La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 9 — El campo ya no era suyo #2
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Capítulo 9 — El campo ya no era suyo #2

Pero era algo que durante años le habían negado: el derecho a no tener que demostrar su dolor veinte veces para ser escuchada una.

Esteban perdió color.

—Esto es una caza de brujas.

Carmen habló desde la banda:

—No. Es una reunión de vecinas. Lo que pasa es que ya no mandas tú.

El aplauso fue inmediato.

Julián miró a Carmen.

Carmen no lo miró a él.

Tenía los ojos fijos en Valeria.

Mireia intentó recomponerse.

—Creo que debemos detener esto. El ayuntamiento no puede formar parte de acusaciones personales sin respaldo.

Inés levantó una carpeta.

—No se preocupe. A partir de ahora lo pondremos todo por escrito.

Bruno añadió:

—Y, por supuesto, cualquier relación de Esteban Mas con el proyecto, la empresa o la intermediación del club deberá constar en los expedientes. Si no consta, será interesante saber por qué está aquí hoy.

Daniel sonrió con dificultad.

—El señor Mas solo nos acompaña como conocedor del deporte local.

Valeria no apartó la mirada de Esteban.

—El señor Mas conoce demasiado de lo que nunca debería haber mirado.

Esteban dio un paso hacia ella.

Alba se movió sin pensarlo.

La rodilla le lanzó un dolor seco, pero avanzó igualmente y se colocó al lado de Valeria.

No delante.

Al lado.

Esteban la miró.

—La estrella lesionada también quiere hacerse la heroína.

Alba sostuvo su mirada.

—No. Solo estoy aprendiendo a no quitarme de en medio cuando alguien amenaza a quien quiero.

La frase salió.

Entera.

Sin planificación.

Sin permiso de Bruno.

Sin estrategia.

El campo se quedó en silencio.

Valeria giró la cabeza lentamente hacia Alba.

Alba sintió entonces el peso de lo que acababa de decir.

A quien quiero.

No había dicho “a mi amiga”.

No había dicho “a la entrenadora”.

No había dicho “a Valeria”.

Había dicho lo que era.

Demasiado pronto.

Demasiado tarde.

En público.

Junto al campo viejo.

Frente a Esteban, Mireia, Daniel, su padre, su madre, las niñas, las vecinas y todo el maldito Santamar.

Durante un segundo, pensó que había cometido un error.

No por vergüenza.

Por Valeria.

Porque había hablado de algo que también era suyo sin pedirle permiso.

Pero Valeria no se apartó.

Sus ojos estaban llenos de sorpresa.

Y de algo más.

No enfado.

No del todo.

Esteban sonrió, aprovechando la grieta.

—Ahí está. Al final sí era todo por eso.

Valeria volvió hacia él.

La sorpresa desapareció.

—No.

Su voz salió clara.

—El campo no está en peligro porque Alba me quiera. Está en peligro porque gente como tú cree que puede mirar, usar, vender y borrar lo que no le pertenece. Y eso se acaba hoy.

Alba sintió que la frase le atravesaba el cuerpo.

Valeria no había negado.

No había confirmado.

Había colocado el centro donde debía.

Con una precisión hermosa.

Esteban miró a Mireia.

—Yo me voy.

Inés habló:

—Nadie puede impedirle marcharse. Pero se le requerirá formalmente. Y le recomiendo no borrar archivos, dispositivos ni comunicaciones relacionados con fotografías, club o proyecto.

—Que te den —dijo Esteban.

—Eso no mejora su posición —respondió Inés.

Esteban salió del campo entre murmullos.

Esta vez nadie se apartó mucho para dejarle paso.

Tuvo que cruzar entre las familias, las niñas, los vecinos. Algunos lo miraron con desprecio. Otros con una incomodidad que probablemente era memoria despertando. Porque en los pueblos, cuando alguien cae del pedestal, rara vez cae solo; arrastra todas las veces que los demás fingieron no ver.

