La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 13 — Volver no era llegar #3
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Capítulo 13 — Volver no era llegar #3

—Estamos en la terraza de su bar.

—Detalles.

Julián apareció en la puerta, mirando deliberadamente hacia otro lado.

—Voy a cerrar.

—Papá.

—No he visto nada.

Valeria murmuró:

—Ha visto todo.

—Sí —dijo Alba—. Pero está intentando ser moderno en versión muebles antiguos.

Julián carraspeó.

—Cerraré en cinco minutos.

Volvió dentro.

Valeria apoyó la cabeza un segundo en el hombro de Alba.

El gesto fue tan natural que Alba se quedó quieta para no asustarlo.

—Mañana será peor —dijo Valeria.

—Probablemente.

—Esteban no se quedará quieto.

—No.

—Mireia tampoco.

—No.

—Daniel menos.

—No.

Valeria levantó la cabeza.

—Pero hoy has vuelto.

Alba la miró.

—Sí.

—Y yo te he esperado sin odiarme demasiado.

Alba sintió una sonrisa triste.

—Progreso.

Valeria asintió.

—Progreso.

Entraron al bar minutos después.

No juntas de la mano.

Todavía no.

Pero tampoco separadas como antes.

Julián las miró un instante y luego apagó la última luz.

Arriba, Carmen había dejado preparado hielo, agua y una nota en la mesa del pasillo:

Descansad. Las revoluciones con sueño salen fatal.

Valeria leyó la nota y sonrió.

—Tu madre debería dirigir el plan.

—Creo que ya lo hace.

Valeria se quedó en el rellano.

Alba, apoyada en la muleta, sintió de pronto el cansancio entero del día.

—¿Te vas a casa?

Valeria miró hacia la escalera.

—Debería.

La palabra quedó ahí.

Debería.

No quiero.

No puedo.

No sé.

Alba no quiso empujar.

—Vale.

Valeria la miró.

—No hagas esa cara.

—¿Cuál?

—La de aceptar algo con demasiada nobleza para que la otra persona se sienta fatal.

Alba parpadeó.

—Yo solo estaba existiendo.

—Existes con mucha intención.

Alba sonrió.

Valeria miró la puerta del piso familiar.

—¿Tu madre sabe que estoy aquí?

—Mi madre sabe cosas antes de que ocurran.

—Eso me preocupa.

—A todos.

Silencio.

Valeria respiró hondo.

—No quiero dormir sola hoy.

La frase salió tan baja que Alba casi no la oyó.

Pero la oyó.

Y entendió inmediatamente lo que significaba y lo que no.

No era una invitación sexual.

No era una decisión impulsiva.

No era un final de capítulo fácil.

Era cansancio.

Era miedo.

Era confianza pidiendo una forma sencilla.

Alba sintió que el cuerpo entero se le llenaba de cuidado.

—Quédate —dijo.

Valeria sostuvo su mirada.

—Solo dormir.

—Sí.

—Y si me agobio, me voy.

—Sí.

—Y no hagas bromas.

Alba cerró la boca.

Valeria la miró.

—Ibas a hacer una.

—Una pequeña.

—No.

—Guardada.

Subieron al piso despacio.

Carmen no salió, pero desde su habitación se oyó una voz:

—Hay sábanas limpias en el armario.

Valeria cerró los ojos.

—Dios.

Alba susurró:

—Lo sabe todo.

—Me voy a arrepentir.

—Todavía estás a tiempo.

Valeria la miró.

—No.

La habitación de Alba seguía teniendo diecisiete años.

Pero esa noche, cuando Valeria entró, no pareció una cápsula cerrada. Pareció un lugar esperando que alguien lo reescribiera.

Valeria miró el corcho.

La foto antigua seguía allí.

La de ellas en las gradas.

No la foto amenazada.

Otra. La que Carmen había dejado durante años sin saber del todo qué guardaba.

Valeria se acercó.

—Esta no la tenía mi madre.

Alba se quedó en la puerta.

—No.

—¿Sabías que estaba?

—La vi al volver.

Valeria tocó el borde con un dedo.

—Aquí parezco asustada.

Alba la miró.

—Yo parezco imbécil.

Valeria soltó una risa suave.

—También.

Alba sonrió.

Valeria se volvió hacia ella.

—No la quites.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

Se prepararon para dormir con una torpeza extraña y adulta. Alba necesitó ayuda con la rodillera. Valeria se la dio sin convertirlo en drama. Alba le dejó una camiseta limpia. Valeria se cambió en el baño. Cuando volvió, con la camiseta demasiado grande y el pelo suelto de cualquier manera, Alba sintió una ternura tan fuerte que tuvo que mirar hacia la ventana.

—No pongas esa cara —dijo Valeria.

—No has visto mi cara.

—La he sentido.

—Eso no es justo.

—Aprende a tener menos cara.

Se metieron en la cama con cuidado.

Había espacio.

Demasiado y poco.

Alba se colocó de lado, con la pierna protegida por una almohada. Valeria se tumbó boca arriba al principio, mirando el techo.

Durante unos minutos, no se tocaron.

El cuarto olía a sábanas limpias, crema antiinflamatoria y verano. Desde la calle llegaba el sonido lejano de una moto. En algún lugar del piso, una tubería hizo ruido. La casa entera parecía contener la respiración.

—Alba.

—Dime.

—No sé qué estamos haciendo.

—Yo tampoco.

—Eso debería preocuparme más.

—A mí me preocupa bastante.

Valeria giró la cabeza.

Alba también.

Se miraron en la penumbra.

—Pero no quiero parar hoy —dijo Valeria.

Alba sintió que la frase entraba despacio, sin romper nada.

—No paramos hoy.

Valeria extendió la mano bajo la sábana.

Alba la tomó.

Esta vez no había campo, ni cámaras, ni amenazas, ni frases públicas.

Solo dos manos en una habitación antigua.

Dos mujeres agotadas.

Dos cuerpos que, por fin, podían descansar un poco sin convertir el descanso en rendición.

Valeria cerró los ojos.

Alba la miró un segundo más.

Después también cerró los ojos.

No durmieron abrazadas.

Todavía no.

Pero durmieron sin soltarse.

Y, para esa noche, fue suficiente.