La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 12 — Todas las que hablaron #2
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Capítulo 12 — Todas las que hablaron #2

—Alba no va a pedir disculpas por apoyar a una escuela femenina ni por condenar posibles conductas contra jugadoras. Si algún patrocinador considera eso un problema, quizá conviene revisar qué entiende por deporte femenino.

Alba se quedó callada.

Cuando Bruno colgó, no dijo nada durante unos segundos.

Luego la miró.

—Quieren una reunión presencial en Madrid mañana.

Valeria levantó la cabeza desde el fondo.

Alba sintió que todo el bar la miraba aunque no fuera verdad.

—No puedo ir mañana.

Bruno apoyó el móvil sobre la mesa.

—Alba.

—El médico dijo cuarenta y ocho horas.

—Precisamente. Madrid en coche, reunión controlada, revisión con el equipo médico. Puede ser útil.

Alba miró a Valeria.

Valeria sostuvo su mirada.

No dijo no.

No dijo quédate.

Eso fue peor.

—¿Tú qué piensas? —preguntó Alba.

Valeria dejó el móvil sobre la mesa y se acercó despacio.

—Pienso que tienes una carrera.

—No empieces por ahí.

—No empiezo. Continúo por ahí porque existe.

—También existes tú.

Valeria respiró hondo.

—Alba.

—¿Qué?

—Si cada decisión profesional tuya pasa por mirarme a mí como si yo fuera a desaparecer si eliges otra cosa, esto no va a funcionar.

La frase cayó con precisión.

Alba sintió que algo se defendía dentro de ella.

—No es eso.

—Sí es eso un poco.

—No quiero irme justo ahora.

—Lo sé.

—Entonces…

—Pero ir a Madrid a una reunión no es desaparecer.

Alba cerró la boca.

Valeria se sentó frente a ella.

—Mira. Me da miedo que te vayas. Mucho. Me da miedo que cruces una puerta, vuelvas a tu mundo, escuches a gente hablando de imagen, futuro, contratos, y esto empiece a parecerte demasiado. Yo no soy inmune a eso.

Alba quiso cogerle la mano.

No lo hizo porque Valeria seguía hablando.

—Pero me da más miedo que te quedes aquí mirando el móvil con el club llamando, acumulando tensión, resentimiento y esa épica tuya de “he elegido Santamar contra todos”. No quiero ser el nombre de tu sacrificio.

—No lo eres.

—Entonces demuéstralo yendo a Madrid cuando toca, hablando claro y volviendo porque quieres. No porque te quedaste atrapada.

Alba sintió que la habitación se volvía más silenciosa.

Esa era la diferencia entre un amor adolescente y algo adulto, pensó. A los diecisiete habrían convertido Madrid en enemigo. La carrera en rival. El miedo en destino. Ahora Valeria le estaba pidiendo que fuera.

No porque doliera menos.

Porque confiar, si iba a existir, necesitaba espacio para que alguien pudiera marcharse sin que todo se rompiera.

—¿Y si me piden que elija? —preguntó Alba.

Valeria la miró.

—Entonces eliges tú. No yo. No Bruno. No el club. No tu padre. Tú.

—¿Y si elijo mal?

Valeria sonrió con una tristeza mínima.

—Entonces ya tendremos algo moderno que añadir a nuestra colección de errores antiguos.

Alba soltó una risa rota.

—No tiene gracia.

—Muy poca.

Alba miró a Bruno.

—¿A qué hora?

—Podemos salir esta noche, dormir en Madrid y reunión mañana a mediodía. O salir mañana muy temprano. Por tu rodilla, mejor esta noche con paradas.

Alba miró a Valeria.

—Volveré mañana.

Valeria sostuvo su mirada.

—No lo prometas como quien pide perdón.

Alba respiró.

—Volveré mañana porque quiero estar aquí. Y voy a Madrid porque también quiero volver a jugar.

Valeria asintió despacio.

—Eso sí.

