La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 14 — La oferta de Madrid #3
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Capítulo 14 — La oferta de Madrid #3

Alba cerró la boca.

Valeria miró el cuaderno.

—Dos semanas en Madrid.

—Sí.

—Luego vuelves.

—Si lo aceptan, sí. Y aunque no lo acepten, esto me ayuda a pensar que no tengo que decidir como si amar y jugar fueran enemigos.

Valeria levantó la mirada.

—Eso es importante.

—Sí.

—¿Y si aceptan solo los tres meses?

Alba respiró hondo.

—Entonces decidiré. Pero ya no desde la trampa que me han dado primero.

Valeria asintió.

El mar sonaba al fondo.

—Me gusta esa opción —dijo.

Alba sintió alivio.

—¿Sí?

—Me da miedo.

—A mí también.

—Me enfada que tengas que irte justo ahora.

—A mí también.

—Me enfada que entienda que debes hacerlo.

—Eso es muy molesto.

—Mucho.

Valeria bajó la mirada.

—Y me enfada que una parte de mí quiera decirte que no vayas aunque sepa que no debo.

Alba dejó el cuaderno.

—Puedes decirlo.

Valeria la miró.

—¿Qué?

—Puedes decir que no quieres que me vaya. Eso no significa que me estés obligando a quedarme.

Valeria pareció no saber qué hacer con la frase.

Alba continuó:

—Yo necesito aprender a decidir sin convertir tus emociones en cadenas. Pero tú no tienes que esconderlas para protegerme de mi propia responsabilidad.

Valeria respiró despacio.

Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez.

—No quiero que te vayas.

Alba sintió el golpe dulce y doloroso de la verdad.

—Lo sé.

—No quiero despertarme otra vez en un pueblo donde tú eres una noticia, una foto o una promesa que no sé si se cumple.

—Lo sé.

—No quiero ser adulta con esto.

Alba sonrió con tristeza.

—Yo tampoco.

Valeria se limpió la cara con rabia.

—Pero quiero que vuelvas a jugar.

—Yo también.

—Y quiero que cuando vuelvas al campo, si vuelves, no sientas que me debes una rodilla.

Alba soltó una risa rota.

—Valeria.

—Lo digo en serio.

—Lo sé.

Valeria apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces intenta esa opción.

Alba asintió.

—La intentaré.

—Y si son dos semanas en Madrid, hablaremos.

—Todos los días.

Valeria levantó una ceja.

—No conviertas esto en cárcel digital.

—Vale. Casi todos.

—Alba.

—Hablaremos lo que nos haga bien. Y si tengo miedo, lo diré.

—Y si yo tengo miedo, intentaré no convertirlo en distancia sin explicación.

Alba sintió que aquella promesa valía tanto como cualquiera de amor.

—Vale.

Valeria miró el cuaderno.

—¿Puedo añadir una condición?

—Sí.

—Mientras estés en Madrid, nada de tomar decisiones sobre nosotras con Bruno, el club o una pared blanca de sala de reuniones.

Alba sonrió.

—¿Con quién las tomo?

—Conmigo.

—Hecho.

Valeria asintió.

Después miró hacia la calle.

—Ahora hay que seguir con Esteban.

—Sí.

—Y con Mireia.

—Sí.

—Y con Daniel.

—Sí.

—Y con las niñas.

—Sí.

Valeria soltó aire.

—Nuestra agenda romántica es espantosa.

Alba rio.

—Muy poco vendible.

—No digas cosas raras.

—Nada.

Valeria se levantó.

—Tengo reunión con Eva y las antiguas jugadoras en una hora.

—¿Quieres que vaya?

Valeria la miró.

—No.

Alba asintió.

No dolió tanto como habría dolido días antes.

—Vale.

Valeria suavizó la mirada.

—No porque no te quiera allí.

Alba sintió la palabra.

Quiera.

—Lo sé.

—Es su espacio.

—Lo sé.

Valeria se inclinó y la besó en la mejilla.

No en la boca.

La terraza estaba medio llena.

Carmen miraba desde la barra.

Julián fingía revisar servilletas.

Bruno fingía no llorar por dentro con una estrategia nueva.

Alba sonrió.

—Eso ha sido muy formal.

—Era eso o nada.

—Me encanta lo formal.

—Mentira.

—Mucho.

Valeria se alejó por el paseo.

Alba la vio marcharse.

No como quien observa una despedida.

Como quien aprende a no convertir cada salida en abandono.

Cuando Valeria desapareció al girar la esquina, Bruno se sentó frente a Alba con el portátil abierto.

—Carmen tiene razón.

—Lo sé.

—Eso me molesta mucho.

—A mí también.

—Voy a llamar a Marina y plantear la opción híbrida antes de que patrocinio se ponga creativo con palabras como control, estabilidad y narrativa.

Alba asintió.

—Hazlo.

Bruno empezó a marcar.

El móvil de Alba vibró entonces.

Número oculto.

Otra vez.

Se le congeló la mano.

Bruno lo vio.

—No contestes.

La llamada terminó.

Llegó un mensaje.

Alba lo abrió.

No había foto.

Solo texto.

Podéis intentar cambiar la historia, pero hay cosas que no conviene que salgan. Pregúntale a Valeria qué pasó realmente la noche que te fuiste.

Alba sintió que el aire se volvía duro.

Bruno leyó por encima de su hombro.

—Mierda.

Alba miró hacia la calle por donde Valeria se había ido.

La noche que te fuiste.

La frase empezó a crecer en su cabeza como una mancha.

No.

No podía haber más.

Pero Santamar, desde que volvió, parecía empeñado en demostrarle que siempre había más.

Bruno le quitó el móvil con cuidado.

—No corras.

Alba lo miró.

—Necesito hablar con ella.

—Sí. Pero no desde el pánico.

Alba cerró los ojos.

Demasiado tarde.

El pánico ya estaba allí.

Porque la amenaza no decía que Alba no supiera algo de Esteban.

Ni de Julián.

Ni de Teresa.

Decía Valeria.

Y Alba, que acababa de aprender a confiar en el regreso, sintió por primera vez el miedo de que la historia que estaba reconstruyendo tuviera una grieta en el lugar exacto donde acababa de apoyar todo su peso.