La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 14 — La oferta de Madrid
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Capítulo 14 — La oferta de Madrid

Alba despertó antes que Valeria.

Durante unos segundos no supo dónde estaba.

El techo era el de su habitación de adolescente, con una pequeña grieta junto a la lámpara que llevaba allí desde antes de que ella aprendiera a tirar penaltis sin mirar al portero. La luz entraba suave por las cortinas. El mar sonaba lejos, más como una memoria que como un lugar real. La rodilla le dolía menos, quizá porque por primera vez en días no había intentado demostrarle nada a nadie.

Luego sintió la mano de Valeria todavía entrelazada con la suya.

Y todo volvió.

El campo.

El beso.

Madrid.

El comunicado.

Esteban.

Las fotos.

El bar.

La votación.

Valeria durmiendo a su lado.

Alba giró la cabeza con cuidado.

Valeria dormía boca arriba, con el pelo revuelto sobre la almohada y una expresión más joven que despierta. No tranquila exactamente. Valeria no parecía una persona acostumbrada a abandonar la vigilancia ni siquiera dormida. Pero sí menos tensa. La mano seguía en la de Alba, tibia, firme incluso en sueños.

Alba no se movió.

Mirarla no era nuevo.

La había mirado muchas veces de adolescente, en gradas, playas, campos y esquinas donde fingían hablar de cualquier cosa mientras el cuerpo entero estaba pendiente de una distancia mínima. Pero aquello era distinto. No había prisa. No había una madre esperando en una cocina, ni un padre vigilando desde el bar, ni un entrenador con demasiados ojos, ni el miedo de que alguien pronunciara una palabra que lo estropeara todo.

Solo la mañana.

Y una mujer que había decidido quedarse a dormir.

Solo dormir.

La frase hizo que Alba sonriera un poco.

No por burla.

Por ternura.

Por respeto.

Por el alivio extraño de descubrir que el deseo podía esperar sin apagarse.

Valeria abrió los ojos de golpe.

—Estás mirándome.

Alba se quedó inmóvil.

—No.

—Mentira.

—Estaba reflexionando en tu dirección.

Valeria parpadeó, todavía medio dormida.

—Eso ha sido horrible.

—Buenos días.

—No cambies de tema.

Alba sonrió.

—Buenos días, Valeria.

El nombre hizo algo pequeño en la cara de Valeria.

Algo que Alba ya empezaba a reconocer.

No era sorpresa.

Era esa manera suya de recibir el nombre cuando venía sin esfuerzo, sin explicación, sin carga. Como si cada vez que alguien lo decía bien, una parte antigua pudiera descansar medio segundo.

—Buenos días —respondió Valeria.

No soltó su mano.

Alba tampoco.

Durante un rato se quedaron así, en silencio, escuchando la casa. Desde la cocina llegaba el sonido de Carmen moviendo platos con la delicadeza imposible de quien intenta hacer ruido para avisar de que está despierta sin admitir que está vigilando. En algún punto del piso, Julián tosió. Una puerta se cerró. La vida familiar, ese animal incómodo, empezaba a moverse alrededor.

Valeria cerró los ojos.

—Tu madre ya está despierta.

—Mi madre no duerme. Se apaga en modo vigilancia.

—¿Crees que sabe que no me he ido?

Alba la miró.

—Valeria, mi madre sabía que ibas a quedarte antes que tú.

—Eso me inquieta muchísimo.

—A todos.

Valeria giró de lado con cuidado de no tocarle la pierna.

Quedaron frente a frente.

Demasiado cerca para una conversación neutral.

—¿Te duele? —preguntó.

Alba no hizo broma.

—Menos.

Valeria la observó.

—¿Verdad?

—Verdad.

—Bien.

Una pausa.

Alba sintió que el silencio cambiaba de temperatura.

Valeria miró sus manos juntas bajo la sábana.

—No me arrepiento.

Alba dejó de respirar.

—De quedarte.

