La chica de la 62 1
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PARTE I

MEGAN MOORE

Me llamo Megan Moore, acabo de mudarme a Manhattan, tengo treinta y un años y soy una fracasada.

Lo sé, suena dramático. Pero no lo es. Es un hecho.

Tan evidente que ni siquiera me molesto en disimularlo.

¿Para qué? Cualquiera lo vería. El portero de mi edificio, la chica que me vendió el café esta mañana, el hombre que casi me atropella mientras cruzaba la calle mirando el móvil.

Hasta un ciego podría notarlo en la forma en que arrastro la maleta, en cómo evito los espejos de los escaparates, en esa manera torpe de existir cuando una parte de ti se ha quedado atascada en otro momento.

Hace exactamente un año, el hombre que lo era todo para mí me abandonó. Es obvio que yo no lo era todo para él.

Trescientos sesenta y cinco días exactos desde que todo lo que creía seguro se desmoronó.

Sucedió cuando ya estábamos planeando nuestra boda; que iba a ser perfecta frente a doscientas personas vestidas elegantemente y un cuarteto de cuerda que cobraba una pequeña fortuna por cada hora de su función.

Richard Grayson. Mi prometido. Mi futuro. Mi error.

No sé dónde estará ahora, pero sea donde sea, estará perdiéndose entre las curvas de la mujer por la que haya decidido destrozarme la vida.

Me la imagino morena, con los ojos claros y la piel blanca como la nieve; totalmente lisa, sin imperfecciones.

O tal vez no sea solo una y sean varias. ¿Quién sabe?

Creo que no debería hablar mucho de él. Después de todo, estoy intentando superarlo y esa es una de las razones por las que me he mudado.

Preferiría fingir que nunca sucedió, borrarlo de mi historia como si fuera una mancha que hay que lavar. Solo que es imposible.

Debí imaginar que esto iba a suceder, Richard es un hombre muy atractivo y ese tipo de hombres suele buscar a mujeres igual de atractivas.

Yo nunca tendré el cuerpo deseado. Es una cuestión genética. Por mucho que me cuide, que no lo hago, debo ser honesta conmigo misma y entender que son cotas inalcanzables.

Pero dejando de lado mis inseguridades, os estaréis preguntando por qué he abandonado mi querido barrio de East Rock, en New Haven, Connecticut, para venir a vivir a Manhattan.

En realidad, regresar a Manhattan, porque ya he vivido aquí y conozco la ciudad.

De hecho, era donde Richard y yo compartimos nuestra vida.

Tiene explicación.

Yo nací en New Haven, en un barrio humilde que nada tiene que ver con el mundo que conocí después. Supongo que, por esa razón, durante mucho tiempo me sentí fuera de lugar, aunque creedme: una se acostumbra, negarlo no tiene sentido.

Conocí a Richard hace unos años, en Boston, durante un concierto de OneRepublic.

Fue uno de esos encuentros que parecen escritos para pasar a la historia del romanticismo: música alta, gente cantando alrededor y una burbuja en cuyo interior nos mirábamos él y yo sin que nadie más pareciese existir.

El inicio de algo extraordinario, pensé.

Lo que no sabía es que también sería el principio del mayor error de mi vida.

Iniciamos una relación a distancia cuyo tanteo inicial derivó muy pronto en algo más sólido. Así que, en un arrebato de locura, decidí dejar mi vida atrás y mudarme a Nueva York.

Durante los primeros meses viví en el estudio de mi madre, soportando sus constantes reproches por el dineral que perdía cada semana al no alquilarlo como apartamento vacacional.

Por suerte, Richard me propuso mudarme con él durante una cena en Le Pavillon, que pagó él claro.

Yo no podría hacer frente a un gasto así ni aunque ahorrara durante diez semanas seguidas.

La preciosa townhouse de ladrillo rojo en el Upper East Side donde vivimos hasta hace un año, no era mía.

Era de Richard. De la familia de Richard para ser exactos.

Y sigue siéndolo, claro. Allí, en el pequeño estanque del jardín trasero, vivían dos carpas Koi a las que llamamos Romeo y Julieta en honor a nuestro amor.

Sí. Su familia está forrada.

Me ha costado mucho comprender que mi vida es ahora totalmente distinta.

Ya nada de aquello me pertenece. Ni un solo centavo del colosal imperio de los Grayson.

Tras la ruptura no hubo reparto, ni discusión, ni siquiera un intento por mi parte de reclamar algo.

No tenía sentido. No quería nada de eso.

Para ser sincera, no quiero nada de ese hombre.

Nunca lo quise en esos términos. Richard, como buen hombre adinerado, siempre intentaba impresionarme con el peso de su apellido, con la influencia de su familia, con esa seguridad que ofrecen el dinero y las conexiones.

Su padre había sido fiscal del distrito de Bergen County, en Jersey, antes de jubilarse, y él era el hijo perfecto que siguió el camino esperado y gestionaba el patrimonio familiar.

Aquello le tenía ocupado de lunes a sábado y le obligaba a viajar constantemente.

Me pregunto cuántas de esas noches que pasó fuera de casa estaba trabajando de verdad y cuántas retozándose con alguna jovencita en un lujoso hotel.

