Capítulo 5 — El hermano de Valeria #2
—Raúl —dijo, más bajo—. Están usando lo que les diste para quitarnos un lugar. A las niñas. Al bar. Al paseo. A todos. Si no haces nada, esto también será tuyo.
Él se pasó las manos por la cara.
—Necesito tiempo.
—No tenemos mucho.
—Un día.
—Raúl.
—Un día. Déjame hablar con alguien. Ver qué puedo sacar sin que me revienten.
Valeria no quería darle ese día.
Se lo dio.
Porque seguía siendo su hermano.
Y porque algunas traiciones dolían precisamente porque una todavía recordaba a quién habían pertenecido antes de traicionar.
—Hasta mañana —dijo.
Él asintió.
Valeria fue hacia la puerta.
Antes de salir, Raúl habló:
—Val.
Ella se detuvo.
—¿Qué?
—Cuando me dijeron lo del campo… pensé que quizá era mejor. Que con instalaciones nuevas las niñas tendrían más. Que tú tendrías más.
Valeria no se giró.
—¿Y luego?
—Luego vi los números.
—¿Y?
—Que las niñas como Noa no entran en esos números.
La frase quedó en el aire.
Valeria cerró los ojos.
Noa.
Su sobrina, con sus coletas torcidas, sus preguntas imposibles y su manía de pintar botas de fútbol en todos los cuadernos.
—Entonces piensa rápido —dijo.
Y salió.
En la calle, el sol ya estaba alto. Valeria caminó sin saber bien hacia dónde. No quería volver al campo todavía. No quería ir a casa. No quería ver a nadie. Y, sobre todo, no quería escribir a Alba.
Eso fue lo que más la enfadó.
Que una parte de ella quisiera hacerlo.
No para pedirle ayuda.
No solo.
Quería contarle que Raúl había mentido, pero no del todo. Que el proyecto era peor de lo que pensaban. Que la amenaza no salía de la nada. Que su hermano estaba hundido hasta las rodillas en una mezcla de deuda y cobardía. Que Valeria estaba furiosa, asustada y cansada de ser siempre la persona fuerte de una historia que otros rompían.
Pero escribir a Alba era abrir una puerta.
Y Valeria no sabía cuántas puertas podía abrir antes de perder el control de la casa.
Se sentó en un banco cerca del mercado.
Sacó el móvil.
Lo guardó.
Lo volvió a sacar.
Estúpida.
Antes de decidir, recibió un mensaje.
De Alba.
No voy a preguntarte qué ha pasado porque prometí no convertirme en tormenta. Pero estoy aquí.
Valeria miró la pantalla.
Estoy aquí.
Dos palabras peligrosas.
Dos palabras que no deberían significar tanto.
No contestó enseguida.
Una mujer salió del mercado con bolsas de fruta y la saludó con un movimiento de cabeza. Valeria respondió por inercia. Dos hombres discutían sobre el precio de la sardina. Una moto pasó demasiado cerca de la acera. El pueblo seguía viviendo, indiferente al modo en que algunas frases podían abrir heridas antiguas.
Valeria escribió:
Raúl colaboró con ellos. Más de lo que esperaba. Menos de lo que temía.
La respuesta de Alba llegó casi al instante.
Lo siento.
Valeria pensó en decirle que no lo sintiera. Que no era suyo. Que bastante tenía con su rodilla, su padre, su bar, su carrera rota y su tendencia a querer arreglar el mundo como si fuera una jugada en el minuto noventa.
Pero no lo hizo.
Respondió:
Yo también.
Alba escribió:
¿Quieres que nos veamos?
Valeria cerró los ojos.
Sí.
No.
Demasiado.
Todavía.
Escribió:
No puedo ahora. Necesito pensar.
Alba respondió:
Vale. No desaparezco.
Valeria apretó el móvil en la mano.
La promesa era pequeña.
Precisamente por eso daba miedo.
Alba estaba en la terraza del Bar Ríos cuando recibió el último mensaje de Valeria.
No desaparezco.
Lo había enviado sin pensarlo demasiado.
Después se quedó mirando la pantalla como si las palabras pudieran volverse contra ella.
Bruno estaba sentado al otro lado de la mesa, con el portátil abierto, un café intacto y esa concentración que usaba cuando un problema empezaba a interesarle demasiado.
—¿Valeria? —preguntó sin levantar la vista.
—No tienes derecho a adivinar con esa precisión.
—No adivino. Tu cara cambia.
—Mi cara está lesionada emocionalmente.
—También.
Alba bloqueó el móvil.
—Raúl colaboró con ellos.
Bruno dejó de teclear.
—Ya.
—¿Ya?
—Era probable.
—Podrías fingir sorpresa por solidaridad narrativa.
—La sorpresa es cara y la uso poco.
Alba se inclinó hacia él.
—¿Qué encontraste?
Bruno giró el portátil hacia ella.
En la pantalla había una carpeta de documentos, noticias locales, registros mercantiles y capturas de redes sociales.
—Costa Dorada Sports Experience es nueva. Demasiado nueva para el tamaño del proyecto. Daniel Sanchís aparece como director de desarrollo, pero no como propietario principal. Hay una sociedad detrás con inversiones en ocio, alojamientos turísticos y reformas urbanísticas.
—Eso ya suena mal.
—Empeora.
Bruno abrió una noticia antigua.
—Hace tres años, una empresa del mismo grupo intentó comprar terrenos cerca de Cambrils para un complejo deportivo. Prometieron integración local, becas, empleo. Al final hubo denuncias por incumplimientos, cambios de uso y desplazamiento de clubes pequeños.
Alba leyó por encima.
—¿Y salió adelante?
—A medias. Suficiente para hacer dinero. No suficiente para cumplir lo prometido.
—Qué sorpresa.
