La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 7 — La foto que nadie debía tener #3
40%

Capítulo 7 — La foto que nadie debía tener #3

Alba la siguió con dificultad. El cuerpo ya estaba al límite, pero no iba a decirlo. No esa noche. No si Valeria la había pedido allí.

Subieron al primer piso.

Valeria no llamó al timbre.

Sacó sus llaves.

Alba no preguntó por qué aún las tenía.

La puerta se abrió a un recibidor estrecho que olía a lavanda, caldo y muebles antiguos. En la pared había fotografías familiares. Valeria de niña en una playa. Raúl con un balón. Una comunión. Una cena. Fotos congeladas en una versión de la familia que probablemente nadie sabía ya cómo mirar.

Desde el comedor llegó una voz:

—¿Valeria?

—Soy yo.

Entraron.

Teresa Herrera estaba de pie junto a la mesa del comedor, con el móvil en la mano. Tenía el pelo canoso recogido en un moño bajo, el rostro pálido y una chaqueta de punto cerrada hasta el cuello pese al calor. Al ver a Alba, su expresión cambió.

No sorpresa.

Confirmación.

—Tú —dijo.

Alba no respondió.

Había prometido callar.

Valeria sí habló.

—Carmen dice que has recibido un mensaje.

Teresa miró a su hija.

—No deberías haber venido con ella.

Valeria se quedó quieta.

—Enséñame el mensaje.

—Valeria…

—Ahora.

Teresa dudó.

Luego le tendió el móvil.

Valeria leyó.

Alba vio cómo se le iba el color de la cara.

—¿Qué pone? —preguntó, antes de recordar que no debía hablar.

Valeria no la reprendió.

Giró la pantalla.

Había otra foto.

No de las gradas.

Una foto de la cocina de esa misma casa, muchos años atrás. Valeria más joven, sentada a la mesa, llorando. Teresa de pie frente a ella, una mano apoyada en la silla. La imagen estaba tomada desde fuera de la ventana o desde algún punto del patio interior.

El texto decía:

Algunas madres hablaron demasiado. Algunas hijas también pueden hablar.

Alba sintió un escalofrío profundo.

Valeria miró a su madre.

—¿Qué es esto?

Teresa se llevó una mano al pecho.

—No lo sé.

—¿De cuándo es?

—No lo sé.

—Mírame y dime de cuándo es.

Teresa empezó a temblar.

No mucho.

Lo suficiente para que Alba entendiera que sí sabía.

Valeria también.

—Aquella noche —dijo Valeria.

La madre cerró los ojos.

El silencio respondió por ella.

Valeria dejó el móvil sobre la mesa con cuidado excesivo.

—Después de hablar con Julián.

Teresa abrió los ojos de golpe.

—¿Él te lo ha dicho?

—Sí.

—Después de todos estos años, claro. Muy valiente.

Alba apretó los dedos contra la muleta.

No habló.

Valeria dio un paso hacia su madre.

—No cambies el tema. ¿Qué te dijo?

Teresa miró a Alba.

—Que su hija tenía un futuro. Que no podía permitirse distracciones. Que vosotras no sabíais lo que hacíais. Que esto era un pueblo. Que la gente hablaría. Que Alba se marcharía y tú te quedarías aquí con las consecuencias.

Cada frase cayó como una piedra.

Alba sintió que Julián, abajo en el coche, no estaba lo bastante lejos para escapar de lo que había hecho.

Valeria preguntó:

—¿Y tú qué hiciste?

Teresa se aferró al respaldo de una silla.

—Intenté protegerte.

Valeria soltó una risa pequeña.

Terrible.

—Qué frase tan popular.

—No tienes hijos. No sabes lo que es tener miedo por una hija.

—No uses eso.

—Tenía miedo.

—Yo también.

—Tú no entendías lo que podía pasar.

Valeria se quedó muy quieta.

—Claro que lo entendía. Me lo recordabais todos los días.

Teresa pareció encogerse.

—No quería que sufrieras.

—Me hiciste sufrir.

La frase salió limpia.

