Capítulo 7 — La foto que nadie debía tener #2
—Y aun así alguien la guardó como si fuera algo que podía usarse.
Alba quiso cruzar la mesa.
No lo hizo.
—No van a usarla contra ti.
Valeria soltó una risa apagada.
—Ya lo están haciendo.
—No voy a dejar que…
—Alba.
El nombre bastó para detenerla.
Valeria la miró con cansancio.
—No me prometas control sobre gente que no controlas.
Alba apretó la mandíbula.
—Entonces dime qué puedo prometer.
Valeria sostuvo su mirada.
La pregunta quedó entre ellas, más íntima de lo que Alba había previsto.
Dime qué puedo prometer.
Valeria tardó en contestar.
—Que no tendrás vergüenza.
Alba dejó de respirar.
—De mí —dijo Valeria—. De esa foto. De lo que fuimos. De lo que crean que pueden insinuar. De mi nombre. De mi historia. De que te quieran manchar conmigo.
Alba sintió que cada palabra le entraba como una exigencia y una oportunidad.
—No tengo vergüenza de ti.
—Ahora no.
—Nunca.
Valeria la miró con dureza.
—Cuidado.
Alba aceptó la corrección.
—Tenía miedo. No vergüenza.
—A veces, desde fuera, se parecen demasiado.
Alba bajó la mirada.
—Lo sé.
—Y yo no puedo volver a vivir dentro de la duda de si la persona que me desea también quiere esconderse.
La palabra deseo cayó sobre la mesa con una naturalidad imposible.
Alba levantó la vista.
Valeria pareció darse cuenta de lo que había dicho un segundo tarde, pero no lo retiró.
No esta vez.
Alba sintió el pulso en la garganta.
—No quiero esconderme —dijo.
—No lo digas por la amenaza.
—Lo digo por mí.
—No sabes lo que cuesta.
—No todo. Pero sé lo que me costó esconderlo.
Valeria la observó.
—¿Qué te costó?
La pregunta fue suave.
Peligrosa.
Alba miró el bar, la calle, el puerto oscuro al fondo.
—Tú.
Valeria no respondió.
El silencio se llenó de algo que no era solo dolor.
También había deseo.
Por debajo.
Esperando.
Vivo de una forma incómoda.
Alba lo sintió y supo que Valeria también.
La llegada de Bruno evitó que ninguna tuviera que decidir qué hacer con ello.
Apareció por el paseo con el portátil bajo el brazo, camisa remangada y cara de hombre que ya había organizado mentalmente tres crisis y medio comunicado.
—Decidme que nadie ha respondido al mensaje.
—Nadie ha respondido —dijo Valeria.
—Bien.
Se sentó sin pedir permiso.
Valeria arqueó una ceja.
Bruno lo notó.
—Perdón. ¿Puedo sentarme?
—Ya te has sentado.
—Entonces gracias por la flexibilidad retroactiva.
Alba le enseñó la foto y el mensaje.
Bruno los revisó con el rostro serio. Nada de bromas. Nada de frases brillantes. Eso alarmó más que cualquier comentario.
—Esto no es improvisado —dijo.
Valeria cruzó los brazos.
—No hacía falta venir con portátil para eso.
—No. Pero sí para lo siguiente. Esta foto no parece escaneada de papel. Parece una foto de otra foto o de una pantalla antigua. Hay grano, recorte y pérdida de calidad. Alguien la conservaba digitalizada o la ha recuperado de algún archivo.
—¿Archivo? —preguntó Alba.
—Redes antiguas. Móviles viejos. Ordenadores de club. Álbumes compartidos. Fotos de torneos. En 2015 ya todo el mundo hacía fotos de todo.
Valeria miró hacia el campo.
—El club tenía una página de Facebook.
—La estoy revisando —dijo Bruno—. Pero esta no parece publicada. Al menos no con búsqueda rápida.
Alba sintió un escalofrío.
—Entonces alguien la tenía guardada.
—Sí.
Valeria se quedó muy quieta.
