Capítulo 11 — La votación #3
Alba sintió el peso de todos, pero mantuvo los ojos en Valeria.
Cuando llegó frente a ella, Valeria miró la silla, la pierna elevada, el rostro pálido de Alba.
—Has obedecido.
—Casi me levanto una vez.
—Te he visto.
—Desde el ayuntamiento es imposible.
—Tengo poderes.
Alba sonrió con cansancio.
Valeria no sonrió del todo.
—¿Has colgado a alguien?
Alba parpadeó.
—¿Qué?
—Tenías cara de colgar una llamada importante.
Carmen murmuró:
—La tenía.
Alba miró a Valeria.
—El club quiere que vuelva a Madrid esta semana y me aparte.
Valeria se quedó muy quieta.
—Tiene sentido.
Alba sintió el golpe.
—No digas eso.
—Tiene sentido para tu carrera.
—He dicho que no.
Valeria no respondió.
La plaza seguía alrededor, pero entre ellas se abrió una burbuja dura.
—Alba.
—No me voy.
—No puedes decidir eso en caliente.
—No lo he decidido en caliente.
—Acabas de salir de una llamada.
—Y tú acabas de salir de una votación donde han intentado quitarte el campo.
—No mezcles.
—Está mezclado.
Valeria apretó los labios.
—No quiero ser la razón por la que pierdas tu carrera.
Alba sintió una mezcla de ternura y rabia.
—No tienes ese poder.
—No lo sabes.
—Sí lo sé.
—Alba.
—Mi carrera no se sostiene porque yo sea dócil. Se sostiene porque soy buena, porque trabajo y porque volveré si mi cuerpo me deja. Pero no voy a comprar mi regreso al precio de abandonarte en público justo después de decir que no iba a hacerlo.
Valeria bajó la mirada.
—No me abandones por quedarte mal.
Alba entendió tarde el miedo.
No era que Alba se fuera.
Era que se quedara con resentimiento.
Que algún día mirara a Valeria y pensara: perdí algo por ti.
—Mírame —dijo Alba.
Valeria no lo hizo enseguida.
Al final, levantó los ojos.
—Si pierdo algo por decir la verdad, no será por ti. Será por quienes me exigían mentir.
Valeria tragó saliva.
—Eso también suena bonito.
—Lo sé.
—Y peligroso.
—También.
—No quiero frases. Quiero hechos.
Alba asintió.
—Entonces aquí va uno. Voy a seguir mi recuperación. Voy a hablar con el club con Bruno y con el equipo médico. No voy a hacer ninguna locura que me impida volver a jugar. Pero tampoco voy a firmar silencio sobre Santamar, ni sobre el campo, ni sobre las amenazas, ni sobre ti.
Valeria la observó.
—¿Y si te obligan a elegir?
Alba no respondió enseguida.
Porque esa pregunta sí daba miedo.
Porque tal vez, algún día cercano, no habría manera elegante de sostenerlo todo.
—Entonces no elegiré desde el miedo —dijo al fin.
Valeria cerró los ojos.
—Eso no responde.
—Es la única respuesta honesta que tengo hoy.
La plaza seguía aplaudiendo a medias, hablando, organizándose, preguntando por próximos pasos. Pero Valeria y Alba permanecían en el centro de una conversación más silenciosa.
Valeria se agachó frente a ella.
Para estar a su altura.
Alba sintió una punzada en el pecho.
—No quiero que te vayas —dijo Valeria en voz baja.
Alba dejó de respirar.
Valeria continuó:
—Pero tampoco quiero que te quedes como si yo fuera una causa más que defender. Si te quedas, que sea porque quieres construir algo aquí. Aunque sea incierto. Aunque sea difícil. Aunque tengas que irte y volver. Pero no por culpa. No por épica. No por mí sola.
Alba sintió que aquella mujer acababa de ponerle delante la prueba más difícil de todas.
No una batalla.
No una renuncia.
Una vida.
Con horarios médicos, abogados, niñas, viajes a Madrid, miedo, deseo, conversaciones incómodas y ningún final garantizado.
—Quiero construir algo aquí —dijo.
Valeria la miró.
—¿Qué?
Alba buscó la respuesta.
No en la plaza.
No en el ruido.
En ella.
—No lo sé todavía. Pero quiero quedarme el tiempo suficiente para averiguarlo contigo.
Valeria cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, había lágrimas.
No cayeron.
Pero estaban.
—Eso sí me sirve.
No se besaron.
Había demasiada gente.
Demasiado ruido.
Demasiado por hacer.
Pero Valeria tomó la mano de Alba.
A plena luz.
En la plaza.
Frente al ayuntamiento que acababa de intentar borrar su campo.
No la levantó como una bandera.
No la escondió.
Solo la sostuvo.
Y eso, en Santamar, fue más fuerte que cualquier comunicado.
Lara las vio.
Sonrió con una satisfacción insoportable.
—¡Lo sabía!
Valeria giró la cabeza.
—Lara.
—¡Observar no es delito!
La plaza rió.
Incluso Alba.
Incluso Carmen.
Incluso Julián, un poco.
Pero la risa duró poco.
Porque el móvil de Bruno vibró al mismo tiempo que el de Inés.
Ambos miraron sus pantallas.
Bruno fue el primero en levantar la vista.
La expresión le había cambiado.
—Se ha filtrado otro vídeo.
Alba sintió que Valeria apretaba su mano.
—¿De qué? —preguntó.
Bruno miró a Inés.
La abogada respondió por él:
—De Esteban. De hace años. Con varias chicas del club.
El silencio cayó de golpe.
Raúl palideció.
Valeria se puso de pie lentamente.
—¿Qué chicas?
Inés guardó el móvil.
—No lo sabemos todavía. Pero una antigua jugadora acaba de publicarlo. Dice que no fuiste la única a la que intentaron callar.
Valeria miró hacia el campo, aunque desde la plaza no se veía.
Alba siguió sosteniendo su mano.
Esta vez fue Valeria quien no la soltó.
Y en medio de la plaza, con el convenio suspendido a medias, el proyecto herido pero vivo, su carrera amenazada y el pasado abriéndose como una caja sin fondo, Alba entendió que la historia ya no iba solo de salvar un campo.
Iba de todas las veces que alguien había llamado silencio a la protección.
Y de todas las mujeres que, por fin, empezaban a hablar.