La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 7 — La foto que nadie debía tener
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Capítulo 7 — La foto que nadie debía tener

Alba no respiró durante varios segundos.

Miró la foto una vez.

Luego otra.

Después acercó el móvil a la cara como si el problema fuera de nitidez y no de memoria.

Dos chicas en las gradas del campo viejo.

Diecisiete años.

Una tarde de verano.

Una mano rozando otra con el dedo meñique.

No era una imagen explícita. No había beso. No había nada que alguien pudiera señalar y convertir en prueba absoluta de una historia de amor. Pero la intimidad no siempre necesitaba tocarse mucho para delatarse. A veces bastaba la dirección de un cuerpo, una inclinación de hombros, dos manos demasiado conscientes de estar cerca.

Alba recordó esa tarde.

La recordó con una claridad brutal.

Había hecho calor. Demasiado. El entrenamiento había terminado tarde porque el entrenador del masculino quiso ocupar media hora más de campo y Valeria, que entonces todavía no entrenaba a nadie pero ya discutía con autoridad natural, le había dicho que las chicas también tenían reloj. Alba se rio tanto que falló tres controles seguidos.

Después se sentaron en las gradas, compartieron una bolsa de pipas y hablaron de irse.

Siempre hablaban de irse.

Como si el futuro fuera una carretera abierta y no una colección de puertas que se cerraban sin avisar.

Alba había rozado la mano de Valeria con el meñique.

Solo eso.

Valeria no retiró la suya.

Durante unos segundos, aquel contacto mínimo fue el centro exacto del mundo.

Y alguien lo fotografió.

Alba sintió frío.

Levantó la vista hacia el paseo, pero Valeria ya no estaba. La calle por donde se había marchado quedaba vacía bajo la luz amarilla de las farolas. Desde dentro del bar, su madre la llamó:

—¿Alba? ¿Entras?

Ella no contestó.

La pantalla seguía encendida.

Si queréis remover el pasado, lo removemos todo.

Alba sintió que la rabia le subía tan rápido que durante un segundo olvidó la rodilla. Dio un paso, la pierna falló apenas y tuvo que apoyarse en la muleta con fuerza.

—Mierda.

Julián salió de nuevo.

—¿Qué pasa?

Alba bloqueó el móvil por instinto.

Demasiado tarde.

Su padre había visto la cara.

—Alba.

Ella miró hacia la calle.

—Nada.

La mentira no se sostuvo ni medio segundo.

Julián dejó las sillas y se acercó.

—¿Qué ha pasado?

Alba apretó el móvil en la mano.

Su primer impulso fue esconderlo. No porque quisiera proteger a su padre. No porque no confiara en él. Sino porque aquella foto pertenecía a una parte de ella que todavía no sabía compartir con nadie sin sentir que la estaban mirando desde demasiado cerca.

Pero el pasado ya no se dejaba guardar.

No esa noche.

Le enseñó el móvil.

Julián miró la pantalla.

Al principio no entendió.

Después sí.

Lo vio en la forma en que se le tensó la boca.

No dijo nada.

Alba agradeció que no dijera nada. Si hubiera pronunciado una frase torpe, una frase de padre intentando parecer moderno, una frase sobre que eso no era nada o que eran cosas de crías, quizá ella habría explotado allí mismo, frente al bar.

Julián leyó el mensaje.

Después miró la foto otra vez.

—¿Quién tiene esto? —preguntó.

—No lo sé.

—¿Quién la hizo?

—No lo sé.

—¿Valeria la ha visto?

Alba tragó saliva.

—Todavía no.

Su padre le devolvió el móvil.

—Tienes que decírselo.

—Lo sé.

—Ahora.

Alba lo miró.

No esperaba eso.

Julián parecía serio, pero no perdido. Había algo en su cara que Alba recordaba de los partidos importantes cuando era niña, cuando él la llevaba en coche a pueblos pequeños y le decía pocas cosas pero le ataba bien las botas antes de salir.

—No dejes que se entere por otro —dijo.