Sin grito.

Sin adorno.

Teresa cerró los ojos.

—Lo sé.

Valeria pareció perder el equilibrio sin moverse.

Alba sintió el impulso de tocarla.

No lo hizo.

—¿Lo sabes ahora? —preguntó Valeria.

Teresa abrió los ojos.

—Lo supe antes de atreverme a admitirlo.

—Eso no me sirve.

—Ya lo sé.

La madre de Valeria se sentó despacio, como si las piernas le fallaran.

—Cuando Julián vino, yo ya tenía miedo. No hizo falta que me convenciera de mucho. Eso es lo que más me avergüenza. Yo ya pensaba cosas horribles. Que tu vida iba a ser muy difícil. Que si además amabas a una chica que se iba a convertir en famosa, el pueblo te iba a devorar. Que Alba se marcharía, porque todo en ella miraba hacia fuera. Que tú te quedarías esperando.

Alba bajó la mirada.

Valeria no se movió.

—No confiabas en mí —dijo.

—No confiaba en el mundo.

—Eso suena mejor.

—No lo es.

Teresa miró a Alba por primera vez sin dureza.

—Y tampoco confié en ti.

Alba sintió que la frase le pedía respuesta.

No la dio.

Valeria seguía siendo el centro.

Teresa volvió a mirar a su hija.

—Te dije que la dejaras ir porque pensé que así te dolería menos después. Me equivoqué.

Valeria soltó aire lentamente.

—No tenías derecho.

—No.

La aceptación cayó de golpe.

Sin defensa.

Valeria parpadeó varias veces.

—¿Quién hizo la foto?

Teresa bajó la mirada.

—No lo sé.

—Pero alguien estaba ahí.

—Sí.

—¿Quién?

—No lo sé, Valeria. Te juro que no.

—No me jures.

Teresa se encogió.

—Esa noche discutimos. Tú lloraste. Yo también después, cuando te fuiste a tu habitación. Al día siguiente encontré un sobre en el buzón.

Alba sintió que la habitación se volvía más fría.

—¿Qué sobre? —preguntó Valeria.

Teresa miró hacia un mueble antiguo del comedor.

—Con fotos.

Valeria dejó de respirar.

—¿Qué fotos?

Su madre se levantó despacio, abrió un cajón y sacó una caja de galletas metálica. La dejó sobre la mesa.

Valeria no se movió.

—Ábrela —dijo Teresa.

—No.

La voz de Valeria se quebró.

Alba dio un paso sin pensarlo.

Valeria levantó una mano.

—No.

Alba se detuvo.

Teresa abrió la caja.

Dentro había sobres amarillentos, recortes, fotografías.

La madre cogió uno.

Se lo tendió a Valeria.

Valeria no lo aceptó.

Entonces Alba entendió.

—¿Quieres que lo haga yo? —preguntó en voz baja.

Valeria cerró los ojos.

Después asintió.

Alba cogió el sobre.

Le temblaban los dedos.

Lo abrió.

Había varias fotografías.

La de las gradas.

La de la cocina.

Otra de Alba y Valeria caminando por el puerto, demasiado juntas.

Otra de las dos en la entrada del campo viejo, mirándose de una forma que no necesitaba explicación.

Otra de Valeria sola, saliendo de casa con los ojos rojos.

Alba sintió una rabia tan fría que le dio miedo.

—¿Quién te mandó esto? —preguntó Valeria a su madre.

Teresa negó con la cabeza.

—Nunca lo supe.

—¿Y no dijiste nada?

—Tenía miedo.

—Siempre miedo.

—Sí.

Valeria se llevó una mano a la boca.

No lloró.

No todavía.

—Alguien nos vigilaba.

La frase convirtió todos los recuerdos en lugares inseguros.

Las gradas.

El puerto.

La cocina.

La calle.

Cada momento íntimo reducido a prueba guardada por una mano cobarde.

Alba dejó las fotos sobre la mesa como si quemaran.

—Esto no empezó con el proyecto.

Valeria la miró.

Alba continuó: