Capítulo 14 — La oferta de Madrid #2
—Yo también. Pero no voy a construir esto sobre la idea de que una distancia lo destruye todo. Si eso es verdad, entonces no era tan fuerte. Y si no lo es, habrá que aprender a sostenerlo.
—Eso suena muy adulto y muy horrible.
—Lo es.
Alba bajó la mirada.
—¿Tú podrías sostenerlo?
Valeria tardó demasiado en responder.
Demasiado.
—No sé.
Alba sintió el golpe.
Valeria no lo suavizó.
—Quiero poder decirte que sí, que seré madura, que te esperaré sin miedo, que haré mi vida aquí, que tú harás la tuya allí y que volveremos a encontrarnos como dos mujeres sanísimas emocionalmente. Pero no sé si puedo. Ayer dormí aquí porque no quería estar sola. Hace tres días descubrí que mi madre guardó fotos de la peor noche de mi vida. El campo sigue en peligro. Esteban puede arrastrar a medio club. Y ahora tú puedes irte tres meses justo cuando estoy aprendiendo a creer que has vuelto.
Alba cerró los ojos.
—Valeria…
—Pero tampoco puedo decirte que no vayas.
La voz de Valeria se quebró apenas.
—Porque te quiero demasiado para querer que seas menos de lo que eres.
Alba abrió los ojos.
La habitación pareció quedarse sin aire.
Valeria se dio cuenta de lo que había dicho.
No lo retiró.
La palabra quedó allí.
Te quiero.
No como confesión luminosa.
Como herida.
Como problema.
Como verdad que llegaba en el peor momento posible.
Alba sintió que todo su cuerpo quería ir hacia ella.
No pudo.
Valeria se cruzó de brazos como si necesitara sostenerse.
—Ahora ya lo sabes —dijo, casi con rabia—. Qué momento tan oportuno.
Alba soltó una risa rota.
—Nuestro talento con los momentos es una vergüenza.
Valeria se limpió una lágrima antes de que cayera del todo.
—Sí.
Alba extendió la mano.
No demasiado.
Solo la dejó ahí.
Valeria la miró.
Luego la tomó.
De pie junto a la cama, con la luz de la mañana entrando por la ventana y una oferta de Madrid rompiéndoles el aire, Valeria sostuvo la mano de Alba como si estuviera enfadada con el mundo por obligarla a necesitarla.
—No decidas ahora —dijo.
—No puedo pensar en otra cosa.
—Precisamente.
—¿Y qué hago?
Valeria respiró hondo.
—Desayunar. Tomar medicación. Hielo. Luego hablar con Bruno. Con tu padre si quieres. Con Marina otra vez. Y después decides tú.
—¿Y contigo?
—Conmigo ya estás hablando.
—No me refiero a eso.
Valeria sostuvo su mirada.
—No me uses como tribunal.
La frase fue dura.
Necesaria.
—Vale.
—Ni como excusa para irte ni como excusa para quedarte.
Alba asintió.
—Vale.
Valeria soltó su mano.
—Voy a casa a cambiarme.
Alba sintió pánico antes de poder esconderlo.
Valeria lo vio.
—No estoy huyendo.
—No he dicho nada.
—Lo has puesto en toda la cara.
—Mi cara está arruinando mi misterio.
—Nunca tuviste tanto.
Alba intentó sonreír.
No le salió bien.
Valeria se inclinó y la besó en la frente.
El gesto fue tan inesperado que Alba se quedó quieta.
—Vuelvo en una hora —dijo.
—¿De verdad?
Valeria la miró.
—Sí. De verdad.
Alba asintió.
—Vale.
Valeria cogió su mochila, abrió la puerta y salió.
Alba se quedó en la cama, con la habitación demasiado llena de ausencia y la palabra de Valeria todavía viva en el aire.
Te quiero.
Y por primera vez desde que había vuelto a Santamar, Alba entendió que quedarse no siempre era la opción más valiente.
A veces la valentía era no pedirle a otra persona que se rompiera contigo para que tú pudieras sentirte entera.
En la cocina, Carmen fingía cortar pan.
Julián fingía leer el periódico.
Bruno, sentado en la mesa con el móvil en la mano, no fingía nada.
—Lo he oído —dijo.
Alba entró con muletas y cara de haber dormido dentro de una tormenta.
—Claro que lo has oído. En esta casa las paredes tienen suscripción premium.
Carmen dejó el cuchillo.
—Café.
—Sí.
—Tostada.
—Sí.
—No tomes decisiones con el estómago vacío.
Bruno levantó un dedo.
