Capítulo 11 — La votación
El cuerpo de Alba decidió rendirse antes que ella.
A las seis y veinte de la mañana, al intentar levantarse de la cama, la rodilla le respondió con un dolor seco, profundo, como si alguien hubiera cerrado una puerta por dentro y le hubiera dicho que hasta allí.
Alba se quedó sentada en el borde del colchón, respirando por la nariz, con las manos apretadas contra la sábana.
No gritó.
No lloró.
No llamó a nadie.
Eso habría sido inteligente.
En su lugar, esperó a que el dolor bajara lo suficiente como para fingir que no había pasado nada.
El problema era que ya no engañaba a tanta gente como antes.
La puerta se abrió tres minutos después.
Valeria entró sin pedir permiso.
Alba levantó la cabeza, sorprendida, con el pelo revuelto, la camiseta torcida y una expresión de culpabilidad tan evidente que ni siquiera tuvo tiempo de fabricarse una mentira decente.
Valeria la miró desde la puerta.
—No.
—Buenos días.
—He dicho no.
—Todavía no he hecho nada.
—Tienes cara de estar planeando hacer algo estúpido con una pierna que no colabora.
Alba intentó ponerse recta.
Error.
El dolor le subió hasta la cadera y tuvo que cerrar los ojos.
Valeria cruzó la habitación en dos pasos.
—Alba.
—Estoy bien.
—No.
—Estoy funcional.
—No.
—Estoy moderadamente rota.
—Eso sí.
Valeria se agachó frente a ella.
No la tocó de inmediato.
Primero le miró la cara. Luego la rodilla. Luego la forma en que Alba apretaba los dedos contra la sábana.
—¿Cuánto?
—Cinco.
Valeria no parpadeó.
—¿Cuánto de verdad?
Alba apartó la mirada.
—Ocho.
Valeria cerró los ojos un segundo.
—Joder.
—Se pasará.
—Claro. Como se pasan las cosas cuando las ignoras, ¿no? Por arte de masculinidad emocional.
—No soy un hombre.
—Pero a veces compites con lo peor de ellos.
Alba habría protestado si la frase no hubiera dado en el centro.
Valeria se levantó y abrió la mochila que llevaba al hombro. Sacó una botella de agua, el pastillero de Alba y el papel con la pauta médica.
—¿Medicamento?
—Ahora lo iba a tomar.
—Mentira.
—Mentira parcial.
—Me estás agotando antes de las siete.
Alba cogió el agua y la pastilla sin discutir.
Eso, a esas alturas, ya era una declaración de amor más clara que cualquier frase bonita.
Valeria la observó hasta que tragó.
—Tienes médico a las ocho y media.
—Hoy es la votación.
—Y tienes médico a las ocho y media.
—Valeria.
—No empieces.
Alba apoyó los codos en las rodillas y miró al suelo.
La habitación seguía pareciéndole una cápsula del tiempo ridícula. Medallas antiguas, fotos, libros de instituto, la bufanda del Barça, la chica que había sido mirándola desde cada objeto como si quisiera preguntarle qué demonios había hecho con tantos años.
—No puedo no ir.
Valeria no respondió enseguida.
Se sentó en la silla frente a ella.
Llevaba pantalón negro, camiseta azul oscuro y el pelo todavía húmedo. Tenía ojeras. El comunicado de la noche anterior había ardido en redes hasta la madrugada. El lema se había repetido más de lo que ninguna de las dos esperaba. Seremos muchas. No hicimos nada malo. Valeria Herrera. Alba Ríos. Campo viejo. Santamar.
Todo mezclado.
Todo vivo.
Todo peligroso.
—Escúchame bien —dijo Valeria—. Si vienes al ayuntamiento porque puedes venir, vienes. Si vienes para demostrarme que no vas a desaparecer aunque tu cuerpo te esté diciendo que pares, no vengas.
Alba levantó la vista.
—No es por demostrarte nada.
Valeria arqueó una ceja.
Alba respiró hondo.
—Vale. Una parte sí.
—Gracias.
—Pero no solo.
—Lo sé.
—Ese campo también importa.
—Lo sé.
—Mi padre está metido. El bar. Las niñas. Tú.
Valeria sostuvo su mirada.
—Yo voy a ir aunque tú estés en el médico.
—Ya lo sé.
—Y no voy a estar sola.
—También lo sé.
—Entonces la pregunta es otra.
Alba tragó saliva.
—¿Cuál?
—Si sabes formar parte de algo sin tener que poner tu cuerpo como prueba.
La frase la dejó quieta.
Valeria no la suavizó.
—Ayer dijiste que me quieres. Dijiste que no quieres quitarte de en medio. Bien. Pero si tu manera de quedarte es romperte más para que nadie dude de ti, eso no es amor. Es miedo con buena prensa.
Alba sintió ganas de discutir.
No pudo.
La verdad tiene esa mala educación: entra sin pedir permiso y encima deja todo mejor iluminado.
—Tengo miedo —dijo.
Valeria se quedó callada.
Alba miró sus manos.
—Tengo miedo de que, si no estoy allí, parezca que me aparto. Que tú pienses que, cuando se complica de verdad, vuelvo a elegir otra cosa. Tengo miedo de que mi club me llame y me diga que vuelva a Madrid y que una parte de mí quiera obedecer porque es lo fácil. Tengo miedo de no saber ser valiente si no estoy haciendo algo visible.
Valeria se levantó despacio.
Se acercó a ella.
Esta vez sí la tocó.
Le puso una mano en la mejilla, apenas, con una suavidad que no perdonaba nada pero tampoco castigaba.
—Esto sí es quedarte —dijo.
Alba cerró los ojos.
—¿Qué?
—Decirlo antes de huir.
Alba sintió que algo se le rompía por dentro de una forma limpia.
Valeria retiró la mano.
—Vas al médico. Inés y Bruno van al ayuntamiento. Mi hermano irá. Tu padre irá. Las madres irán. Lara probablemente intentará fundar una república, pero intentaremos contenerla.
Alba soltó una risa breve.
—Y si el médico dice que puedes moverte sin empeorar, vienes después. Si no, te quedas en el bar y ayudas desde allí. Pero no te voy a permitir convertir tu dolor en una pancarta.
Alba asintió despacio.
—Vale.
Valeria la miró con sospecha.
—¿Vale real?
—Vale real.
—Bien.
Hubo un silencio.
Más suave.
Valeria bajó la mirada a la boca de Alba.
No fue largo.
Pero Alba lo vio.
El beso del día anterior seguía allí, entre ellas, como una puerta entreabierta que ninguna sabía si cruzar otra vez o vigilar desde lejos.
—Me gustaría besarte —dijo Alba.
Valeria la miró.
—No tienes que pedirlo como si estuvieras en una aduana.
—Estoy intentando no dar nada por hecho.
Valeria pareció recibir la frase en algún sitio profundo.
Se inclinó.
El beso fue breve.
No de incendio.
No de promesa.
De cuidado.
Los labios de Valeria tocaron los suyos con una ternura tan contenida que Alba tuvo que cerrar los ojos para no pedir más. Valeria se separó primero y apoyó la frente contra la suya un segundo.
—Hoy no nos rompemos más de lo necesario —susurró.
Alba respiró contra su boca.
—Lo intentaré.
—No. Lo hacemos.
—Lo hacemos.
A las ocho y media, el médico confirmó lo que Valeria ya sabía.
Inflamación por exceso de actividad. Nada roto. Nada catastrófico. Pero reposo relativo, hielo, medicación, elevación de la pierna y prohibición tajante de caminar más de lo imprescindible durante al menos cuarenta y ocho horas.
Alba escuchó la palabra prohibición con la misma expresión que habría puesto ante una tarjeta roja injusta.
Valeria, sentada junto a ella en la consulta, cruzó los brazos.
—No hagas esa cara.
—No estoy haciendo nada.
—Estás pensando en negociar con un traumatólogo.
El médico, un hombre joven que parecía haber reconocido a Alba desde que entró pero había tenido la decencia de no convertirlo en tema, levantó la vista del informe.
—No es negociable.
Valeria sonrió.
—Gracias.
Alba la miró.
—Traición médica.
—Supervivencia deportiva.
El médico continuó:
—Puedes asistir a un acto puntual si vas sentada, con la pierna elevada cuando sea posible, sin estar de pie y sin caminar distancias largas. Pero mi recomendación es que descanses.
Alba se agarró a esa grieta.
—Entonces puedo ir al ayuntamiento.
Valeria cerró los ojos.
—Ha dicho recomendación.
—Ha dicho puedes.
—Ha dicho acto puntual.
—Una votación municipal es puntual.
El médico las miró a las dos, entendiendo tarde que acababa de entrar en una negociación que no le pagaban lo suficiente para arbitrar.
—Si va, que sea en coche hasta la puerta, silla dentro y vuelta en coche. Nada de estar de pie.
Valeria señaló a Alba.
—¿Lo has oído?
—Sí.
—Repite.
—Coche, silla, no estar de pie, vuelta en coche.
—Y si duele más, te vas.
—Y si duele más, me voy.
Valeria la miró con esa expresión de entrenadora que no aceptaba teatro.
—Lo prometo.
—No bonito.
—Lo prometo práctico.
—Me sirve.
Cuando llegaron al Ayuntamiento de Santamar, la plaza ya estaba llena.
No como una manifestación enorme.
Santamar no tenía escala para eso.
Pero sí como algo que el pueblo recordaría durante años y exageraría después en bares, sobremesas y conversaciones de banco. Madres con camisetas del club. Niñas con carteles. Comerciantes con hojas impresas. Vecinos curiosos. Periodistas locales. Dos cámaras de televisión autonómica. Varias jugadoras de equipos cercanos que habían venido al enterarse por redes. Y, en el centro de la plaza, Lara subida a un banco con una pancarta casi más grande que ella.
Seremos muchas.
Valeria se detuvo al bajar del coche.
No por miedo.
Por impacto.
Alba, desde el asiento, la vio quedarse quieta.
Durante un segundo, Valeria no fue la entrenadora que organizaba, ni la mujer que resistía, ni la hija que había enfrentado a su madre, ni la hermana traicionada, ni la persona convertida en titular sin permiso.
Fue alguien descubriendo que una semilla había prendido.
La plaza empezó a aplaudir cuando la vio.
Primero las niñas.
Luego las madres.
Después otros.
Valeria apretó la mandíbula.
Alba supo que estaba intentando no llorar.
Julián aparcó lo más cerca posible de la entrada.
—Yo bajo la silla —dijo.
—No necesito silla —respondió Alba por puro reflejo.
Valeria se giró lentamente.
Alba levantó las manos.
—Necesito silla.
—Qué rápido aprendes cuando hay amenaza visual.
Julián sacó una silla plegable del maletero, una de las que usaban en la terraza del bar. Carmen apareció entre la gente como si se hubiera materializado desde una red de madres coordinadas. Bruno estaba junto a Inés en la entrada del ayuntamiento, hablando con una periodista. Raúl repartía copias de documentos a varios vecinos, serio, concentrado, intentando quizá pagar con actos lo que ya no podía devolver con disculpas.
Alba bajó con cuidado.
La plaza reaccionó al verla.
Móviles.
Murmullos.
Algunos aplausos.