Capítulo 18 — La consulta #3
—Y tendremos que hacerlo con vosotras.
—Sí.
—He cometido errores.
Valeria no respondió.
Mireia bajó la mirada.
—Lo sé. No basta con decirlo.
—No.
Mireia asintió.
—Convocaré una mesa de trabajo.
Valeria sostuvo su mirada.
—Con familias. Escuela. Negocios. Antiguas jugadoras. Técnicos. Y actas públicas.
Mireia casi sonrió, derrotada.
—Lo imaginaba.
—Bien.
Mireia se fue.
No perdonada.
No destruida.
Obligada a hacer política con gente mirando.
Eso ya era bastante.
La celebración terminó en el campo viejo.
No estaba previsto.
Por eso fue perfecto.
Alguien llevó altavoces. Alguien llevó refrescos. Carmen llevó comida. Teresa llevó más croquetas y esta vez Carmen admitió, con mucha seriedad, que la bechamel estaba correcta.
Raúl colocó luces. Las niñas corrieron por el campo como si hubieran ganado una copa continental.
Las madres hablaron de turnos de limpieza, mejoras, subvenciones, vigilancia, escuela, futuro.
No como antes.
No para volver a lo que había.
Para construir otra cosa.
Valeria se quedó un momento sola junto al centro del campo.
Alba la observó desde la banda.
No quiso interrumpir.
Pero Valeria la llamó con un gesto.
—Ven.
Alba señaló la rodilla.
—Estoy en modo obediente.
Valeria sonrió.
—Entonces ven despacio.
Alba fue.
Despacio.
Sin épica.
Cuando llegó al centro, Valeria miraba las líneas gastadas.
—Aquí fue donde me dijiste que querías ser la mejor del mundo —dijo.
Alba miró el suelo.
—Qué vergüenza.
—Mucha.
—¿Qué dijiste tú?
Valeria sonrió.
—Que si eras la mejor del mundo, tendrías que invitarme a helado.
Alba soltó una risa.
—Eso sí suena a ti.
—Nunca pagaste.
—Técnicamente no soy la mejor del mundo.
—Excusas.
Alba miró alrededor.
El campo iluminado.
La gente.
Las niñas.
El mar oscuro detrás.
—Te debo un helado.
—Me debes varias cosas.
La frase no sonó amarga.
Sonó viva.
Alba la miró.
—Sí.
Valeria bajó la vista.
—Pero ya no quiero cobrarlas todas en dolor.
Alba sintió que esa frase valía más que la victoria.
—¿Y cómo quieres cobrarlas?
Valeria pensó.
Luego sonrió apenas.
—Con tiempo. Presencia. Verdad. Y alguna cena decente que no salga de la freidora de tu madre.
Desde lejos, Carmen gritó:
—¡He oído eso!
Valeria cerró los ojos.
—Tu madre da miedo.
—Mucho.
Alba se acercó un poco.
—Puedo intentar eso.
—¿Cena?
—Tiempo. Presencia. Verdad. Cena también, aunque soy limitada.
Valeria la miró con ternura.
—No te estoy pidiendo que arregles once años.
—Lo sé.
—Ni que te mudes mañana.
—Lo sé.
—Ni que abandones Madrid.
—Lo sé.
—Te estoy pidiendo que no vuelvas a desaparecer de las conversaciones difíciles.
Alba sintió que el corazón le golpeaba suave.
No como miedo.
Como reconocimiento.
—No desapareceré.
Valeria la observó.
—Si tienes miedo…
—Lo diré antes de huir.
—Si te vas…
—Diré adónde y por qué.
—Si vuelves…
—No esperaré que volver lo arregle todo.
Valeria sonrió.
—Has estudiado.
—Mucho.
Valeria tomó su mano.
Las luces del campo viejo parpadearon un segundo.
Luego siguieron encendidas.
Alba miró hacia las gradas.
Durante años, ese lugar había guardado una foto robada, un beso escondido, una despedida perdida y demasiadas voces calladas. Ahora guardaba otra cosa.
Una consulta ganada por treinta y un votos.
Una escuela que seguía.
Un pueblo que había aprendido a preguntar.
Dos mujeres que no habían recuperado el pasado, pero habían dejado de obedecerlo.
Valeria apretó su mano.
—Tengo miedo todavía —dijo.
Alba asintió.
—Yo también.
—Pero menos.
—Sí.
Lara apareció corriendo hacia ellas.
—Entrenadora, Alba, quieren foto del equipo.
Valeria miró a Alba.
—¿Vienes?
Alba miró a las niñas reunidas junto a la portería.
Luego a Valeria.
—¿Como qué?
Valeria entendió la pregunta.
No era pequeña.
Valeria sonrió.
—Como Alba.
La respuesta fue sencilla.
Y quizá por eso Alba tuvo que contener las lágrimas.
—Vale.
Fueron hacia la portería.
Las niñas se colocaron sin orden. Lara intentó dirigir y fue ignorada por primera vez en la noche, lo cual casi la destruyó. Carmen apareció con una bandeja en la mano y se negó a salir en la foto porque “alguien tiene que alimentar a la democracia”. Julián acabó detrás, con Raúl y varias madres. Eva y las antiguas jugadoras se pusieron a un lado. Teresa se quedó al borde hasta que Valeria la llamó con la mirada.
No con la mano.
No con una frase.
Con la mirada.
Teresa se acercó.
Se colocó detrás de su hija.
No la tocó.
Pero estuvo.
Alba se sentó en una silla en el centro porque todos insistieron. Valeria se colocó a su lado. Lara se puso delante con la pancarta:
Queremos campo.
Alguien añadió otra debajo:
Y lo hemos defendido.
La foto se hizo a la luz irregular del campo viejo.
No era perfecta.
Había gente movida, ojos cerrados, una niña mirando al lado, Bruno saliendo cortado, Carmen entrando por una esquina con croquetas, Alba sentada con una pierna elevada y Valeria inclinándose apenas hacia ella.
Pero cuando Alba la vio después en la pantalla del móvil, supo que era la foto más importante de su vida.
No porque saliera bien.
Sino porque nadie la había robado.
Esta vez la habían elegido.