—De quedarme. De besarte. De dormir aquí. De no irme cuando pensé tres veces que quizá debía hacerlo.

Alba tragó saliva.

—Yo tampoco.

—Ya. Tú eres más de arrepentirte tarde y en bloque.

—Me estoy reformando.

Valeria sonrió apenas.

Luego se puso seria.

—Pero hoy tenemos que seguir.

—Lo sé.

—No quiero que esto nos haga olvidar lo demás.

—No lo hará.

—Y no quiero que lo demás destruya esto antes de saber qué es.

Alba sintió que el pecho se le abría con miedo y esperanza mezclados.

—Yo tampoco.

Valeria soltó su mano despacio y se incorporó.

La camiseta de Alba le quedaba grande. Le caía de un hombro de una forma que habría sido indecente si Alba no estuviera intentando ser una adulta funcional con una rodilla inflamada y una madre en la cocina.

Aun así, se le notó.

Valeria la miró.

—No.

—No he dicho nada.

—Lo has pensado muy alto.

—Es que piensas moverte por mi habitación con mi camiseta y esperas disciplina militar.

—Espero madurez.

—Eso es mucho más difícil.

Valeria soltó una risa baja.

El sonido le tocó a Alba la piel.

Por un segundo, la mañana fue casi sencilla.

Entonces el móvil de Alba vibró sobre la mesilla.

Una vez.

Luego otra.

Luego una llamada.

Alba miró la pantalla.

Marina Cortés.

El nombre borró parte de la luz.

Valeria lo vio.

—Contesta.

—Puede esperar.

—No. Contesta.

—Valeria…

—Si empieza el día con miedo, mejor saber de qué tamaño es.

Alba aceptó la llamada y puso el altavoz solo después de mirar a Valeria. Ella asintió.

—Marina.

La voz de la directora deportiva sonó más seria que el día anterior.

—Alba. Necesito hablar contigo de algo importante. ¿Puedes?

Alba se incorporó con cuidado.

—Sí.

—Estamos cerrando una opción para que hagas la primera fase fuerte de rehabilitación en Madrid, con seguimiento diario y acceso completo al equipo médico. La dirección cree que es lo mejor.

Alba miró a Valeria.

Valeria no reaccionó.

—Ya hablamos de coordinar parte desde Santamar —dijo Alba.

—Lo sé. Pero la situación ha escalado.

—¿Por los vídeos?

—Por todo. Los vídeos, medios, patrocinadores, presión, posibles acciones legales. No cuestiono tu posición, Alba. Pero ahora mismo Santamar es un foco de estrés permanente.

Alba no respondió.

Porque era verdad.

Y porque la verdad no siempre estaba del lado de quien una quería.

Marina continuó:

—Además, hay otra cuestión. Uno de los patrocinadores principales está dispuesto a financiar parte de tu recuperación avanzada y ampliar contrato si garantizamos estabilidad, presencia controlada en Madrid y una campaña de regreso bien diseñada.

Bruno habría olido dinero incluso dormido en otra habitación.

Alba sintió otra cosa.

Trampa.

No necesariamente malvada.

Pero trampa.

—¿Qué significa estabilidad? —preguntó.

Marina hizo una pausa.

—Tres meses en Madrid. Viajes muy limitados. Actividad pública coordinada. Nada de exposición directa en el conflicto de Santamar mientras esté judicializado o bajo investigación.

Valeria bajó la mirada.

Alba lo vio.

—Eso es apartarme.

—Es proteger tu recuperación.

—También es apartarme.

—Sí —admitió Marina—. En parte sí.

La honestidad dolió más que una excusa.

—¿Y si digo que no?

—No perderás tu contrato deportivo. Eso quiero dejarlo claro. Pero puedes perder la ampliación, el apoyo extra del patrocinador y parte del plan de imagen para tu regreso. Y, siendo franca, después de una lesión como la tuya, todo apoyo cuenta.

Alba cerró los ojos.

