Capítulo 7 — La foto que nadie debía tener #4
—Alguien tenía esto desde entonces. Y ahora lo está usando porque el proyecto ha abierto algo. O porque la misma persona está cerca de todo.
Teresa se sentó de nuevo.
Parecía devastada.
—Pensé que si no hacía caso, pararía.
Valeria la miró con una tristeza que ya no cabía en el enfado.
—No paró, mamá. Solo esperó.
La palabra mamá salió rota.
Teresa empezó a llorar en silencio.
Valeria no se acercó.
Alba no la juzgó por eso.
Hay dolores que no admiten consuelo inmediato sin convertirse en otra violencia.
El móvil de Alba vibró.
Bruno.
Ella no respondió.
Valeria miraba las fotos.
Entonces cogió una.
La de las gradas.
La sostuvo con ambas manos.
—Esta me la quedo.
Teresa levantó la vista.
—Valeria…
—Me la quedo.
—Sí.
Valeria miró la imagen.
Luego miró a Alba.
La voz le salió baja, pero firme.
—No van a usar esto para darme vergüenza.
Alba sintió que algo dentro de ella se inclinaba hacia esa mujer con una fuerza imposible de disimular.
—No.
—Ni para decidir qué fuimos.
—No.
—Ni para decir quién soy.
—No.
Valeria respiró hondo.
Después guardó la foto en el bolsillo de su chaqueta.
—Mañana hablaremos con Julián. Con Raúl. Con Bruno. Y con una abogada. Todo esto se entrega.
Teresa se puso rígida.
—¿Vas a denunciar?
—Sí.
—Pero si salen las fotos…
—Ya salieron de donde no debían estar cuando alguien las hizo.
Teresa no respondió.
Valeria miró a su madre una última vez.
—No sé qué hacer contigo ahora.
Teresa lloraba sin ruido.
—Lo entiendo.
—No. No lo entiendes. Pero quizá algún día puedas empezar.
La frase quedó en la habitación.
Valeria caminó hacia la puerta.
Alba la siguió.
Antes de salir, Teresa habló:
—Alba.
Ella se detuvo.
Valeria también.
Alba miró a la madre de Valeria.
—Lo siento —dijo Teresa—. También a ti.
Alba sintió una respuesta amarga subirle a la boca.
No la dijo.
Porque quizá era cierta, pero no útil.
Y porque Valeria estaba delante.
—Ahora no soy yo quien necesita esa disculpa —respondió.
Teresa bajó la cabeza.
Salieron al rellano.
La puerta se cerró detrás.
Valeria empezó a bajar las escaleras.
Alba la siguió como pudo.
Al llegar al portal, Valeria se detuvo de golpe.
Durante un segundo, Alba pensó que había visto a alguien.
No.
Valeria apoyó una mano en la pared.
Y se rompió.
No con escándalo.
No con teatro.
Solo un sonido pequeño, ahogado, como si el cuerpo hubiera aguantado demasiado y por fin hubiera encontrado una grieta.
Alba se quedó quieta.
—Valeria.
—No me toques si es por pena.
La frase salió entre dientes.
Alba sintió el dolor de oírla.
—No es por pena.
Valeria respiraba mal.
—Entonces ¿por qué?
Alba no contestó deprisa.
No podía permitirse una frase bonita.
No esa noche.
—Porque estoy aquí —dijo—. Y porque tú me pediste que no desapareciera. Y porque no sé arreglar esto, pero puedo quedarme mientras duele.
Valeria cerró los ojos.
La pared la sostenía por un lado.
La rabia por el otro.
Alba dio un paso.
Muy despacio.
Le dio tiempo a apartarse.
Valeria no se apartó.
Alba la abrazó con cuidado.
Al principio Valeria quedó rígida.
Después, de golpe, se hundió contra ella.
Alba cerró los ojos.
El cuerpo de Valeria temblaba apenas. Alba sintió su frente cerca del hombro, sus manos agarrándose a la tela de su chaqueta, su respiración rota contra el cuello. No era un abrazo de reconciliación. No era un perdón. No era una escena pensada para curar al lector ni para suavizar once años de daño.
Era una mujer sosteniendo a otra en un portal antiguo porque el mundo había sido cruel con ellas antes incluso de que supieran cómo nombrar lo que querían.
Alba no dijo nada.
No la acarició demasiado.
No la besó.
Solo la sostuvo.
Y por primera vez en muchos años, quedarse no le pareció una promesa grande.
Le pareció un gesto concreto.
Uno.
Después otro.
Después otro.
Cuando Valeria se separó, tenía los ojos rojos.
Alba también.
Ninguna comentó nada.
Julián las esperaba junto al coche. Al ver sus caras, no preguntó.
Valeria subió detrás.
Alba delante.
El coche bajó por las calles estrechas de Santamar en silencio.
A mitad de camino, Valeria habló desde el asiento trasero:
—Julián.
Él miró por el retrovisor.
—Sí.
—Mañana quiero hablar contigo.
Julián tragó saliva.
—Vale.
—Y quiero que no me digas que intentabas proteger a nadie.
El coche siguió avanzando.
Julián asintió.
—Vale.
Valeria miró por la ventana.
—Estoy harta de que la protección se parezca tanto al daño.
Alba cerró los ojos.
Nadie respondió.
No hacía falta.
El mar apareció al final de la calle, oscuro y enorme.
Santamar dormía como si no estuviera a punto de despertarse con todos sus secretos encima de la mesa.
Pero Alba ya sabía algo.
La amenaza había querido separarlas.
Hacerles sentir vergüenza.
Devolverlas al miedo de antes.
Y, sin embargo, en el portal de Teresa, con una caja de fotos abiertas y una verdad demasiado tarde, algo entre ellas había cambiado de lugar.
No era amor todavía.
O quizá sí, pero no el amor limpio de las novelas sencillas.
Era una decisión más peligrosa.
No dejar que otros contaran su historia.
No dejar que el miedo eligiera por ellas otra vez.
Y, sobre todo, no soltarse justo cuando alguien esperaba verlas caer.