Capítulo 18 — La consulta
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, Santamar dejó de parecer un pueblo costero y empezó a parecer una pregunta.
Una pregunta escrita en cristales de bares, en grupos de WhatsApp, en conversaciones de mercado, en bancos del paseo, en servilletas, en carteles torcidos, en la puerta del campo viejo, en la voz de las madres que ya no preguntaban si podían hablar sino a qué hora empezaba la siguiente reunión.
¿De quién es el campo?
Alba vio la frase por primera vez en una cartulina pegada en la valla.
La había escrito Lara, por supuesto.
Debajo, con letra más pequeña, había añadido:
Pregunta fácil. Respuesta importante.
—La niña es insoportablemente buena —dijo Bruno, mirando el cartel.
Valeria, que revisaba una lista de familias junto a la entrada del campo, no levantó la cabeza.
—No alimentes su ego.
—Su ego ya se alimenta solo.
—Como el tuyo.
—El mío tiene más gastos.
Alba estaba sentada en una silla plegable con la pierna elevada y una bolsa de hielo sobre la rodilla. Había aceptado su papel con una dignidad parcial: no podía moverse mucho, pero podía llamar, escribir, revisar, coordinar, responder mensajes y recordarle a Bruno que no todo era “gestión de crisis” cuando se trataba de personas que habían pasado años sin ser escuchadas.
Valeria se acercó a ella con un portapapeles.
—¿Dolor?
—Controlado.
—¿Número?
—Cuatro.
Valeria la miró.
—¿Real?
—Cinco.
—Aceptable.
—Gracias por validar mi sufrimiento.
—No te emociones.
Alba sonrió.
Valeria no.
O no del todo.
Llevaba dos días durmiendo poco, comiendo a medias y sosteniendo demasiadas conversaciones difíciles. La escritura de cesión del campo había cambiado el tablero, pero no había ganado el partido. Daniel Sanchís se había movido rápido. Mireia también. Ambos insistían en que la consulta vecinal sería una oportunidad democrática para que Santamar eligiera modernizarse, no un obstáculo. Habían contratado anuncios locales, enviado folletos, dado entrevistas y repetido una frase que a Alba le producía náuseas por lo bien que sonaba:
El futuro también necesita valentía.
—Nos están robando hasta la palabra valentía —murmuró Alba.
Valeria dejó el portapapeles sobre la mesa.
—Las palabras no son suyas.
—Las usan bien.
—Por eso hay que contestar mejor.
Alba la miró.
—Estás agotada.
—Sí.
—¿Has comido?
Valeria arqueó una ceja.
—¿Ahora me vigilas tú?
—Aprendo de la mejor.
—He comido.
—¿Qué?
Valeria dudó una décima de segundo.
Alba señaló.
—Mentira.
—Un café cuenta como alimento si se toma con mala leche.
—Valeria.
—Estoy ocupada.
Alba cogió el bocadillo que Carmen había dejado envuelto en papel de aluminio junto a su silla.
—Come.
—No me mandes.
—No te mando. Te ofrezco una herramienta de supervivencia con pan.
Valeria la miró.
—Esa frase parece de tu madre.
—Es preocupante, sí.
Valeria aceptó el bocadillo.
Le dio un mordisco con la expresión de quien obedecía por estrategia, no por necesidad.
Alba la observó.
—¿Qué?
—Nada.
—No me mires como si comer fuera un acto emocional.
—Últimamente todo lo parece.
Valeria bajó la vista al bocadillo y soltó una risa mínima.
—Qué vida tan agotadora.
—Mucho.
Durante un momento, solo existió eso: Valeria comiendo, Alba sentada, el campo viejo alrededor, varias niñas entrenando en la zona segura, Raúl reparando una red, Carmen discutiendo con un proveedor por teléfono y Bruno tomando notas como si el destino del pueblo dependiera de una hoja de cálculo.
Un momento casi normal.
Por eso Alba supo que no duraría.
El coche de Daniel apareció junto a la entrada del campo a las seis y cuarto.
No venía solo.
Bajó con Mireia Casas, dos asesores, una cámara local y una mujer joven que Alba reconoció de inmediato: una influencer deportiva de Barcelona, de esas que hacían vídeos motivacionales con frases limpias, ropa cara y planos de amaneceres. Tenía cientos de miles de seguidores y una sonrisa entrenada para parecer espontánea.
Bruno soltó una palabra muy poco institucional.
Valeria dejó el bocadillo.
—¿Qué hace aquí?
—Comprar imagen —respondió Alba.
Daniel entró al campo como si el campo ya le perteneciera parcialmente por haberlo dibujado en un render. Saludó a varias madres, sonrió a las niñas, miró las vallas reparadas y luego se acercó a Valeria con las manos abiertas.
—Valeria. Solo venimos a grabar unas imágenes del estado actual del campo. Transparencia.
Valeria se colocó frente a él.
—No puedes grabar a menores sin permiso.
Daniel sonrió.
—Por supuesto. Todo será con autorización.
Lara apareció al lado de Valeria como si hubiera sido invocada por la palabra permiso.
—Yo no autorizo.
Daniel miró a la niña.
—No pensábamos grabarte.
—Mejor.
Valeria cerró los ojos.
—Lara, vuelve al ejercicio.
—Estoy defendiendo mis derechos de imagen.
—Lara.
—Voy.
Se fue sin prisa.
Daniel mantuvo la sonrisa.
—Entiendo la tensión. Pero la gente necesita ver la realidad del campo. Es evidente que requiere inversión.
—Nadie ha negado eso —dijo Valeria.
—Entonces coincidimos más de lo que parece.
Alba quiso levantarse.
No lo hizo.
La rodilla y la voz de Valeria en su cabeza se lo impidieron.
