La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 5 — El hermano de Valeria #3
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Capítulo 5 — El hermano de Valeria #3

—Podrías habérmelo pedido —dijo.

Julián levantó la mirada con brusquedad.

—No.

—Soy tu hija.

—Y no voy a pedirle dinero a mi hija.

—¿Pero sí vas a perder el bar?

—Ese bar lo levanté yo.

—Y por eso tienes que dejar que te ayuden.

—¿Ayudarme? ¿Tú? ¿Vienes ahora a decirme cómo se salva esto?

La frase habría iniciado una pelea el día anterior.

Alba lo sintió.

La vieja respuesta subiéndole a la boca. La defensa. El ataque. El “pues arréglate solo”. La puerta cerrándose.

Pensó en Valeria.

No desaparezcas.

Pensó en Bruno.

Escucha primero.

Pensó en su madre.

No intentes arreglar en una mañana lo que llevas años sin mirar.

Respiró.

—No sé salvarlo —dijo—. Pero puedo mirarlo contigo.

Julián se quedó callado.

Alba empujó el render de Bruno sobre la mesa. Lo había impreso en el bar, con mala calidad, en papel normal. Aun así, el futuro falso brillaba demasiado.

—Esto es lo que quieren poner donde está el bar.

Su padre miró la imagen.

No dijo nada.

El silencio se alargó.

Alba observó su cara.

Primero no entendió.

Después sí.

Después lo entendió demasiado.

Julián tocó el papel con dos dedos, justo encima del letrero SeaFuel Café.

—Qué nombre más imbécil —dijo.

Alba soltó una risa inesperada.

Pequeña.

Dolorosa.

—Sí.

Su padre siguió mirando.

—Han quitado las fotos.

—¿Qué fotos?

—Las de la pared. En el render no están. Han puesto plantas.

Alba no supo qué decir.

Julián no miraba la cafetería moderna. No miraba las sombrillas ni las bicicletas eléctricas. Miraba el hueco donde deberían estar las fotos de los equipos infantiles, de los clientes antiguos, de Alba con sus primeras botas embarradas, de su madre detrás de la barra en una verbena, de treinta años de vida pegados a una pared que un diseñador había sustituido por macetas.

—Papá…

Él apartó el render.

—No vendo.

La frase salió seca.

Absoluta.

Alba lo miró.

—¿Seguro?

—No vendo mi bar para que pongan eso.

—Van a presionarte.

—Que presionen.

—No será fácil.

Julián levantó la vista.

Por primera vez en mucho tiempo, Alba vio en él algo que no era orgullo defensivo.

Era decisión.

—Nada que haya valido la pena en esta familia ha sido fácil.

La frase se quedó entre ellos.

Alba pensó en preguntar si hablaba de ella.

No lo hizo.

Quizá porque, por una vez, no necesitaba obligar a su padre a decirlo perfecto.

—Valeria está organizando a las familias —dijo—. Deberíamos hablar con ella.

Julián se tensó apenas.

—Con Valeria.

—Sí.

—Ya.

Ahí estaba.

El viejo borde.

La incomodidad heredada.

Alba sintió el cansancio antes que la rabia.

—Papá.

—No he dicho nada.

—Lo has respirado, como diría mamá.

Julián apretó la mandíbula.

—No tengo ningún problema con Valeria.

Alba lo miró.

—Esa frase la dice siempre alguien que tiene que revisar algo.

Su padre se levantó, fue hasta la ventana y miró hacia el paseo.

—No es eso.

—Entonces ¿qué es?

Él tardó en hablar.

—Me recuerda a una época en la que no hice las cosas bien contigo.

Alba se quedó quieta.

La frase entró despacio.

Con cuidado.

Como si no quisiera romper nada antes de llegar al centro.

—¿Qué cosas?

Julián seguía de espaldas.

—Yo sabía que había algo entre vosotras.

Alba sintió que la habitación cambiaba de presión.

—¿Qué sabías?

—No todo. O no quería saber todo. Pero algo sí.

Ella no respiró.

Durante años había imaginado esa conversación como una explosión. Gritos. Reproches. Su padre diciendo barbaridades antiguas. Ella marchándose. Una puerta.

No aquello.

No su padre de espaldas, mirando el paseo que querían quitarle, hablando como un hombre cansado al que por fin se le habían acabado las excusas útiles.

—¿Y qué hiciste? —preguntó Alba.

Julián cerró los ojos.

—Nada bueno.

El corazón de Alba empezó a golpearle.

—Papá.

Él se giró.

Tenía el rostro más viejo.

—Pensé que era una fase. Una cosa de adolescentes. Pensé que si te ibas a Madrid se te pasaría. Pensé muchas estupideces que entonces me parecían prudencia.

Alba sintió una mezcla de furia y dolor tan antigua que casi no reconoció su propio cuerpo.

—Valeria no era una fase.

—Lo sé.

—¿Lo sabes ahora o lo sabías entonces?

Julián tragó saliva.

—Entonces no quise saberlo.

La respuesta no reparaba nada.

Pero por primera vez tenía forma de verdad.

Alba miró la mesa, los papeles, el render, la carpeta marrón.

—¿Le dijiste algo?

—¿A Valeria?

—Sí.

—No.

—¿Seguro?

—A ella no.

Alba notó el matiz.

—¿A quién?

Julián apartó la mirada.

Y el pasado, que esa tarde ya estaba demasiado presente, abrió otra puerta.

—A su madre —dijo.

Alba sintió frío.

—¿Qué le dijiste?

—Que tuviera cuidado. Que erais muy jóvenes. Que tú tenías una carrera por delante. Que en un pueblo las cosas se complicaban.

