Capítulo 5 — El hermano de Valeria
Raúl Herrera vivía encima de un taller mecánico, en una calle estrecha que olía a gasolina, pan recién hecho y ropa tendida demasiado cerca de los tubos de escape.
Valeria no había estado allí desde hacía seis meses.
Eso fue lo primero que pensó al detenerse frente al portal.
Seis meses.
No porque Santamar fuera grande. En Santamar nadie estaba lejos de nadie. Podías cruzarte con una persona a la que evitabas durante años en la cola de la farmacia, en el mercado, en una procesión o eligiendo tomates como si la vida no tuviera sentido del humor.
Pero Valeria había aprendido que la distancia real no se medía en calles.
Se medía en conversaciones que una dejaba de intentar.
Miró el telefonillo.
Herrera — 2º 1ª
El apellido seguía allí, escrito en una etiqueta torcida, igual que cuando Raúl se mudó después de separarse de Elena. Valeria recordaba haberle ayudado a subir una mesa, dos sillas, un colchón y tres cajas de herramientas. Él había dicho:
—No necesito más.
Valeria había pensado entonces que los hombres de su familia confundían no necesitar con no saber pedir.
Pulsó el timbre.
Nada.
Volvió a pulsar.
Una voz ronca respondió:
—¿Quién?
—Soy yo.
Silencio.
Después, el sonido metálico de la puerta abriéndose.
Valeria subió las escaleras despacio. El edificio era antiguo, con paredes desconchadas y una bombilla que parpadeaba en el segundo tramo. Al llegar arriba, Raúl ya estaba en la puerta.
Tenía treinta y ocho años, barba de dos días, camiseta gris y los ojos cansados de quien dormía mal incluso cuando dormía. De niño había sido el más guapo de la familia. De adulto seguía siéndolo, pero de una forma deteriorada, como una fachada bonita con grietas que nadie reparaba porque todavía no se caía del todo.
—Val —dijo.
Val.
Era el único que seguía llamándola así a veces.
No Valeria. No el nombre entero, limpio, trabajado, conquistado.
Val.
Un resto antiguo.
No siempre le molestaba.
Ese día sí.
—Tenemos que hablar.
Raúl miró la escalera detrás de ella, como si esperara ver a alguien más.
—¿Vienes sola?
—Sí.
—Pasa.
El piso estaba desordenado con una tristeza práctica. Platos en el fregadero. Una chaqueta sobre el sofá. Una factura abierta en la mesa. Una televisión encendida sin sonido. En una esquina, una mochila infantil con un llavero de unicornio recordaba que Raúl tenía una hija de ocho años que pasaba allí fines de semana alternos y algunos miércoles si Elena trabajaba turno doble.
Valeria miró la mochila.
—¿Está Noa?
—En el colegio.
—Bien.
Raúl cerró la puerta.
—¿Quieres café?
—No.
—Entonces es grave.
Valeria sacó el móvil y abrió el mensaje de Bruno. Se lo tendió.
Raúl lo leyó.
La expresión no le cambió mucho.
Eso fue lo que confirmó el miedo.
—¿Qué haces con Daniel Sanchís? —preguntó Valeria.
Raúl le devolvió el móvil.
—Nada.
—No empieces mintiendo tan pronto.
—No estoy mintiendo.
—Aparece tu nombre vinculado a su empresa.
—Mi nombre aparece en muchos sitios.
—Raúl.
Él pasó junto a ella y fue hacia la cocina. Cogió un vaso del fregadero, lo enjuagó sin jabón y lo llenó de agua.
Valeria sintió una rabia vieja.
La de toda la vida.
Raúl huyendo hacia gestos prácticos cuando una conversación pedía quedarse quieto.
—Dime qué relación tienes con Costa Dorada Sports Experience.
—Hice un trabajo puntual.
—¿Qué trabajo?
—Contactos.
—¿Qué contactos?
Raúl bebió agua.