Mireia y Daniel se quedaron.

Eso fue peor para ellos.

Bruno se acercó a Daniel con una sonrisa impecable.

—Creo que ustedes y yo tendremos una conversación muy interesante con abogados delante.

Daniel respondió algo que Alba no escuchó.

Porque Valeria seguía a su lado.

Y Alba solo podía pensar en la frase.

A quien quiero.

La gente empezó a moverse, a hablar, a rodear a Valeria. Madres que preguntaban si estaba bien. Niñas que no entendían todo pero sí lo suficiente para estar nerviosas. Raúl acercándose con cuidado. Julián quieto, destruido por una verdad que acababa de revelar otra de sus omisiones.

Valeria respondió lo justo.

Sí.

Estoy bien.

Luego hablamos.

Gracias.

No, Lara, no vamos a perseguirlo.

Alba se quedó donde estaba.

No sabía si debía acercarse más o apartarse.

Valeria la miró al fin.

—Tú y yo tenemos que hablar.

Alba tragó saliva.

—Sí.

—Ahora no.

—Vale.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La de persona que acaba de decir algo enorme delante de cien personas y ahora espera sentencia.

—Es bastante exacta.

Valeria la observó.

Había tensión en su rostro, pero también algo que Alba no supo leer sin peligro.

—No estoy enfadada.

Alba dejó salir aire.

—Vale.

—Pero tampoco voy a resolverlo en medio del campo con Lara grabando desde detrás de una papelera.

Lara gritó desde lejos:

—¡No estoy grabando!

Valeria cerró los ojos.

—¡Entonces sal de detrás de la papelera!

—¡Vale!

Alba soltó una risa nerviosa.

Valeria también sonrió apenas.

Pero enseguida se puso seria.

—Luego —dijo.

Alba asintió.

—Luego.

La reunión se deshizo lentamente, pero no como una derrota.

Como una marea que se retira después de haber dejado la arena cambiada.

Inés coordinó la recogida de datos de familias y negocios. Bruno tomó notas, revisó vídeos y pidió a varias personas que no publicaran ciertos fragmentos sin consultar. Raúl habló con tres padres del club. Carmen organizó agua y vasos como si una revolución vecinal necesitara hidratación maternal. Julián permaneció cerca de Valeria, sin acercarse demasiado, esperando quizá una oportunidad que no sabía si merecía.

Alba se sentó en la grada baja, agotada.

La rodilla le dolía muchísimo.

Esta vez no podía fingir.

Cerró los ojos un momento.

Solo un momento.

—Te has pasado.

La voz de Bruno apareció a su lado.

Alba abrió los ojos.

—¿Con lo de Esteban?

—Con la rodilla.

—Ah.

—Lo otro ha sido un terremoto emocional y comunicativo, pero bastante útil.

Alba lo miró.

—¿Útil?

—Humano. Auténtico. Peligroso. Potente. Necesitaré tres cafés para decidir si me has arruinado o regalado la estrategia.

—No era estrategia.

—Por eso quizá funcione.

Alba bajó la mirada al campo.

Valeria hablaba con Inés cerca de la portería.

—He hablado por ella.

Bruno siguió su mirada.

—No exactamente.

—Dije que la quiero.

—Dijiste que no ibas a apartarte cuando amenazaran a quien quieres.

—No me hagas análisis gramatical para salvarme.

—No te salvo. Matizo. Hay diferencia.

Alba apoyó los codos en las rodillas.

—Tenía derecho a elegir si eso se decía.

—Sí.

—Y yo se lo quité.

Bruno se quedó callado.

Alba lo miró.

—¿No vas a discutirme?

—No. Tienes razón en parte.

—Qué asco.

—Pero también hay otra parte.

—¿Cuál?

—La has dicho en público, sí. Pero no como confesión romántica de posesión. Lo dijiste para no dejarla sola ante un tipo que estaba intentando reducirla a un rumor. Eso importa. No lo arregla todo. Pero importa.

