La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 10 — El vídeo que lo cambió todo #3
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Capítulo 10 — El vídeo que lo cambió todo #3

Ha pasado algo. Daniel acaba de cancelar la reunión conmigo. Dice que ya no hago falta. Esteban está moviendo cosas en el club. Y Mireia ha convocado reunión extraordinaria mañana a primera hora para aprobar el inicio del expediente del proyecto.

Alba sintió que la calma recién encontrada se rompía.

—Mañana.

—Sí.

—Quieren adelantarse antes de que presentemos nada.

Valeria se levantó.

—Tenemos que volver.

Alba también intentó levantarse y la rodilla le lanzó un dolor tan fuerte que tuvo que cerrar los ojos.

—Alba.

—Estoy bien.

—No.

Valeria se agachó frente a ella.

—Mírame.

Alba obedeció a medias.

—Te has pasado todo el día forzando.

—No es el momento.

—Precisamente porque no es el momento, no pienso dejar que te rompas más para demostrar que te quedas.

La frase la atravesó.

Valeria bajó la voz.

—Quedarte no significa destruirte.

Alba respiró mal.

No por el dolor.

No solo.

—No sé hacerlo de otra forma.

—Pues aprende conmigo o no lo hagas conmigo.

Alba la miró.

Ahí estaba.

La condición real.

No romántica.

No fácil.

Valeria no quería una heroína rota arrastrándose detrás de ella. No quería una culpa con muleta. No quería otra forma de abandono disfrazada de sacrificio.

Quería presencia.

Pero presencia viva.

—Vale —susurró Alba.

Valeria le sostuvo la mirada.

—¿Vale de verdad?

—Vale de verdad.

Valeria sacó el móvil y llamó.

—Julián. Estamos en la playa. Alba no puede subir andando. Ven a buscarnos.

Alba habría protestado el día anterior.

Esa noche no.

Valeria colgó y se sentó de nuevo a su lado.

—Gracias —dijo Alba.

—Por llamar a tu padre como si fueras una adulta con sentido común.

—Por no dejar que convierta esto en una lesión peor.

Valeria la miró.

—No quiero volver a verte caer por intentar no parecer frágil.

Alba sintió que la frase le tocaba la caída en el campo, la camilla, la vergüenza, el miedo a no volver, todo mezclado.

—Yo tampoco —dijo.

Valeria apoyó su mano sobre la de Alba.

Esta vez sí.

Sin esconderse.

El coche de Julián tardó cinco minutos.

Durante esos cinco minutos no se besaron.

No hacía falta.

Se quedaron sentadas junto al mar, con las manos juntas y un nuevo incendio esperándolas en el ayuntamiento.

Cuando llegaron al bar, Bruno, Inés, Carmen, Raúl y Julián se reunieron alrededor de la mesa del fondo. Valeria explicó lo de la reunión extraordinaria. Bruno maldijo en voz baja. Inés abrió documentos. Carmen trajo café. Julián se quedó de pie junto a la puerta, mirando a Alba y luego a Valeria como si por fin hubiera entendido que aquello no era una historia de adolescentes prolongada por nostalgia, sino una guerra pequeña por el derecho a no ser expulsadas de la vida que habían construido.

A medianoche, publicaron el comunicado.

No llevaba foto.

No llevaba corazones.

No llevaba frases de amor para alimentar el morbo.

Decía:

Hoy se ha difundido un vídeo grabado durante una reunión vecinal en el campo viejo de Santamar. No vamos a convertir nuestra vida privada en espectáculo ni permitiremos que se use para desviar la atención.

El asunto importante es claro: ochenta y tres niñas pueden quedarse sin su campo, varios negocios del paseo están amenazados por un proyecto opaco y se han recibido mensajes intimidatorios con fotografías privadas tomadas hace años sin consentimiento.

Nadie debería sentir vergüenza por haber querido, por haber sido quien es o por defender un lugar que pertenece a su comunidad.

No hicimos nada malo entonces.

No estamos haciendo nada malo ahora.

Mañana seguiremos defendiendo el campo, la escuela y el derecho de todas a ocupar nuestro sitio sin miedo.

Seremos muchas.

Alba lo leyó tres veces antes de publicarlo.

Valeria también.

—¿Lista? —preguntó Alba.

Valeria miró la pantalla.

Luego a ella.

—No.

Alba asintió.

—Yo tampoco.

Valeria respiró hondo.

—Publícalo.

Alba pulsó el botón.

Y en algún lugar invisible, la historia dejó de pertenecer solo a quienes habían intentado usarla.

El mensaje empezó a moverse.

Primero lento.

Luego rápido.

Más rápido.

Me gusta.

Compartidos.

Comentarios.

Medios.

Perfiles deportivos.

Cuentas LGTBI.

Madres del pueblo.

Jugadoras profesionales.

Antiguas alumnas.

No hicimos nada malo.

Seremos muchas.

La frase empezó a repetirse sin que nadie pudiera ya guardarla en una caja metálica, ni esconderla en un sobre, ni convertirla en amenaza.

Valeria miró el móvil.

Después lo dejó boca abajo sobre la mesa.

—Ahora dormiría tres días.

Alba sonrió con cansancio.

—Yo me conformo con poder doblar la pierna sin odiar la vida.

Valeria la miró.

—Mañana vas al médico.

—Mañana hay ayuntamiento.

—Mañana vas al médico y luego, si puedes, al ayuntamiento. En ese orden.

Alba abrió la boca.

Valeria levantó una ceja.

Alba la cerró.

Bruno murmuró:

—Estoy emocionado con este desarrollo.

—Cállate —dijeron las dos a la vez.

Carmen sonrió.

Julián también, apenas.

Por un momento, mínimo y extraño, el bar pareció respirar.

Entonces el móvil de Inés vibró.

La abogada leyó el mensaje y su rostro cambió.

—Acaban de filtrarme el orden del día de mañana.

Todos callaron.

Inés levantó la vista.

—No solo van a iniciar el expediente del proyecto.

Valeria se tensó.

—¿Qué más?

—Van a votar la suspensión provisional del convenio de uso del campo viejo por razones de seguridad.

El silencio cayó sobre la mesa.

Lara, las niñas, la pancarta, los entrenamientos, todo pareció quedarse al borde de una puerta cerrada.

Valeria apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces mañana no vamos a pedir que nos escuchen.

Alba la miró.

La voz de Valeria salió firme.

—Mañana vamos a impedir que nos borren.

Y esta vez, cuando dijo “vamos”, miró a Alba.

No como a una salvadora.

No como a una culpa.

Como a alguien que estaba allí.

Y Alba, con la rodilla dolorida, el corazón abierto y el miedo sentado a su lado, entendió que quedarse también podía ser eso:

presentarse al día siguiente.

Sin prometer victoria.

Sin esconder el temblor.

Pero con la mano extendida.

Y sin soltar.