La frase le golpeó.

Porque era exactamente lo que él había hecho durante años.

Y porque lo sabía.

Julián bajó la mirada.

—No cometas errores por miedo a molestar.

Alba sintió que algo se le cerraba en la garganta.

—Papá…

—Hazlo mejor que yo.

No fue una disculpa.

No completa.

Pero había una humildad torpe en la frase que la dejó sin defensa.

Alba asintió.

—Voy a llamarla.

—¿Quieres que tu madre…?

—No.

—Vale.

Julián se apartó unos pasos, pero no entró al bar. Se quedó allí, cerca, como si por fin hubiera entendido que acompañar no siempre significaba intervenir.

Alba marcó el número de Valeria.

Un tono.

Dos.

Tres.

—¿Alba?

La voz de Valeria sonó cansada.

Más tranquila.

Eso hizo que Alba se odiara un poco por lo que iba a decirle.

—¿Dónde estás?

—Casi en casa.

—Necesito que vuelvas.

Silencio.

—¿Qué ha pasado?

Alba cerró los ojos.

No lo envuelvas bonito.

—Me ha llegado una amenaza. Con una foto antigua de nosotras.

El silencio cambió de forma.

Ya no fue cansancio.

Fue otra cosa.

—¿Qué foto?

—En las gradas. Campo viejo. Tendríamos diecisiete años. No hay beso. Solo… nuestras manos.

Valeria no respondió.

Alba oyó su respiración al otro lado.

—Voy —dijo al fin.

—Puedo ir yo.

—Con esa rodilla no cruzas otra vez la playa de noche. Voy.

Colgó.

Alba se quedó con el teléfono junto al oído unos segundos más, escuchando una ausencia que pesaba demasiado.

Julián la miró.

—¿Viene?

—Sí.

—Entraré dentro.

—Papá.

Él se detuvo.

—¿Qué?

Alba no sabía qué quería decirle. Quizá gracias. Quizá lo siento. Quizá no sé qué hago con todo lo que estoy descubriendo de ti. Pero ninguna frase salió con forma suficiente.

—Nada.

Julián asintió como si entendiera.

—Estoy dentro.

Valeria tardó ocho minutos en volver.

Alba los contó sin querer.

Ocho minutos en los que miró la calle, revisó la foto, bloqueó el móvil, lo desbloqueó, pensó en llamar a Bruno, decidió no hacerlo todavía, imaginó la imagen moviéndose por redes, imaginó titulares, imaginó a periodistas diciendo “relación secreta”, imaginó a desconocidos opinando sobre el cuerpo de Valeria, sobre su pasado, sobre su identidad, sobre ellas, sobre todo lo que no les pertenecía.

Cuando Valeria apareció al final del paseo, caminaba rápido.

No corría.

Pero casi.

Se detuvo frente a Alba sin saludar.

—Enséñamela.

Alba le dio el móvil.

Valeria miró la foto.

No tuvo que acercarla.

No tuvo que preguntar.

La reconoció al instante.

Su rostro no cambió mucho, pero Alba vio cómo la mano que sostenía el teléfono se tensaba.

—Me acuerdo —dijo.

—Yo también.

Valeria leyó el mensaje.

Luego volvió a mirar la foto.

Durante un segundo, Alba pensó que iba a llorar.

No lo hizo.

Valeria levantó la vista.

—¿Número oculto?

—Sí.

—¿Solo te ha llegado a ti?

—Que yo sepa.

—Todavía.

La palabra se clavó entre ellas.

Todavía.

Alba sintió náusea.

—Lo siento.

Valeria le devolvió el móvil.

—No empieces por ahí.

—No sé por dónde empezar.

—Por pensar.

Alba soltó una risa seca.

—Eso se me da regular.

—Pues esta noche vas a practicar.

Valeria miró hacia el bar. A través del cristal se veía a Carmen moviéndose detrás de la barra y a Julián de pie junto a la cafetera, fingiendo hacer algo con una bandeja.

—¿Tu padre la ha visto?

