Capítulo 10 — El vídeo que lo cambió todo #2
—La clave es no permitir que se plantee como escándalo sentimental. Hay un asunto de posible acoso, fotografías de menores, proyecto urbanístico opaco y uso no autorizado del nombre de Alba. La vida afectiva de dos adultas no es el asunto público.
Alba miró el móvil.
Ningún mensaje de Valeria.
—Necesito verla.
Bruno la miró.
—No ahora.
—No he dicho ahora.
—Lo has respirado.
Alba cerró los ojos.
—Os odio cuando me conocéis.
A las siete de la tarde, Valeria seguía sin escribir.
El vídeo ya tenía miles de reproducciones.
Para Alba no eran muchas, comparadas con lo que podían mover sus goles, sus entrevistas o sus campañas. Pero aquello no era un gol. No era un anuncio. No era una caída en una semifinal. Era una frase pronunciada en un campo viejo sobre una mujer que no había elegido ser tema de conversación nacional, ni siquiera pequeña.
Los comentarios se mezclaban de forma insoportable.
Qué bonito, viva el amor.
Alba Ríos saliendo del armario en directo.
¿Entrenadora trans? No sabía, qué fuerte.
Esto parece serie de Netflix.
El ayuntamiento debería dejar el campo a las niñas.
Otra famosa usando causa LGTB para lavar imagen.
La entrenadora es guapísima.
Qué morbo la historia.
Pobres niñas, siempre ideología.
Alba dejó de leer.
No por ella.
Por Valeria.
Por esa forma en que el apoyo y el morbo podían parecerse demasiado cuando venían de gente que necesitaba convertirlo todo en consumo.
A las ocho, el móvil vibró.
Valeria.
Alba lo cogió demasiado rápido.
El mensaje era breve.
Estoy en la playa.
Alba respondió:
Voy.
Luego se detuvo.
Borró.
Escribió:
¿Quieres que vaya?
La respuesta tardó un minuto.
Sí.
Alba cerró los ojos.
—Bruno.
Él levantó la vista desde la barra, donde discutía con Carmen sobre la diferencia entre comunicado y amenaza educada.
—¿Qué?
—Voy a la playa.
—¿Sola?
—Valeria está allí.
—Eso no responde a si vas sola. Responde a por qué quieres ir aunque tu rodilla esté amenazando con presentar una queja formal.
Julián apareció desde la cocina.
—Te llevo cerca.
Alba quiso decir que no.
Luego pensó en la rodilla.
En no hacer heroicidades inútiles.
En aprender tarde, pero aprender.
—Vale.
El coche la dejó junto a la rampa del puerto.
—¿Quieres que espere? —preguntó Julián.
Alba miró hacia la playa.
Valeria estaba al final, cerca de las barcas.
—No.
Su padre asintió.
—Llámame.
—Sí.
Bajar hasta la arena fue lento. Doloroso. Anticlimático. Alba pensó que nadie escribía suficientes escenas románticas sobre lo poco elegante que era intentar llegar a la mujer que querías con una rodilla operada y miedo a caer de lado.
Valeria estaba de pie, mirando el mar.
No se giró hasta que Alba llegó a su altura.
—Has tardado.
—Mi entrada dramática tiene limitaciones médicas.
Valeria casi sonrió.
Casi.
Luego volvió a mirar el agua.
Alba se quedó a su lado.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
Aprendiendo distancias como quien aprende un idioma.
—¿Las niñas? —preguntó Alba.
—Confusas. Algunas emocionadas porque creen que todo lo que sale en redes es importante. Otras asustadas. Lara ha dicho que si alguien me molesta, ella puede organizar un comité.
—Me preocupa mucho su futuro político.
—A mí también.
Silencio.
El mar estaba oscuro, más agitado que la noche anterior. Una línea de espuma subía y bajaba sobre la arena.
