Capítulo 13 — Volver no era llegar #2
No en una reunión perfecta, sino entre cafés, llamadas, platos, mensajes y cansancio. Inés preparó escritos. Bruno diseñó una estrategia para que la historia no quedara atrapada entre romance y escándalo. Raúl habló con familias que desconfiaban de él, aceptando miradas duras sin huir. Julián llamó a dos dueños de locales del paseo y, por primera vez en años, pidió ayuda sin disfrazarla de comentario práctico.
Carmen consiguió que todo el mundo comiera algo.
Eso también era una forma de resistencia.
Valeria coordinó a las madres de la escuela y a las antiguas jugadoras.
Alba, sentada con la pierna elevada, hizo llamadas a dos futbolistas internacionales que conocía, una asociación de jugadoras y una periodista que no vendía titulares baratos. Su cuerpo no podía moverse mucho, pero su nombre sí. Por primera vez, lo usó sin sentir que ocupaba el espacio de Valeria.
Cada llamada empezó igual:
—No quiero que hables de mí. Quiero que mires lo que está pasando en Santamar.
A las once y media, el bar quedó casi vacío.
Bruno se fue a dormir a una habitación del piso familiar con el portátil abrazado como si fuera un órgano vital. Inés volvió a Tarragona. Raúl salió a buscar a su hija, porque Elena le había pedido que dejara de fingir que la revolución vecinal anulaba las obligaciones de padre. Carmen subió al piso. Julián se quedó cerrando.
Valeria y Alba permanecieron en la mesa del fondo.
La pierna de Alba seguía elevada. El hielo ya era agua. El cansancio le pesaba en los hombros.
Valeria la observaba en silencio.
—¿Qué? —preguntó Alba.
—Estás agotada.
—Tú también.
—Yo no tengo una rodilla recién reconstruida.
—Pero tienes un pueblo entero apoyado en la espalda.
Valeria soltó una risa suave.
—Qué imagen tan cómoda.
—No digo que sea sano.
—Nada aquí es sano últimamente.
Silencio.
Julián apagó las luces de la barra, dejando solo las del fondo. El bar cambió de forma. Sin clientes ni ruido, parecía más pequeño. Más familiar. Más vulnerable.
Valeria miró las paredes.
—De niña me gustaba este bar.
Alba la miró.
—¿Sí?
—Sí. Tu madre me daba patatas aunque no pidiera nada. Tu padre fingía que no me veía comerlas.
Julián, desde la barra, carraspeó.
—Las patatas sobraban.
Valeria giró la cabeza.
—Nunca sobraban tantas.
Julián no respondió.
Pero Alba vio algo parecido a una sonrisa en su cara.
Valeria miró una foto en la pared.
Alba siguió su mirada.
Era una imagen antigua del equipo femenino juvenil. Alba aparecía en la fila de abajo, rodilla en tierra, sonrisa arrogante. Valeria estaba detrás, medio escondida, con una gorra y una expresión que parecía pedir permiso a la cámara.
—No recordaba esa foto —dijo Alba.
—Yo sí.
Julián se acercó despacio.
—Hay más en la caja del almacén.
Valeria se tensó apenas.
Julián lo notó.
—Fotos del equipo —aclaró—. No de las otras.
Silencio.
Valeria asintió.
—Vale.
Julián pareció dudar.
Después dijo:
—Si quieres, puedes verlas cuando te apetezca.
Valeria lo miró.
—¿Por qué?
—Porque también son tuyas.
La frase quedó suspendida.
Alba vio cómo Valeria la recibía.
No como disculpa.
No como reparación completa.
Pero sí como algo que quizá un día tendría sitio.
—Otro día —dijo Valeria.
—Cuando quieras.
Julián volvió a la barra.
Valeria miró a Alba.
—Tu padre está raro.
—Creo que se llama intentar hacerlo mejor.
—Le queda incómodo.
—Mucho.
Valeria sonrió.
Luego bajó la mirada a la mesa.
—A todos nos queda incómodo.
Alba quiso tocarle la mano.
No lo hizo.
—¿Quieres salir un momento?
Valeria miró su rodilla.
—¿Puedes?
—Hasta la terraza. No he dicho cruzar el Camino de Santiago.
—La terraza sí.
Salieron despacio.
La noche estaba caliente. El paseo, casi vacío. El mar sonaba al fondo, oculto en la oscuridad. Algunas luces de barcos parpadeaban lejos. Santamar, después de un día de vídeos, votaciones, llamadas y heridas abiertas, parecía dormir con un ojo abierto.
Alba se apoyó en la barandilla.
Valeria se colocó a su lado.
—Hoy te has ido —dijo Valeria.
Alba sintió que la frase no acusaba.
Solo nombraba.
—Sí.
—Y has vuelto.
—Sí.
Valeria respiró hondo.
—Me he pasado el día intentando no esperar el coche en la carretera como una idiota.
Alba giró hacia ella.
—¿Lo esperabas?
—No físicamente.
—Eso ha sonado muy específico.
