La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 15 — La noche que faltaba
80%

Capítulo 15 — La noche que faltaba

Alba no corrió.

Esa fue la primera victoria.

Pequeña, miserable, casi ridícula si se comparaba con todo lo demás, pero victoria al fin y al cabo.

No salió del bar con la muleta como una heroína torpe. No llamó a Valeria veinte veces. No llenó el silencio con mensajes impulsivos. No convirtió una frase anónima en sentencia antes de escuchar a la única persona que tenía derecho a contar su parte.

Se quedó sentada.

Con el móvil en la mesa.

La rodilla elevada.

El corazón hecho un animal contra las costillas.

Bruno la miraba desde enfrente con una seriedad poco habitual en él.

—Respira.

—No me digas que respire.

—Entonces deja de parecer alguien que está olvidando hacerlo.

Alba cerró los ojos.

Inspiró.

No sirvió de mucho.

Volvió a leer el mensaje aunque no necesitaba hacerlo. Ya lo tenía grabado.

Podéis intentar cambiar la historia, pero hay cosas que no conviene que salgan. Pregúntale a Valeria qué pasó realmente la noche que te fuiste.

La noche que te fuiste.

No decía la noche que os separaron.

No decía la noche que os rompieron.

Decía que había algo que Valeria sabía.

Algo que no había contado.

Algo que alguien quería convertir en grieta.

Bruno bloqueó el móvil.

—No le escribas desde esa cara.

—Mi cara otra vez.

—Tu cara ahora mismo va a juicio sin abogado.

Alba apretó los dedos contra la mesa.

—Necesito saber.

—Sí.

—Necesito preguntarle.

—Sí.

—Pero no quiero que parezca que la estoy acusando.

—Entonces no la acuses.

—No es tan fácil.

Bruno se inclinó hacia delante.

—Sí lo es. Difícil será soportar la respuesta. Preguntar sin acusar es bastante simple: “Ha llegado esto. No quiero creer a quien nos amenaza. Quiero escucharte a ti.”

Alba lo miró.

—¿Lo has sacado de un manual?

—De años intentando que futbolistas no incendien su vida sentimental con mensajes de madrugada.

—No era mi caso.

—No todavía.

Alba respiró hondo.

Desbloqueó el móvil.

Escribió exactamente eso.

Ha llegado esto. No quiero creer a quien nos amenaza. Quiero escucharte a ti. Cuando puedas.

Adjuntó captura.

No envió más.

No añadió “¿qué hiciste?”

No añadió “¿por qué no me lo contaste?”

No añadió ninguna de las frases que el miedo le empujaba a escribir con dientes.

Envió.

Luego dejó el móvil boca abajo.

Carmen apareció con un vaso de agua.

—Bebe.

Alba obedeció.

No preguntó cómo sabía que tenía que aparecer con agua justo en ese momento. En el Bar Ríos, Carmen era una especie de sistema de emergencias sin uniforme.

Julián miró desde la barra.

—¿Qué ha pasado?

Bruno dudó.

Alba negó.

—Todavía no lo sé.

La respuesta hizo que su padre no insistiera.

Eso también era nuevo.

Durante los siguientes veinte minutos, el bar se convirtió en una espera.

Bruno llamó a Inés y le envió la captura. Carmen sirvió cafés a dos mesas sin oír ninguna conversación. Julián limpió la misma parte de la barra tres veces. Alba miró la pantalla del móvil sin tocarlo.

Valeria no respondía.

No porque estuviera huyendo, se dijo.

Estaba reunida con Eva y las antiguas jugadoras.

Tenía derecho a no contestar al instante.

Tenía derecho a no estar disponible para el miedo de Alba en el segundo exacto en que el miedo llamaba.

Pero el cuerpo de Alba no sabía de derechos.

El cuerpo recordaba otra noche.

Diecisiete años.

Un campo.

Un padre.

Una maleta.

La estación.

La idea insoportable de que Valeria no había venido porque no quiso.