—Dios.

—No le dije que la apartara de ti.

—No hacía falta que lo dijeras así.

Julián cerró la boca.

Alba se levantó como pudo, apoyándose en la mesa.

La rodilla le dolió, pero esa vez le dio igual.

—¿Tienes idea de lo que hiciste?

—Alba…

—No. ¿Tienes idea?

—Intentaba protegerte.

La frase fue tan previsible que casi no dolió.

Casi.

—Me protegiste de ser feliz.

Julián recibió la frase como una bofetada.

Alba sintió lágrimas en los ojos, pero no lloró.

No aún.

—Me hiciste creer que aquello era algo de lo que había que huir. Que si me quedaba, perdía mi futuro. Que quererla me hacía menos seria, menos profesional, menos capaz.

—Yo nunca dije eso.

—Lo dijiste de mil formas sin decirlo.

Su padre apoyó una mano en el respaldo de la silla.

Parecía necesitarlo.

—Me equivoqué.

Alba no estaba preparada para oírlo.

Por eso se enfadó más.

—No puedes decir eso así.

—¿Cómo quieres que lo diga?

—No lo sé. Peor. Mejor. Con once años de antelación.

Julián bajó la cabeza.

—Ojalá pudiera.

El silencio cayó sobre la habitación.

Desde abajo llegó la voz de Carmen hablando con alguien. Un plato. Una silla arrastrada. Vida cotidiana empeñada en continuar incluso cuando una hija acababa de encontrar una pieza rota de su historia.

Alba se limpió la cara con rabia.

—Valeria tiene que saberlo.

Julián levantó la vista.

—Alba.

—Tiene derecho.

—No sé si soy la persona…

—No vas a esconderte detrás de mí.

Su padre cerró los ojos.

Alba respiraba rápido.

Demasiado rápido.

La rodilla le palpitaba.

El pecho también.

—Mañana habrá reunión con familias y negocios afectados —dijo—. Vas a venir.

Julián no respondió.

—Vas a venir —repitió—. Y vas a escuchar a Valeria. Y si hay que hablar de lo que hiciste, hablarás.

—Delante de todos no.

—Eso lo decidirá ella.

Él la miró entonces.

Quizá quiso negarse.

Quizá quiso recuperar el viejo lugar de padre que no se explica, no se disculpa y no se dobla.

Pero algo en la mesa lo detuvo.

El render.

El bar borrado.

Las fotos sustituidas por plantas.

Su vida convertida en decoración para turistas.

—Vale —dijo.

Otra vez esa palabra.

Más pequeña.

Más difícil.

Alba salió del comedor con la sensación de que le habían quitado algo y le habían devuelto otra cosa que todavía no sabía sostener.

En el pasillo, Carmen la esperaba.

No fingió no haber escuchado.

—¿Estás bien?

Alba soltó una risa rota.

—Todo el mundo me pregunta eso últimamente como si hubiera una respuesta disponible.

Su madre la abrazó.

Esta vez Alba no se apartó.

Se quedó allí, con la muleta apoyada en la pared, la rodilla doliendo, el cuerpo cansado y la cabeza llena de un nombre que no dejaba de volver.

Valeria.

Tenía que escribirle.

No quería hacerlo por mensaje.

No para aquello.

Bajó al bar más tarde, cuando ya anochecía. Bruno había conseguido el contacto de una abogada urbanística en Tarragona. Carmen preparaba cena. Julián seguía arriba, probablemente mirando papeles y culpas con la misma expresión.

Alba salió a la terraza.

El paseo estaba lleno de luz amarilla. El mar, oscuro al fondo. Santamar olía a verano, a fritura, a perfume barato, a cerveza derramada y a esa calma falsa de los lugares que todavía no saben que alguien ha decidido venderlos por partes.

Marcó el número de Valeria.

Tardó en responder.

—Alba.

Solo su nombre.

Y aun así.

—¿Puedes verme esta noche?

Hubo una pausa.

—¿Ha pasado algo?

Alba miró hacia la ventana del piso familiar.

—Sí.

—¿Sobre el proyecto?

—También.

Valeria respiró al otro lado.

—Estoy cansada.

—Lo sé.

—Entonces dime si puede esperar.

Alba cerró los ojos.

Su padre.

La madre de Valeria.

La frase antigua: tenía una carrera por delante.

—No debería.

Silencio.

Después, Valeria dijo:

—En la playa. Donde las barcas.

Alba sintió que el pasado le ponía una mano en la espalda.

—¿A qué hora?

—Media hora.

—Iré.

—Alba.

—¿Sí?

—Si es algo que va a doler, no lo envuelvas bonito.

Alba miró el mar.

—No sé envolver bonito.

Valeria soltó una risa mínima, sin alegría.

—Mentira.

Y colgó.

Media hora después, Alba bajó a la playa con la pierna torpe, el corazón peor y la certeza de que algunas segundas oportunidades no empezaban con un beso, ni con una disculpa, ni con una promesa.

A veces empezaban llevando una verdad tarde a la persona que debió haberla recibido a tiempo.

Valeria estaba junto a las barcas.

La luna dibujaba un borde claro sobre sus hombros.

Alba se acercó despacio.

Valeria no se movió.

—Dime —pidió.

Alba apoyó la muleta en la arena.

El mar respiraba al lado.

Durante un segundo, pensó en la chica de diecisiete años que había corrido de aquella playa creyendo que irse era salvarse.

Después miró a la mujer que tenía delante.

—Mi padre habló con tu madre —dijo.

Y la noche, hasta entonces cálida, pareció quedarse sin aire.