La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 10 — El vídeo que lo cambió todo
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Capítulo 10 — El vídeo que lo cambió todo

El beso no llegó a las redes.

Eso, durante diez minutos, pareció un milagro.

Alba y Valeria se separaron del campo viejo antes de que las familias terminaran de recoger pancartas, botellas de agua y conversaciones pendientes. Valeria fue la primera en levantarse. No lo hizo con brusquedad, pero sí con esa rapidez de quien descubre que, si permanece un segundo más en el mismo sitio, el cuerpo podría empezar a decidir por su cuenta.

Alba no dijo nada.

Tenía la boca todavía caliente, la mano llena de ausencia y la rodilla lanzándole mensajes de odio desde un lugar muy concreto del cuerpo.

Valeria guardó la pancarta de Lara contra la valla.

Seremos muchas.

La dobló con cuidado, como si fuera una bandera de guerra o una servilleta de cumpleaños. Alba la observó desde la grada, sin atreverse a convertir aquello en una frase bonita.

Habían besado.

Eso era todo.

Eso era demasiado.

Valeria se giró.

—Tengo que llevar unas cosas al almacén.

—Puedo ayudar.

Valeria miró su rodilla.

—Puedes existir sentada mientras yo llevo cosas al almacén.

—Estoy desarrollando un papel muy pasivo en esta revolución.

—Te sienta bien.

—Duele.

—También eso te sienta bien.

Alba casi sonrió.

Valeria no.

O no del todo.

Había algo en su cara que no estaba antes del beso. No arrepentimiento. Alba habría sabido reconocerlo aunque le destrozara. Era más bien alerta. Como si Valeria hubiera abierto una puerta que llevaba años cerrada y ahora estuviera escuchando todos los sonidos de la casa antes de decidir si entrar.

Alba lo entendió.

O intentó entenderlo.

No dijo: ¿estás bien?

No dijo: ¿te arrepientes?

No dijo: ¿qué somos?

Por una vez, decidió no correr detrás de una respuesta solo porque el silencio le daba miedo.

Valeria llevó los conos al almacén. Luego una bolsa de petos. Luego el megáfono. Alba se quedó en la grada, mirando el campo ya casi vacío. Lara se despedía de varias niñas con la autoridad de una presidenta provisional. Carmen hablaba con dos madres. Julián y Raúl estaban juntos junto a la portería, en una conversación tensa que no parecía pelea todavía, pero podía serlo con media frase mal puesta.

Bruno se acercó a Alba con el móvil en la mano.

—Tenemos un problema pequeño o grande. Todavía estoy decidiendo.

Alba cerró los ojos.

—Dime que no es una foto.

—No es una foto.

—Gracias a Dios.

—Es un vídeo.

Alba abrió los ojos.

—Bruno.

Él le enseñó la pantalla.

La grabación era del momento en que Esteban se había enfrentado a Valeria. Se veía a la multitud, a Mireia, a Daniel, a Esteban sonriendo con ese desprecio que en cámara quedaba aún peor. Se oía la frase de Esteban:

—La estrella lesionada también quiere hacerse la heroína.

Y luego la voz de Alba, clara, firme, demasiado imposible de borrar:

—No. Solo estoy aprendiendo a no quitarme de en medio cuando alguien amenaza a quien quiero.

El vídeo cortaba justo después.

No aparecía la respuesta de Valeria.

No aparecía el contexto completo.

Solo Alba diciendo aquello.

A quien quiero.

El texto sobreimpreso decía:

Alba Ríos confirma su relación con la entrenadora trans de Santamar en plena guerra por el campo femenino.

Alba sintió que el estómago se le hundía.

—¿Quién lo ha subido?

—Una cuenta local de cotilleos. Pero ya lo han compartido varias cuentas de fútbol femenino, dos perfiles LGTBI y un medio deportivo pequeño.

—¿Cuánto lleva?