El teléfono vibró.

Alba lo cogió demasiado rápido.

Valeria.

Voy al bar. No hables con nadie de esto hasta que llegue.

Alba leyó la frase tres veces.

No hablaba como alguien sorprendida.

Hablaba como alguien que sabía.

El miedo cambió de forma.

Se volvió más afilado.

—Viene —dijo.

Bruno asintió.

—Bien.

—Ha dicho que no hable con nadie.

—Entonces no hablamos.

Alba miró a su padre, a Carmen.

—Lo siento.

Carmen se cruzó de brazos.

—No pidas perdón por respetar algo que no es nuestro.

Julián bajó la mirada.

Tal vez esa frase también era para él.

Valeria llegó diecisiete minutos después.

Alba no los contó.

Bueno, sí.

Los contó todos.

Entró al bar con el rostro serio, el pelo recogido de cualquier manera y una carpeta bajo el brazo. Eva venía con ella. Eso Alba no lo esperaba.

Eva Márquez era una mujer de unos treinta y tantos, cabello rizado, gafas grandes y una expresión dura que no parecía hostil sino cansada de tener que ser valiente en público. Se quedó junto a la puerta, incómoda.

Valeria miró a Alba.

Solo a Alba.

—Arriba.

Alba asintió.

Intentó levantarse.

Valeria se acercó automáticamente.

Alba notó el gesto y el modo en que Valeria pareció arrepentirse de haberlo hecho tan rápido. No por no querer ayudarla. Por estar en medio de algo demasiado grande para un reflejo de cuidado.

—Puedo —dijo Alba.

Valeria no discutió.

Pero caminó a su lado hasta la escalera.

Bruno las siguió.

Valeria se detuvo.

—Tú no.

Bruno levantó las manos.

—Vale.

—Necesito hablar primero con Alba. Luego con Inés. Luego con quien toque.

—Entendido.

Eva habló desde la puerta:

—Yo me quedo abajo.

Valeria la miró.

—¿Segura?

—Sí.

Alba entendió entonces que Eva estaba allí por algo relacionado con esa noche.

La escalera al piso familiar fue lenta.

Demasiado.

Cada peldaño parecía diseñado para darle tiempo al miedo a inventar versiones.

Valeria abrió la puerta de la habitación de Alba sin preguntar. Entraron. Cerró.

La habitación seguía desordenada de la mañana. La almohada movida. La camiseta de Valeria doblada en una silla. La foto del corcho mirando desde la pared.

Por un segundo, el contraste fue cruel.

Habían dormido allí de la mano.

Ahora estaban de pie, frente a frente, con una amenaza entre ellas.

Valeria dejó la carpeta sobre el escritorio.

—Antes de nada: no hice nada contra ti.

La frase fue directa.

Demasiado directa.

Alba sintió que el aire volvía a entrarle a medias.

—No he pensado eso.

Valeria la miró.

No con dureza.

Con miedo.

—Sí lo has pensado un segundo.

Alba tragó saliva.

Podía mentir.

No quiso.

—Sí. Un segundo.

Valeria cerró los ojos.

El dolor le pasó por la cara.

—Gracias por no mentir.

—Y luego he pensado que ese mensaje quería exactamente eso.

Valeria abrió los ojos.

Alba continuó:

—Que desconfiara antes de escucharte.

Valeria asintió despacio.

—Sí.

—Entonces te escucho.

Valeria se apoyó en el borde del escritorio.

Parecía agotada.

No físicamente.

De otro modo.

Como si llevara once años sosteniendo una caja cerrada y acabaran de ponerle la llave en la mano frente a la única persona que podía hacer que abrirla doliera de verdad.

—La noche que te fuiste —empezó—, yo sí fui a buscarte.

Alba sintió un golpe.

No habló.

—Fui al campo primero. Luego al puerto. Luego al bar, pero vi las luces apagadas y no entré. Pensé que ya te habías ido a casa. Después recibí un mensaje.

