La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 8 — Lo que se protege y lo que se pierde #3
47%

Capítulo 8 — Lo que se protege y lo que se pierde #3

Las palabras quedaron allí, en tinta azul, sobre una hoja llena de fechas, cifras, deudas y nombres.

De pronto, algo que había sido miedo empezó a parecerse a una forma de respuesta.

Al mediodía, Valeria salió a la terraza para llamar a las madres de la escuela.

Alba la siguió unos minutos después, más por necesidad de aire que por otra cosa. La pierna le dolía de forma insistente, pero no tan fuerte como para obligarla a volver arriba. O quizá sí. La línea entre aguantar y ser idiota era cada vez más fina.

Valeria estaba apoyada en la barandilla, con el móvil en la mano.

—Marta, no. No vamos a encadenar niñas al campo. Ya sé que Lara lo ha propuesto. Precisamente por eso no vamos a hacerlo.

Alba sonrió.

Valeria la miró de reojo y siguió hablando.

—Esta tarde reunión informativa. Sin prensa dentro. Familias primero. Luego negocios. Sí. Alba estará, pero no es un espectáculo. No, tampoco quiero pancartas con su cara. Marta. Marta, por favor.

Pausa.

—Gracias.

Colgó.

—Lara ha iniciado una corriente radical.

Alba se apoyó junto a ella.

—Tiene liderazgo.

—Tiene nueve años y una preocupante falta de miedo a las consecuencias.

—Las grandes líderes empiezan así.

Valeria guardó el móvil.

—¿Te duele?

Alba suspiró.

—Tienes una obsesión con mi rodilla.

—Tu rodilla tiene una obsesión con avisarte de que estás haciendo demasiadas cosas.

—Moderadamente.

—Alba.

—Sí. Me duele.

—Siéntate.

—Me gusta cuando lo pides con delicadeza.

—No lo he pedido.

Alba obedeció y se sentó en una silla de la terraza.

Valeria permaneció de pie frente a ella.

Durante unos segundos, solo se miraron.

Había menos ruido que antes, o quizá el mundo había decidido dejarles un hueco.

—Gracias por lo de Julián —dijo Valeria.

Alba negó.

—No me des las gracias por una disculpa que él te debía.

—No lo hago. Te las doy por no hablar por mí.

Alba sintió que esa frase valía más que cualquier elogio.

—Estoy aprendiendo.

—Sí.

—No suenes tan sorprendida.

—Lo estoy.

Alba sonrió.

Valeria también, pero se le apagó pronto.

—Mi madre me ha escrito.

—¿Y?

—Quiere entregar la caja. Dice que vendrá esta tarde.

—¿Quieres verla?

Valeria miró hacia el mar.

—No quiero nada de lo que toca hoy. Pero lo haré.

—Puedo estar.

—Lo sé.

El silencio que siguió fue más suave.

Alba se atrevió a preguntar:

—¿Te arrepientes de haberme pedido que fuera anoche?

Valeria tardó en contestar.

—No.

Alba dejó salir un aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Vale.

—Pero me da miedo lo fácil que fue dejar que me abrazaras.

La frase le atravesó el pecho.

Alba no se movió.

Valeria seguía mirando el mar, no a ella.

—No porque fuera fácil en realidad —continuó—. Sino porque hubo una parte de mí que no dudó. Y eso me enfada.

—¿Por qué?

Valeria la miró entonces.

—Porque tú fuiste mi primer lugar seguro y mi primera huida al mismo tiempo. Y mi cuerpo, por lo visto, conserva pésimos criterios de archivo.

Alba sintió la necesidad de acercarse como un dolor físico.

No lo hizo.

—No quiero ser una huida otra vez.

—Ya.

—Lo digo de verdad.

—Ya lo sé.

—¿Eso ayuda?

Valeria sonrió con tristeza.

—Ayuda y complica. Como casi todo lo que haces últimamente.

Alba miró sus manos.

—Anoche, cuando te abracé, no pensé en el pasado.

Valeria no dijo nada.

—Pensé en quedarme quieta —siguió Alba—. Solo eso. En no moverme antes de tiempo. En no hablar. En no convertir tu dolor en una oportunidad para que me perdonaras. No sé si lo hice bien.

Valeria la observó con una intensidad que le calentó la cara.

—Lo hiciste bien.

Tres palabras.

Alba tuvo que mirar hacia otro lado.

—No pongas esa cara —dijo Valeria.

—¿Cuál?

—La de persona que necesita muy poco para emocionarse ahora que ha decidido tener sentimientos.

Alba soltó una risa.

—Estoy insoportable, ¿no?

—Un poco.

—Antes también lo era.

—Sí, pero antes corrías más y te daba misterio.

—Ahora tengo muleta.

—Tiene cierto dramatismo.

—Comercialmente vendible.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada. Bruno me contamina.

Valeria se sentó en la silla de al lado.

No enfrente.

Al lado.

La diferencia fue pequeña y enorme.

Sus hombros no se tocaban, pero el espacio entre ambas parecía medir menos que antes.

—Alba.

—Dime.

—Si esto sale mal…

—No empieces.

—Déjame terminar.

Alba calló.

Valeria miró sus propias manos.

—Si esto sale mal, si publican las fotos, si el proyecto sigue, si el pueblo se vuelve insoportable, si todo se mezcla con nosotras… no quiero que me prometas que no pasará nada.

—Vale.

—Quiero que me prometas que no dejarás que el miedo decida por ti sin decirme antes que tienes miedo.

Alba se quedó quieta.

No era una promesa romántica.

Era más difícil.

—Te lo prometo.

Valeria la miró.

—Y si te vas…

Alba sintió que el pecho se le apretaba.

—Valeria.

—Si te vas —repitió ella— porque tu carrera, tu lesión, tu vida o lo que sea te lleva a otro sitio, no desaparezcas como si marcharte fuera una forma de no hacer daño.

Alba notó las lágrimas otra vez.

Estaba harta de llorar por dentro.

—No voy a desaparecer.

—No lo digas bonito.

Alba respiró.

—Si me asusto, te lo diré. Si me tengo que ir, te lo diré. Si no sé quedarme, te lo diré antes de huir. Y si puedo elegir, elegiré no hacerte vivir otra vez dentro de un silencio mío.

Valeria no apartó la mirada.

Durante unos segundos, el mar, el bar, el proyecto, las fotos, todo quedó en suspensión.

Luego Valeria bajó la vista a la boca de Alba.

Fue un gesto mínimo.

Un error.

O una decisión a medio camino.

Alba lo vio.

El cuerpo entero le respondió.

Valeria también lo supo, porque cerró los ojos un instante y se levantó de golpe.

—Tengo que hacer otra llamada.

Alba no se movió.

—Claro.

Valeria caminó hasta el otro extremo de la terraza y marcó un número.

Alba se quedó sentada, con la rodilla doliendo y la boca seca, entendiendo que había partidos donde lo más difícil no era atacar.

Era no adelantarse antes del pase correcto.

Por la tarde, el campo viejo se llenó.

No de niñas entrenando.