Capítulo 11 — La votación #2
Alba sintió el viejo impulso de ponerse la máscara. Sonrisa profesional, mano levantada, frase amable, control de cámara. Pero Valeria estaba a su lado. Y aquella no era una alfombra roja. Era una plaza defendiendo un campo.
Alba no saludó como estrella.
Solo levantó una mano breve y se sentó en la silla que Julián colocó junto a la entrada.
Valeria lo vio.
Aprobó con una mirada mínima.
A veces el amor, pensó Alba, era recibir un aprobado silencioso por sentarse cuando querías hacerte la heroína.
Mireia apareció en el balcón del ayuntamiento a las nueve y cincuenta.
La plaza reaccionó con murmullos.
No abucheos aún.
Algo peor para una política local: desconfianza organizada.
Mireia sonrió desde arriba, pero la sonrisa no llegó a dominar la cara.
—Buenos días. Entendemos la preocupación generada en las últimas horas, pero pedimos calma y responsabilidad. El pleno extraordinario se celebrará conforme al orden del día previsto.
Lara gritó:
—¡Queremos entrar!
Valeria la señaló desde abajo sin girarse.
—Lara.
—¡Lo digo democráticamente!
Una risa recorrió la plaza.
Mireia no rió.
—El aforo es limitado. Entrarán representantes acreditados.
Inés levantó una carpeta.
—Las familias y negocios afectados han designado representantes. Solicitamos que conste en acta.
Mireia apretó la mandíbula.
—Por supuesto.
Valeria se inclinó hacia Alba.
—Tengo que entrar.
—Lo sé.
—Tú te quedas sentada.
—Sí.
—Si duele más, se lo dices a tu padre.
—Sí.
—Si la prensa te pregunta algo…
—El asunto es el campo, las niñas, el paseo y las amenazas. Nuestra vida privada no está a debate.
Valeria la miró.
—Has estudiado.
—Me das miedo.
—Bien.
Durante un segundo, estuvieron demasiado cerca para una plaza llena.
No se besaron.
No se tocaron.
No hacía falta.
La gente ya sabía demasiado y entendía muy poco. Pero Alba empezaba a aprender que no todo lo verdadero necesitaba demostración inmediata.
Valeria entró al ayuntamiento con Inés, Raúl, dos madres, un comerciante, Bruno y, por sorpresa de Alba, Julián.
Su padre se detuvo antes de cruzar la puerta.
—¿Estás bien?
Alba lo miró desde la silla.
—No del todo.
Él asintió.
—Si necesitas irte, te llevo.
—Gracias.
Julián dudó.
Luego miró hacia Valeria, que lo esperaba dentro.
—Voy a escuchar —dijo.
Alba sintió que aquella frase, en su padre, era más grande de lo que parecía.
—Hazlo bien.
—Lo intentaré.
La puerta se cerró.
Alba se quedó en la plaza con Carmen, Lara, las niñas, las madres que no habían entrado, los vecinos, los periodistas y una rodilla elevada sobre otra silla plegable del Bar Ríos.
No era exactamente como había imaginado su vuelta a Santamar.
Lara se acercó con la pancarta.
—¿Te duele?
—Un poco.
—Mi abuela dice que cuando alguien dice un poco, normalmente es mucho.
—Tu abuela sabe demasiado.
—Sí.
La niña se sentó en el suelo junto a ella.
—¿Van a quitarnos el campo?
Alba miró la puerta cerrada del ayuntamiento.
—Están intentando evitarlo.
—Pero pueden.
La pregunta no era infantil.
Era directa.
—Sí —dijo Alba—. Pueden intentarlo.
Lara apretó la pancarta.
—La entrenadora Valeria dice que perder un partido no significa que no sepas jugar.
Alba sintió que se le ablandaba el pecho.
—Tiene razón.
—Pero yo prefiero ganar.
—Eso también es válido.
Lara la miró con demasiada seriedad.
