Capítulo 6 — La verdad llegó tarde
Valeria no dijo nada.
Eso fue lo peor.
No gritó. No preguntó de inmediato. No apartó la mirada ni hizo ese gesto seco con la mandíbula que Alba ya empezaba a reconocer como el borde de una defensa. Solo se quedó quieta junto a las barcas, con la luna recortándole el perfil y el mar respirando detrás, como si acabara de oír una lengua que conocía demasiado bien pero no quería volver a hablar.
Alba sintió la muleta hundirse un poco en la arena.
—No lo sabía —dijo.
Valeria siguió sin moverse.
—Me lo ha dicho hoy. Mi padre. Dice que habló con tu madre cuando supo lo nuestro. Que le dijo que éramos jóvenes, que yo tenía carrera por delante, que había que tener cuidado.
La voz de Alba empezó a romperse por sitios pequeños.
Odiaba eso.
Odiaba que la verdad, incluso cuando llegaba tarde, exigiera cuerpo.
—Dice que no le pidió que te apartara de mí. Pero yo no sé qué significa eso viniendo de él. No sé qué dijo exactamente. No sé cuánto cambió tu madre cuando volvió a casa. No sé si tú…
—Sí.
La palabra de Valeria salió baja.
Alba calló.
Valeria miraba el mar.
—Sí cambió.
La noche pareció estrecharse alrededor de ellas.
Había gente al otro lado del paseo, risas lejanas, música de un bar, platos recogidos en alguna terraza. Pero allí, junto a las barcas, el mundo se había reducido a una playa pequeña, una rodilla rota y dos mujeres con demasiada historia mal contada.
Valeria se sentó en la arena.
No sobre una toalla.
No con cuidado.
Como si las piernas dejaran de sostenerla y ella decidiera convertirlo en una elección antes que en una caída.
Alba dudó.
—¿Puedo?
Valeria no la miró.
—Siéntate antes de que te rompas la otra rodilla intentando parecer fuerte.
Alba obedeció.
Le costó. La arena no ayudaba, la muleta era inútil allí y la ortesis le hacía sentir como una versión mal ensamblada de sí misma. Valeria no la ayudó. Tampoco apartó la vista para fingir que no veía su torpeza. La dejó resolverlo.
Alba se sentó a su lado con un esfuerzo que le arrancó una respiración fea.
—Estoy bien —dijo por costumbre.
Valeria soltó una risa sin humor.
—No has dicho una verdad completa en toda la noche.
Alba bajó la mirada.
—Estoy aquí.
Valeria giró la cabeza.
Sus ojos tenían algo oscuro, no de enfado exactamente. De impacto. De una pieza antigua cayendo en un lugar donde nadie la esperaba ya.
—Eso sí parece verdad.
El mar llegó más arriba, borrando una línea de huellas cerca de las barcas.
Durante un rato, ninguna habló.
Alba sintió la necesidad desesperada de llenar el silencio, de explicar mejor, de pedir perdón de una forma tan clara que arreglara algo. Pero cada vez que abría la boca, entendía que cualquier frase podía sonar demasiado interesada en aliviarla a ella.
Así que hizo lo más difícil.
Se calló.
Valeria recogió una piedra pequeña y la giró entre los dedos.
—Aquella noche mi madre me esperó despierta —dijo al fin.
Alba cerró los ojos un segundo.
Aquella noche.
No hacía falta decir cuál.
Había noches que se quedaban con título propio.
—Yo llegué tarde —continuó Valeria—. Venía de buscarte. Había ido al campo, al puerto, a la plaza. Pensé que te habías escondido porque tu padre nos había visto. Pensé que estarías asustada. Pensé muchas cosas. Casi todas mejores que la verdad.
Alba no se movió.
—Cuando entré en casa, mi madre estaba sentada en la cocina. No lloraba. Eso me dio más miedo. Mi madre lloraba por todo. Por anuncios de Navidad, por bodas de gente que no conocía, por canciones malas. Pero aquella noche no lloraba.