—Las madres me han apoyado —dijo Valeria—. Casi todas. Algunas con demasiada curiosidad, pero con buena intención. Una me dijo que su hija había preguntado si yo podía seguir entrenando aunque me gustara Alba Ríos.
Alba sintió una punzada.
—Dios.
—Le respondió que sí, que incluso era posible que entrenara mejor de mal humor amoroso.
Alba soltó una risa breve.
Valeria también.
La risa murió pronto.
—Me han escrito antiguas jugadoras —continuó Valeria—. Algunas diciendo que Esteban también las hizo sentir incómodas. Que las miraba. Que las humillaba. Que no tenían pruebas. Que pensaban que exageraban.
Alba la miró.
Valeria tragó saliva.
—Esto ya no va solo de nosotras.
—No.
—Ni solo del campo.
—No.
—Y eso me da más miedo.
Alba sintió la tentación de decir “todo irá bien”.
La contuvo.
—A mí también.
Valeria giró la cabeza.
La miró como si aquella respuesta le importara.
—Gracias.
—Por tener miedo.
—Por decirlo.
Alba respiró hondo.
—El club de Madrid ha llamado.
Valeria bajó la mirada un segundo.
—Claro.
—Quieren que me mantenga al margen.
—Tiene sentido.
—No para mí.
—Alba.
—No me voy a apartar.
—No lo digas como reacción.
—No es reacción.
—Lo parece.
Alba aceptó el golpe.
Miró el mar.
—Tengo contrato. Patrocinios. Una recuperación que no sé cómo va a salir. Gente pendiente de si vuelvo a ser útil o no. Entiendo que esto puede complicarlo todo. Lo entiendo de verdad.
Valeria escuchó.
—Pero si para proteger mi carrera tengo que fingir que no vi lo que vi, que no sé lo que sé, que no me importa el campo, que no me importas tú, entonces quizá lo que estaría protegiendo no merece tanto silencio.
Valeria cerró los ojos.
—Dices cosas que suenan a sacrificio.
—No quiero sacrificarme. Quiero decidir.
—¿Y decides esto?
Alba la miró.
—Decido no quitarme de en medio porque a otros les venga bien que desaparezca.
Valeria respiró hondo.
—Eso no es lo mismo que elegirnos.
La frase le dolió.
Porque era cierta.
—No —dijo Alba—. No es lo mismo.
Valeria asintió.
—Bien.
—Pero puede ser el sitio desde donde empiece a hacerlo bien.
Valeria se quedó callada.
Alba dio un paso pequeño.
La arena crujió bajo la muleta.
—Lo que dije en el campo no debía salir así. No delante de todo el mundo. No sin preguntarte. Lo siento.
Valeria la miró.
Esta vez no la frenó.
—Pero no retiro que te quiero. Retiro haberte puesto en una frase pública sin darte tiempo a decidir. Eso sí. Eso estuvo mal. Pero quererte no.
La respiración de Valeria cambió.
Alba continuó antes de perder valor:
—No sé si es el mismo amor de antes o uno nuevo usando las ruinas del anterior. No sé si esto tiene futuro, si tú podrás confiar en mí o si yo sabré estar sin estropearlo. Pero sé que te quiero. Y sé que no quiero volver a decirlo solo cuando no pueda oírlo nadie.
Valeria miró hacia el mar.
Durante un rato no respondió.
Alba sintió cada segundo como una sentencia suspendida.
—Yo no sé si te quiero ahora —dijo Valeria al fin.
Alba aceptó el golpe.
—Vale.
—No pongas esa cara. No he terminado.
Alba tragó saliva.
Valeria la miró.
—Sé que te quise. Mucho. De una forma que me hizo fuerte y torpe y feliz y cobarde. Sé que una parte de mí no dejó de buscarte en lugares absurdos. En partidos de televisión. En camisetas de niñas. En bares llenos cuando marcabas. Sé que ayer, cuando te besé, no besé solo un recuerdo.
Alba sintió que el corazón le golpeaba tan fuerte que casi dolía.
Valeria siguió:
—Pero necesito tiempo para saber qué es esto sin que el miedo, la nostalgia o el ruido decidan por mí.
—Tienes todo el tiempo.
Valeria sonrió con tristeza.
—No prometas eso. Nadie tiene todo el tiempo.
—Tienes el que yo pueda darte sin empujarte.
—Eso sí.
—Eso sí te lo prometo.
Valeria la miró.
Luego bajó la vista a la mano de Alba.
No la tomó.
Pero tampoco se alejó.
—Hoy he pensado mucho en la foto —dijo—. La de las gradas.
—Yo también.
—Me daba rabia que alguien la tuviera. Que nos vigilara. Que la guardara como una amenaza. Pero luego pensé en otra cosa.
—¿En qué?
Valeria se metió una mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la copia antigua, la original de la caja de Teresa.
La sostuvo entre ambas.
Bajo la luz tenue del paseo, las dos chicas de la imagen parecían hechas de otro mundo.
—Pensé que, aunque la hiciera alguien con mala intención, lo que aparece ahí no es suyo —dijo Valeria—. Es nuestro.
Alba miró la foto.
El meñique.
La distancia mínima.
La ternura aterrada.
—Sí.
—Y no quiero que esa sea la imagen de algo que nos avergüenza.
—No lo es.
Valeria la miró.
—Entonces si tenemos que responder, respondemos desde ahí.
Alba no entendió al principio.
—¿Desde la foto?
—Desde lo que significa. No contando detalles. No dando espectáculo. Pero tampoco dejando que otros expliquen que aquello era un secreto sucio.
Alba sintió que algo cambiaba.
—¿Quieres hacer un comunicado?
Valeria hizo una mueca.
—Odio que esa sea la palabra.
—Bruno llorará de orgullo.
—Bruno no participa en la primera frase.
—Eso le dolerá.
—Sobrevivirá.
Alba sonrió.
—¿Qué quieres decir?
Valeria guardó la foto.
—Que el asunto público es el campo, las niñas, el proyecto y las amenazas. Nuestra vida no está a debate. Pero si alguien intenta convertir una historia entre dos adolescentes en vergüenza, la respuesta es sencilla: no hicimos nada malo.
Alba sintió que la frase era perfecta.
No por comercial.
No por estratégica.
Por verdadera.
—No hicimos nada malo —repitió.
Valeria asintió.
—Y no estamos haciendo nada malo ahora.
Alba no pudo evitar mirar su boca.
Valeria lo notó.
—No uses esa frase como excusa para besarme.
—No iba a hacerlo.
—Mentira.
—Estaba valorando posibilidades éticas.
Valeria casi sonrió.
—Tu ética va tarde.
—Pero llega.
El silencio que siguió fue distinto.
Más cálido.
No seguro.
Pero menos roto.
Valeria se sentó sobre una barca baja, vieja, pintada de azul. Alba se sentó a su lado con más dificultad y menos dignidad. Esta vez Valeria sí le sostuvo el brazo un segundo, solo lo necesario.
Alba notó el contacto como una segunda conversación.
—¿Qué pasa si publicamos algo y el vídeo crece más? —preguntó.
—Crecerá igual.
—Sí.
—Entonces al menos que crezca hacia donde queremos.
Valeria miró el agua.
—Mañana, antes del entrenamiento, quiero reunir a las niñas y explicarles lo que puedan entender. Que nadie debe usar fotos de otras personas sin permiso. Que nadie tiene derecho a burlarse de quién eres o de a quién quieres. Que defender un campo también es defender cómo nos tratamos.
Alba la escuchó con una admiración que ya no sabía esconder.
—Vas a cambiarles la vida a esas niñas.
Valeria bajó la mirada.
—Ojalá solo les enseñe a no tardar tanto como nosotras.
Alba no supo qué decir.
Entonces el móvil de Valeria vibró.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
Valeria le enseñó el mensaje.
Era de Raúl.