Capítulo 15 — La noche que faltaba #2
Como si la precisión fuera necesaria para que nadie pudiera acusarlas de convertir una mano en violencia.
Pero una mano que impide irse también es violencia.
—Me solté —continuó Valeria—. Lo empujé. Él resbaló con un banco, se golpeó la ceja y empezó a sangrar. Muy poco. Pero suficiente.
Alba dejó de respirar.
Valeria miró al suelo.
—Entonces se rio.
La imagen era insoportable.
—Se rio y me dijo que ahora sí tenía algo. Que una chica como yo agrediendo a un entrenador del club era una historia mucho más fácil de contar que un hombre adulto esperando a una menor con fotos robadas.
Alba sintió una rabia tan grande que tuvo que cerrar los ojos para no moverse.
—Por eso no fuiste a buscarme.
Valeria asintió.
—Me fui a casa. Mi madre me vio entrar. Lloré en la cocina. Esa es la foto que recibió después. La que nos mandaron ayer.
Alba encajó las piezas.
La cocina.
Teresa.
Las fotos.
El miedo.
La huida.
La estación.
—Yo te esperé —dijo Alba, casi sin voz.
Valeria cerró los ojos.
—¿Dónde?
—En la estación. Hasta que salió el autobús.
La frase golpeó a Valeria como si no la hubiera sabido.
—¿Qué?
—Pensé que quizá vendrías. No sé por qué. Después de todo. Pero pensé que vendrías. Estuve con la mochila. Mi padre no estaba. Nadie estaba. Esperé hasta el último minuto.
Valeria se llevó una mano a la boca.
—Yo no sabía.
—Yo tampoco sabía lo tuyo.
Se miraron.
Y ahí estaba, once años después, la crueldad perfecta de aquella noche: las dos habían pensado que la otra elegía no aparecer.
Cuando en realidad ambas habían estado atrapadas en habitaciones distintas del mismo miedo.
Valeria se sentó en la cama como si las piernas dejaran de sostenerla.
Alba se acercó despacio y se sentó en la silla del escritorio para no forzar la rodilla. Odiaba no poder acercarse más. O quizá agradecía no poder hacer del cuerpo una respuesta rápida.
—¿Por qué no me lo contaste cuando volví? —preguntó.
No acusó.
Pero preguntó.
Tenía derecho.
Valeria lo aceptó.
—Porque me daba vergüenza.
Alba sintió el golpe.
—¿De qué?
Valeria soltó una risa sin alegría.
—De haber tenido miedo. De haberle creído. De haber dejado que un hombre asqueroso decidiera por mí. De haber pensado que quizá, si corría a la estación, te arruinaba la vida. De haber empujado a Esteban y después pasar años temiendo que él tuviera una versión donde yo era la violenta.
—Eras una menor.
—Lo sé.
—Él te amenazó.
—Lo sé.
—Te sujetó.
—Lo sé.
—No hiciste nada malo.
Valeria cerró los ojos.
La frase volvió.
No hicimos nada malo.
Pero ahora tenía otro filo.
—No siempre basta saberlo —dijo Valeria.
Alba sintió que los ojos se le llenaban.
—No.
Valeria abrió los ojos.
—Y porque cuando volviste, yo quería ser la mujer que había sobrevivido a todo eso. No la chica que aún tenía esa noche clavada. No quería que me miraras con pena. Ni con culpa. Ni con esa cara tuya de querer deshacer el pasado a puñetazos.
Alba bajó la mirada.
—Es una cara muy específica.
—La estás poniendo ahora.
—Estoy intentando no levantarme.
—Gracias.
Silencio.
Valeria respiró hondo.
—Eva estaba allí aquella noche.
Alba levantó la vista.
—¿Qué?
—No en el vestuario. Llegó después. Me encontró fuera, junto a la puerta trasera. Yo estaba temblando. Le conté parte. No todo. Ella ya había tenido problemas con Esteban. Me dijo que no dijera nada si no estaba preparada, porque el club lo protegería. No me lo dijo por maldad. Me lo dijo porque sabía cómo funcionaba todo.
