facultad tuve un lío con el chico que le gustaba desde primer año.

Fue solo un lío de una noche. Lo juro. Y juro también que yo no sabía que Valerie estaba colada por él.

Se llamaba Eric y era el quarterback reserva del equipo de la universidad.

No era gran cosa. Nunca me pareció un chico extraordinariamente guapo.

Pero tenía esa gracia al hablar que a veces agita algo en el interior de las mujeres; el puntito chulesco que tanto gusta a cierta edad.

¿Qué demonios? Aún me sigue gustando. Y a la mayoría, solo que cuesta admitirlo.

Es cierto que no volví a saber nada de Valerie hasta el quinto aniversario de la promoción.

Coincidimos en una cena que organizó el pesado de Isaac Butler, por supuesto, con la intención de reencontrarse con alguna chica soltera a la que intentar impresionar después de haberse injertado pelo.

Aquí va un pequeño spoiler: no lo consiguió.

Tenía ciertas reticencias sobre cómo reaccionaría Valerie al verme, pero no pasó nada. Estuvo cordial, sin más. De hecho, estuvimos hablando sobre un rooftop que se había puesto de moda, el Skylar, creo, y me contó que era amiga del camarero.

Pero de todo eso ha pasado ya mucho tiempo. Luego vino una espiral de malas decisiones que ahora no quiero recordar.

Tardo más de lo que me gustaría en dar con la llave correcta.

El llavero pesa, lleno de copias casi idénticas, y por un momento me planteo si esto es algún tipo de prueba absurda para ver hasta dónde llega mi paciencia.

Cuando por fin la cerradura cede, el sonido parece resonar más de la cuenta en el pasillo.

Y no soy la única que lo oye.

Una puerta se entreabre unos centímetros más allá y una mujer asoma la cabeza, curiosa. Nos miramos solo un segundo. Yo levanto la mano en un gesto rápido y ella desaparece igual que ha salido. Todo un alarde de educación que agradezco enormemente.

Empujo el pomo y entro.

El apartamento es pequeño. Diminuto.

Lo recordaba más grande. No estuve mucho tiempo viviendo aquí, pero juraría que lo han lavado con agua caliente y ha encogido.

Cocina y salón comparten el mismo espacio, separados por una encimera estrecha. A la derecha, una puerta da paso a una habitación que no debe de medir mucho más que la cama que contiene, y junto a ella, el baño. Treinta y cinco metros cuadrados, como mucho.

Una caja de zapatos en la 62.

Pero gratis. Y eso lo cambia todo.

Porque si tuviera que pagar por esto, no podría permitirme vivir en Manhattan. Sé exactamente hasta dónde llega el sueldo de una enfermera, y desde luego, lo que sí podría permitirme está más allá de la línea que delimita el estado de Nueva York.

Dejo el bolso sobre el sofá —si es que puede llamarse así— y miro alrededor con más atención.

Está limpio. Sorprendentemente limpio. Las superficies despejadas, el suelo reluciente, las sábanas bien estiradas.

Hay un par de cuadros en la pared con imágenes de Andy Warhol: la sopa Campbell y el retrato de Marilyn; una lámpara de pie y poco más, lo justo para que el lugar no resulte frío.

Funcional y habitable.

Suficiente.

Voy directa a la cocina y abro la nevera suplicando que mis deseos se cumplan. Si la empresa ha hecho una compra «básica», espero que su concepto de básico incluya lo esencial: vino.

Al abrir la puerta, lo veo y se me escapa un pequeño grito de alegría.

Una botella de tinto italiano me espera apoyada en la puerta.

—Gracias, ReadyForToday… —murmuro, ya con la botella en la mano.

No es gran cosa. Se nota con solo mirar la etiqueta. Pero servirá.

Dejo mi peso sobre la encimera, con la botella aún entre los dedos y observo el estudio.

No puedo evitar pensar en la cantidad de gente que ha pasado por aquí.

Mi madre llevaba años alquilando este apartamento hasta que murió.

Era su principal fuente de ingresos. Primero a largo plazo, luego a quien apareciera con dinero suficiente y últimamente, a turistas dispuestos a pagar auténticas barbaridades por dormir a dos pasos de Central Park.