—Sí.

Valeria cerró los ojos un segundo.

—Perfecto.

—No ha dicho nada raro.

—Qué listón tan bajo.

—Lo sé.

Valeria se pasó una mano por el pelo.

Ese gesto, breve, nervioso, le hizo parecer más joven durante un instante. No como la chica de la foto. No exactamente. Pero sí como alguien a quien acababan de devolver a un sitio al que no quería volver.

Alba bajó la voz.

—No quería ocultártelo.

—Me has llamado.

—Sí.

—Entonces no lo has ocultado.

La frase no sonó amable.

Sonó objetiva.

Y esa objetividad la sostuvo un poco.

Valeria miró otra vez la calle.

—Esto puede venir de Mireia. De Daniel. De alguien del club. De alguien que tuvo esa foto durante años. De alguien que ni siquiera sabe lo que significa y solo entiende que puede hacer daño.

—¿Quién pudo hacerla?

Valeria no respondió enseguida.

—Había mucha gente en el campo ese día.

—Sí.

—Pero el ángulo…

Alba abrió la foto otra vez.

Las gradas. Ellas dos. La imagen tomada desde abajo, cerca del banquillo lateral.

—Alguien en el campo —dijo Alba.

Valeria asintió.

—O en la entrada del almacén.

Las dos miraron hacia la dirección del campo viejo, aunque desde allí no se veía.

El pasado acababa de volverse una escena del crimen ridícula.

Una foto adolescente.

Un dedo rozando otro.

Una amenaza.

—¿Se la mando a Bruno? —preguntó Alba.

Valeria dudó.

—Sí. Y a la abogada.

—¿Quieres hacerlo tú o…?

—Hazlo tú. Ahora.

Alba obedeció.

Envió la captura a Bruno con un mensaje breve:

Me acaba de llegar esto. Número oculto. No hagas nada público. Hay que proteger a Valeria.

La respuesta tardó menos de un minuto.

No respondáis. Guardad captura. Necesito hora exacta. ¿Valeria está contigo?

Alba contestó:

Sí.

Bruno escribió:

Bien. No os separéis si no hace falta. Voy para el bar.

Alba miró a Valeria.

—Bruno viene.

Valeria hizo una mueca.

—Maravilloso. Una cita con representante y chantaje. Muy de verano.

Alba casi sonrió.

Casi.

—Podemos esperar dentro.

Valeria miró el Bar Ríos.

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

Alba la entendió.

El bar era Julián. Carmen. Fotos en la pared. Historia familiar. Un sitio demasiado lleno para lo que acababa de pasar.

—Vale. En la terraza.

—En la mesa del extremo.

Se sentaron fuera, junto a la esquina del toldo, donde la luz era menor y la calle quedaba visible. Alba se colocó con dificultad. Valeria no la ayudó, pero esperó de pie hasta que se sentó. Después ocupó la silla frente a ella.

Entre las dos quedó la mesa metálica, el móvil y la foto antigua.

Alba no supo qué hacer con las manos.

Valeria miraba la pantalla apagada como si pudiera ver la imagen a través del cristal negro.

—No era una mala foto —dijo de pronto.

Alba levantó la mirada.

—¿Qué?

—La foto. Si no fuera una amenaza.

Alba sintió que el aire se le movía en el pecho.

—No.

—Era bonita.

La palabra salió con una tristeza limpia.

Alba miró el móvil.

No se atrevió a desbloquearlo.

—Sí.

Valeria apoyó los brazos en la mesa.

—Eso es lo que más rabia me da.

—¿Qué?

—Que conviertan en arma una de las pocas cosas bonitas que no habíamos terminado de destrozar nosotras solas.

Alba sintió el golpe.

No dijo nada.

Valeria continuó:

—Mira esa foto. No estábamos haciendo nada malo. Nada. Dos crías sentadas en unas gradas, tocándose apenas la mano como si el mundo fuera a hundirse por medio centímetro de piel.

La voz le tembló por primera vez.

Muy poco.

Lo suficiente.