Capítulo 13 — Volver no era llegar
Alba volvió a Santamar antes de que anocheciera.
No llegó corriendo.
No llegó como en las películas, bajando de un coche con el corazón en la boca y música de fondo. Llegó con una rodilla hinchada, dos bolsas de hielo en una nevera portátil, una pauta médica más estricta, Bruno dormido de agotamiento en el asiento del copiloto y Julián conduciendo con la concentración de quien llevaba algo frágil aunque no supiera decirlo.
Santamar apareció al final de la carretera con su luz de verano, sus casas blancas y ese mar que siempre parecía haber estado esperando sin hacer ningún esfuerzo.
Alba sintió un golpe pequeño en el pecho.
Antes, volver al pueblo era una derrota temporal.
Ahora no sabía qué era.
Quizá una pregunta.
Quizá una promesa todavía sin forma.
El móvil vibró sobre su regazo.
Valeria.
¿Dónde estás?
Alba sonrió antes de responder.
Entrando en Santamar.
La respuesta llegó enseguida.
No vengas al campo. Ven al bar. Tienes que descansar.
Alba miró el mensaje y soltó una risa seca.
Julián la miró por el retrovisor.
—¿Valeria?
—Sí.
—¿Te está mandando descansar?
—Con amenaza implícita.
—Me cae bien.
Alba levantó la vista.
Su padre miraba la carretera con una seriedad tranquila.
No era la primera vez que decía algo así, pero todavía sonaba nuevo. Casi torpe. Como si también él estuviera aprendiendo a pronunciar el presente sin tropezar con el pasado.
—A mí también —dijo Alba.
Bruno abrió un ojo.
—¿Hemos llegado o sigo en una pesadilla logística?
—Casi hemos llegado.
—Perfecto. Despertadme cuando el pueblo no esté en crisis.
—Entonces puedes dormir hasta 2034 —dijo Julián.
Bruno cerró el ojo.
—Me adapto.
Alba miró por la ventanilla.
Al pasar junto al campo viejo, vio las luces encendidas. Las niñas seguían entrenando. Pequeñas figuras corriendo detrás de un balón. Una camiseta demasiado grande. Una pancarta doblada en la valla. Valeria no se distinguía bien desde el coche, pero Alba la imaginó en el centro: silbato, mirada atenta, cuerpo firme, sosteniendo el campo con una presencia que nadie había conseguido borrar.
Quiso pedirle a su padre que parara.
No lo hizo.
La rodilla le dolía.
Valeria le había pedido que fuera al bar.
Y cumplir una promesa, estaba descubriendo, no siempre tenía la forma heroica que una quería. A veces era mucho más difícil: obedecer el cuidado.
El Bar Ríos estaba lleno cuando llegaron.
No lleno de turistas.
Lleno de vecinos.
Las mesas se habían convertido en pequeñas oficinas improvisadas. En una, dos madres rellenaban formularios. En otra, un comerciante explicaba algo a Inés por teléfono. Carmen llevaba cafés, vasos de agua y platos pequeños de tortilla con la eficiencia de una general de comedor. En la pared, junto a las fotos antiguas del bar, alguien había pegado una hoja con el lema escrito a rotulador:
Seremos muchas.
Alba se quedó en la entrada.
Durante un segundo, nadie la vio.
Tuvo la sensación extraña de estar entrando en una vida que había seguido construyéndose sin ella y que, aun así, le había reservado una silla.
Carmen la vio primero.
—Ni se te ocurra quedarte de pie.
La sala giró hacia ella.
Murmullos.
Saludos.
Algunos aplausos pequeños, incómodos, sinceros.
Alba levantó una mano.
No como estrella.
Como vecina que volvía con demasiada historia en la espalda.
Julián colocó una silla en la mesa del fondo. Carmen puso otra delante para la pierna.
—Hielo —ordenó.
Bruno, todavía medio dormido, levantó la nevera portátil.
—Vengo equipado por mandato médico y miedo a entrenadoras.
—Bien —dijo Carmen.
Alba se sentó.
El alivio fue tan grande que tuvo que fingir que miraba el móvil para que nadie le viera la cara.
Bruno se dejó caer en la silla de al lado.
—Tengo noticias.
—No me digas eso con esa cara.
—Es mi cara de noticias.
—Todas tus caras son de noticias.
—Las antiguas jugadoras han pedido una reunión formal con Inés. Ya son nueve testimonios identificados y varios anónimos. Esteban ha borrado sus redes.
Alba levantó la vista.
—Eso parece culpable.
—Eso parece humano estúpido. La culpabilidad la determinará lo que podamos probar.
—Qué aburrido es el derecho.
—Por eso existe la comunicación, para hacerlo más irresponsable.
Carmen apareció con un plato.
—Come.
—No tengo hambre.
—No era una consulta.
Alba cogió el tenedor.
Desde la puerta, una voz dijo:
—Por fin una adulta responsable.
Alba levantó la cabeza.
Valeria acababa de entrar.
No llevaba chaqueta. Solo camiseta del Santamar, pantalón de entrenamiento y el pelo algo revuelto por el viento. Tenía las mejillas encendidas, los ojos cansados y una presencia que hizo que todo el ruido del bar se desplazara un centímetro.
Alba se olvidó de la rodilla durante un segundo.
Eso no fue inteligente, pero fue inevitable.
Valeria se acercó a la mesa del fondo. No sonrió del todo hasta ver la pierna elevada, el hielo y el plato delante de Alba.
—Has obedecido.
—Estoy convirtiéndome en una persona ejemplar.
—No exageres.
—He ido a Madrid, he tenido una reunión adulta, no he leído comentarios durante casi seis horas y ahora estoy comiendo tortilla bajo supervisión materna. Eso merece reconocimiento.
Valeria miró a Carmen.
—¿Ha leído comentarios?
Carmen respondió desde la barra:
—Seguro.
—Traición —murmuró Alba.
Valeria se sentó frente a ella.
—¿La reunión?
El bar seguía funcionando alrededor, pero la pregunta creó un espacio propio.
Alba dejó el tenedor.
—Me han pedido plan, no silencio.
Valeria la observó con atención.
—¿Y eso qué significa?
—Que puedo seguir parte de la recuperación aquí si cumplo controles médicos, fisioterapia, informes y viajes programados a Madrid. No quieren declaraciones improvisadas. Tampoco quieren que convierta esto en espectáculo.
—¿Y tú?
—Yo he dicho que no voy a esconderte.
Valeria no apartó la mirada.
—¿Así?
—Más o menos.
—¿Más o menos cómo?
Alba dudó.
No porque quisiera ocultarlo.
Porque la frase había sido sencilla allí y ahora, frente a Valeria, pesaba de otra manera.
—Marina me preguntó si te quería.
Bruno, a su lado, cerró los ojos.
—Yo intenté impedir esa línea con mi mirada profesional.
Valeria no miró a Bruno.
Solo a Alba.
—¿Y qué dijiste?
Alba sostuvo su mirada.
—Sí.
El bar siguió sonando.
Una taza.
Una silla.
Una voz en la barra.
Pero entre ellas, durante un instante, todo quedó limpio.
Valeria bajó la mirada a sus manos.
—¿Y eso ayudó?
—No sé si ayudó a la reunión.
—No te he preguntado eso.
Alba entendió tarde.
—A mí sí.
Valeria levantó los ojos.
Alba continuó:
—Ayudó a que no me oyera a mí misma hablando de ti como si fueras un tema. O una parte complicada de la crisis. O un riesgo. Me preguntaron algo simple y respondí simple. Me dio miedo. Pero no me dio vergüenza.
Valeria respiró despacio.
—Bien.
Solo eso.
Pero Alba ya sabía que algunas palabras de Valeria tenían más peso precisamente porque no se malgastaban.
Bruno se levantó.
—Voy a fingir que necesito café para dejaros diez minutos.
—Lo estás diciendo en voz alta —dijo Alba.
—Soy transparente en mi manipulación.
Se fue hacia la barra.
Valeria esperó a que estuviera lejos.
—Yo también he tenido una reunión.
Alba se tensó.
—¿Con quién?
—Con Eva. La jugadora que publicó el vídeo. Y con otras tres.
—¿Cómo ha ido?
Valeria miró hacia la pared del bar, hacia las fotos antiguas de equipos, verbenas y trofeos.
—Duro.
Alba no preguntó rápido.
Esperó.
Valeria apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Algunas no quieren denunciar. No quieren volver a contarlo. No quieren que sus familias se enteren ahora, quince años después, de que pasaron miedo en un campo donde se suponía que solo jugaban al fútbol. Una tiene hijos. Otra se fue de Santamar y no quiere que su nombre aparezca aquí otra vez. Eva sí quiere llegar hasta donde pueda.
—¿Y tú?
Valeria tardó en responder.
—Yo quiero que Esteban no vuelva a tener ningún poder sobre ninguna niña. Quiero que el club reconozca que miró hacia otro lado. Quiero que el proyecto no pueda usarlo como contacto, asesor o memoria deportiva. Y quiero que las chicas que hablen no tengan que convertirse en víctimas profesionales para que se las crea.
Alba la escuchó con el pecho apretado.
—Eso es mucho.
—Sí.
—Pero es claro.
Valeria sonrió sin alegría.
—Lo claro también cansa.
Alba apoyó la mano sobre la mesa.
No buscó la de Valeria.
La dejó ahí.
Disponible.
Valeria la miró.
Después puso su mano encima.
No entrelazó los dedos.
Solo la cubrió.
El gesto duró pocos segundos porque estaban en un bar lleno y ambas sabían que algunas miradas ya habían aprendido a encontrarles las manos. Pero esos segundos bastaron.
—¿Y las niñas? —preguntó Alba.
—Lara ha intentado preguntar si Esteban es oficialmente villano.
—¿Y qué has dicho?
—Que la vida real no funciona así.
—¿Te ha creído?
—No. Ha dicho que la vida real necesita mejores guionistas.
Alba rio.
—Tiene razón.
—Demasiada.
Valeria retiró la mano.
No como rechazo.
Como límite.
Alba lo aceptó.
—Hay otra cosa —dijo Valeria.
El tono cambió.
Alba lo notó.
—Dime.
—Mireia ha llamado a varias familias ofreciendo una reunión privada. Sin mí.
—Claro.
—Y Daniel ha contactado con dos negocios del paseo para mejorarles la compensación si firman apoyo individual.
Alba apretó la mandíbula.
—Dividir.
—Exacto.
—¿Y han aceptado?
—No todavía. Pero algunos dudan. Es mucho dinero para gente que está cansada.
Alba pensó en su padre. En la carpeta marrón. En el render horrible. En SeaFuel Café. En lo fácil que era juzgar desde fuera una decisión cuando quien tenía que tomarla estaba contando facturas.
—No podemos culparlos por tener miedo.
Valeria la miró con una expresión distinta.
—Eso no lo habrías dicho hace una semana.
—Hace una semana era más rápida y más tonta.
—Todavía eres bastante de las dos cosas.
—Pero progreso.
Valeria casi sonrió.
—Progreso.
La palabra, en Santamar, tenía demasiados enemigos.
Esa noche organizaron la respuesta.