—Mi madre tenía fotos de esa época.
Alba la miró.
—¿Crees que…?
—No lo sé.
Bruno intervino con cuidado:
—No asumamos. Pero mañana conviene preguntarlo.
Valeria soltó una risa seca.
—Mañana iba a ser una conversación tranquila sobre si mi madre ayudó a rompernos la vida. Ahora también puedo preguntarle si alguien le robó una foto sentimental para chantajearnos. Planazo familiar.
—Puedo ir contigo —dijo Alba.
Valeria la miró.
—Eso ya lo habíamos dicho.
—Lo sé. Lo repito porque ahora no quiero que cambies de idea por protegerme.
Valeria frunció apenas el ceño.
—¿Protegerte?
—Sí.
—Alba, si algo he aprendido en estas horas es que tú eres muy difícil de proteger de ti misma.
Bruno asintió.
—Confirmo.
—No ayudes —dijo Alba.
Pero Valeria no sonrió.
—No iba a cambiar de idea por protegerte —dijo—. Iba a cambiarla por protegerme yo.
Alba sintió el peso de la diferencia.
—Entonces si quieres que no vaya, no voy.
Valeria sostuvo su mirada.
—Quiero que vayas.
Bruno miró a una y otra.
Tuvo el buen juicio de no decir nada.
Valeria señaló el móvil.
—¿Qué hacemos si la publican?
Bruno respiró hondo.
—Plan en tres niveles. Primero, legal: guardamos pruebas, denunciamos si hay amenaza y uso indebido de imagen o acoso. Segundo, comunicación: no negamos lo evidente ni entramos en detalles íntimos. Tercero, foco: campo, niñas, proyecto urbanístico. No dejamos que conviertan esto en cotilleo sentimental ni en morbo sobre tu identidad.
Valeria asintió despacio.
—¿Y si sacan más cosas?
—Entonces respondemos con menos vergüenza que ellos mala intención.
La frase quedó en el aire.
Valeria miró a Bruno de otra manera.
—Esa ha estado bien.
—Tengo una cada tres crisis.
Alba casi sonrió.
Bruno continuó:
—Pero hay una decisión que no puedo tomar yo.
—¿Cuál? —preguntó Alba.
—Si esto se filtra, vuestra relación pasada saldrá. O al menos se insinuará. La pregunta es si vais a tratarlo como un secreto robado o como una parte de vuestra historia que nadie tiene derecho a usar.
Alba sintió que el pecho se le cerraba.
Valeria miró la mesa.
La luz del toldo le dejaba sombras suaves en la cara.
—Yo no quiero contar mi vida para salvar un campo —dijo.
—No tienes que hacerlo —respondió Bruno—. Esa es la línea. Pero si alguien intenta avergonzarte por haber sido querida, deseada o fotografiada junto a Alba hace años, la respuesta no puede sonar a disculpa.
Valeria levantó la mirada.
—No fui querida públicamente.
La frase fue para Bruno, pero golpeó a Alba.
Valeria lo supo.
No se disculpó.
Bien.
Bruno asintió.
—Entonces que nadie vuelva a convertir eso en una culpa tuya.
Alba miró a Bruno.
Por primera vez, tuvo ganas de abrazarlo.
Se le pasó rápido, pero existió.
Carmen salió a la terraza con tres vasos de agua y un plato de tortilla cortada en cuadrados. No preguntó. No sonrió demasiado. Solo dejó las cosas sobre la mesa.
—No sé qué pasa, pero la gente piensa peor con hambre.
Bruno cogió un vaso.
—Gracias.
Valeria miró a Carmen.
Había una tensión distinta ahí.
Carmen había sido madre de Alba, pero también adulta de aquel pueblo, testigo silencioso de una historia que quizá no había entendido entera pero tampoco había detenido.
—Gracias —dijo Valeria.
Carmen apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—Tu madre ha llamado.
Valeria se quedó inmóvil.
—¿A ti?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque en este pueblo seguimos fingiendo que llamar a una madre para llegar a una hija es una forma aceptable de comunicación.