—He sido fuerte de manera conceptual.
Alba sonrió.
Valeria también, apenas.
—Cuando eras pequeña —dijo Alba—, si te prometía que iba al campo y llegaba tarde, te sentabas en la grada fingiendo que no mirabas la entrada.
Valeria la miró.
—¿Te acuerdas?
—Sí.
—Yo pensaba que no te dabas cuenta.
—Me daba cuenta. Me gustaba demasiado.
—Qué insoportable.
—Muchísimo.
Valeria miró el paseo.
—Hoy no quería ser esa chica otra vez.
Alba sintió que la frase le dolía por las dos.
—No lo eres.
—No del todo.
—No.
—Pero algunas partes antiguas tienen una paciencia horrible. Se sientan dentro y esperan una excusa para volver.
Alba asintió.
—Hoy, en Madrid, yo también sentí volver a una versión antigua.
—¿La eficiente?
—Sí. La que sabe decir lo correcto para salir de una sala sin perder nada. La que mide. La que sonríe. La que guarda la foto en la cartera y luego podría fingir que no está.
Valeria no apartó la mirada del mar.
—¿Y qué hiciste?
—La saqué.
Valeria giró la cabeza.
—¿La foto?
—Sí.
—¿Delante del club?
—Sí.
Valeria se quedó callada.
Alba tragó saliva.
—No para exponerla. No para usarte. La puse sobre la mesa porque necesitaba recordarles, y recordarme, que esto no era un titular. Que era real. Que nos lo hicieron siendo crías. Que no era una polémica de ahora, sino una historia de gente adulta mirando mal, callando mal, usando mal.
Valeria la miraba con una intensidad difícil de sostener.
—¿Y qué dijeron?
—Menos de lo que esperaba. Más de lo que temía.
—Eso no significa nada.
—Marina dijo que no te convirtiera en una batalla que tuviera que ganar.
Valeria bajó la vista.
—Me cae bien Marina.
—A mí también, otra vez.
—¿Y tú?
—Le dije que no voy a hacer espectáculo, pero tampoco esconderte.
Valeria respiró despacio.
—Gracias.
—No me des las gracias por eso.
—Te las doy porque sé lo que te cuesta.
Alba no respondió.
No quiso negar algo cierto.
Valeria se volvió hacia ella.
—Hoy, cuando no estabas, me di cuenta de algo que me dio mucha rabia.
—¿Qué?
—Que confiar en ti no va a ser creer que no te irás nunca.
Alba sintió que la frase le abría el pecho.
—¿No?
Valeria negó.
—Va a ser creer que, si te vas, sabrás volver. O al menos decirme por qué no puedes.
Alba notó lágrimas en los ojos.
—Eso es más difícil.
—Sí.
—Pero más justo.
—También.
El silencio que siguió no necesitó arreglo.
Alba miró la boca de Valeria.
Valeria lo vio.
Esta vez no hizo una broma.
—Puedes besarme —dijo.
Alba sintió que esas tres palabras le quitaban el aire.
—¿Segura?
—No del todo.
—Entonces…
—Pero quiero.
La honestidad fue más íntima que el permiso.
Alba se inclinó despacio.
El beso empezó suave, con la prudencia de quien sabe que no está tocando solo un cuerpo, sino una historia llena de zonas sensibles. Valeria respondió de inmediato, pero no con prisa. Su mano subió hasta el cuello de Alba, se quedó allí, cálida, firme. Alba apoyó una mano en la barandilla para no cargar peso en la pierna y la otra en la cintura de Valeria.
Valeria se estremeció apenas.
Alba se separó un centímetro.
—¿Bien?
Valeria abrió los ojos.
—No preguntes como si estuvieras pasando una inspección.
—Perdón.
—Y no pidas perdón por preguntar.
Alba soltó una risa contra su boca.
Valeria la besó otra vez.
Esta vez más profundo.
El mundo se redujo al calor, al mar, a la mano de Valeria en su cuello, al cuidado extraño de desear sin querer arrasar. Alba había besado antes. Había tenido historias, cuerpos, noches sin demasiada memoria. Pero aquello no se parecía a nada, quizá porque no intentaba empezar de cero. Empezaba desde las ruinas, y por eso cada gesto tenía que encontrar sitio entre lo que dolió y lo que todavía podía vivir.
Valeria se separó primero, respirando mal.
—No subas esto a épica.
Alba sonrió, con la frente apoyada en la suya.
—Estoy intentando no hacerlo.
—Se te nota la lucha.
—Estoy agotada.
—Eso ayuda a controlarte.
—Muy romántico.
Valeria la miró con ternura inesperada.
—Eres un desastre.
—Pero he vuelto.
La frase salió baja.
Sin adornos.
Valeria cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, había algo abierto en su mirada.
—Sí —dijo—. Has vuelto.
Desde dentro del bar, Julián hizo ruido moviendo una silla de forma claramente innecesaria.
Alba cerró los ojos.
—Mi padre acaba de recordarnos que existe.
Valeria soltó una risa silenciosa.