—Si perdemos, ¿te irás?
Alba no estaba preparada para aquella pregunta formulada por una niña de nueve años con trenzas, pancarta y una capacidad inaceptable para tocar heridas centrales.
—No lo sé —dijo primero.
Lara frunció el ceño.
Alba respiró hondo.
—Quiero decir, tendré que irme a Madrid algunas veces. Por el club, los médicos, mi recuperación. Pero no voy a desaparecer.
—¿Eso se lo has dicho a la entrenadora?
—Sí.
—¿Y te cree?
Alba miró la puerta.
—Está intentando.
Lara asintió como si aquello tuviera sentido.
—Mi madre dice que confiar es como aprender a chutar con la pierna mala. Al principio sale fatal.
—Tu madre debería escribir discursos.
—Dice palabrotas.
—Eso mejora los discursos.
Lara sonrió.
Luego miró hacia la puerta del ayuntamiento.
—Yo creo que la entrenadora te quiere.
Alba se atragantó con el aire.
—Lara.
—¿Qué? Observar no es delito.
Carmen, sentada al otro lado, murmuró:
—En este pueblo debería estar regulado.
Alba no pudo evitar reír.
Durante cuarenta minutos, nadie supo nada.
La plaza se convirtió en una espera densa. Los periodistas intentaron preguntas. Carmen interceptó tres. Una madre habló en directo con una radio local y sorprendió a todo el mundo diciendo, con una calma brutal, que no iba a permitir que su hija aprendiera que lo barato era esconder a las niñas y vender el futuro a quien prometiera sombrillas blancas.
La frase empezó a circular antes de que terminara la entrevista.
Alba miraba el móvil.
Bruno mandaba mensajes breves al grupo que habían creado esa mañana.
Mireia intenta declarar urgencia.
Inés ha pedido documentación completa.
Daniel no está dentro. Raro.
Esteban tampoco.
Raúl va a hablar.
Cinco minutos después:
Raúl ha dicho lo del acuerdo.
La plaza esperaba.
Alba también.
El dolor iba y venía en oleadas. A ratos podía ignorarlo. A ratos no. No se movió. No por heroísmo. Por obediencia. Por Valeria. Por ella misma.
A las once y doce, el móvil vibró con una llamada del club de Madrid.
Alba miró el nombre en pantalla.
Directora deportiva.
Cerró los ojos.
No contestes, pensó una parte de ella.
Contesta, dijo otra, la que sabía que esconder también era una forma de huida.
Aceptó la llamada.
—Alba.
—Marina.
La voz de Marina Cortés sonó fría, profesional y cansada.
—Tenemos que hablar de lo que está ocurriendo.
—Ahora no es buen momento.
—Precisamente por eso llamo. Hay preocupación en el club.
—Estoy siguiendo las indicaciones médicas.
—No hablamos solo de la rodilla.
Alba miró la plaza.
Las niñas.
Las pancartas.
Carmen.
El balcón del ayuntamiento.
—Ya.
—Alba, estás en mitad de un conflicto local con ramificaciones políticas, urbanísticas y mediáticas. Has vinculado tu imagen a una causa que puede volverse imprevisible. Y además hay exposición de tu vida privada.
—Mi vida privada no es un problema.
—No he dicho eso.
—Lo parece.
Marina suspiró.
—Sabes cómo funciona esto.
—Sí. Ese es el problema.
—El club te necesita concentrada en la recuperación. Hay patrocinadores pidiendo explicaciones. La selección está observando. Tú sabes que una lesión larga ya genera dudas.
Alba sintió el golpe.
La palabra dudas siempre encontraba sitio en una deportista lesionada.
Dudas sobre el cuerpo.
Dudas sobre el futuro.
Dudas sobre el valor.
—¿Qué queréis? —preguntó.
Marina no dudó.
—Que vuelvas a Madrid esta semana. Rehabilitación controlada por el club. Baja exposición. Ninguna declaración más sobre Santamar sin coordinación. Y distancia pública del conflicto hasta que se aclare.
Alba miró hacia la puerta cerrada del ayuntamiento.
Durante un segundo, vio dos caminos con una claridad insoportable.
Madrid.
Rehabilitación.
Control.
Contrato.
Silencio estratégico.
Santamar.
Campo.
Valeria.
Ruido.
Dolor.
Verdad.
No era tan simple como elegir amor o carrera. Las novelas malas mentían con eso. Alba quería su carrera. La había construido con años de cuerpo, disciplina, soledad, hambre competitiva y renuncias que nadie había visto. No quería tirarla por la borda para demostrar nada.
Pero tampoco quería volver a obedecer a quienes confundían prudencia con desaparecer.
—No puedo volver esta semana —dijo.
Marina guardó silencio.
—¿No puedes o no quieres?
Alba respiró hondo.
La plaza entera pareció desaparecer un segundo.
—No voy a volver esta semana.
—Alba.
—Haré la rehabilitación supervisada. Iré a Madrid cuando el equipo médico lo exija. Cumpliré mis obligaciones profesionales. Pero no voy a abandonar Santamar porque mi presencia incomode a patrocinadores que quieren vender fuerza femenina siempre que no moleste a nadie.
El silencio al otro lado fue muy largo.
—Te estás poniendo en una posición complicada.
—Sí.
—Puede tener consecuencias.
Alba cerró los ojos.
Ahí estaba.
La palabra que siempre usaban los adultos para educar el miedo.
Consecuencias.
—Lo sé.
—Necesito que lo pienses.
Alba abrió los ojos.
Valeria salió entonces por la puerta del ayuntamiento.
No sola.
Con Inés, Bruno, Raúl, Julián y las dos madres.
La plaza se movió.
Alba se puso de pie por instinto.
El dolor fue inmediato.
Carmen le puso una mano en el hombro y la obligó a sentarse otra vez.
Valeria buscó a Alba con la mirada.
La encontró.
—Ya lo he pensado —dijo Alba al teléfono.
Y colgó.
Valeria bajó las escaleras del ayuntamiento.
La plaza se quedó en silencio.
Mireia salió detrás, con el rostro tenso. El alcalde apareció a su lado. No sonreía.
Inés levantó una mano para pedir calma.
Pero fue Valeria quien habló.
Sin megáfono.
No hizo falta.
—Han votado suspender provisionalmente el convenio del campo.
La plaza reaccionó con un golpe de rabia.
Gritos.
Preguntas.
Lágrimas.
Lara se levantó de golpe.
—¡No!
Valeria levantó la mano.
—Pero.
El silencio tardó en volver.
Volvió.
Valeria respiró hondo.
—Inés ha presentado recurso inmediato y solicitud de medidas cautelares. Raúl ha entregado documentación sobre la intermediación de la empresa. Julián y otros comerciantes han solicitado personarse como afectados por el proyecto del paseo. Y, por la presión de las familias, la suspensión no será efectiva hasta que haya informe técnico independiente de seguridad.
La plaza no entendió todo de inmediato.
Bruno lo tradujo desde atrás, con voz clara:
—No pueden echarnos hoy. Hemos ganado tiempo.
La frase recorrió la plaza.
No era victoria.
No era derrota completa.
Era tiempo.
Y, a veces, el tiempo era lo único que necesitaba una resistencia para volverse fuerte.
Lara empezó a aplaudir.
Luego las niñas.
Luego las madres.
Luego toda la plaza.
Valeria no sonrió.
Tenía los ojos brillantes y la mandíbula apretada. Parecía agotada. Parecía de pie solo porque algo dentro de ella se negaba a caer delante de todos.
Alba quiso levantarse.
No lo hizo.
Esta vez esperó.
Valeria cruzó la plaza hacia ella.
La gente se apartó.
Móviles.
Miradas.
Murmullos.