Valeria apretó la piedra.
—Me dijo que tenía que pensar en mi vida. Que no podía confundirme más. Que bastante difícil iba a ser todo para mí como para cargar también con los sueños de otra persona. Que tú te irías. Que eras de esas personas destinadas a algo grande y que yo no tenía derecho a convertirme en una piedra en tu camino.
Alba sintió que la frase le entraba por debajo de las costillas.
—Valeria…
—No.
La palabra no fue fuerte.
Pero bastó.
Alba cerró la boca.
—Me dijo que si te quería de verdad, debía dejarte ir. Que amar a alguien también era no arrastrarla a tu incendio.
Valeria soltó una risa pequeña y amarga.
—Qué frase tan bonita, ¿verdad? Muy de madre que cree estar salvándote mientras te abre en dos.
Alba notó las lágrimas antes de poder detenerlas.
No lloró del todo.
Solo se le llenaron los ojos, que era peor porque no tenía la dignidad del llanto ni la utilidad de contenerlo.
—Yo pensé que tú no querías verme —dijo.
Valeria asintió despacio.
—Lo sé ahora.
—Yo escuché a mi padre hablar. O creí escucharlo. Decía cosas horribles. Pensé que hablaba contigo. Pensé que te había convencido de dejarme.
—Y decidiste hacerlo tú primero.
Alba no se defendió.
—Sí.
Valeria lanzó la piedra al agua.
Cayó con un sonido mínimo.
—Siempre fuiste rápida.
Alba tragó saliva.
—En lo peor también.
Valeria la miró entonces.
Había dolor en su rostro.
Dolor adulto.
No el de una chica traicionada en verano, sino el de una mujer que llevaba años colocando piezas y acababa de descubrir que una de las más importantes había estado girada desde el principio.
—¿Sabes qué es lo más triste? —preguntó.
Alba negó.
—Que durante años pensé que quizá mi madre tenía razón.
Alba sintió que el corazón se le encogía.
—No.
—Sí. Pensé que yo era demasiado. Demasiado complicada. Demasiado pueblo. Demasiado transición. Demasiada incertidumbre. Demasiado problema para alguien como tú.
—No eras un problema.
Valeria sonrió con tristeza.
—Ahora lo dices muy bien.
—Lo decía entonces también.
—Entonces lo decías cuando estábamos solas.
El golpe fue justo.
Alba miró la arena.
—Sí.
Valeria volvió la vista al mar.
—Y yo lo entendía. No creas que no. Yo también tenía miedo. A veces más que tú. Me daba miedo que alguien dijera mi nombre antiguo por la calle. Me daba miedo entrar en un vestuario. Me daba miedo que mi madre me mirara un día y solo viera pérdida. Me daba miedo gustarte porque, cuando te gustaba, todo parecía posible, y eso era peligrosísimo.
Alba la miró.
Valeria tenía los ojos brillantes, pero no lloraba.
—Pero contigo, a ratos, el miedo no mandaba solo —dijo.
La frase quedó entre ellas.
Alba sintió que la noche se detenía en torno a esas palabras.
A ratos, el miedo no mandaba solo.
—Yo no supe sostener eso —susurró Alba.
—No.
Otra verdad.
Limpia.
Dura.
Valeria respiró hondo.
—Y cuando te fuiste, me quedé con la versión que podía soportar. Que tú habías elegido tu carrera. Que yo había sido una historia de verano demasiado intensa. Que quizá, si yo hubiera sido más fácil, más discreta, más segura, más todo lo que no era, te habrías quedado un poco más.
Alba se volvió hacia ella.
—No te fui infiel con el fútbol.
Valeria soltó una risa breve, rota.
—Qué frase tan tuya.
—No. Escúchame.
La palabra salió más firme de lo que pretendía.
Valeria la miró.
Alba sintió el vértigo de hablar sin red.
—Yo quería jugar. Quería irme. Quería ser buena. Quería ser la mejor, incluso antes de saber que eso no te salvaba de nada. Pero también te quería a ti. No te dejé porque me estorbaras. Te dejé porque era cobarde y porque alguien me hizo creer que quererte iba a destruirlo todo. Y porque me vino mejor pensar que tú también habías elegido alejarte.
Valeria no apartó la mirada.
Alba continuó, con la voz más baja:
—Eso no te devuelve nada. Lo sé. Pero no quiero que sigas creyendo que te dejé porque eras demasiado. Te dejé porque yo era demasiado poco valiente.
El mar subió otra vez.
Esta vez les rozó las puntas de los zapatos.
Ninguna se apartó.
Valeria cerró los ojos.
Por primera vez esa noche, una lágrima le cayó por la mejilla.
Una sola.
Alba no la tocó.
Quiso hacerlo con una fuerza casi física. Quiso levantar la mano y secarle la cara, como si ese gesto tuviera derecho a existir después de once años. Pero no lo hizo. Había aprendido que el deseo de consolar podía ser egoísta cuando llegaba tarde.
Valeria se limpió la lágrima con el dorso de la mano.
—Mi madre nunca volvió a hablar de ti —dijo.
Alba escuchó.
—Nunca. Ni para criticarte. Ni para preguntarme si sabía algo. Ni cuando empezaste a salir por televisión. Si alguien mencionaba tu nombre, cambiaba de tema o se ponía a fregar algo con mucha violencia.
—Mi madre tenía fotos mías en el bar.
—Lo sé.
—¿Ibas?
Valeria sonrió apenas.
—Al Bar Ríos va todo el mundo. Es imposible boicotearlo sin deshidratarse socialmente.
—Pero veías las fotos.
—Sí.
—¿Y?
Valeria tardó en contestar.
—Al principio las odiaba.
Alba asintió.
—Luego me acostumbré. Después, cuando jugaste la final de liga, el bar estaba lleno. Yo pasé por delante y todo el mundo gritó un gol tuyo. Me quedé fuera, junto a la ventana. No quería entrar. Pero te vi correr hacia la grada, con esa cara de animal feliz que pones cuando marcas algo importante.
Alba no sabía qué hacer con las manos.
—No sabía que estabas allí.
—No estabas mirando hacia las ventanas de un bar en Santamar, Alba. Estabas ganando una liga.
—Aun así.
Valeria la miró.
—Me alegré por ti.
Aquello dolió más que un reproche.
Alba bajó la cabeza.
—No sé si yo habría sabido alegrarme por ti entonces.
—Yo tampoco lo sé.
No había crueldad en su voz.
Solo una honestidad que dejaba poco espacio para esconderse.
Durante un rato escucharon el agua.
La playa se había vaciado casi por completo. En el paseo, un camarero recogía sillas. Una pareja caminaba lejos, junto a la orilla. Una gaviota gritó en la oscuridad como si también tuviera algo que reclamar.
Alba miró la línea del puerto.
—Mi padre quiere hablar contigo.
Valeria giró la cabeza de golpe.
—¿Qué?
—No ahora. No esta noche. Pero se lo he dicho. Que tienes derecho a saber. Que no puede esconderse detrás de mí.
Valeria se quedó muy quieta.
—¿Y él qué ha dicho?
—Que vale.
—¿Tu padre?
—Sí.
—Julián Ríos ha dicho que vale.
—También ha dicho que SeaFuel Café es un nombre imbécil.
Valeria parpadeó.
Luego soltó una risa.
Una risa de verdad.
Breve, incrédula, preciosa.
A Alba se le aflojó algo en el pecho.
—Lo es —dijo Valeria.
—Muchísimo.
La risa se apagó despacio.
Valeria volvió a mirar el mar.
—No sé si quiero hablar con él.