Alba miró a su madre con alarma.
—¿Qué quería?
Carmen miró a Valeria, no a Alba.
—Saber si estabas conmigo.
Valeria apretó las manos bajo la mesa.
—¿Qué le has dicho?
—Que no. Que si quería saber dónde estabas, te llamara a ti.
Valeria bajó la mirada.
—Gracias.
Carmen dudó.
Después habló con más cuidado:
—También dijo que había recibido un mensaje raro.
Alba sintió que el estómago se le hundía.
Valeria levantó la cabeza.
—¿Qué mensaje?
—No me lo quiso decir. Pero estaba nerviosa.
Bruno sacó el móvil.
—Esto cambia la prioridad. Valeria, tienes que llamarla.
Valeria miró la pantalla apagada de su teléfono como si fuera una puerta cerrada.
—No quiero hacerlo aquí.
Alba se levantó despacio.
—Vamos.
Valeria la miró.
—¿Vamos?
—A casa de tu madre.
—Es de noche.
—Precisamente.
Bruno intervino:
—Es mejor no esperar si ha recibido algo. Pero no vayáis solas.
Alba le lanzó una mirada.
—No empieces.
—No lo digo por heroísmo. Lo digo por pruebas, testigos y prudencia. Voy con vosotras hasta la puerta. Me quedo fuera si hace falta.
Valeria parecía a punto de negarse.
Carmen habló antes:
—Julián puede llevaros en coche.
Alba y Valeria miraron hacia dentro del bar.
Julián estaba detrás de la barra, quieto.
Había oído.
Valeria se levantó despacio.
—No.
La palabra salió firme.
Carmen asintió.
—Vale.
Pero Julián salió igualmente.
Se detuvo a dos metros de la mesa.
—Valeria.
Ella lo miró.
La terraza quedó suspendida.
—No voy a meterme —dijo Julián—. No tengo derecho. Pero si tu madre está metida en esto de alguna manera, y si yo fui parte de lo que pasó entonces, no quiero quedarme detrás de una barra fingiendo que no me toca.
Valeria sostuvo su mirada.
Alba casi no respiraba.
Julián continuó:
—Puedo llevaros. Puedo esperar en el coche. Puedo irme. Lo que tú digas.
Lo que tú digas.
Alba vio el efecto de esas palabras en Valeria.
No reparaban.
Pero cambiaban el peso.
Durante años, otros habían decidido demasiado por ella. Su madre. El pueblo. Los papeles. Los silencios. Incluso Alba, con su huida. Julián acababa de hacer algo pequeño y enorme: devolverle la decisión.
Valeria miró hacia la calle.
Luego a Alba.
Después a Julián.
—Nos llevas —dijo—. Pero esperas en el coche.
Julián asintió.
—Vale.
Bruno cerró el portátil.
—Voy también.
Valeria lo miró.
—Tú esperas con él.
—Perfecto.
—Y nadie habla antes que yo.
Alba asintió.
—Nadie habla antes que tú.
La casa de la madre de Valeria estaba en la parte alta de Santamar, en una calle de fachadas claras, macetas en los balcones y ventanas desde las que siempre parecía haber alguien mirando aunque no se viera a nadie.
El coche de Julián subió en silencio.
Alba iba delante por la rodilla. Valeria detrás, con los brazos cruzados y la mirada fija en la ventana. Bruno se había quedado en el bar finalmente, por decisión de Valeria. Demasiada gente podía convertir la visita en una invasión.
Nadie puso la radio.
Al llegar, Julián aparcó junto a una farola.
—Espero aquí —dijo.
Valeria abrió la puerta.
Antes de bajar, miró a Alba.
—Si te pido que salgas, sales.
—Sí.
—Si te pido que calles, callas.
—Sí.
—Si mi madre dice algo horrible, no te conviertas en mártir.
Alba tragó saliva.
—Lo intentaré.
—No. Lo haces.
—Lo haré.
Valeria bajó.