Recuerdo especialmente a una inquilina que se alojó aquí durante unos meses.

Linda Ross.

La enigmática actriz de Broadway con una voz que ponía los pelos de punta y unas curvas que serpenteaban un cuerpo perfecto.

Nadie conocía su rostro, forjó su leyenda saliendo al escenario siempre cubierta por una máscara veneciana.

Pronto ascendió a la fama y se convirtió en icono del feminismo cuando en una entrevista dejó un momento para el recuerdo.

El periodista le preguntó por qué llevaba siempre la máscara cuando era evidente por el resto de sus facciones y rasgos que bajo ella se escondía una mujer hermosa.

Ella contestó que no se escondía de nadie, pero que cuando salía al escenario interpretaba a un personaje y que su verdadero rostro no era lo relevante, solo su voz. Ese vídeo se hizo viral.

Todos la adoraban. Mi madre más que nadie.

Solía decir que era un privilegio que Linda Ross hubiera vivido aquí, que cuando se hiciera mundialmente famosa —porque para ella era cuestión de tiempo— podríamos alquilar el apartamento mucho más caro solo por eso.

Incluso llegó a plantearse organizar visitas guiadas para turistas curiosos, como si este sitio pudiera convertirse en una especie de santuario improvisado.

La realidad fue que Linda se marchó a Europa de repente y nunca más se supo de ella. Hace unos días cotilleé su Instagram y no hay publicaciones nuevas desde que subió un reel en el que explicaba su decisión de marcharse a Francia para encontrarse consigo misma.

Sonrío, negando para mí misma, y dejo la botella sobre la encimera.

Me dejo caer en el sofá con la copa todavía en la mano y apoyo la cabeza hacia atrás. El vino comienza a generar un efecto agradable en mi cuerpo, aflojando músculos que francamente lo necesitaban. Estiro las piernas sobre el cojín y cierro los ojos un segundo.

Solo uno.

Porque mi cabeza no concede más tiempo al agotamiento y vuelve a atormentarme.

Otra vez estoy pensando en Richard.

Aquella noche no hubo una gran discusión. No hubo gritos, ni reproches, ni una confesión dramática digna de una película romántica.

Él simplemente llegó a casa y puso fin a nuestra relación con una frialdad que jamás le había conocido.

Todo ocurrió tan deprisa que durante varios minutos fui incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. Seguía esperando una explicación razonable. Una aclaración. Algo que transformara aquella situación surrealista en un malentendido.

Pero no llegó.

Richard me comunicó que la relación había terminado y me pidió que recogiera mis cosas y abandonara la casa inmediatamente.

Así, sin más.

Intenté encontrar una razón. Cualquier razón que explicara por qué el hombre perfecto del que me había enamorado hasta las trancas, dejó de serlo tan repentinamente y se convirtió en otra persona distinta.

Desde entonces apareció la pregunta inevitable: ¿había otra mujer?

No la pronuncié en voz alta. No me atreví. Hice lo que me pidió y me marché.

Así fue el fin de nuestra relación.

Sin más. Sin una explicación. Sin una llamada posterior. Sin el valor de afrontar la situación como lo haría un hombre de verdad. Sin empatía; con maldad.

Al principio pensé que era una broma horrible, un error, cualquier cosa menos la verdad. Recuerdo mis dedos temblando mientras decidía si llamarle o no.

Estaba totalmente rota. Destruida. Desolada. Fragmentada en mil pedazos. Lo pasé tan mal que tengo lagunas y no recuerdo cómo llegué a casa de mi amiga Claire en New Haven

¿Alguna vez os ha invadido la rabia y habéis sido conscientes de cómo eso afecta a vuestro cuerpo? Eso es lo que me sucede cada vez que recuerdo esa escena: me aumenta el pulso, la respiración se vuelve más profunda y cada latido retumba en el pecho.

Otra imagen atraviesa mi cabeza antes de que pueda detenerla y consigue que me sienta aún peor.

Estoy con Richard, aún no me ha abandonado y miro mi teléfono. Tengo veinte llamadas perdidas, todas de mi madre y decido apagarlo porque me lo estoy pasando de maravilla y no me apetece llamarla.

Ya no volví a hablar con ella. Murió poco después.