—Por eso ha venido.
—Sí. Hoy, en la reunión, cuando le he contado lo del mensaje, me ha dicho que si Esteban está usando aquella noche, ella hablará. Dirá que me vio salir, que él estaba dentro, que yo tenía el brazo marcado.
Alba apretó los dientes.
—¿Tenías marca?
Valeria se miró el antebrazo, como si el cuerpo pudiera recordarla aún.
—Un par de días.
Alba sintió que el cuarto se inclinaba.
—Valeria.
—No.
—No iba a…
—Sí. Ibas a odiarte por no haber estado allí.
Alba cerró la boca.
Valeria la miró con cansancio.
—No estabas porque te habían echado de mi vida por otros caminos. No porque eligieras que Esteban me hiciera daño.
—Pero yo me fui.
—Y yo no llegué.
Las dos frases quedaron enfrentadas.
Ninguna ganaba.
Las dos perdían.
Alba miró el suelo.
—Creí que no querías despedirte.
Valeria respiró mal.
—Yo creí que, si me despedía, te destruía.
Alba rio sin humor.
—Éramos dos crías cargando con decisiones de adultos cobardes y hombres crueles.
—Sí.
—Y aun así nos hemos culpado once años.
Valeria asintió.
—Sí.
La palabra fue pequeña.
Devastadora.
Alba quiso tocarla.
—¿Puedo acercarme?
Valeria levantó la mirada.
No respondió enseguida.
Después asintió.
Alba se movió con torpeza hasta sentarse a su lado en la cama, dejando espacio, cuidando la pierna. Valeria no se inclinó hacia ella al principio. Ambas miraron la pared, la foto del corcho, las dos chicas que no sabían que alguien las estaba convirtiendo en material de chantaje.
—Hay otra cosa —dijo Valeria.
Alba sintió el miedo volver.
—Dime.
—Esteban me mandó un mensaje años después. Cuando empecé a entrenar a las niñas.
Alba cerró los ojos.
—¿Qué decía?
—Que esperaba que hubiera aprendido a no meterme donde no me llamaban.
—¿Lo guardas?
—Sí.
Alba la miró.
Valeria sonrió sin alegría.
—Aprendí tarde, pero aprendí.
—¿Por qué no lo denunciaste?
Valeria la miró.
Alba levantó una mano.
—Perdón. Pregunta mal formulada.
—Sí.
Alba respiró.
—¿Qué necesitaste entonces que no tuviste para poder denunciar?
Valeria se quedó callada.
La pregunta entró de otra manera.
—Alguien que me creyera antes de pedirme pruebas.
Alba sintió el golpe.
—Ahora lo tienes.
Valeria la miró.
—¿Sí?
—Sí.
—Aunque haya tardado en contártelo.
Alba asintió.
—Aunque haya tardado.
—Aunque te duela que no lo hiciera antes.
—Me duele.
Valeria cerró los ojos.
—Lo sé.
—Pero no cambia que te crea.
Valeria soltó el aire lentamente.
Como si llevara años reteniéndolo.
Después apoyó la cabeza en el hombro de Alba.
No se rompió.
No lloró.
Solo se apoyó.
Alba se quedó inmóvil un segundo, luego inclinó la cabeza apenas contra la de ella.
No hizo promesas.
No dijo que todo iría bien.
No dijo que Esteban pagaría, que el campo se salvaría, que Madrid aceptaría el plan, que el amor bastaría o que el miedo no volvería.
Solo dijo:
—Estoy aquí.
Valeria cerró los ojos.
—Hoy sí.
Alba aceptó el matiz.
Hoy sí.
A veces el amor adulto no permitía absolutos.
A veces tenía que ganarse en presente.
Un hoy detrás de otro.
Bajaron al bar media hora después.
Valeria llevaba la carpeta.
Alba llevaba una calma dura que no se parecía a tranquilidad.
Bruno, Inés, Eva, Carmen y Julián las esperaban en la mesa del fondo. Raúl había llegado también. Al ver la cara de su hermana, se levantó.
—¿Qué pasa?