—Dieciocho minutos.

—¿Dieciocho?

—No quería interrumpir tu momento de epifanía emocional en la grada.

Alba lo miró.

Bruno no sonrió.

Eso significaba que la situación era peor de lo que su frase sugería.

—¿Valeria lo ha visto?

—No lo sé.

Alba buscó a Valeria con la mirada.

Seguía en el almacén.

No. Salía ya. Llevaba la mochila al hombro y una botella de agua en la mano. Su rostro cambió antes incluso de acercarse. Quizá fue la postura de Bruno. Quizá la cara de Alba. Quizá el modo en que el mundo siempre avisaba un segundo antes de romper algo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Bruno le mostró el vídeo.

Valeria lo vio entero sin pestañear.

Una vez.

Luego otra.

Alba sintió que le faltaba aire.

—Lo siento —dijo.

Valeria no la miró.

—No lo has subido tú.

—Pero lo dije yo.

—Sí.

La palabra cayó seca.

No cruel.

Pero seca.

Bruno guardó el móvil.

—Puedo intentar frenarlo en algunos perfiles, pero no va a desaparecer. La pregunta es si respondemos ahora o dejamos que respire.

Valeria soltó una risa amarga.

—Qué bonito. El vídeo respira. Nosotras nos ahogamos.

Alba se puso de pie con torpeza.

—Valeria.

Ella levantó la mano.

No.

Otra vez.

Pero esta vez no fue un gesto de estrategia. Fue defensa.

Alba se detuvo.

Valeria miró a Bruno.

—¿Han mencionado mi nombre anterior?

—No en los que he visto.

—Todavía.

—Todavía —admitió él.

—¿Comentarios?

Bruno dudó.

Valeria lo vio.

—Dímelo.

—Mezcla. Mucho apoyo. Mucho. Pero también morbo, preguntas, gente hablando de si Alba ha salido del armario, gente preguntando desde cuándo, algunos comentarios sobre ti. Estoy bloqueando, recopilando y reportando los peores.

Valeria respiró hondo.

La botella de agua crujió bajo sus dedos.

—No quiero que mi vida se convierta en una extensión de su marca.

Alba recibió la frase como un golpe.

—No es eso.

—No he dicho que tú quieras hacerlo.

—Pero…

—No puedo hablar contigo ahora.

La frase no fue gritada.

Por eso dolió más.

Alba cerró la boca.

Valeria miró hacia las niñas, hacia las madres, hacia el campo, hacia todo lo que durante unas horas había tenido una dirección clara y ahora empezaba a torcerse hacia ellas.

—Tengo que hablar con las familias antes de que lo vean por terceros.

—Puedo…

—No.

Alba asintió.

Una vez.

Despacio.

—Vale.

Valeria la miró entonces.

Había dolor en sus ojos.

Pero también algo parecido a gratitud por no discutir.

—Luego —dijo.

Esa palabra otra vez.

Luego.

Alba se aferró a ella como a una cuerda fina.

—Luego.

Valeria se alejó.

No huyó.

Pero tampoco se quedó.

Bruno guardó el móvil en el bolsillo.

—No la sigas.

—Lo sé.

—Lo digo porque tienes una pierna inútil y una tendencia épica.

—He dicho que lo sé.

Bruno asintió.

Durante unos segundos, los dos miraron a Valeria reunir a varias madres junto a la valla. Lara estaba allí también, escuchando con los ojos muy abiertos. Valeria se agachó para hablarle a su altura. Alba no oyó lo que decía, pero vio a la niña asentir con seriedad.

—La he fastidiado —dijo Alba.

Bruno no respondió de inmediato.

—Has abierto algo.

—Eso no suena mejor.

—No siempre es peor.

—Para Valeria sí.

—No lo sé.

Alba lo miró.

—¿No lo sabes?

—No. Y tú tampoco. Por eso ahora mismo tu trabajo es no decidir por ella qué siente.