Alba frunció el ceño.

—¿De mí?

Valeria negó.

—De un número que no tenía guardado. Decía que si quería despedirme de ti, fuera al vestuario viejo del campo. Que tú estabas allí.

Alba sintió frío.

—Yo no mandé eso.

—Lo sé ahora.

La frase no acusaba.

Pero dolía.

Valeria miró la foto del corcho.

—Fui.

La habitación pareció hacerse más pequeña.

—Cuando llegué, no estabas tú.

Alba lo supo antes de oírlo.

—Esteban.

Valeria asintió.

—Esteban.

Alba apretó la muleta con tanta fuerza que le dolió la mano.

—¿Qué hizo?

Valeria no respondió enseguida.

Eligió las palabras con precisión, quizá porque llevaba años temiendo que cualquier palabra equivocada convirtiera lo vivido en algo que otros pudieran usar mal.

—Me estaba esperando con unas fotos.

Alba cerró los ojos.

—Las de la caja.

—Algunas. La de las gradas. La del puerto. Otra de nosotras detrás del almacén, justo antes de que tú me besaras por primera vez.

Alba abrió los ojos.

No conocía esa foto.

El primer beso.

No en la playa, como a veces le gustaba recordarlo para hacerlo más bonito.

Había sido detrás del almacén del campo, con olor a caucho, sudor, tierra caliente y pintura vieja. Alba había dicho una tontería sobre un penalti. Valeria se había reído. Luego Alba la besó como quien se lanza a una piscina sin mirar si hay agua.

Y alguien también había estado allí.

Alba sintió ganas de vomitar.

—No estaba en la caja de tu madre.

—No. Esa se la guardó.

La frase cayó como algo sucio.

Valeria respiró hondo.

—Me dijo que sabía lo que éramos. Usó esa palabra. Lo que éramos. Como si no fuéramos personas, sino una falta. Dijo que tu padre ya estaba preocupado. Que mi madre también. Que si yo te seguía buscando, si seguíamos viéndonos, si alguien hablaba, esas fotos podían llegar a la gente adecuada.

—¿Qué gente?

—Tu club de entonces. Tu padre. Mi madre. El pueblo. Dijo que a ti quizá te perdonarían por ser joven, guapa y buena con el balón.

Alba sintió que la rabia le nublaba la vista.

Valeria siguió:

—Pero que a mí no. Que yo sería el problema. La confusión. El escándalo. La chica rara que te había metido en líos.

—Valeria.

—No.

La palabra salió baja.

Alba calló.

—Déjame decirlo una vez sin que nadie intente arreglarlo mientras todavía está saliendo.

Alba asintió.

Valeria se pasó una mano por la cara.

—Me dijo que tú te irías igualmente. Que personas como tú siempre se iban. Que yo podía hacerte daño antes de que te fueras o dejar que te fueras limpia. Esa fue su palabra. Limpia.

Alba sintió que algo se le rompía.

Limpia.

Como si Valeria fuera mancha.

Como si amarla ensuciara.

Como si la historia entera hubiera sido escrita por gente incapaz de distinguir protección de violencia.

—Yo tenía diecisiete años —dijo Valeria—. Estaba aterrada. Había discutido con mi madre. No sabía si tú estabas huyendo de mí o de tu padre. No sabía si al día siguiente todo el pueblo iba a hablar. No sabía cómo defenderme sin confirmar lo que él insinuaba.

Valeria tragó saliva.

—Le quité una foto de la mano. Intenté irme. Él me agarró del brazo.

Alba se movió.

La rodilla le lanzó dolor, pero ni siquiera lo sintió del todo.

—¿Te tocó?

Valeria levantó la mirada.

—Me sujetó. Fuerte. No fue… No me hizo otra cosa. Pero me sujetó como si tuviera derecho.

La matización dolió.

Porque Alba entendió que Valeria la estaba haciendo para no exagerar.

Como tantas mujeres.