La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 17 — La oferta perfecta #3
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Capítulo 17 — La oferta perfecta #3

Al terminar, la sala aplaudió de forma tímida.

No apoyo completo.

Pero sí alivio de quien desea que alguien le diga que todo puede arreglarse sin perder demasiado.

Mireia abrió turno de palabra.

Antes de que Valeria pudiera levantarse, Marta, la madre de la portera, habló.

—Queremos condiciones por escrito.

Daniel sonrió.

—Por supuesto.

Marta levantó una hoja.

—No. Estas.

La sala se movió.

Inés se la había preparado.

Marta empezó a leer.

Uso público garantizado.

Horarios blindados para la escuela femenina.

Gestión local participada.

Becas decididas por comisión independiente.

Prohibición de usar nombres e imágenes sin consentimiento.

Compensaciones transparentes y colectivas para negocios.

Exclusión formal de personas investigadas o señaladas.

Auditoría de relaciones previas con Esteban Mas.

Consulta vecinal antes de cualquier concesión.

Daniel dejó de sonreír poco a poco.

Mireia también.

Valeria miraba a Marta con una mezcla de sorpresa y orgullo.

Después habló otro comerciante.

Luego Eva.

Luego Raúl.

Luego Julián.

Uno tras otro, no dijeron no.

Dijeron condiciones.

Dijeron garantías.

Dijeron por escrito.

Dijeron juntas.

Alba no habló.

No hizo falta.

Hasta que Daniel la miró directamente.

—Alba, entiendo que compartes la preocupación por garantías. Pero también sabes que el deporte profesional necesita inversión privada para crecer. A veces hay que avanzar con confianza.

La sala giró hacia ella.

Alba sintió la trampa.

Si atacaba, parecería radical.

Si callaba, podrían usar su silencio.

Respiró.

Miró a Valeria.

Valeria no le dio respuesta.

Le dio espacio.

Alba se levantó lo justo, apoyada en la muleta.

—El deporte profesional me enseñó muchas cosas —dijo—. Una de ellas es que un contrato sin garantías no es confianza. Es dependencia.

La sala quedó en silencio.

Daniel sostuvo su sonrisa.

Alba continuó:

—Si el proyecto realmente quiere apoyar a la escuela femenina, no debería tener problema en blindar su uso, su autonomía y su voz. Si quiere conservar negocios, no debería negociar a oscuras con cada uno. Si quiere honrar la memoria deportiva, no debería borrar lo incómodo y dejar solo lo que queda bonito en un render.

No miró a Valeria.

No todavía.

—Y si quiere usar nuestros nombres, tendrá que aceptar que no somos decoración de su proyecto.

Un murmullo recorrió la sala.

Valeria bajó la mirada, pero Alba vio su sonrisa mínima.

Daniel inclinó la cabeza.

—Nadie pretende decorar nada.

Lara, sentada al fondo con su madre, murmuró demasiado alto:

—Eso dice la decoración.

La sala rió.

Mireia golpeó la mesa con suavidad.

—Por favor.

Inés tomó la palabra.

—Solicitamos respuesta formal a las condiciones en un plazo de cuarenta y ocho horas. Hasta entonces, entendemos que no debería avanzarse ningún trámite.

Mireia dudó.

La sala la miraba.

Daniel se inclinó hacia ella.

Susurró algo.

Valeria lo vio.

Alba también.

Mireia forzó una sonrisa.

—Estudiaremos las condiciones.

No era victoria.

Pero era otra puerta cerrándose en la cara de Daniel.

Al salir del centro cívico, la gente hablaba más fuerte que al entrar.

No todos estaban de acuerdo.

Pero ya nadie hablaba de aceptar sin leer.

En la calle, Valeria se acercó a Alba.

—Has hablado bien.

—Poco.

—Lo justo.

—Aprendo de la mejor.

Valeria arqueó una ceja.

—No uses eso para conseguir beso.

—¿Funciona?

—Sí, por desgracia.

No la besó allí.

Pero le tomó la mano un segundo.

Alba sonrió.

Entonces Inés salió del centro cívico con el móvil pegado al oído. Su rostro era distinto.

Muy distinto.

Colgó y miró a Valeria.

—Tenemos algo.

Valeria se tensó.

—¿Qué?

—El archivo municipal acaba de encontrar la escritura original de cesión del terreno del campo viejo.

Bruno apareció detrás.

—¿Y?

Inés respiró hondo.

—El terreno fue cedido al Ayuntamiento en 1986 por una cooperativa local con una condición expresa: uso deportivo público y comunitario. Cualquier concesión privada que limite ese uso requiere consulta vecinal vinculante y aprobación reforzada.

La calle quedó en silencio.

Alba miró a Valeria.

Valeria no parecía entender del todo.

O quizá entendía demasiado.

—¿Eso significa…?

Inés sonrió por primera vez en días.

—Que Daniel no puede comprar el campo con palabras bonitas. Si quiere tocarlo de verdad, tendrá que preguntarle al pueblo.

Lara gritó desde detrás:

—¡Democracia!

Esta vez Valeria no la corrigió.

La risa explotó en la calle, mezclada con aplausos, alivio y lágrimas.

Valeria se giró hacia Alba.

El mundo parecía haberles dado, por fin, una herramienta limpia.

No una solución completa.

Pero sí una llave.

Alba apretó su mano.

—Seremos muchas —dijo.

Valeria miró a la gente alrededor.

Madres.

Niñas.

Comerciantes.

Antiguas jugadoras.

Vecinos.

Su madre al fondo, llorando sin acercarse.

Raúl con Noa en brazos.

Julián y Carmen juntos bajo el toldo del bar.

Y Alba.

Allí.

No delante.

No detrás.

A su lado.

Valeria respiró hondo.

—No —dijo.

Alba la miró, confundida.

Valeria sonrió.

—Ya somos muchas.

Y por primera vez desde que todo empezó, el campo viejo no pareció estar resistiendo solo.

Pareció estar a punto de ganar.