La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 6 — La verdad llegó tarde #3
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Capítulo 6 — La verdad llegó tarde #3

—Me gusta cómo las miras. A las niñas. Como si cada una tuviera derecho a ocupar el campo entero aunque esté aprendiendo a controlar un balón. Me gusta que no les hables como si fueran pequeñas promesas de algo futuro, sino como si ya importaran ahora. Me gusta que Lara crea que puede presidir el mundo y que probablemente sea culpa tuya.

Valeria se quedó callada.

Esta vez fue ella quien bajó la mirada.

—No digas cosas así.

—¿Por qué?

—Porque las dices bien.

Alba sintió el pecho apretarse.

—Es lo que pienso.

—Eso es lo peligroso.

Se miraron.

No había beso.

No había contacto.

Y, sin embargo, aquella conversación tenía más intimidad que muchos cuerpos.

Valeria fue la primera en apartar la vista.

—Tengo que irme.

—Te acompaño.

—No hace falta.

—No era por ti. Era para no cruzar la playa sola con una muleta y dignidad insuficiente.

Valeria soltó una risa.

—Vale. Entonces te acompaño yo a ti.

Caminaron hacia el paseo despacio.

Muy despacio.

La arena complicaba cada paso. Valeria no la tocó, pero caminó lo bastante cerca para que Alba supiera que, si tropezaba, no caería del todo. Era un tipo de cuidado que no humillaba.

Alba no recordaba cuándo alguien había hecho eso por ella.

Al llegar a las escaleras, Valeria se detuvo.

—Por aquí no.

—Es el camino más corto.

—Y el más estúpido para tu rodilla.

—Tengo experiencia en caminos estúpidos.

—Demasiada. Vamos por la rampa del puerto.

Alba obedeció.

—Estás mandona.

—Siempre lo fui. Tú estabas demasiado ocupada mirándome la boca para darte cuenta.

Alba casi se atragantó con el aire.

Valeria siguió caminando como si no hubiera dicho nada.

—Eso ha sido muy bajo —dijo Alba.

—También está a la altura adecuada.

—Vas a usar esa frase todo el día.

—Probablemente.

Subieron por la rampa del puerto. Al final, las luces del Bar Ríos seguían encendidas. Desde fuera se veía a Julián recogiendo sillas con movimientos lentos. Carmen estaba junto a la barra, contando la caja o fingiendo hacerlo.

Valeria se detuvo antes de llegar.

Alba también.

—Tu padre está ahí —dijo Valeria.

—Sí.

—Me da rabia que parezca cansado.

Alba la miró.

—¿Por qué?

—Porque es más fácil odiar a la gente cuando no parece humana.

Alba tragó saliva.

—Sí.

Valeria observó el bar.

—Mañana no quiero hablar con él delante de todo el mundo.

—Vale.

—Primero mi madre.

—Vale.

—Después veremos.

—Vale.

Valeria la miró.

—Estás obediente.

—Me han dicho que es parte de mi arco de personaje.

—¿Tu qué?

—Nada. Culpa de Bruno.

Valeria negó con la cabeza.

Pero sonrió.

La puerta del bar se abrió.

Julián salió con dos sillas en la mano.

Al verlas juntas, se quedó quieto.

Alba notó cómo Valeria se tensaba a su lado.

Julián dejó las sillas en el suelo.

Durante unos segundos, nadie dijo nada.

Luego él habló.

—Buenas noches, Valeria.

El nombre salió bien.

Entero.

Sin tropiezos.

Sin esfuerzo visible.

Valeria sostuvo la mirada.

—Buenas noches, Julián.

Aquello no reparó nada.

Pero Alba sintió que algo antiguo se movía, incómodo, en busca de otra posición.

Julián miró a su hija.

—Tu madre te está esperando para cenar.

—Voy.

Él asintió.

Después miró otra vez a Valeria.

Pareció querer decir algo.

No supo.

Valeria tampoco se lo facilitó.

Bien.

Alba no quería frases fáciles.

No esa noche.

—Mañana hablaremos —dijo Julián al fin.

Valeria levantó un poco la barbilla.

—Si mi madre no le prende fuego al pueblo antes.

Julián parpadeó.

Luego, contra todo pronóstico, casi sonrió.

—Tu madre siempre tuvo carácter.

Valeria no sonrió.

—Mi madre siempre tuvo miedo. Que se pareciera al carácter fue parte del problema.

La frase dejó a Julián sin respuesta.

Valeria se volvió hacia Alba.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Valeria se alejó por el paseo.

Alba la vio irse.

No porque no pudiera evitarlo.

Porque no quiso evitarlo.

Julián se acercó despacio.

—Ha cambiado mucho.

Alba no apartó la mirada de la figura de Valeria alejándose.

—Sí.

—Pero sigue mirando igual.

Alba giró la cabeza hacia su padre.

No esperaba esa frase.

Julián parecía incómodo de haberla dicho.

—¿Cómo?

Él recogió una de las sillas.

—Como si viera más de lo que uno quiere enseñar.

Alba miró de nuevo hacia el paseo.

Valeria ya doblaba la esquina.

—Sí —dijo—. Eso nunca lo perdió.

Julián entró al bar sin añadir nada.

Alba se quedó un momento fuera, con el mar sonando al fondo y el teléfono vibrando en su bolsillo.

Pensó que sería Bruno.

O Valeria.

O su madre preguntando por qué tardaba tres siglos en cruzar una puerta.

Pero no era ninguno de ellos.

Era un número oculto.

Un mensaje.

Alba lo abrió.

La foto le heló la sangre.

Era una imagen antigua, tomada en el campo viejo. Dos chicas adolescentes sentadas en las gradas. Una le rozaba la mano a la otra con el dedo meñique. La foto estaba borrosa, pero se entendía demasiado.

Debajo, una frase:

Si queréis remover el pasado, lo removemos todo.

Alba levantó la vista hacia la calle por donde Valeria acababa de irse.

El pueblo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Y por primera vez desde que había vuelto, Alba entendió que alguien no solo quería quitarles un campo, un bar o un paseo.

Alguien sabía exactamente dónde dolía.

Y estaba dispuesto a tocar ahí.