Capítulo 17 — La oferta perfecta #2
—Yo entiendo todo lo que decís. De verdad. Pero mi hija entrena con focos que fallan, vestuarios que dan asco y gradas peligrosas. Si nos ofrecen arreglarlo, becas y continuidad, ¿cómo le explico que decimos que no?
Nadie respondió rápido.
Bien.
Otra madre añadió:
—Mi marido dice que esto ya se ha convertido en una guerra personal contra Daniel, contra el ayuntamiento, contra todo. Que al final las niñas pueden quedarse sin nada.
Un comerciante del paseo intervino:
—Y algunos negocios no aguantan otro verano malo. Si ofrecen compensación real, hay gente que firmará.
Julián no respondió con orgullo herido.
Eso ya fue un avance.
—Lo entiendo —dijo—. Yo casi firmé por eso.
La sala lo escuchó.
Julián continuó:
—No voy a llamar vendido a nadie por tener miedo a cerrar. Pero sí digo que firmar uno por uno nos deja solos. Y solos siempre nos pagan menos de lo que valemos.
Carmen, desde la barra, añadió:
—Y luego encima te ponen una placa diciendo que respetan tu historia.
El comentario arrancó una risa breve.
Valeria se puso de pie.
El bar se fue callando.
No tenía megáfono.
No lo necesitaba.
—No voy a deciros que la propuesta no tiene cosas buenas —dijo—. Las tiene. Precisamente por eso es peligrosa. Si fuera mala entera, sería fácil rechazarla.
Marta cruzó los brazos, pero escuchó.
—Nos ofrecen becas. Bien. Pero no dicen quién las decide ni cuánto duran. Nos ofrecen campo reformado. Bien. Pero no garantizan uso público gratuito ni control local. Nos ofrecen integrar la escuela. Bien. Pero no reconocen a la escuela como titular de derechos, sino como actividad dentro de su proyecto.
Valeria levantó el documento.
—No nos devuelven el campo. Nos invitan a portarnos bien dentro de su negocio.
La frase cayó con fuerza.
Una madre bajó la mirada.
Otra asintió.
Valeria siguió:
—Y yo no puedo decidir esto sola. No quiero. No sería justo. Si la mayoría de familias quiere aceptar, yo lo escucharé. Pero antes de votar, de apoyar, de firmar o de rendirnos, quiero que entendamos qué se compra y qué se pierde.
Marta levantó la mano.
—¿Y si pedimos condiciones? Por escrito.
Inés intervino:
—Eso sería lo inteligente. No rechazo frontal sin alternativa. Pliego de exigencias vecinales. Uso público garantizado. Horarios blindados para la escuela. Gestión local participada. Transparencia económica. Protección de negocios sin negociación individual opaca. Exclusión formal de cualquier persona investigada o señalada por conductas contra jugadoras. Y nada de usar nombres, imágenes o historias personales sin consentimiento específico.
Bruno asintió.
—Si aceptan todo eso, el proyecto cambia de naturaleza. Si lo rechazan, quedan retratados.
Alba miró a Valeria.
Valeria no sonrió, pero el aire volvió a entrarle un poco.
—Entonces mañana no diremos solo no.
—Diremos esto primero —dijo Inés.
Carmen dejó una bandeja sobre la barra.
—Y después, si dicen que no, ya diremos no con más ganas.
La reunión terminó pasada la medianoche.
No todos estaban convencidos.
Pero todos sabían más.
Eso ya era una victoria.
Cuando el bar se vació, Alba salió a la terraza con Valeria. La rodilla le dolía, pero de una forma manejable. Había obedecido casi todo el día. La palabra casi seguía siendo un riesgo, pero menor.
Valeria se apoyó en la barandilla, mirando el paseo vacío.
—Hoy has hablado bien.
Alba se colocó a su lado.
—He hablado poco.
—Por eso.
—Golpe justo.
Valeria sonrió apenas.
Luego se quedó seria.
—Me dio miedo cuando leí tu nombre en la propuesta.
—A mí también.
—No por pensar que fueras a aceptar.
—Antes dijiste…
—Lo sé.
Valeria cerró los ojos un segundo.
—Fue miedo viejo hablando rápido. Ese miedo que piensa: si alguien le ofrece a Alba una puerta grande, la cruzará. No porque sea mala. Porque siempre lo hizo.
Alba aceptó la frase.
No era del todo injusta.
—Esta vez quiero mirar la puerta antes de cruzarla.
Valeria giró hacia ella.
—Eso también me da miedo.
—¿Por qué?
—Porque si la miras y decides cruzarla, ya no podré odiar una mentira. Tendré que aceptar una verdad.
Alba sintió que la frase se le metía bajo la piel.
—No quiero que vivas esperando que me vaya.
—Yo tampoco.
—¿Qué hacemos con eso?
Valeria soltó aire.
—Lo mismo que con todo últimamente. Decirlo antes de que nos mande.
Alba asintió.
—Tengo miedo de que un día mi carrera me pida una cosa incompatible con nosotras.
Valeria sostuvo su mirada.
—Yo tengo miedo de que un día Santamar me pida una cosa incompatible contigo.
Alba no había pensado en eso.
O quizá sí, pero no con suficiente generosidad.
—¿Como qué?
Valeria miró el mar.
—Quedarme. Cuidar este equipo. Hacerme cargo de un campo, de una escuela, de una lucha que puede durar años. No todo va a resolverse cuando Daniel pierda o gane. Estas niñas seguirán necesitando entrenadora. Este pueblo seguirá siendo complicado. Mi madre seguirá siendo mi madre. Mi hermano seguirá intentando no decepcionar a su hija. Yo no soy solo una mujer esperando que Alba Ríos encuentre huecos entre partidos.
Alba sintió vergüenza.
No porque Valeria la acusara.
Porque tenía razón.
La historia no era solo si Alba volvía.
También era si Alba entendía a qué volvía.
—No quiero que seas eso —dijo.
—Lo sé.
—Pero quizá he pensado demasiado en cómo sostienes tú mis idas y venidas. No en cómo sostengo yo tu vida aquí.
Valeria la miró.
—Eso ha sido muy adulto.
—Me encuentro mal.
—Normal.
Alba sonrió.
Valeria bajó la vista a su boca.
Alba lo vio.
—¿Puedo?
Valeria arqueó una ceja.
—Estás volviendo a la aduana.
—Me falta práctica con permisos no administrativos.
—Puedes.
Alba la besó.
Suave al principio.
Luego menos.
Valeria se acercó un paso y el cuerpo de Alba respondió con una claridad que hizo que la barandilla fuera necesaria. La mano de Valeria subió a su nuca. La de Alba encontró su cintura. No había prisa, pero sí hambre. Una contenida, cuidadosa, acumulada entre llamadas, campos, miedo y frases dichas a medias.
Valeria se separó con la respiración alterada.
—No deberíamos seguir aquí.
Alba tragó saliva.
—¿Por mi rodilla, por mi madre o por Santamar entero?
—Sí.
Alba soltó una risa baja.
Valeria apoyó la frente en su hombro un segundo.
—Me gustas demasiado para lo poco práctica que eres.
Alba cerró los ojos.
—Tú me gustas demasiado para lo mucho que me corriges.
—Eso es porque lo necesitas.
—También es verdad.
Se quedaron abrazadas unos segundos.
No más.
Luego Valeria se apartó.
—Hoy me voy a casa.
Alba sintió la pérdida antes de poder esconderla.
Valeria la vio.
—No porque quiera alejarme.
—Lo sé.
—Porque mañana necesito entrar a esa reunión siendo Valeria Herrera, entrenadora, no solo la mujer que duerme contigo cuando todo duele.
Alba recibió la frase con cuidado.
—Lo entiendo.
—¿Sí?
—Sí.
Valeria la miró.
—Progreso.
—Muchísimo.
Valeria le rozó la mejilla con los dedos.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Alba la vio marcharse por el paseo.
Esta vez no contó los pasos.
Solo respiró.
A la mañana siguiente, la presentación de Daniel Sanchís llenó el centro cívico.
Había pantalla grande, infografías nuevas, renders más amables, fotografías de niñas jugando, imágenes del paseo renovado, bancos de madera, sombras, bicis, familias felices, césped perfecto y un Bar Ríos estilizado que parecía haber sido diseñado por alguien que nunca había escuchado a Carmen discutir con un proveedor de aceitunas.
Daniel habló con una calma impecable.
Mireia sonrió como si la crisis ya estuviera resuelta.
—Hemos escuchado —dijo ella—. Y por eso traemos una propuesta mejorada que garantiza futuro sin perder identidad.
Valeria estaba sentada en primera fila con Inés a un lado y Eva al otro. Alba, también en primera fila, mantenía la pierna elevada en una silla lateral. Julián y Carmen estaban detrás. Raúl junto a las familias. Bruno al fondo, grabándolo todo.
Daniel empezó bien.
Demasiado bien.
Reconoció errores de comunicación.
Lamentó preocupaciones.
Habló de fútbol femenino.
Habló de oportunidades.
Habló de becas.
Habló de conservar memoria local.
Habló de Valeria con respeto exacto.
Habló de Alba sin exceso.
No cometió ningún error evidente.
Eso lo hacía más peligroso.