Alba no respondió.

Bruno suspiró.

—Habla con ella. No lo conviertas en catástrofe antes de que Valeria decida qué es.

—Eso es muy razonable.

—Me pasa cuando duermo poco.

Antes de que Alba pudiera responder, Julián se acercó.

Tenía la cara gris.

Más viejo que por la mañana.

—¿Puedes caminar? —preguntó.

—No mucho.

—Te llevo al bar.

—No quiero irme todavía.

Julián miró hacia Valeria.

—Ya.

Se sentó un poco más abajo, en la misma grada.

Durante unos segundos no hablaron.

Alba sentía el calor del sol en la nuca, el dolor en la pierna y la presencia de su padre como un mueble antiguo que por fin alguien había movido de sitio y no sabía si encajaba mejor o peor.

—No sabía lo de las fotos —dijo Julián.

Alba miró el campo.

—Pero hablaste con Esteban.

—Sí.

—Y no me lo dijiste.

—No.

—¿Por qué?

Julián se frotó las manos.

—Porque cada cosa que cuento me hace peor.

Alba tragó saliva.

La frase la desarmó un poco.

—Eso no es motivo para callar.

—Lo sé.

—¿Qué pasó exactamente?

Julián miró a Esteban, aunque Esteban ya no estaba.

—Después de hablar con Teresa, me sentí mal. Pensé que quizá había exagerado. Que quizá era cosa mía. Luego vi a Esteban mirandoos una tarde. No sé cómo explicarlo. No era mirar. Era vigilar. Y fui a hablar con él. Le dije que dejara de comentar cosas, que eran niñas, que no quería rumores.

—Y le diste a entender que había algo que ocultar.

Julián cerró los ojos.

—Sí.

Alba sintió rabia.

Pero también vio la trampa completa.

Adultos con miedo intentando tapar algo y, al taparlo, señalándolo más. Hombres hablando con hombres sobre lo que dos chicas podían o no podían ser. Madres llamando protección al daño. Un entrenador antiguo mirando demasiado. Un pueblo entero aprendiendo a sospechar de una ternura que no hacía daño a nadie.

—Papá.

—Sí.

—No quiero odiarte por esto.

Julián la miró.

La frase pareció dolerle más que un reproche.

—Lo entendería.

—Yo no.

Él bajó la cabeza.

—No sé cómo arreglarlo.

Alba miró a Valeria.

—Empieza por no intentar arreglarlo para sentirte mejor.

Julián asintió despacio.

—Vale.

Padre e hija se quedaron sentados en la grada.

No como antes.

No como una familia reconciliada.

Solo como dos personas ante los restos de una historia que debían aprender a contar sin mentirse.

Cuando el campo quedó casi vacío, Valeria caminó hacia Alba.

Bruno desapareció con una rapidez sospechosamente diplomática. Julián también se levantó.

—Estoy en el bar —dijo.

Alba asintió.

Valeria se detuvo frente a ella.

El sol empezaba a bajar. El campo tenía ese color dorado que hacía que todo pareciera más hermoso y más peligroso de lo que era.

—¿Puedes andar? —preguntó Valeria.

—Mal.

—Pues no vamos lejos.

Se sentó a su lado en la grada.

Alba sintió que el corazón le golpeaba.

Durante un rato, las dos miraron el campo.

La pancarta de Lara seguía apoyada en la valla.

Seremos muchas.

Valeria habló primero:

—Lo que dijiste.

Alba cerró los ojos.

—Lo siento.

—Déjame terminar.

—Perdón.

Valeria soltó aire por la nariz.

—Estás pidiendo perdón por pedir perdón.

—Estoy en una etapa compleja.

—Se nota.

Alba apretó las manos.

Valeria miró hacia el centro del campo.

—Me asustó.

Alba asintió.

—Lo sé.

—No porque me avergüence.

—No pensé eso.