—Gente del club. Gente del ayuntamiento. Cosas así.
Valeria soltó una risa breve.
No tenía nada de divertida.
—Cosas así.
—No sabía que iban a tocar el campo de las niñas.
—¿Me estás diciendo que trabajaste para una empresa que quería entrar en instalaciones deportivas municipales y no se te ocurrió preguntar qué instalaciones?
—Me dijeron que era una propuesta amplia.
—Qué casualidad, igual que sus mentiras.
Raúl dejó el vaso sobre la encimera.
—No vengas a mi casa a hablarme como si yo fuera el enemigo.
—Entonces no te pongas en su lado.
—Tú no sabes en qué lado estoy.
—Por eso estoy preguntando.
Él se pasó una mano por la barba.
—Necesitaba dinero.
La frase cayó sin defensa.
Valeria calló.
Había imaginado varias respuestas. Excusas, soberbia, evasivas. No esa. No tan sencilla. No tan triste.
—¿Cuánto? —preguntó.
Raúl la miró.
—No importa.
—Si no importara, no habrías aceptado.
Él apartó la vista.
Valeria sintió que la rabia cambiaba de forma. Seguía allí, pero ya no podía avanzar tan recta. El dinero siempre hacía eso. Ensuciaba las culpas. Las volvía menos cómodas.
—¿Por deudas?
Raúl no respondió.
—Raúl.
—El taller va mal.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre, últimamente.
—Eso no es una fecha.
—Desde que perdí el contrato con el puerto. Desde que Elena pidió revisar la pensión. Desde que Noa empezó con las clases de refuerzo. Desde que todo cuesta más y todo entra menos. Elige una.
Valeria cerró los ojos un segundo.
—Podrías haberme dicho algo.
Raúl soltó una risa áspera.
—¿Para qué? ¿Para que me hicieras una hoja de cálculo moral?
—Para ayudarte.
—Tú ya ayudas a medio pueblo, Valeria. No necesito ponerme a la cola con un número.
—Soy tu hermana.
La frase salió antes de que pudiera protegerse.
Raúl la miró.
Algo se movió en su rostro.
Culpa, quizá.
O cansancio.
—Ya lo sé.
—A veces no lo parece.
—No empieces.
—No. Hoy sí empiezo. Hoy vas a escucharme.
Raúl apretó la mandíbula.
Valeria dio un paso hacia él.
—Llevo años intentando no pedirte nada. A ti, a mamá, a nadie. Años intentando hacer mi vida sin exigir que entendierais todo perfecto, sin pasar factura por cada comentario, por cada silencio, por cada vez que decíais mi nombre como si hubiera que practicarlo en privado antes de usarlo en público.
—Valeria…
—No he terminado.
Él cerró la boca.
Bien.
—Y ahora descubro que mi propio hermano ha abierto la puerta a una empresa que quiere quitarle el campo a mis niñas, mover el paseo, tocar el bar de los Ríos y venderlo todo con palabras bonitas.
—No sabía lo del bar.
—Pero sabías algo.
Raúl respiró hondo.
El piso pareció hacerse más pequeño.
—Sabía que querían preparar una propuesta para el ayuntamiento. Sabía que el campo viejo estaba en los planos como zona de actuación. Pero me dijeron que la escuela se integraría en el proyecto.
—¿Integraría cómo?
—No lo sé.
—No preguntaste.
—No.
La honestidad llegó tarde.
Pero llegó.
Valeria sintió ganas de llorar y le dio rabia.
No iba a llorar en el piso de su hermano por una traición envuelta en precariedad y estupidez masculina.
—Me usaron —dijo Raúl.
—También te dejaste usar.
Él asintió.
No se defendió.
Eso dolió más.
Valeria miró la factura abierta sobre la mesa.
—¿Firmaste algo?
—Un acuerdo de colaboración. Nada grande.
—Quiero verlo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Confidencialidad.
Valeria lo miró con incredulidad.
