La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 9 — El campo ya no era suyo
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Capítulo 9 — El campo ya no era suyo

Esteban Mas había envejecido peor que el campo.

El campo, al menos, conservaba cierta dignidad en sus grietas. Sus porterías torcidas seguían sujetando partidos, sus gradas manchadas seguían guardando voces, sus líneas borradas seguían siendo líneas para las niñas que corrían encima de ellas como si el mundo no pudiera quitarles nada.

Esteban, en cambio, parecía un hombre construido con rencor viejo y autoridad caducada.

Llevaba pantalón beige, polo azul y unas gafas de sol colgadas del cuello. El pelo, más gris que negro, seguía peinado hacia atrás con una rigidez de entrenador de otra década. Miraba a Valeria como si aún esperara que ella bajara la cabeza.

Valeria no la bajó.

El silencio del campo se estiró.

Alba estaba a pocos metros, con la muleta clavada en la tierra y el corazón golpeándole en el pecho. Cada parte de ella quería interponerse. Cada parte antigua, rápida, impulsiva, acostumbrada a entrar al choque antes de medir la jugada.

Pero Valeria había levantado la mano.

No.

Y Alba se quedó.

A veces quedarse significaba no moverse.

Mireia Casas fue la primera en intentar recuperar el control.

—Esto no debería convertirse en un enfrentamiento personal.

Lara, desde la primera fila, susurró con una claridad demasiado audible:

—Pues que no hubiera traído al señor ese.

Varias madres se taparon la boca.

Valeria no sonrió, pero Alba vio el esfuerzo.

Esteban miró a la niña.

—Tú debes de ser una de las nuevas.

Valeria dio un paso lateral, colocándose entre él y Lara.

—A las niñas no les hablas.

La frase salió baja.

Sin megáfono.

Sin necesidad.

Esteban levantó las manos en gesto falso de paz.

—Tranquila.

—No.

Él frunció el ceño.

—¿No qué?

—No me digas tranquila.

El aire cambió.

Daniel Sanchís intervino con su voz de folleto caro:

—Creo que todos estamos aquí por lo mismo: el futuro deportivo de Santamar.

Valeria giró apenas la cabeza hacia él.

—Curioso. Hace dos días el futuro deportivo de Santamar no cabía en una reunión con las familias.

Mireia apretó los labios.

—Valeria, hemos venido precisamente para escuchar.

—No. Habéis venido porque se os llenó el campo antes de que pudierais vaciarlo.

Un murmullo recorrió las gradas.

Alba miró alrededor.

Los móviles estaban levantados. Muchas personas grababan. Bruno, junto a la valla, observaba todo con el rostro tenso y calculador. Inés, la abogada, hablaba en voz baja con Raúl. Julián estaba al lado de Carmen, rígido, mirando a Esteban con una expresión que Alba no supo interpretar del todo.

Había algo ahí.

Otra historia.

Otra pieza.

Santamar parecía haber decidido que ninguna verdad llegaría sola.

Daniel sonrió.

—Nadie quiere vaciar nada. El proyecto contempla una integración moderna de la actividad local.

—¿Dónde entrenan las niñas mientras construís vuestra integración moderna? —preguntó Valeria.

—Habría soluciones temporales.

—Nómbralas.

Daniel miró a Mireia.

Mireia dio un paso adelante.

—El ayuntamiento está estudiando varias alternativas.

—Nómbralas.

El campo entero esperaba.

Mireia miró a las familias, a las niñas, a los comerciantes.

El silencio no la ayudó.

—El espacio anexo a la depuradora podría adaptarse provisionalmente —dijo al fin.

El murmullo se convirtió en protesta.

—¡Eso está lejísimos!

—¡No tiene luz!

—¡Allí no llevo yo a mi hija por la tarde!

—¡Es una vergüenza!

Lara gritó:

—¡Huele a muerte!

Valeria cerró los ojos un segundo.

—Lara.

—¡Es información técnica!

La tensión se rompió en una risa breve, nerviosa, pero útil.