Alba se pasó una mano por la cara.

Estaba agotada.

La rodilla le dolía.

El beso seguía en su cuerpo como una luz encendida en una habitación donde alguien acababa de tirar una piedra por la ventana.

—Necesito sentarme.

—Ya estabas sentada.

—Pues necesito sentarme de forma más derrotada.

Bruno la ayudó a bajar de la grada. Alba no protestó. Aquello ya decía bastante sobre el estado de su cuerpo y de su orgullo.

La llevaron al Bar Ríos en coche.

Julián condujo.

Carmen iba detrás, hablando por teléfono con una vecina que había visto el vídeo antes que ella. Bruno se sentó delante con el portátil sobre las rodillas. Alba, detrás, miraba por la ventana mientras Santamar pasaba lento al otro lado: fachadas blancas, terrazas, el puerto, la calle donde Valeria había desaparecido para hablar con madres y niñas antes de hablar con ella.

Su padre no dijo nada hasta aparcar.

—Lo que dijiste en el campo…

Alba cerró los ojos.

—Papá, no.

—No iba a criticarlo.

Ella abrió los ojos.

Julián miraba el volante.

—Iba a decir que ojalá alguien lo hubiera dicho así entonces.

Alba sintió que la frase la desarmaba en un sitio que ya no tenía fuerzas para proteger.

—Yo también.

Julián asintió.

No añadió nada.

Bien.

A veces una sola frase era todo lo que un hombre como su padre podía entregar sin romperse las manos.

En el bar, el vídeo ya estaba en todas partes.

No literalmente, pero así se sentía. Carmen entró primero y silenció la televisión antes de que alguien pudiera poner un canal deportivo. Dos clientes bajaron la voz al ver a Alba. Una mujer se acercó con intención de decir algo, pero Carmen la interceptó con una bandeja y una mirada.

—Hoy no.

La mujer se fue a su mesa.

Alba se sentó en la mesa del fondo, la menos visible desde la calle. Bruno abrió el portátil. Inés llegó veinte minutos después con cara de quien había aparcado mal y no pensaba disculparse por ello.

—Ya he visto el vídeo —dijo.

—Todos han visto el vídeo —respondió Alba.

—Eso no es cierto. Pero a veces internet se parece a una plaza de pueblo con peor memoria legal.

Bruno asintió.

—Necesitamos decidir respuesta.

Inés miró a Alba.

—Legalmente, el vídeo está grabado en un acto público con muchas personas. Difícil retirarlo solo por eso. El texto que lo acompaña sí puede ser problemático si afirma cosas privadas sin confirmación o si deriva en acoso, pero atacar cada publicación puede amplificar.

Alba apretó las manos.

—No quiero responder sin Valeria.

—Correcto —dijo Inés.

Bruno la miró con aprobación.

—Vas aprendiendo.

Alba no tenía energía para contestarle.

—Pero si esperamos demasiado —continuó él—, otros ocuparán el espacio. Hay medios preguntando. El club ha llamado. Tu equipo de Madrid también.

Alba levantó la cabeza.

—¿El club?

—Quieren saber si esto afecta a tu recuperación, tu imagen, patrocinios y concentración.

—Me he roto la rodilla, no el derecho a tener vida.

—Ya. Aun así, han llamado.

Alba sintió una rabia distinta.

Madrid entrando en Santamar.

La marca entrando en el beso.

El contrato entrando en la herida.

—¿Qué les has dicho?

—Que estás siguiendo el plan médico, que no harás declaraciones precipitadas y que cualquier comentario sobre tu vida privada será rechazado.

—Bien.

—También han sugerido que te mantengas al margen del conflicto local.

Alba rio sin humor.

—Qué oportunos.

—Les he dicho que lo estudiaremos.

—Bruno.

—Alba, soy representante. A veces digo frases falsas para ganar tiempo.

Inés intervino: