La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 6 — La verdad llegó tarde #2
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Capítulo 6 — La verdad llegó tarde #2

—No tienes que hacerlo.

—Pero quizá necesito.

—Sí.

—No es lo mismo.

—No.

Valeria recogió otra piedra, pero no la lanzó.

—Tu padre habló con mi madre. Mi madre habló conmigo. Yo me callé. Tú te fuiste. Luego Raúl hizo lo de Daniel. Mireia quiere usar el campo. Mi madre probablemente sabía más de lo que dijo. Tu padre ahora no quiere vender el bar. Y tú estás aquí con una rodilla rota como si el destino tuviera un sentido del humor pésimo.

—Muy resumido, pero sí.

—Es demasiado.

—Sí.

Valeria apoyó los codos en las rodillas.

—Estoy cansada de que todo lo importante me llegue tarde.

Alba no respondió.

Porque no había respuesta buena.

Valeria continuó:

—Mi nombre llegó tarde para mucha gente. El respeto llegó tarde. Mi hermano entendió tarde. Mi madre, si es que entendió algo, lo hizo tarde y mal. Tú llegas tarde. Las disculpas llegan tarde. Las amenazas, en cambio, siempre puntuales.

Alba sintió que aquella frase debía quedarse intacta.

No la tocó.

Valeria respiró hondo y se pasó ambas manos por la cara.

—Perdón.

—No.

—Estoy soltándote todo encima.

—No me rompo por escuchar.

Valeria la miró.

—Eso es nuevo.

Alba aceptó el golpe con un gesto.

—Estoy intentando que lo sea.

La mirada de Valeria bajó a su rodilla.

—¿Te duele?

—Sí.

—¿Mucho?

—Bastante.

—¿Y por qué no has dicho nada?

—Porque estabas destrozándome emocionalmente y me parecía de mala educación interrumpir con traumatología.

Valeria la miró.

Durante un segundo no supo si reír o enfadarse.

Ganó la risa.

Pequeña.

Cansada.

Pero real.

—Eres idiota.

—A ratos cada vez más largos.

—Ven. Siéntate más arriba o el agua te va a mojar la ortesis.

—Qué frase tan romántica.

—Es mi especialidad. Romance ortopédico.

Valeria se levantó y esta vez sí le ofreció la mano.

Alba la miró.

La mano.

La piel.

La posibilidad sencilla y enorme de aceptar ayuda.

La aceptó.

Valeria tiró de ella con cuidado. Alba se incorporó torpemente, apoyándose en la muleta con una mano y en Valeria con la otra. Durante un segundo quedaron demasiado cerca.

Demasiado.

Alba notó el calor de su cuerpo, el olor a jabón, sal y algo limpio que no supo nombrar. Valeria no se apartó de inmediato. Sus ojos quedaron a la altura de los suyos, oscuros bajo la luna, abiertos de una manera que no era invitación ni rechazo.

Era memoria.

Y peligro.

Alba sintió el impulso de besarla.

No como antes.

No como la chica de diecisiete años que robaba besos porque no sabía pedir lugar para ellos.

Quiso besarla como una mujer que sabía exactamente cuánto podía romper un gesto.

Por eso no lo hizo.

Pero pensarlo se le notó.

Valeria lo vio.

La mano de Valeria seguía en su brazo.

—No —dijo en voz baja.

Alba tragó saliva.

—No he hecho nada.

—Lo sé.

—Entonces…

—Me lo digo a mí.

La frase les quitó el aire a las dos.

Alba sintió que el mundo se volvía una cuerda muy tensa.

Valeria soltó su brazo despacio.

No con brusquedad.

Con cuidado.

Como si apartarse también costara.

—No quiero que el pasado decida por mí —dijo.

Alba asintió, aunque le dolió.

—Vale.

—Ni el dolor.

—Vale.

—Ni la pena.

—No.

Valeria la miró.

—Si alguna vez vuelvo a besarte, no va a ser porque una noche nos haya dejado sin defensas.

Si alguna vez.

Alba sintió esas tres palabras como un golpe de calor.

No sonrió.

No se permitió tanto.

—Entendido —dijo.

—No lo digas con esa cara.

—¿Qué cara?

—La de persona que acaba de encontrar una cláusula favorable en un contrato.

—No sé qué cara es esa.

—Claro que sí. Eres famosa. Vivís de cláusulas y caras.

Alba soltó una risa nerviosa.

Valeria también sonrió apenas.

El momento no se rompió.

Se transformó.

Eso era más peligroso.

Caminaron unos metros hasta una zona de arena más seca, junto a una barca verde volcada. Alba se sentó sobre una piedra baja. Valeria permaneció de pie frente a ella, con los brazos cruzados y el mar detrás.

—Mañana hablaré con mi madre —dijo Valeria.

Alba levantó la vista.

—¿Segura?

—No.

—Entonces…

—Pero lo haré.

Alba conocía esa voz.

No de antes.

De ahora.

La voz de la mujer que había levantado un equipo con ochenta y tres niñas, que había corregido a un periodista sin temblar, que había llevado años ocupando su nombre hasta hacerlo habitable.

—¿Quieres que vaya contigo?

Valeria la miró.

—Sí.

Alba no esperaba esa respuesta.

—¿Sí?

—No para que hables.

—Vale.

—No para que me defiendas.

—Vale.

—No para que conviertas mi conversación con mi madre en una escena de reparación tuya.

Alba bajó la mirada.

—Vale.

Valeria suavizó un poco la voz.

—Quiero que estés porque tu padre forma parte de esto. Porque tú formas parte de esto. Porque si mi madre va a fingir que aquello fue solo una decisión nuestra, quiero que tenga delante a una de las personas a las que también le robó la verdad.

Alba sintió que la frase le pesaba en las manos.

—Estaré.

—Y después hablaremos con tu padre.

—Sí.

—Y con Raúl.

Alba hizo una mueca.

—¿Todo mañana?

—¿Tienes algo mejor que hacer? ¿Jugar una final?

Alba se miró la rodilla.

—Golpe bajo.

—Está a la altura adecuada.

—Cruel.

—Entrenadora.

La palabra quedó flotando de una forma extraña.

Entrenadora.

No ex.

No recuerdo.

No herida.

Valeria.

Alba sonrió un poco.

—Me gusta verte entrenar.

Valeria la miró con cautela.

—No uses frases bonitas para cambiar de tema.

—No cambio de tema.

—Alba.

—De verdad.

Valeria no contestó.

Alba bajó la voz.