Alba sintió que esa aprobación no la hacía pequeña.

La colocaba mejor.

Julián insistió en conducir hasta Madrid.

Alba dijo que no.

Carmen dijo que sí.

Bruno calculó tiempos, hoteles y paradas.

Valeria no opinó.

Esa ausencia de opinión fue, de alguna forma, otra forma de confianza.

Antes de irse, Alba salió a la terraza con Valeria.

El bar estaba lleno de gente hablando bajo, como si el pueblo entero hubiera aprendido de pronto que las voces podían hacer daño si se usaban mal. El sol caía sobre el paseo. Al fondo se veía el mar. Turistas ajenos seguían sacando fotos a sus platos, a las barcas, a las fachadas, sin saber que aquel lugar ya no era solo bonito. Era un campo de batalla con olor a sal.

Valeria se apoyó en la barandilla.

—No leas comentarios en el coche.

—Eso es pedirle a una persona con ansiedad moderna que abandone su principal instrumento de tortura.

—Exacto.

—Lo intentaré.

Valeria la miró.

—No. Lo haces.

Alba sonrió.

—Lo hago.

Hubo un silencio.

Después Alba dijo:

—Me da miedo irme.

Valeria no respondió enseguida.

—A mí también que vayas.

Alba sintió que esa honestidad valía más que cualquier promesa.

—Pero vuelvo.

Valeria bajó la mirada.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

Valeria la miró.

—Estoy intentando saberlo.

Alba asintió.

No pidió más.

Valeria metió la mano en el bolsillo y sacó la foto de las gradas. La había doblado dentro de un plástico transparente para que no se estropeara.

—Llévatela.

Alba se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Llévatela a Madrid.

—Valeria…

—No como prueba. Como recuerdo.

Alba miró la foto.

Las dos chicas. La grada. El meñique.

—¿Estás segura?

Valeria asintió.

—Yo ya sé que no me da vergüenza. Ahora quiero saber si tú puedes llevarla contigo sin esconderla de ti misma.

Alba cogió la foto con cuidado.

Como si pesara.

Pesaba.

—La llevaré.

—No hace falta que la enseñes a nadie.

—Lo sé.

—No hace falta que la conviertas en declaración.

—Lo sé.

—Solo no la guardes como si quemara.

Alba levantó la mirada.

—No quema.

Valeria sostuvo sus ojos.

—Antes sí.

Alba no pudo negarlo.

—Antes sí.

Valeria asintió, aceptando la verdad.

Alba guardó la foto en la cartera, en el compartimento donde antes llevaba tarjetas de patrocinio y credenciales.

El gesto fue pequeño.

Valeria lo vio.

—Bien.

—¿Eso ha sido otra evaluación?

—Siempre estoy evaluándote.

—Qué paz.

Valeria sonrió apenas.

Luego la sonrisa se apagó.

—Ten cuidado en Madrid.

—¿Con la rodilla?

—También.

—¿Con el club?

—También.

—¿Con qué más?

Valeria miró hacia el mar.

—Con la versión de ti que allí sabe funcionar demasiado bien.

Alba sintió el golpe.

No fue injusto.

En Madrid existía otra Alba. La eficiente. La que entraba en reuniones, medía frases, entendía contratos, sonreía cuando convenía, hacía que todo pareciera bajo control. Esa Alba había sobrevivido. Había ganado. Había conseguido cosas.

También había servido para no sentir.

—No voy a dejar que decidan por mí —dijo.

—No me lo digas a mí. Dítelo allí.

Alba asintió.

Dentro del bar, Bruno llamó:

—Nos vamos en cinco.

Cinco minutos.

Alba pensó que las despedidas siempre tenían un sentido del humor cruel. O eran demasiado largas o no alcanzaban para nada.

—Me gustaría besarte —dijo.

Valeria la miró.

—No tienes que anunciar cada intención como si pidieras turno.

—Ayer me dijiste que no usara una frase como excusa.

—Esto no era una frase. Era una petición bastante torpe.

—Gracias.

Valeria dio un paso hacia ella.

El beso fue distinto.

No había campo, ni plaza, ni adrenalina. Tampoco playa de noche. Era una terraza, una despedida breve, la posibilidad de un regreso puesta a prueba antes de haber nacido del todo.

Valeria la besó despacio.

Sin esconderse.

Pero sin espectáculo.

Alba sintió que la mano de Valeria se cerraba un segundo en la tela de su chaqueta. Como si quisiera retenerla y se negara a hacerlo. Como si el amor, si llegaba, tuviera que aprender también a no apretar hasta hacer daño.

Cuando se separaron, Alba apoyó la frente en la suya.

—Vuelvo mañana.

Valeria cerró los ojos.

—Conduce Bruno.

—Eso me ofende, pero sí.

—Y hielo.

—Sí.

—Y no leas comentarios.

—Sí.

—Y si te asustas…

Alba terminó la frase:

—Te lo digo antes de huir.

Valeria abrió los ojos.

—Eso.

Bruno volvió a llamar.

—Alba.

Ella no apartó la mirada de Valeria.

—Voy.

La carretera a Madrid fue larga, incómoda y silenciosa por tramos.

Bruno condujo la primera parte. Julián la segunda, porque Carmen había dicho que si su hija iba a discutir con directivos, al menos llegaría con alguien que supiera cambiar una rueda. Alba no tuvo fuerzas para discutir la lógica. Se sentó detrás con la pierna elevada como pudo, la foto en la cartera y el móvil boca abajo.

No leyó comentarios.

Casi.

Solo desbloqueó el teléfono tres veces.

Una para ver un mensaje de Valeria:

Lara pregunta si Madrid es enemigo. Le he dicho que no, que es solo una ciudad con mala fama emocional.

Alba sonrió.

Respondió:

Dile que estoy en misión diplomática.

Valeria contestó:

Ha dicho que no firmes nada sin leer.

Alba escribió:

Tiene más criterio que algunos adultos.

Valeria:

Muchos.

La segunda vez que desbloqueó el móvil fue para leer un mensaje del equipo médico.

La tercera fue en una gasolinera, cuando Julián estaba comprando agua y Bruno hablaba por teléfono fuera del coche.

Alba abrió la cartera.

Sacó la foto.

La miró bajo la luz blanca y horrible de la gasolinera.

Dos chicas en una grada.

El mundo entero intentando convertir aquella ternura en problema.

Alba pasó el pulgar por el borde del plástico.

No quema.

Se lo escribió a Valeria sin pensarlo.

No quema.

La respuesta llegó dos minutos después.

Bien.

Solo eso.

Bien.

Alba apoyó la cabeza contra el asiento y cerró los ojos.

A veces una sola palabra bastaba para hacer de puente.

Llegaron a Madrid pasada la medianoche.

El apartamento de Alba parecía pertenecer a otra persona.

Todo estaba limpio, ordenado, caro de una forma discreta. Fotografías profesionales enmarcadas. Trofeos. Zapatillas alineadas. Ropa deportiva doblada. Una vista urbana desde el salón que antes le parecía libertad y ahora le pareció distancia.

Julián entró con una bolsa en la mano y miró alrededor con incomodidad.

Era la primera vez que estaba allí.

Alba se dio cuenta tarde.

—No habías venido nunca.

Su padre dejó la bolsa sobre una silla.

—No.

Bruno desapareció hacia la cocina con naturalidad de persona que conocía mejor ese apartamento que el padre de su propietaria. Aquello le dolió a Alba de una forma absurda.

—No te invité —dijo.

Julián miró una foto de Alba levantando una copa.

—No lo pedí.

Silencio.

No agresivo.

Triste.

—Puedes dormir en la habitación de invitados —dijo Alba.

—Vale.

Él miró otra vez la foto.

—Aquí pareces muy lejos.

Alba siguió su mirada.