—Esa es sorprendentemente buena política de carrera.
Alba se sentó.
Julián bajó el periódico.
—¿Madrid?
Alba asintió.
—Tres meses.
Su padre dobló el periódico despacio.
—Es mucho.
—Sí.
—Para la rodilla puede ser bueno.
Alba lo miró.
—¿Tú también?
Julián sostuvo su mirada.
—No sé qué quiero que hagas. Si pienso como padre, quiero que te quedes aquí, donde puedo verte comer y hacerte caso cuando no lo pides. Si pienso en tu carrera, Madrid tiene sentido. Si pienso en Valeria, no sé. Y si pienso en lo que hice hace años, no debería opinar sobre dónde tiene que estar tu vida.
La honestidad fue tan torpe y exacta que Alba no supo qué responder.
Carmen dejó el café delante de ella.
—Yo sí voy a opinar.
—Qué sorpresa —murmuró Bruno.
Carmen lo ignoró.
—No tomes la decisión como si solo hubiera dos puertas. Antes te fuiste porque creíste que para tener futuro tenías que cortar con todo lo demás. No repitas la misma trampa al revés pensando que para amar bien tienes que cortar con tu futuro.
Alba miró a su madre.
Carmen continuó:
—Exige otra opción.
Bruno se quedó quieto.
Alba también.
—¿Qué?
—Otra opción —repitió Carmen—. Tres meses lejos o quedarte aquí sin apoyo. Eso es lo que ellos han puesto sobre la mesa. Pero tú no eres una niña de diecisiete años esperando que los adultos decidan. Propón otra cosa.
Bruno empezó a sonreír despacio.
—Carmen Ríos, acaba de ganarse un puesto en estrategia.
—No quiero trabajar contigo.
—Eso dicen todos al principio.
Alba miró a Bruno.
—¿Hay otra opción?
Él se inclinó sobre la mesa.
—Tal vez. Rehabilitación híbrida reforzada. Dos semanas iniciales en Madrid para ajuste médico intensivo. Luego Santamar con fisio acreditada, seguimiento remoto diario, viajes semanales o quincenales a Madrid. Compromiso de no asistir a actos públicos no coordinados si comprometen recuperación. Y campaña de regreso no centrada en silencio, sino en resiliencia, comunidad y fútbol femenino de base.
Alba lo miró.
—Eso suena demasiado bien.
—Porque todavía no lo han rechazado.
Carmen cruzó los brazos.
—Pues que lo rechacen ellos por escrito.
Julián asintió.
—Eso.
Bruno ya estaba escribiendo.
—Podemos plantearlo como una solución más fuerte de imagen, no más débil. Alba no desaparece del conflicto, pero tampoco se descontrola. El patrocinador puede quedar vinculado a apoyo real al fútbol femenino base, si no son cobardes.
—¿Y si lo son? —preguntó Alba.
Bruno no levantó la vista.
—Entonces al menos sabremos qué estaban comprando de verdad.
Alba respiró hondo.
Otra opción.
No perfecta.
No garantizada.
Pero una puerta donde antes había pared.
—Tengo que hablar con Valeria.
Carmen señaló la tostada.
—Después de comer.
—Mamá.
—Después.
Alba comió.
No porque tuviera hambre.
Porque empezaba a entender que incluso las grandes decisiones necesitaban cuerpos con glucosa.
Valeria volvió una hora y doce minutos después.
Alba no contó.
Bueno, sí.
Pero solo un poco.
Llegó con ropa limpia, el pelo húmedo y una expresión cerrada que se ablandó apenas al ver a Alba sentada en la terraza del bar, con la pierna elevada y un cuaderno sobre la mesa.
—Has desayunado.
—Bajo coacción.
—Bien.
Valeria se sentó frente a ella.
—¿Has decidido?
—No.
Valeria asintió, preparándose para algo.
Alba abrió el cuaderno.
—Pero hay otra opción.
Le explicó el plan.
Despacio.
Sin venderlo como solución mágica.
Dos semanas iniciales en Madrid, vuelta a Santamar con seguimiento médico, viajes programados, límites claros, fisioterapia acreditada, comunicación coordinada, apoyo al campo sin presencia física constante, campaña centrada en fútbol femenino base si aceptaban.
Valeria escuchó sin interrumpir.
Alba terminó:
—No sé si lo aceptarán. Pero quiero intentarlo antes de elegir entre desaparecer de aquí o fastidiar mi recuperación.
Valeria siguió en silencio.
Alba notó el miedo subiéndole por la garganta.
—Di algo.
—Estoy intentando no decir algo rápido solo porque me duele.