—¿Confidencialidad? ¿De verdad vas a protegerles?
—No les protejo. Me protejo yo.
—¿De qué?
Raúl no respondió.
—¿Qué has hecho?
Él fue hacia la ventana y la abrió un poco. Desde abajo subió el ruido del taller: una herramienta cayendo, un motor arrancando, alguien insultando con poca creatividad.
—Les pasé contactos internos del club —dijo—. Gente que podía apoyar, gente que podía oponerse. Les dije quién estaba cansado, quién tenía deudas, quién quería que el masculino tuviera mejores horarios. Les hablé del convenio. De sus debilidades.
Valeria sintió que algo se le hundía por dentro.
—Les diste el mapa.
Raúl no la miró.
—Sí.
—¿Incluido yo?
Él cerró los ojos.
—Valeria…
—¿Incluido yo?
—Les dije que contigo no sería fácil.
Ella soltó una risa rota.
—Qué detalle.
—No les hablé de tu vida.
—No te creo.
Raúl se giró.
—Eso no.
La frase salió con más fuerza.
Por primera vez, Valeria vio algo firme en él.
—Eso no —repitió—. Puedo ser imbécil. Puedo estar desesperado. Puedo haberme vendido barato. Pero no les hablé de tu transición, ni de mamá, ni de antes, ni de nada que no tuviera que ver con el club. Eso no.
Valeria sostuvo su mirada.
Quería creerle.
Odiaba querer creerle.
—Alguien me ha mandado una amenaza —dijo.
Raúl palideció.
—¿Qué?
Valeria le enseñó el mensaje.
Él lo leyó.
Esta vez sí cambió su cara.
—Joder.
—¿Quién tiene esa información?
—No lo sé.
—Raúl.
—No lo sé. Daniel puede haberla pedido por otro lado. Mireia conoce a todo el pueblo. Cualquiera sabe cosas. Ya sabes cómo funciona aquí.
Sí.
Lo sabía.
Santamar era una garganta con muchas lenguas.
Raúl le devolvió el móvil.
—No he sido yo.
—Pero has ayudado a que estén más cerca.
Él no pudo negarlo.
Valeria se guardó el teléfono.
—Necesito el acuerdo.
—No puedo dártelo.
—Entonces necesito que declares lo que sabes.
Raúl la miró como si hubiera pedido que se tirara por la ventana.
—No puedo hacer eso.
—Sí puedes.
—Me hunden.
—Nos están hundiendo a todos.
—A ti te apoyarán. Ahora tienes a Alba Ríos al lado.
La frase fue un disparo mal apuntado y aun así encontró carne.
Valeria dio un paso atrás.
—No metas a Alba.
—¿Por qué no? Todo el pueblo habla de vosotras.
—El pueblo siempre habla.
—Sí, pero esta vez con cámaras.
—Alba no tiene nada que ver con lo que tú hiciste.
—Alba siempre tiene que ver con lo que pasa cuando aparece.
Valeria sintió la tentación de defenderla.
Eso la irritó.
—No cambies de tema.
—No cambio. Te digo que esto ya no es una pelea de barrio. Si me pongo en medio, salgo en la foto. Y no tengo tu fuerza para salir en fotos difíciles.
Valeria lo miró.
La rabia perdió un poco de aire.
Raúl parecía más pequeño de lo que había parecido en años.
No inocente.
Pequeño.
—Yo tampoco nací con fuerza —dijo ella.
—No he dicho eso.
—La tuve que hacer. Como todo.
Él bajó la mirada.
Durante un momento, Valeria vio al niño que había sido. El hermano que le arreglaba la cadena de la bici, que la defendió una vez en el colegio sin entender del todo por qué los demás se reían, que años después dejó de mirarla a los ojos durante meses cuando ella empezó a vivir con su nombre.
No porque la odiara.
Porque no sabía dónde poner su incomodidad.
Y nadie le había enseñado que la incomodidad también podía ser suya, no de Valeria.