La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 18 — La consulta #2
97%

Capítulo 18 — La consulta #2

—Creo que puedo intentarlo.

Carmen la miró.

—Ya veremos.

Alba sintió que algo se movía en la sala.

No una reconciliación completa.

No una absolución.

Una mujer entrando en una cocina donde antes había dejado sola a su hija.

Una hija permitiéndole hacer algo útil sin regalarle el perdón entero.

A veces sanar era mucho menos elegante que en los libros.

Y mucho más difícil.

A medianoche, Valeria salió a la terraza.

Alba la siguió después de contar hasta treinta para no parecer desesperada.

Valeria estaba apoyada en la barandilla, mirando el paseo.

—Tu madre y la mía están discutiendo sobre bechamel —dijo.

—Eso puede unirlas o destruir Santamar.

—Las probabilidades están equilibradas.

Alba se colocó a su lado.

La noche estaba tibia. El mar sonaba oscuro. A lo lejos, unas risas de turistas recordaban que el mundo seguía vendiendo vacaciones aunque ellas estuvieran defendiendo un campo como si les fuera la vida en ello.

Quizá les iba.

Una parte al menos.

—¿Cómo estás? —preguntó Alba.

Valeria no hizo broma.

—Asustada.

—Yo también.

—Mañana podemos perder.

Alba asintió.

—Sí.

—Aunque tengamos razón.

—Sí.

—O ganar y que empiece otra pelea.

—También.

Valeria soltó aire.

—Antes pensaba que ganar sería que todo volviera a ser como antes.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que eso sería perder de otra manera.

Alba la miró.

Valeria continuó:

—El campo no puede seguir igual. El club tampoco. Mi familia tampoco. Yo tampoco. Ni tú.

—No.

—Entonces, pase lo que pase, algo tiene que cambiar.

Alba apoyó la mano sobre la barandilla, cerca de la de Valeria.

—¿Nosotras también?

Valeria giró la cabeza.

—Nosotras ya hemos cambiado.

Alba sintió el vértigo de esa frase.

—¿Y eso es bueno?

Valeria bajó la mirada a sus manos.

—No lo sé todo. Pero sé que ya no quiero quererte como si estuviera esperando una desgracia.

Alba cerró los ojos un segundo.

—Yo no quiero quererte como si tuviera que compensar once años cada día.

Valeria asintió despacio.

—Bien.

—No sé cómo se hace.

—Yo tampoco.

—Pero quiero aprender.

Valeria la miró.

—Yo también.

El silencio que siguió fue cálido.

No fácil.

Pero cálido.

Alba rozó sus dedos.

Valeria los entrelazó.

—Mañana, después de votar —dijo Valeria—, si perdemos, no quiero que me digas que encontraremos otra cosa enseguida.

—Vale.

—Si ganamos, no quiero que me prometas que ya está todo arreglado.

—Vale.

—Y si me pongo insoportable…

—Eso ya está contemplado.

Valeria la miró.

Alba sonrió.

—Perdón. Sigue.

—Si me pongo insoportable, no huyas mentalmente mientras finges escuchar.

Alba dejó de sonreír.

—Vale.

—Y tú, si te asustas con tu carrera, con Madrid, con nosotras, con todo esto, no hagas lo de convertirte en una persona competente y distante.

Alba recibió el golpe.

—Vale.

Valeria miró hacia el mar.

—No quiero una versión perfecta tuya.

—Menos mal.

—Pero tampoco quiero ser el lugar donde vienes a descansar de tu vida real.

—No eres descanso.

—¿No?

Alba negó.

—Eres vida real. Por eso da más miedo.

Valeria la miró.

El beso llegó sin permiso verbal, pero con todo el permiso del cuerpo.

Fue lento.

Profundo.

No de despedida ni de urgencia.

Un beso de víspera.

De miedo compartido.

De dos mujeres que sabían que al día siguiente podían perder algo importante y aun así elegían no pasar la noche fingiendo distancia.

Cuando se separaron, Valeria dejó la frente contra la de Alba.

—No subas escaleras sin ayuda esta noche.

Alba soltó una risa contra su boca.

—Qué manera tan sensual de cuidar.

—Me esfuerzo poco.

—Y funciona demasiado.

Valeria sonrió.

Al día siguiente, Santamar votó.

La consulta no fue grande en términos de mundo.

Ningún informativo nacional abrió con aquello. Ningún ministro opinó. Ninguna institución poderosa se estremeció. Pero para Santamar, para las niñas con botas gastadas, para las madres que habían aprendido a leer pliegos en tres noches, para los negocios del paseo, para las antiguas jugadoras, para un bar con croquetas y bechamel discutida, para Valeria y para Alba, aquella urna colocada en el centro cívico tenía el tamaño de una final.

La pregunta era clara:

¿Está usted de acuerdo con autorizar una concesión privada del terreno del campo viejo para el desarrollo del proyecto Costa Dorada Sports Experience en los términos actualmente presentados?

Sí.

No.

Daniel había peleado hasta el último día para cambiar la redacción.

No lo consiguió.

Mireia votó temprano.

Daniel no podía votar porque no era vecino, pero apareció igualmente con traje azul y sonrisa contenida.

Esteban no apareció.

Eso fue noticia.

O quizá alivio.

Valeria votó a las diez y doce.

Alba estaba a su lado, sentada en una silla porque Carmen había amenazado con atarla a ella. Valeria tomó la papeleta, entró en la cabina y tardó menos de lo que Alba esperaba. Al salir, miró la urna como si no fuera de plástico transparente sino una puerta.

Depositó el voto.

No sonrió.

Pero respiró.

Lara votó simbólicamente en una caja que había fabricado para niñas sin edad legal, con un cartel que decía:

Voto emocional no vinculante pero moralmente superior.

Inés decidió no discutir la categoría jurídica.

Durante todo el día, el pueblo entró y salió del centro cívico.

Algunos miraban a Valeria y Alba con apoyo.

Otros con incomodidad.

Otros con esa neutralidad cargada de cálculo de quien había recibido demasiados folletos de Daniel y demasiadas verdades del otro lado.

Teresa votó al mediodía. Al salir, miró a Valeria desde lejos. No se acercó. Solo asintió.

Valeria le devolvió el gesto.

Raúl llegó con Noa de la mano.

La niña llevaba una camiseta del Santamar. No dijo mucho. Miró a Valeria con timidez y luego a Alba con curiosidad.

—¿Tú eres la que juega en la tele? —preguntó.

Alba sonrió.

—Cuando la rodilla no está siendo dramática, sí.

Noa miró la rodillera.

—Mi padre dice que la tía Valeria manda mucho.

Raúl se puso rojo.

Valeria cruzó los brazos.

—Tu padre dice cosas inteligentes a veces.

Noa la miró.

—Quiero apuntarme al equipo.

Valeria se quedó quieta.

Raúl bajó la mirada.

Alba vio el golpe emocional antes de que Valeria lo escondiera.

—Cuando abramos inscripciones, vienes a probar —dijo Valeria.

—¿Aunque sea mala?

—Sobre todo si eres mala. Así aprendemos desde el principio.

Noa sonrió.

Valeria también.

Raúl se limpió la cara como si tuviera algo en el ojo.

Alba fingió no verlo.

A las ocho de la tarde cerró la votación.

El recuento se hizo en el mismo centro cívico.

Alba estaba sentada junto a Valeria en primera fila. Sus manos no se tocaban. No porque se escondieran. Porque ambas necesitaban tenerlas libres para sostenerse a sí mismas si el resultado caía mal.

Bruno estaba detrás, incapaz de quedarse quieto.

Carmen y Julián, juntos.

Teresa al fondo.

Eva con las antiguas jugadoras.

Lara en primera fila, aunque su madre llevaba una hora diciéndole que se sentara bien.

Mireia presidía el recuento con el rostro tenso.

Daniel estaba a un lado, impecable, demasiado tranquilo.

Los votos empezaron.

No.

Sí.

No.

No.

Sí.

Sí.

No.

Cada papeleta era un golpe.

Alba dejó de contar a la mitad porque el cuerpo no soportaba hacer matemáticas con el miedo.

Valeria sí contó.

Por supuesto.

Alba la veía mover apenas los labios.

Cuando quedaban pocas papeletas, la sala ya sabía que estaba ajustado.

Demasiado.

Daniel miraba al frente.

Mireia no miraba a nadie.

Lara había dejado de respirar con normalidad.

Última papeleta.

No.

Silencio.

El secretario revisó la suma.

Mireia recibió el papel.

Durante un segundo, no habló.

Ese segundo duró once años.

Luego leyó:

—Votos emitidos: ochocientos treinta y seis. Votos a favor: trescientos noventa y ocho. Votos en contra: cuatrocientos veintinueve. Votos en blanco: nueve.

La sala no reaccionó de inmediato.

Alba necesitó que los números se colocaran.

Valeria también.

Cuatrocientos veintinueve.

No.

El campo no se concedía.

El proyecto no podía avanzar en esos términos.

Habían ganado.

Por treinta y un votos.

Treinta y un.

La cifra más pequeña y enorme del mundo.

Lara fue la primera en gritar.

—¡Democracia!

Esta vez nadie la corrigió.

La sala estalló.

Aplausos.

Llanto.

Abrazos.

Gritos.

Madres que se tapaban la cara.

Antiguas jugadoras que se abrazaban sin saber si lloraban por el campo, por ellas o por todo.

Carmen lloró sin disimulo.

Julián la abrazó.

Raúl levantó a Noa en brazos.

Eva cerró los ojos y apretó la mano de otra exjugadora.

Bruno se sentó de golpe, como si la estrategia le hubiera dejado sin huesos.

Alba miró a Valeria.

Valeria seguía quieta.

Muy quieta.

Como si el cuerpo no hubiera entendido aún que podía soltar.

—Valeria —susurró.

Valeria giró hacia ella.

Los ojos llenos de lágrimas.

—Ha ganado el no —dijo, como si necesitara oírlo en su propia voz.

Alba sonrió entre lágrimas.

—Sí.

—No pueden concederlo así.

—No.

—El campo…

La voz se le rompió.

Alba se levantó sin pensar.

La rodilla protestó.

Valeria la vio.

—No.

Alba se quedó a medio movimiento.

Las dos soltaron una risa llorosa al mismo tiempo.

Valeria dio el paso que Alba no debía dar.

Se arrodilló frente a ella, en medio del centro cívico, entre el ruido y la gente, y la abrazó con fuerza.

Alba la rodeó como pudo.

Valeria temblaba.

No de miedo.

No ya.

—Lo hemos hecho —susurró Valeria contra su hombro.

Alba cerró los ojos.

—Lo habéis hecho.

Valeria se separó lo justo para mirarla.

—No empieces.

—Vale.

Valeria le tocó la cara.

—Lo hemos hecho.

Alba asintió.

—Lo hemos hecho.

Valeria la besó.

En medio de la sala.

Sin esconderse.

Sin pedir permiso.

Sin que aquello fuera el centro de la victoria, pero formando parte de ella.

La gente aplaudió más.

Lara gritó algo sobre aprobación oficial.

Carmen lloró más.

Bruno murmuró que, desde un punto de vista comunicativo, aquello era inmejorable y emocionalmente devastador.

Daniel Sanchís se fue antes de que terminara el aplauso.

Mireia se quedó.

Eso sorprendió a Alba.

La concejala esperó a que el ruido bajara un poco y se acercó a Valeria.

—Tendremos que trabajar en un plan de mejora del campo.

Valeria la miró.

No con triunfo fácil.

Con cansancio.

—Sí.

Mireia tragó saliva.