Esteban miró a Valeria con desprecio contenido.

—Esto es lo que pasa cuando se deja que cualquiera organice un equipo. Mucha emoción y poca cabeza.

Alba sintió que el cuerpo se le iba hacia delante.

La rodilla protestó antes de que pudiera avanzar.

Valeria no se movió.

—Repite eso —dijo.

Esteban sonrió.

—Digo que dirigir un club requiere algo más que ganas y discurso.

—Yo no dirijo un club. Entreno a una escuela femenina.

—Exacto.

La palabra cayó cargada de desprecio.

Exacto.

Como si entrenar niñas fuera una categoría menor. Como si defender su campo fuera una rabieta. Como si Valeria estuviera ocupando una silla que alguien como él aún consideraba prestada.

Raúl dio un paso.

—Esteban, cállate.

Todas las cabezas giraron hacia él.

Esteban lo miró con sorpresa desagradable.

—Vaya. El hermano aparece.

Raúl apretó la mandíbula.

—Sí.

—Tarde, como siempre.

Valeria miró a Raúl, pero no dijo nada.

Esteban sonrió de nuevo.

—Tú también vas cambiando de lado según sopla el viento, ¿no?

Raúl se acercó unos pasos.

—Yo he cometido errores. Tú los has convertido en método.

La frase hizo que Daniel dejara de sonreír.

Mireia miró a Raúl con alarma.

—Raúl, quizá este no es el lugar.

—Sí lo es —dijo Valeria.

Su voz lo autorizó.

Raúl tragó saliva.

—Hace dos años, cuando Costa Dorada intentó entrar en el club masculino, Esteban fue quien abrió la puerta. Él puso contactos. Él presionó para aceptar horarios preferentes. Él dijo que la sección femenina ocupaba demasiado campo para lo que aportaba.

Esteban soltó una carcajada.

—Qué bonito. Ahora vienes a hacerte el limpio.

—No soy limpio.

Raúl levantó la voz.

—Pero estoy harto de ensuciarme por gente que se cree dueña de todo.

Un aplauso aislado sonó desde las gradas.

Luego otro.

Mireia intentó hablar:

—Esto se está desviando.

Carmen, desde la banda, respondió:

—No. Por fin está entrando donde toca.

Alba miró a su madre con admiración inesperada.

Esteban señaló a Carmen.

—Tú siempre hablando de más.

Julián se movió entonces.

No rápido.

No con violencia.

Solo dio un paso hacia Esteban.

—A mi mujer no le hablas así.

La frase fue clásica, casi antigua, pero el tono no admitía broma.

Esteban ladeó la cabeza.

—Mira quién se pone valiente ahora.

Alba vio a su padre tensarse.

Valeria también.

—¿Ahora? —repitió Julián.

Esteban sonrió.

—Antes no te vi tan valiente. Cuando viniste a decirme que tuviera cuidado con lo que se veía en el campo.

El silencio fue absoluto.

Alba sintió un golpe en el estómago.

Julián se quedó inmóvil.

Valeria giró lentamente hacia él.

—¿Qué está diciendo?

Julián no respondió.

Y esa falta de respuesta lo dijo todo antes que él.

Alba sintió que el campo se inclinaba.

—Papá.

Julián cerró los ojos.

Esteban miró alrededor, satisfecho al ver que había encontrado carne.

—Ah. ¿No lo sabían? Qué memoria más selectiva tenemos.

Valeria no se movió.

—Julián.

El nombre salió bajo.

Peor que un grito.

Julián abrió los ojos.

—Fui a hablar con él una vez.

Alba sintió que la rabia le subía a la garganta.

—¿Con Esteban?

—Sí.

Valeria apenas respiraba.

—¿Por qué?

Julián miró a Esteban.

Luego a Valeria.

—Porque pensé que él había visto algo. Que podía hablar. Que podía hacer daño.

Esteban rio.

—Viniste a pedirme discreción.

—Vine a decirte que dejaras en paz a dos crías.

Valeria dio un paso atrás.

Alba lo vio y quiso acercarse.

No pudo.

No debía.

No todavía.

Esteban levantó las cejas.

—Qué manera más elegante de contarlo. Tú viniste a decirme que Alba tenía futuro y que no convenía que ciertos rumores la distrajeran. No pongas ahora cara de santo.

Julián apretó los puños.

—Yo no sabía que tenías fotos.

—¿Fotos? —dijo Esteban con falsa sorpresa.

El campo entero pareció contener el aire.

Bruno se movió junto a la valla, teléfono en mano. Inés se acercó un paso, atenta.

Valeria habló:

—¿Tú hiciste las fotos?

Esteban la miró.

Por un segundo, perdió la sonrisa.

Solo un segundo.

Suficiente.

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabes.

—Siempre fuiste muy dramática.

Alba sintió que la palabra le encendía la sangre.

Dramática.

Como si todo lo que Valeria había soportado fuera exceso. Como si nombrar la violencia fuese más incómodo que cometerla.

Valeria sostuvo la mirada de Esteban.

—Hiciste fotos de menores sin permiso.

Mireia intervino con alarma:

—Valeria, eso es una acusación muy grave.

—Sí —dijo Inés, acercándose—. Y por eso conviene que nadie destruya pruebas ni abandone el tema antes de identificar responsabilidades.

Daniel miró a Mireia.

Mireia palideció apenas.

Esteban recuperó parte de su seguridad.

—¿Pruebas? ¿Qué pruebas? ¿Una entrenadora resentida, una futbolista famosa que vuelve lesionada y un hermano que intenta salvarse el pellejo?

Raúl dio un paso hacia él.

Valeria levantó la mano.

Raúl se detuvo.

No.

Otra vez.

Valeria miró a Alba.

Esta vez no para frenarla.

Para incluirla.

Alba entendió.

Sacó el móvil.

Sus manos no temblaban ya.

Abrió la carpeta protegida y buscó la foto de las gradas. No la levantó para todo el mundo. No iba a convertir su intimidad en espectáculo porque Esteban la empujara a ello.

Se acercó a Inés y le entregó el móvil.

—Esta foto llegó anoche con una amenaza. Hay más. Otra llegó a Teresa Herrera. Las originales estaban en una caja que alguien envió hace once años.

Inés miró la pantalla.

Su rostro se endureció.

—¿Hay menores en las imágenes?

—Sí —dijo Alba.

—¿Escenas privadas?

—Sí.

—¿Amenazas actuales?

—Sí.

Inés bloqueó el móvil y se lo devolvió.

Luego miró a Esteban.

—Le recomiendo que mida muy bien sus próximas palabras.

Esteban resopló.

—Esto es ridículo.

Valeria dio un paso hacia él.

—¿Fuiste tú?

—No.

—Mírame y dilo.

Esteban la miró.

—No.

Pero la palabra salió tarde.

Demasiado tarde.

Y Valeria siempre había sabido escuchar lo que ocurría entre una frase y otra.

—Mentira —dijo.

La multitud murmuró.

Daniel se inclinó hacia Mireia y le susurró algo. Mireia negó con la cabeza. Bruno los observaba como un halcón vestido de representante.

Esteban se volvió hacia la gente.

—¿De verdad vais a creer esto? ¿A ella? ¿A esta mujer que lleva años queriendo convertir el campo en una causa personal?

Lara levantó la pancarta.

—¡La creemos!

Varias niñas respondieron a la vez:

—¡Sí!

Después las madres.

—¡La creemos!

Y entonces, de una forma torpe, desigual, no preparada, el campo entero empezó a repetirlo.

—La creemos.

—La creemos.

—La creemos.

Alba sintió que se le llenaban los ojos.

Valeria se quedó quieta, como si aquellas dos palabras la alcanzaran desde un lugar en el que nunca se había permitido esperar demasiado.

La creemos.

No era un juicio.

No era una sentencia.