Bruno abrió otra pestaña.
—Además, Daniel Sanchís trabajó antes con una consultora de reposicionamiento costero.
—Eso suena a crimen con vistas al mar.
—Básicamente: identifican zonas con suelo barato o municipal, actividad comunitaria débil o vulnerable, promesas de deporte, bienestar, turismo sostenible, y luego crean productos premium.
Alba miró hacia el bar.
Su padre estaba dentro, sirviendo cafés. Carmen hablaba con una clienta. Todo parecía normal, pero ya no lo era. Nada era normal cuando alguien había puesto precio al suelo debajo de tu casa.
—¿El Bar Ríos entra en el plan seguro?
—Sí. He conseguido un render filtrado de una presentación anterior.
Bruno abrió una imagen.
Alba la miró.
El paseo marítimo de Santamar aparecía limpio, brillante, irreconocible. Donde estaba el Bar Ríos había una terraza moderna con sombrillas blancas, una tienda de alquiler de bicicletas eléctricas y un letrero en inglés: SeaFuel Café.
Alba sintió algo caliente subirle por el pecho.
—SeaFuel Café.
—Sí.
—Van a quitar el bar de mi padre para poner una cafetería que parece una aplicación.
—Eso parece.
Alba se levantó demasiado rápido.
La rodilla protestó.
—Mierda.
Bruno cerró el portátil a medias.
—Siéntate.
—No me digas que me siente.
—Te digo que si conviertes esta rabia en movimiento sin rodilla, mañana no podrás ni ducharte.
Alba se quedó de pie, apoyada en la muleta, respirando con dificultad.
—Mi padre lo sabe.
—Probablemente no con ese render.
—Se lo tengo que enseñar.
—Sí. Pero no como si fueras a lanzarle una bomba para ver si reacciona.
Alba lo miró.
—Últimamente todo el mundo opina sobre mi manera de lanzar bombas.
—Porque tienes mala técnica.
Ella se dejó caer despacio en la silla.
Le temblaban las manos.
No de miedo.
O quizá sí.
—¿Qué hacemos?
Bruno giró el portátil otra vez.
—Primero, ordenar pruebas. Segundo, hablar con un abogado local que no esté comprado o asustado. Tercero, decidir si esto se filtra y cómo. Cuarto, coordinar con Valeria.
Alba miró el móvil.
—Valeria necesita pensar.
—Entonces déjala pensar.
—No sé hacer eso.
—Aprende. Está de moda en tu proceso de maduración.
Alba no contestó.
Bruno apoyó los antebrazos en la mesa.
—Alba, esto es importante. Si vas demasiado rápido, Daniel y Mireia harán dos cosas: convertirte en una estrella caprichosa que no entiende el desarrollo local y convertir a Valeria en una activista radical movida por resentimientos personales. Ya tienen parte del encuadre. No se lo regales entero.
—¿Y mi padre?
—Tu padre es clave. Su bar da imagen. Si él se opone públicamente, suma mucho. Si se asusta y negocia solo, se rompe el frente.
—No va a querer hablar.
—Entonces escucha primero.
Alba soltó una risa amarga.
—Me vais a gastar la palabra escuchar.
—Te hacía falta.
Por la tarde, cuando el bar cerró después del servicio de comidas, Alba subió al piso familiar con su padre.
Julián llevaba una carpeta marrón bajo el brazo. No hablaban. La escalera de casa le pareció más estrecha que nunca. Carmen se había quedado abajo, no porque no quisiera subir, sino porque entendía que algunas conversaciones necesitaban menos testigos para no convertirse en teatro.
Entraron al comedor.
El piso olía a café, cera de muebles y ropa limpia. En la pared seguían las fotos familiares: Alba con siete años y un balón demasiado grande, Alba con doce levantando una copa, Alba con dieciocho el día que se fue a Madrid. En casi todas, su padre parecía serio al lado, como si sonreír pudiera restarle autoridad.
Julián dejó la carpeta sobre la mesa.
—Esto es lo que tengo.
Alba se sentó con cuidado.
—Gracias.
Su padre pareció incómodo con la palabra.
Abrió la carpeta.
Había cartas del ayuntamiento, propuestas de valoración, un borrador de compensación, planos parciales y una invitación a una reunión privada con Mireia y Daniel Sanchís.
Alba leyó en silencio.
No entendía todos los detalles, pero entendía lo suficiente.
Querían ofrecerle dinero.
No una fortuna.
Lo bastante para tentar a un hombre cansado.
Lo bastante para que vender pareciera sentido común y resistir pareciera orgullo.
—¿Ibas a aceptar? —preguntó.
Julián no contestó enseguida.
—No lo sabía.
Alba levantó la vista.
—Papá.
—No lo sabía, Alba.
La dureza de su voz no era enfado.
Era vergüenza.
—El bar va justo. Más justo de lo que tu madre cree.
—¿Mamá no lo sabe?
—Sabe una parte.
—Otra vez.
Él golpeó la mesa con la palma, no muy fuerte, pero lo suficiente.
—No quería preocuparos.
Alba cerró los ojos.
La frase.
Siempre la frase.
Cuando los abrió, intentó hablar sin gritar.
—¿Desde cuándo va mal?
Julián miró los papeles.
—Desde después de la pandemia nunca volvió igual. Luego subió todo. Luz, proveedores, alquiler de máquinas, seguros. El verano salva, el invierno se come lo salvado. Y yo ya no tengo treinta años.
La última frase salió más baja.
Más difícil.
Alba miró sus manos.
Las manos de su padre eran grandes, con dedos gruesos y uñas cortas. Manos de barra, cajas, cafetera, persianas, reparaciones hechas tarde por no pagar a alguien. De niña le parecían manos indestructibles.
Ahora vio manchas, venas, cansancio.