A la abultada cuenta corriente de Richard hay que sumar que nació con una serie de rasgos que lo convierten en un hombre agraciado. Con eso, ya tienes el cóctel perfecto para obtener a un auténtico cretino.

Pero esa vida ya no es mía.

Ya estoy otra vez hablando de él…

Mi vida ahora es muy distinta. Ahora camino por la 62, pero al otro lado de la ciudad, disfrutando del sol de junio, controlando las ganas de entrar en esa pastelería moderna de la esquina.

La vitrina está iluminada como si fuera el escaparate de una joyería, y en el centro, una crumbl cookie perfecta parece observarme con descaro.

Podría entrar, comprarla, darme ese pequeño permiso después de todo lo que ha pasado…

Pero no. Ya he engordado demasiados kilos durante este año. Un par más serían letales.

A partir de hoy, vivo en el Lincoln Plaza Center. Lo haré en el apartamento de una habitación que mi madre compró en 1975 con el dinero de aquel ticket de lotería de rascar «Los ochenta y cinco mil dólares mejor invertidos de mi vida», repetía una y otra vez, hasta que murió hace unos meses.

Sí. Mi último año ha estado a la altura del final de: El niño con el pijama de rayas.

Mi madre era una mujer de las que ya no quedan. Siempre cuidó de mí. Siempre. Y tuvo que hacerlo sola porque mi padre nos abandonó a ambas cuando yo tenía solo tres años. Ninguna de las dos supimos nunca algo más de él.

¿Me queda alguna desgracia más por contar?

En cualquier caso, ahora que ella ya no está y su ausencia ha contribuido a ampliar el vacío en el que me encuentro, le agradezco enormemente que escuchara los consejos de mi abuelo y no despilfarrara el dinero de aquel premio cómo habría hecho cualquier veinteañera en su situación.

En aquel entonces, Manhattan no era ni remotamente parecida a la ciudad que es hoy.

Hace poco vi una serie de HBO: The Deuce , que reproduce el Nueva York de aquella época.

Todo era muy distinto. Calles que había que evitar, horas a las que desaparecer, esquinas decadentes y sucias donde nada bueno podía suceder.

Aunque ya no sea así, la transición me va a costar, estoy segura.

Desde que todo terminó con Richard he estado viviendo en New Haven.

En casa de mi amiga Claire, durmiendo en una cama minúscula, rodeada de sus gatos y con la constante sensación de haber retrocedido diez años en mi vida.

Ella intentaba ayudar, lo sé. Me preparaba café por las mañanas, fingía no escucharme llorar algunas noches y repetía continuamente que aquel idiota no me merecía.

Claire trabajaba mucho y me sentía sola a menudo. Eso fue horrible.

Me despertaba cada mañana sintiéndome prisionera de mi propia vida. Llorando a todas horas por la pena y cayendo en una espiral de autodestrucción en la que el eje principal de mi vida eran la pena y el alcohol.

Tu cuerpo se destroza si bebes demasiado. No solo por fuera, por dentro muere a cada trago.

Un día desperté en el suelo, la moqueta estaba empapada de mi propia baba y todo me daba vueltas. Tenía una botella casi vacía de whisky en la mano y ganas de vomitar.

Sin mi madre, sin Richard y acompañada únicamente de mi actitud tóxica, estaba bebiendo demasiado y si seguía así acabaría muriendo ahogada en mi propio vómito.

Necesitaba un cambio.

Necesitaba empezar de cero.

Romper con todo mi pasado. Una vida nueva donde nadie me conozca, donde nadie me compadezca o se apiade de mí. Un lugar donde nadie sepa que me han roto el corazón.

Por eso, a partir de mañana trabajaré como enfermera en la unidad de heridas complejas del hospital Bellevue. Recuperaré un oficio que dejé de lado hace tiempo, cuando me mudé a Manhattan por primera vez para estar cerca de Richard.

Era buena en lo mío. No es falsa modestia, es un hecho.

En el Yale New Haven Hospital de mi ciudad natal aprendí a ser rápida, precisa y a no temblar cuando todo a mi alrededor se desmoronaba.

Allí me hice un nombre. No necesitaba que nadie me lo dijera —aunque lo hacían—, bastaba con ver cómo me buscaban en los turnos complicados, cómo confiaban en que, si algo se torcía, yo sabría reaccionar.

Nunca me importaron las horas de más. Si un paciente empeoraba, me quedaba. Si había que rehacer un protocolo a las tres de la madrugada, lo hacía. Nadie me obligaba. Simplemente, no sabía mirar hacia otro lado.

Empecé en urgencias, donde me curtí en mil batallas. Aprendí a decidir en segundos, a no romperme cuando perdíamos a alguien, a seguir adelante porque el siguiente paciente ya estaba entrando por la puerta. Allí me endurecí lo justo para sobrevivir sin dejar de sentir.

Supongo que fue eso lo que hizo que, cuando me ofrecieron el puesto de supervisora en la UCI, no dudara ni un segundo. Era el siguiente paso lógico. Más responsabilidad, más presión… y, de algún modo, más acorde a mis aspiraciones profesionales.

Habría llegado lejos. Estoy segura de eso.

Pero entonces fui a un concierto de OneRepublic y apareció Richard.

Y todo lo que había construido, la mujer en la que me había convertido, capaz de impresionar a cualquiera, empezó a resquebrajarse sin que me diera cuenta.