Tres meses.

Madrid.

Rehabilitación avanzada.

Estabilidad.

Dinero.

Carrera.

Regreso.

Todo lo que llevaba años persiguiendo puesto de pronto frente a ella como una puerta que exigía dejar otra cerrada.

Valeria se levantó de la cama.

No hizo ruido.

No salió.

Solo fue hacia la ventana, de espaldas.

Alba sintió el gesto como una distancia que todavía no era huida.

—Necesito tiempo —dijo.

—Lo entiendo. Pero no mucho. Tenemos reunión con patrocinio mañana. Necesito una respuesta antes de esta noche.

—Esta noche.

—Sí.

Alba soltó una risa seca.

—Qué generosos.

Marina no se ofendió.

—Lo sé.

Hubo un silencio.

La voz de Marina cambió.

Menos directiva.

Más mujer.

—Alba, no te diría esto si no creyera que deportivamente puede ayudarte. Pero tampoco voy a mentirte: también quieren control. Tú tendrás que decidir cuánto control estás dispuesta a vender por seguridad.

La frase cayó con todo su peso.

Alba abrió los ojos.

—Gracias por decirlo así.

—Lamento tener que decirlo.

—Te respondo antes de la noche.

—Vale. Y cuida la rodilla. De verdad.

La llamada terminó.

La habitación quedó en silencio.

Valeria seguía junto a la ventana.

Alba dejó el móvil sobre la cama.

Durante unos segundos, ninguna habló.

Carmen dejó de mover platos en la cocina.

Alba habría jurado que todo el piso estaba escuchando, incluso las paredes.

—Tres meses —dijo Valeria.

Su voz no revelaba nada.

Eso era mala señal.

—Sí.

—Rehabilitación avanzada.

—Sí.

—Apoyo de patrocinador.

—Sí.

Valeria asintió despacio.

Seguía mirando por la ventana.

—Tiene sentido.

Alba sintió que la frase le pinchaba.

—No digas eso otra vez.

Valeria se giró.

—¿Qué quieres que diga?

—No lo sé.

—Pues yo tampoco.

Ahí estaba.

El cansancio.

El miedo.

La verdad.

Valeria cruzó los brazos.

—No voy a pedirte que te quedes.

—No te lo he pedido.

—Lo sé. Pero necesito decirlo antes de que lo esperes de mí.

Alba sintió que algo se cerraba.

—¿Crees que espero eso?

Valeria se pasó una mano por el pelo.

—Creo que una parte de ti quiere que alguien te pida que te quedes para no tener que decidirlo tú sola.

El golpe fue exacto.

Alba se quedó callada.

Valeria continuó:

—Y una parte de mí quiere pedírtelo. Esa es la parte que me da miedo.

—¿Por qué?

—Porque no quiero convertirme en la prueba de tu valentía ni en el obstáculo de tu carrera. No quiero que dentro de seis meses, si la rodilla no responde o el club te sustituye o pierdes un patrocinio, me mires y haya una sombra ahí. Aunque no la digas. Aunque no quieras sentirla.

—No haría eso.

—No lo sabes.

Alba quiso levantarse.

La rodilla y Valeria se lo impidieron a la vez.

Valeria dio un paso hacia ella.

—No.

—Necesito…

—No necesitas ponerte de pie para tener razón.

Alba se quedó sentada, respirando con rabia.

—No quiero irme tres meses.

—Eso no responde a si deberías.

—No todo lo que conviene es lo correcto.

—Y no todo lo que duele es injusto.

La frase dolió porque también era verdad.

Alba miró el corcho.

La foto de ellas.

La chica que se fue una vez.

La mujer que quizá debía irse otra vez, ahora con todos mirando.

—Si me voy tres meses, esto se rompe.

Valeria no contestó enseguida.

—No lo sé.

—Yo sí.

—No. Tú tienes miedo.

Alba la miró.

Valeria tenía los ojos brillantes, pero la voz firme.