Capítulo 9 — El campo ya no era suyo #3
—Bien. Porque no me avergüenza que me quieras. Me asusta que lo digas ahora que todo está ardiendo.
Alba sintió cada palabra.
Valeria continuó:
—Me asusta no saber si lo dices porque me quieres, porque me recuerdas, porque te sientes culpable, porque estás lesionada y tu vida en Madrid se ha detenido, porque este pueblo nos ha encerrado otra vez en la misma historia o porque realmente has entendido algo que antes no podías sostener.
Alba no respondió rápido.
No podía.
La pregunta era demasiado honesta para una defensa.
—No sé separarlo todo —dijo al fin.
Valeria giró la cabeza.
—Gracias por no mentir.
—Pero sé una cosa.
—¿Cuál?
Alba miró la pancarta.
Luego a Valeria.
—Cuando Esteban se acercó a ti, no pensé en la chica de diecisiete años. Pensé en ti. En la mujer que estabas siendo delante de todos. En la entrenadora que había llenado un campo. En la persona a la que intentaban reducir a una amenaza vieja. Y no soporté que alguien creyera que podía hacerte pequeña otra vez.
Valeria la miró sin parpadear.
Alba siguió:
—Eso no responde a todo. No sé cuánto hay de pasado, de culpa, de deseo, de presente o de miedo. Pero sé que no quiero estar en un mundo donde tú vuelvas a mirar alrededor y no me encuentres.
Valeria bajó la vista.
Durante unos segundos, Alba solo escuchó el mar.
—Eso también lo dices bien —murmuró Valeria.
—No sé si es bueno o malo.
—Yo tampoco.
Otra pausa.
Valeria apoyó las manos sobre la grada.
Sus dedos quedaron cerca de los de Alba.
No se tocaron.
—Yo también pensé en ti ayer —dijo Valeria—. Después de lo de mi madre. Después del portal. Pensé que odiaba necesitar tu abrazo. Y luego pensé que quizá no lo necesitaba. Que lo quería. Y eso me dio más miedo todavía.
Alba sintió que algo se le abría en el pecho.
—Valeria.
—No me mires así.
—No sé cómo te estoy mirando.
—Como si estuviera a punto de darte algo que llevas años esperando.
Alba bajó la mirada.
—Perdón.
Valeria no se apartó.
—Lo peor es que quizá es verdad.
El aire cambió.
Alba levantó la vista.
Valeria estaba muy cerca.
No tanto como en la playa.
Más, de alguna manera.
Porque esta vez no había noche escondiéndolas. No había crisis inmediata. No había abrazo de consuelo. Solo ellas dos en una grada, con el campo vacío delante y todo lo dicho todavía caliente.
—No quiero hacerte daño —dijo Alba.
Valeria sonrió con tristeza.
—Esa frase nunca ha detenido a nadie.
—Entonces ¿qué lo detiene?
Valeria miró la boca de Alba.
Un segundo.
Dos.
—La verdad —dijo.
Alba apenas respiró.
—¿Cuál?
Valeria levantó la mano.
No tocó su cara.
Se quedó a medio camino, como si su cuerpo estuviera negociando con once años de memoria.
—Que si te beso ahora, no voy a poder fingir que solo estamos resolviendo el pasado.
Alba sintió que el corazón le golpeaba en la garganta.
—Yo no quiero fingir eso.
Valeria cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, había miedo.
Y deseo.
Y una decisión a punto de romperse.
—No te muevas —susurró.
Alba obedeció.
Valeria se inclinó hacia ella.
El beso no fue rápido.
Tampoco seguro.
Fue un roce primero, apenas labios tocando labios, una pregunta antigua formulada con un idioma nuevo. Alba sintió el calor de Valeria antes que el contacto completo. Sintió su respiración. La pausa mínima en la que cualquiera de las dos podía apartarse.
Ninguna lo hizo.
Valeria la besó otra vez.
Esta vez más.
Alba cerró los ojos.
El mundo, que llevaba días haciendo ruido, se apagó por fin.
No hubo música.
No hubo fuegos.
No hubo reparación mágica.
Solo la boca de Valeria, cálida y real, y una emoción tan intensa que Alba tuvo que agarrarse a la grada para no hacer lo de siempre: convertir el vértigo en prisa.
Valeria se separó primero.
No mucho.
Su frente quedó cerca de la de Alba.
Ambas respiraban mal.
Alba no abrió los ojos enseguida.
Tenía miedo de que, al hacerlo, Valeria ya hubiera vuelto a ponerse lejos.
Pero Valeria seguía allí.
—Esto no arregla nada —dijo Valeria.
Su voz temblaba apenas.
Alba abrió los ojos.
—Lo sé.
—No significa que confíe en ti del todo.
—Lo sé.
—No significa que no tenga miedo.
—Yo también tengo.
Valeria la miró.
—Dímelo entonces.
Alba tragó saliva.
—Tengo miedo de volver a perderte y merecerlo.
Valeria cerró los ojos.
La frase les dolió a las dos.
—Yo tengo miedo de creerte —susurró.
Alba no la tocó hasta que Valeria apoyó su mano sobre la suya.
Entonces sí.
Entrelazó los dedos despacio.
No como en la foto.
No con el miedo adolescente de medio centímetro de piel.
Esta vez la mano de Valeria encajó en la suya a plena luz, sobre la grada del campo viejo, mientras el mar sonaba al fondo y la pancarta de Lara seguía recordándoles que algunas batallas solo se ganaban cuando dejaban de ser secretas.
Alba miró sus manos juntas.
Valeria también.
—Si alguien fotografía esto —dijo Alba—, al menos que salga bien enfocada.
Valeria soltó una risa rota.
Luego la miró con una ternura que Alba casi no pudo soportar.
—Eres idiota.
—Mucho.
Valeria volvió a besarla.
Más breve.
Más seguro.
Y esa vez, cuando se separaron, Alba no pensó en huir, ni en titulares, ni en su padre, ni en Madrid, ni en el miedo.
Pensó en quedarse.
No como promesa grande.
Como siguiente gesto.
Una mano.
Un beso.
Un campo.
Una tarde.
Una mujer que la miraba como si todavía no supiera si confiar en ella, pero estuviera, al menos, dispuesta a comprobarlo.
Y para Alba, que había pasado media vida corriendo, eso ya parecía una forma inmensa de empezar.