La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 12 — Todas las que hablaron #3
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Capítulo 12 — Todas las que hablaron #3

La imagen era espectacular. Ella sobre el césped, brazos abiertos, boca gritando, foco perfecto. Había usado esa foto para una campaña. Miles de personas la habían comentado.

Nunca se había fijado en lo sola que salía.

—Lo estaba bastante —dijo.

Julián la miró.

No supo responder.

Pero esta vez se quedó.

A la mañana siguiente, el club los recibió con demasiada amabilidad.

Ese fue el primer aviso.

La reunión se celebró en una sala blanca de la ciudad deportiva, con vistas a campos de entrenamiento impecables. No había tierra, ni vallas oxidadas, ni pancartas torcidas. Todo olía a césped recién cortado, café bueno y control.

Estaban Marina Cortés, directora deportiva; un responsable de comunicación; una persona del área legal; el médico del club; Bruno; y Alba.

Julián esperó fuera.

Alba entró con muletas, rodillera, dolor controlado y la foto de las gradas en la cartera.

Marina empezó con palabras suaves.

—Nos alegra verte mejor.

Alba no sonrió.

—No estoy mejor. Estoy operada.

Marina asintió.

—Claro. Me refería a verte aquí.

—Eso sí.

El responsable de comunicación, un hombre llamado Sergio que siempre llevaba camisas demasiado blancas, intervino:

—Alba, vamos a hablar con franqueza. La situación se ha descontrolado.

—La situación lleva años descontrolada. Ahora se está viendo.

Sergio apretó los labios.

Bruno no dijo nada.

Marina tomó la palabra.

—Nadie en el club cuestiona la importancia de proteger a jugadoras, escuelas femeninas ni espacios seguros. Pero necesitamos separar eso de tu proceso deportivo.

—No se puede separar del todo.

—Debe poderse.

—¿Por qué?

Marina suspiró.

—Porque estás en plena recuperación de una lesión grave. Porque hay patrocinadores pendientes. Porque tu imagen tiene impacto. Porque cualquier polémica puede afectar a tu estabilidad y al club.

Alba escuchó la palabra imagen.

La había oído mil veces.

Imagen pública.

Imagen de marca.

Imagen de liderazgo.

Imagen inspiradora.

La imagen, pensó, era lo que los demás querían conservar cuando la persona real empezaba a molestar.

El médico habló:

—Desde el punto de vista físico, Santamar no es el problema si cumples el plan. El problema es el exceso de actividad, estrés, desplazamientos y falta de descanso.

Alba asintió.

—Cumpliré el plan.

Marina la miró.

—¿En Madrid?

—Parte en Madrid, parte en Santamar, coordinado con vosotros.

Sergio se inclinó hacia delante.

—Alba, necesitas entender que tu permanencia allí se interpreta como posicionamiento.

—Lo es.

La sala quedó en silencio.

Bruno bajó la vista al cuaderno para ocultar algo que podría haber sido orgullo o preocupación.

Sergio parpadeó.

—Eso complica las cosas.

—Lo sé.

—La marca Alba Ríos siempre ha sido competitiva, fuerte, transversal, inspiradora.

Alba sintió una risa amarga subiéndole.

—Qué agotador.

Sergio no entendió.

—Perdona.

—Nada.

Marina apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Qué quieres, Alba?

La pregunta sonó menos institucional.

Más real.

Alba la miró.

Marina Cortés había sido jugadora antes que directiva. Una defensa central dura, inteligente, de esas que habían tenido que trabajar el doble para que después dijeran que eran “profesionales” como si el adjetivo fuera una concesión. Alba la respetaba. Por eso le dolió que estuviera al otro lado de aquella mesa.

—Quiero recuperarme —dijo Alba—. Quiero volver a jugar. Quiero cumplir mi contrato. Quiero que el club no me pida silencio cuando se está hablando de amenazas, fotos tomadas a menores, un entrenador señalado por antiguas jugadoras y una escuela femenina en peligro.

Sergio intervino:

—Nadie pide silencio.

Alba lo miró.

—Pedís distancia pública. En este caso es casi lo mismo.

Marina no corrigió a Sergio.

Eso importó.

—¿Y Valeria Herrera? —preguntó Marina.

Alba sintió que la habitación cambiaba de temperatura.

—¿Qué pasa con ella?

—Necesitamos saber si va a haber más exposición de vuestra relación.

Bruno levantó la cabeza.

—Cuidado con esa línea.

Marina lo miró.

—No lo pregunto por morbo. Lo pregunto por previsión.

Alba se quedó callada.

La vieja Alba habría respondido algo útil. Algo que cerrara puertas sin abrir heridas. “Mi vida privada pertenece a mi vida privada.” “No habrá comentarios personales.” “Estoy centrada en mi recuperación.” Frases seguras. Frases eficaces. Frases que no mentían del todo y no decían nada.

Sacó la foto de la cartera.

La puso sobre la mesa.

Nadie habló.

Dos chicas adolescentes en una grada.

Un dedo rozando otro.

Alba miró a Marina.

—Esta foto fue tomada sin permiso cuando éramos menores. Años después la usaron para amenazarnos. No porque sea escandalosa. Porque alguien sabía que podía hacernos sentir vergüenza.

Marina miró la imagen.

Su rostro cambió.

Alba continuó:

—Yo pasé años tratando esto como si quemara. Valeria tuvo que vivir en el pueblo donde alguien guardaba estas fotos. Ahora ella está defendiendo a niñas que juegan en el mismo campo donde alguien nos vigiló a nosotras. Así que no me pidas que lo separe como si fuera una distracción.

Sergio guardó silencio.

El área legal también.

Marina siguió mirando la foto.

—No sabía que era así.

—Nadie lo sabe si solo mira el titular.

Bruno no se movía.

Alba sintió que la voz le temblaba un poco.

No le importó.

—No voy a hacer de mi relación un espectáculo. No voy a dar entrevistas sobre mi vida sentimental. No voy a usar a Valeria para mejorar mi imagen ni permitir que nadie lo haga. Pero tampoco voy a esconderla para proteger una imagen que solo funciona si parezco fuerte sin ser incómoda.

Marina levantó la vista.

—¿La quieres?

Alba sintió que Bruno se tensaba.

Pero la pregunta de Marina no fue de comunicación.

Fue de mujer a mujer.

De exjugadora a jugadora.

De alguien que quizá recordaba lo que costaba elegir algo propio en un mundo que siempre opinaba sobre el cuerpo, la voz y el deseo de las deportistas.

Alba cogió la foto.

—Sí.

La palabra salió sin adornos.

Sergio miró a Marina, alarmado por la claridad.

Marina no lo miró.

—Entonces no la conviertas en una batalla que tengas que ganar —dijo.

Alba parpadeó.

No esperaba eso.

Marina continuó:

—Gana tus batallas en el campo cuando vuelvas. Ahora cuida tu rodilla, cuida tu cabeza y cuida bien a la gente que no vive rodeada de departamentos de comunicación. Esa mujer no tiene nuestra estructura. Si la quieres, no la expongas más de lo que ella elija.

Alba sintió que la frase le llegaba desde un lugar inesperado.

—Lo sé.

—Y si quieres que el club te respete en esto, danos un plan. No impulsos. Plan médico, plan de comunicación, límites claros, días en Madrid, días en Santamar, quién habla, quién no habla, qué causas apoyas y en qué términos.

Bruno sonrió por primera vez.

—Eso podemos hacerlo.

Sergio parecía menos entusiasmado.

—Necesitamos revisar patrocinadores.

Marina lo cortó:

—Los patrocinadores que no puedan sostener que una jugadora apoye a una escuela femenina y rechace amenazas a mujeres deportistas quizá no son tan buen encaje como pensábamos.

Alba miró a Marina.

—Gracias.

—No me des las gracias todavía. Te voy a exigir mucho. Si te quedas en Santamar parte de la recuperación, cumplirás informes diarios. Fisio acreditada. Viajes programados. Nada de plazas, campos y reuniones si tu rodilla no está en condiciones. Y ninguna declaración sin coordinación.

Alba abrió la boca.

Marina levantó una mano.

—Coordinación no significa censura. Significa no dispararte en el pie bueno.

Bruno murmuró:

—Por fin alguien entiende mi trabajo.

Alba soltó aire.

—Acepto.

Sergio miró a Marina.

—Esto puede seguir siendo arriesgado.

Marina no apartó la vista de Alba.

—Todo lo que importa lo es.

La reunión terminó sin abrazo, sin solución perfecta y sin victoria completa.

Pero Alba salió de allí con algo parecido a un permiso que no sabía que necesitaba. No permiso para querer a Valeria. Eso ya no lo pediría. Permiso para no convertir su carrera y su vida en enemigos inevitables.

Julián la esperaba en el pasillo.

—¿Bien?

Alba pensó en la palabra.

—Mejor de lo esperado.

—Eso en nuestra familia suele ser mucho.

—Sí.

Él la ayudó a llegar al coche sin hacer comentario sobre la lentitud. Alba lo agradeció.

Bruno salió detrás, hablando por teléfono con Inés.

—Tenemos plan —decía—. Sí. Volvemos hoy. No, no ha explotado. Bueno, un poco, pero controlado.

Alba se sentó en el coche y sacó el móvil.

Escribió a Valeria:

He hablado claro. No me han pedido que desaparezca. Vuelvo hoy.

La respuesta tardó más de lo que esperaba.

Cuando llegó, era una foto.

El campo viejo.

Las niñas entrenando.

Lara de espaldas con una camiseta demasiado grande.

Valeria escribió debajo:

Aquí seguimos.

Alba miró la imagen.

Sonrió.

Luego escribió:

Yo también.

En Santamar, esa misma tarde, Valeria guardó el móvil en el bolsillo y sopló el silbato.

—¡Lara, si vuelves a llamar enemiga a una ciudad entera, corres dos vueltas!

—¡Pero Madrid se llevó a Alba!

—Madrid no se llevó a nadie. Alba tiene trabajo.

—¡Pues que el trabajo venga aquí!

Las niñas rieron.

Valeria intentó no hacerlo.

Falló.

El campo viejo seguía amenazado.

Esteban seguía libre.

Mireia seguía moviendo papeles.

Daniel Sanchís seguía detrás del proyecto.

Las antiguas jugadoras seguían escribiendo.

El pueblo seguía hablando.

Alba estaba en Madrid, quizá volviendo, quizá no, porque confiar no era saber. Era sostener el espacio entre una promesa y su cumplimiento sin llenarlo de miedo antes de tiempo.

Valeria miró hacia el mar.

Luego hacia las niñas.

—Otra vez desde el principio —ordenó—. Y esta vez con intención.

Lara levantó la mano.

—¿Intención deportiva o emocional?

Valeria cerró los ojos.

—Deportiva, Lara.

—Es que últimamente se mezclan.

Valeria miró el campo, las porterías, las niñas, la tarde.

Sí.

Últimamente se mezclaban.

Y quizá, pensó mientras el balón empezaba a rodar otra vez, algunas cosas tenían que mezclarse para dejar de romperse por separado.