Capítulo 8 — Lo que se protege y lo que se pierde #4
De familias, madres, padres, abuelos, vecinas, dueños de locales, camareros, comerciantes, adolescentes curiosos, antiguos jugadores y personas que probablemente no habían pisado aquel campo en años, pero que aparecieron porque en Santamar bastaba que algo estuviera a punto de perderse para que todo el mundo recordara haberlo querido.
Lara llegó con una cartulina enorme.
En letras torcidas había escrito:
SEREMOS MUCHAS
Valeria la miró.
—¿Quién te ha dado permiso para hacer pancartas?
—La democracia.
—Te he prohibido esa palabra.
—La he usado en silencio.
Alba soltó una carcajada desde la banda.
Lara se giró hacia ella.
—¿Está bien?
Alba miró la pancarta.
—Está perfecta.
La niña sonrió como si le hubieran dado una medalla.
Bruno apareció junto a Alba.
—Esa pancarta vale más que todo mi plan de comunicación.
—No se lo digas o pedirá porcentaje.
—Lo merece.
Valeria subió a las gradas con un megáfono que alguien había prestado desde la asociación de vecinos.
No parecía cómoda.
Pero parecía firme.
Alba se quedó abajo, junto a Julián y Carmen. Había decidido no subir. No todavía. Aquel no era su campo para hablar primero.
Valeria miró a la gente.
Ochenta, quizá cien personas.
El sol caía al fondo y el mar brillaba detrás de la valla.
—Gracias por venir —dijo.
El megáfono hizo un ruido horrible.
Lara gritó:
—¡Más alto!
Valeria la señaló.
—Primera advertencia.
La gente rió.
La risa ayudó.
Valeria respiró hondo.
—Estamos aquí porque el ayuntamiento y una empresa privada quieren modificar el uso de este campo y de parte del paseo. Lo presentan como modernización, deporte y futuro. Pero, de momento, lo único concreto es que ochenta y tres niñas podrían quedarse sin su campo, varios negocios pueden verse desplazados y nadie nos ha dado información clara.
Murmullos.
Valeria continuó:
—No estamos contra mejorar Santamar. Nadie quiere vestuarios rotos, focos viejos ni campos en mal estado. Lo que queremos es que mejorar no signifique expulsar. Que el futuro no se construya quitando sitio a quienes ya están aquí.
Alba sintió la frase como un golpe de belleza.
Julián, a su lado, asintió lentamente.
Valeria miró a las familias.
—La escuela femenina no es una actividad secundaria. No es una foto bonita. No es una excusa para vender un proyecto. Son vuestras hijas. Vuestras nietas. Vuestras compañeras. Niñas que han aprendido que este campo también les pertenece.
Lara levantó la pancarta.
Seremos muchas.
Otras niñas la imitaron con carteles improvisados.
Seremos muchas.
El murmullo cambió.
Empezó como apoyo tímido.
Luego creció.
Alba vio a madres asentir, a comerciantes hablar entre ellos, a un hombre mayor secarse los ojos con discreción, a Carmen agarrar la mano de Julián.
Valeria no sonrió.
Pero su voz salió más fuerte.
—Vamos a pedir transparencia, suspensión del proyecto hasta que se expliquen todos los documentos y garantías por escrito para la escuela, los negocios y el barrio. Y vamos a hacerlo juntas.
Juntas.
La palabra recorrió el campo.
Alba sintió que algo se levantaba en ella.
No protagonismo.
No marca.
No épica.
Orgullo.
Valeria terminó:
—Porque si intentan decidir por separado lo que afecta a todas, responderemos juntas. Porque si quieren convencernos de que somos poca cosa, les recordaremos que somos muchas.
La gente empezó a aplaudir.
Primero unas pocas manos.
Luego todo el campo.
Las niñas gritaron.
Lara levantó la pancarta tan alto que casi se le cayó encima.
Alba aplaudió también.
Y mientras lo hacía, Valeria la miró desde la grada.
No fue una mirada larga.
No fue una promesa.
Pero Alba entendió algo.
Valeria no necesitaba que la salvaran.
Nunca lo había necesitado.
Pero quizá, solo quizá, estaba empezando a permitir que Alba estuviera allí cuando ella decidía salvar lo que amaba.
Entonces un murmullo extraño nació junto a la entrada.
Alba giró la cabeza.
Mireia Casas acababa de aparecer en el campo.
No venía sola.
A su lado estaba Daniel Sanchís.
Y detrás de ellos, con el rostro duro y las manos en los bolsillos, caminaba Esteban Mas, el antiguo entrenador del masculino.
Alba sintió que Valeria se quedaba inmóvil sobre la grada.
Carmen, a su lado, susurró:
—Es él.
Valeria bajó lentamente el megáfono.
Esteban miró la pancarta de Lara.
Luego miró a Valeria.
Y sonrió con una familiaridad que convirtió el campo entero en un lugar más frío.
—Vaya —dijo—. La niña por fin ha llenado las gradas.
El silencio cayó de golpe.
Alba dio un paso.
Valeria levantó una mano sin mirarla.
No.
Alba se detuvo.
Valeria bajó de las gradas despacio, con el megáfono aún en la mano.
Se plantó frente a Esteban.
—Mi nombre es Valeria.
Esteban sonrió más.
—Claro.
Una sola palabra.
Sucia.
Pequeña.
Suficiente.
Alba sintió que la rabia le nublaba la vista.
Pero Valeria no se movió.
—Y este campo —dijo ella— ya no es tuyo.
Esteban miró alrededor, a la gente, a las niñas, a Alba, a las cámaras de algunos móviles encendidos.
Por primera vez, su sonrisa vaciló.
Valeria dio un paso más.
—Así que habla con cuidado.
Y el campo viejo, que durante años había sido demasiado pequeño para las chicas, se llenó de un silencio nuevo.
No de miedo.
De espera.
Porque esta vez Valeria no estaba sola.
Y todo Santamar acababa de verlo.