Daniel miró hacia ella.
—Alba. Me alegra verte mejor.
—No lo parece.
La sonrisa de Daniel se endureció apenas.
—Creo que todas queremos lo mismo.
Valeria respondió antes de que Alba tuviera que hacerlo:
—No. Tú quieres gestionar lo que nosotras queremos conservar.
La cámara local grababa.
Daniel no perdió la compostura.
—El campo seguirá siendo un espacio deportivo.
—Si lo decides tú, no es nuestro campo. Es tu espacio con nuestras camisetas dentro.
La influencer deportiva, que hasta entonces había sonreído desde atrás, bajó un poco el móvil.
Tal vez no esperaba esa frase.
Tal vez sí.
Daniel cambió de objetivo.
—Por eso planteamos una consulta. Que Santamar decida.
—Santamar decidirá —dijo Valeria—. Pero no con niñas como decorado de un vídeo.
Mireia intervino:
—Valeria, no convirtamos todo en un conflicto. La comunicación también forma parte de la democracia.
Carmen, que había llegado desde el bar con una bandeja de agua, dijo:
—Qué manía tenéis de llamar democracia a que os graben desde el lado bueno.
Mireia fingió no oírla.
Daniel miró a Alba.
—¿Y tú? ¿También crees que mostrar el estado del campo es manipular?
Alba sintió la trampa.
Si decía sí, parecería negar lo evidente: el campo estaba viejo. Si decía no, podrían usarlo.
Respiró.
—Creo que mostrar solo lo roto sin mostrar a quienes lo mantienen vivo es manipular.
La influencer levantó la mirada del móvil.
Daniel no respondió enseguida.
Alba continuó:
—Graba la valla si quieres. Los focos. Las gradas. Los vestuarios. Pero graba también a Raúl arreglando la red, a las madres organizando turnos, a las antiguas jugadoras presentando testimonios, a las niñas entrenando cuando les dejan, a Valeria sosteniendo una escuela que vosotros descubristeis cuando os servía para el folleto.
Daniel apretó la mandíbula.
—Eso es una visión muy parcial.
Valeria dio un paso hacia él.
—No. Parcial era vuestro render sin nosotras.
La frase quedó perfecta.
Demasiado perfecta.
Bruno, desde la banda, murmuró:
—Por favor, que alguien esté grabando eso.
Lara gritó desde el ejercicio:
—¡Yo!
Valeria giró la cabeza.
—¡Lara!
—¡Por seguridad histórica!
La cámara local había grabado.
La influencer también.
Y, por primera vez desde que llegó, Daniel pareció entender que su visita podía estar saliéndole cara.
Se fue quince minutos después.
Sin imágenes de niñas.
Sin paseo triunfal.
Sin sonrisas útiles.
Pero con un vídeo que, esa noche, circularía más de lo que él esperaba.
No. Parcial era vuestro render sin nosotras.
La frase de Valeria empezó a moverse por Santamar como si hubiera estado esperando años a ser pronunciada.
La consulta se fijó para el domingo.
Tres días.
Tres días para explicar condiciones, resistir propaganda, sostener testimonios, cuidar a las niñas, impedir que los negocios firmaran por separado, evitar que Esteban usara su victimismo como cortina de humo y conseguir que Alba no destrozara su rodilla por intentar estar en todas partes.
Esto último fue, según Bruno, el apartado más difícil del plan.
—Podría sentarme aquí sin recibir ataques personales —dijo Alba.
—Podrías, pero sería menos eficiente —respondió él.
La noche antes de la consulta, el Bar Ríos no cerró hasta tarde.
No por clientes.
Por gente.
Santamar entero parecía haber decidido pasar por allí aunque solo fuera cinco minutos. Una vecina dejó una bandeja de empanadillas. Un abuelo trajo fotos antiguas del campo. Dos adolescentes imprimieron carteles. Eva llegó con tres exjugadoras y una caja de documentos. Teresa, la madre de Valeria, apareció al final de la tarde con una bolsa de comida y una expresión de quien no sabía si tenía derecho a entrar.
Valeria la vio desde la mesa del fondo.
Alba, a su lado, sintió cómo su cuerpo se tensaba.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó en voz baja.
Valeria negó.
—No.
Teresa se acercó despacio.
—He hecho croquetas.
Carmen, desde la barra, miró la bolsa.
—Eso es una disculpa muy seria en este pueblo.
Teresa sonrió apenas, con los ojos húmedos.
Valeria no sonrió.
Pero tampoco apartó la mirada.
—Gracias.
Teresa dejó la bolsa sobre la mesa.
No intentó abrazarla.
Bien.
—Mañana iré a votar —dijo.
Valeria asintió.
—Vale.
—Y he hablado con dos vecinas de mi calle.
—Mamá…
—No les he contado nada tuyo. Les he contado lo que vi yo. Lo que callé. Lo que no quiero seguir callando.
Valeria la miró.
La habitación pareció reducirse a ellas dos.
Teresa respiró con dificultad.
—No puedo cambiar la madre que fui esa noche. Pero puedo intentar que mañana no vote desde el miedo.
Valeria bajó la mirada.
Alba vio que sus dedos temblaban apenas.
—Eso es algo —dijo Valeria.
Teresa asintió.
—Lo sé. No es todo.
—No.
—Pero es algo.
Valeria levantó los ojos.
—Sí.
Teresa se llevó una mano al pecho.
No lloró.
O lo intentó.
—Me quedo ayudando si quieres.
Valeria dudó.
Después miró a Carmen.
—Mamá puede ayudar en cocina.
Carmen levantó una ceja.
—Aquí nadie entra en cocina sin obedecer.
Teresa, por primera vez en muchos días, sonrió de verdad.